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EL BLOG DE LOS 100 AUTORES

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domingo, 5 de abril de 2009

PARANOIA: UN CANTO -- STEPHEN KING

PARANOIA: UN CANTO
STEPHEN KING


*
Ya no puedo salir.
Hay un hombre junto a la puerta
con impermeable
fumando un cigarrillo.
Pero
Lo he puesto en mi diario
y las direcciones están todas en fila
sobre la cama, ensangrentadas por la luz
del letrero del bar vecino.
Él sabe que si muero
(o incluso si desaparezco)
aparece el diario y todo el mundo se entera
que la CIA está en Virginia.
500 etiquetas compradas en
500 mostradores de tiendas, todas distintas,
y 500 cuadernos
con 500 páginas en cada uno.
Estoy preparado
Puedo verle desde aquí.
Su cigarrillo brilla
por encima del cuello de la trinchera
y por alguna parte hay un hombre en un Metro
sentado debajo de un anuncio y pensando en mi nombre.
Los hombres me han discutido en cuartos traseros.
Si suena el teléfono sólo hay aliento de muerte.
En el bar, al otro lado de la calle, un revólver
achatado ha cambiado de dueño en el lavabo.
Cada bala lleva mi nombre.
Mi nombre está escrito en viejos ficheros
y buscado en las listas del depósito de cadáveres.
Mi madre ha sido investigada;
gracias a Dios que ha muerto.
Tienen muestras de escritura
y examinan las vueltas de las pés
y las cruces de las tés.
Mi hermano está con ellos, ¿se lo dije?
Su esposa es rusa y él
no deja de pedirme que rellene formularios.
Lo tengo en mi diario.
Escuchen...
escuchen
escuchen por favor:
deben escucharme.
Bajo la lluvia, en la parada del autobús,
negros cuervos con negros paraguas
simulan mirar sus relojes, pero
no está lloviendo. Sus ojos son dólares de plata.
Algunos son eruditos a sueldo del FBI,
la mayoría extranjeros que invaden
nuestras calles. Les engañé
salté del autobús entre la 25 y Lex
donde un cochero me miraba por encima de su periódico.
En la habitación que hay sobre la mía, una vieja
ha montado una succión eléctrica en su suelo.
Se lleva rayos de mi instalación eléctrica
y ahora escribo a oscuras
al resplandor del letrero del bar.
Les digo que lo sé.
Me mandarán un perro con manchas pardas
y una radio de telaraña en el hocico.
Lo ahogué en la fregadera y lo escribí
en la carpeta GAMMA.
Ya he dejado de mirar el buzón.
Las felicitaciones son cartas-bomba.
(¡Aléjate! ¡Maldito seas!
¡Aléjate! ¡Ya conozco a los altos!
¡Les digo que conozco a gente muy alta!)
El pequeño restaurante equipado con suelos parlantes
y la camarera dijo que era sal, pero yo conozco el arsénico
cuando me lo ponen delante. Y el gusto amarillo de la mostaza
para encubrir el amargo olor de las almendras.
He visto extrañas luces en el cielo.
Anoche, un hombre oscuro, sin rostro, se arrastró nueve millas
de recorrido de cloacas para salir en mi retrete, esperando
oír llamadas telefónicas a través de la endeble madera
con orejas de cromo.
Se lo digo, hombre, oigo.
Vi las huellas embarradas de sus manos
sobre la porcelana
Ya no contesto al teléfono
¿se lo había dicho?
Se proponen inundar la tierra con mierda.
Se proponen penetrar a la fuera.
Tienen médicos que
abogan por extrañas posturas sexuales.
Fabrican laxantes con droga
y supositorios que queman.
Saben cómo apagar el sol
con explosivos.
Yo me envuelvo en hielo..., ¿se lo había dicho?
Evita sus infralcances.
Conozco encantamientos y llevo amúletos.
Podéis creer que me teméis, pero podría destruiros
Ahora, en cualquier momento.
En cualquier momento.
En cualquier momento.
¿Quieres algo de café, mi amor?
¿Les dije que ya no puedo salir?
Hay un hombre junto a la puerta
con un impermeable.

Aire








AIRE (Emilia Pardo Bazan)



Tenemos otra loca; pero ésa, interesante -díjome el director del manicomio, después de la descorazonadora visita al departamento de mujeres.
-Otra loca que forma el más perfecto contraste con las infelices que acabamos de ver, y que se agarran al gabán de los visitantes, con risa cínica... Y figúrese usted que esta loca está enamorada...; pero enamorada hasta el delirio. No habla más que de su novio, el cual, por señas, desde que la pobrecilla ha sido recluida aquí, no vino a verla ni una vez sola... Si yo creo que esta muchacha, suprimido el amor, estaría completamente cuerda. Verdad que lo mismo les pasa a muchos mortales. La pasión es quizá una forma transitoria de la alienación mental, desde que nos hemos civilizado...
-No -contesté-. En la Antigüedad precisamente es donde se encuentran los casos característicos de pasión: Fedra, Mirra, Hero y Leandro...
-¡Ah! Es que ya entonces estaba civilizada la especie. Yo me refiero a épocas primitivas.
-Sabe Dios -objeté- lo que pasaba en esas épocas, de las cuales no nos han quedado testimonios ni documentos. Lo indudable es que el sufrir tanto por cuestión de amor es uno de los tristes privilegios de la Humanidad, signo de nobleza y castigo a la vez... ¿Se puede ver a esa muchacha?
-Vamos; pero antes pondré a usted en algunos antecedentes... Ésta es una joven bien educada, hija de un empleado, que se quedó huérfana de padre y madre y tuvo que trabajar para comer. Se llama, deje usted que me acuerde, Cecilia, Cecilia Bohorques. Quiso dar lecciones de piano, pero no era lo que se dice una profesora, y por ese camino no consiguió nada. Pretendió acompañar señoritas, y le contestaron en todas partes que preferían francesas o inglesas, con las cuales se aprende... ¡sabe Dios qué! Entonces, la chica se decidió a coser por las casas, y en esta forma ya encontró medio de vivir: dicen que tiene habilidad y gracia para la cuestión de trapos... Se la disputaban y la traían en palma sus clientes. De su conducta todo el mundo se deshacía en alabanzas.
Entonces la salió un novio, el hijo del médico Gandea, muchacho guapo, algo perdido. Amoríos, vehementes, una novela en acción. Según parece, el muchacho quería llevar la novela a su último capítulo, y ella se defendía, defensa que tiene mucho mérito, porque, repito, y los hechos lo han demostrado, que se encontraba absolutamente bajo el imperio de la más férvida ilusión amorosa. Una de las señales que caracterizan el poderío de esta ilusión es el efecto extraordinario, absolutamente fuera de toda relación con su causa, que produce una palabra o una frase del ser querido. Dijérase que es como palabra del Evangelio, que se graba indeleblemente en los senos mentales, y de la cual se deriva, a veces, todo el contenido de una existencia humana ¡Extraño dominio psíquico el que otorga la pasión! El novio de Cecilia, al final de las escenas en que él solicitaba lo que ella negaba dominando todo el torrente de su voluntad rendida, solía exclamar en tono despreciativo:
-¡Tú no eres nadie; eres más fría que el aire!
Con su asonamiento y todo, la frasecilla acusadora se clavó como bala bien dirigida dentro del espíritu de la muchacha, y allí quedó, engendrando un convencimiento profundo... Ella era, seguramente, aire no más... Lo repetía a todas horas -y ésta fue la primera señal que dio de su trastorno-. Como que no hizo otra cosa de raro, ni menos de inconveniente. Con el mismo aspecto de pudor y de reserva que va usted a verla ahora, siguió presentándose en las casas de las señoras para quienes trabajaba, y de estas señoras ha partido la idea de traerla aquí, a fin de que yo intente su curación. Se interesan por ella muchísimo.
-¿Y usted espera que cure?
-No -respondió el médico en tono decisivo y melancólico-. La experiencia me ha demostrado que estas locuras de agua mansa, sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, son las que agarran y no se van. No temo a las brutales locuras de la sangre, sino a las poéticas, las refinadas, las delicadas, las finas... Yo les he puesto, allá en mi nomenclatura interna, este nombre: «locuras del aire»...
-¡Como la de Ofelia! -respondí.
-Como la de Ofelia, justamente... Aquel gran médico alienista que se llamó -o no se llamó- Guillermo Shakespeare, conocía maravillosamente el diagnóstico y el pronóstico...
Después de estas palabras de mal agüero, el médico me guió a la celda de la «loca del aire». Estaba muy limpio el cuartito, y Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín. Apenas volvió la cabeza al saludarle nosotros. Era la demente una muchacha delgadita y pálida; sus facciones aniñadas, menudas, serían bonitas si las animasen la alegría y la salud; pero es cierto que hay muy pocas locas hermosas, y Cecilia no lo era sino por la expresión realmente divina de sus grandes ojos negros cercados de livor azul y enrojecidos por el llanto cuando respondió a nuestras preguntas:
-¡Va a venir, va a venir a verme de un momento a otro! ¡Me quiere a perder, y yo..., vamos, no sé decir lo que le quiero! Lo malo es que, acaso, al tiempo de venir, ya no me encontrará... Porque yo, aquí donde ustedes me ven, no soy nada, no soy nadie... ¡Soy más fría que el aire! Como que soy eso, aire... No tengo cuerpo, señores... ¡Y como no tengo cuerpo, no he podido obedecerle con el cuerpo ¿Se puede obedecer con lo que uno no tiene? ¿Verdad que no? Yo soy aire tan solamente. ¿No me creen? Si no fuese esa reja, verían cómo es verdad que soy aire... Y el día que quiera, a pesar de la reja, se convencerán de que aire soy. ¡Y nada más que aire! Él me lo dijo..., y él dice siempre la verdad. ¿Saben ustedes cuándo me lo dijo la primera vez? Una tarde que fuimos de paseo a orillas del río, a las Delicias... ¡Qué bien olía el campo! Él me quería estrechar, y como soy aire, no pudo. ¡Y claro! ¡Se convenció!... ¡Soy aire, aire solamente!
Comentó estas declaraciones una carcajada súbita, infantil. Salimos de la celda previo ofrecimiento de avisar al novio, si le encontrábamos, de que su amiga le esperaba con impaciencia.
Y fue una semana después, a lo sumo, cuando leí la noticia en los periódicos. Llevaba este epígrafe: «Suceso novelesco...». ¡Novelesco! Vital, querrían decir: porque la vida es la grande y eterna noveladora.
Aprovechando quizá un descuido de los encargados de su custodia, presa de un vértigo y aferrada a la idea de que era «aire», Cecilia trepó hasta la azotea de uno de los pabellones, se puso en pie en el alero y, exhalando un grito de placer (realizaba al fin su dicha), se arrojó al espacio.
Cayó sobre un montón de arena, desde una altura de veinte metros. Quedó inmóvil, amodorrada por la conmoción cerebral. Aún alentó y vivió angustiosamente dos días. El conocimiento no lo recobró.
Su última sensación fue la de beber el aire, de confundirse con él y de absorber en él el filtro de la muerte, que cura el amor.

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