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EL BLOG DE LOS 100 AUTORES

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sábado, 4 de mayo de 2013

UMBERTO ECO - EL NOMBRE DE LA ROSA - III


UMBERTO ECO

EL NOMBRE DE LA ROSA  III



Tercer dia

NOCHE
Donde Adso, trastornado, se confiesa a Guillermo y medita sobre la función de
la mujer en el plan de la creación, pero después descubre el cadáver de un
hombre
Cuando volvi en mí, alguien estaba mojándome la cara. Era fray Guillermo.
Tenía una lámpara y me había puesto algo bajo la cabeza.
-¿Qué ha sucedido, Adso -me preguntó-, para que andes de noche por la
cocina robando despojos?
En pocas palabras: Guillermo se había despertado, había ido a buscarme no sé
por qué razón, y al no encontrarme había sospechado que estaba haciendo
alguna bravata en la biblioteca. Cuando se acercaba al Edificio por el lado de la
cocina, había visto una sombra que salía en dirección al huerto (era la
muchacha que se alejaba, quizá porque había oído que alguien venía). Había
tratado de reconocerla y de seguir sus pasos, pero ella (o sea, lo que para él
era una sombra) había llegado hasta la muralla y había desaparecido.
Entonces Guillermo -después de explorar los alrededores- había entrado en la
cocina y me había descubierto inconsciente.
Cuando, todavía aterrorizado, le señalé el envoltorio que contenía el corazón, y
balbucí algo acerca de un nuevo crimen, se echó a reír:
-¡Pero Adso! ¿Qué hombre tendría un corazón tan grande? Es un corazón de
vaca, o de buey; justo hoy han matado un animal. Mejor explícame cómo se
encuentra en tus manos.
Oprimido por los remordimientos y atolondrado, además, por el terror, no pude
contenerme y prorrumpí en sollozos, mientras le pedía que me administrase el
sacramento de la confesión. Así lo hizo y le conté todo sin ocultarle nada.
Fray Guillermo me escuchó con mucha seriedad, pero con una sombra de
indulgencia. Cuando hube acabado, adoptó una expresión severa y me dijo:
-Sin duda, Adso, has pecado, no sólo contra el mandamiento que te obliga a no
fornicar, sino también contra tus deberes de novicio. En tu descargo obra la
circunstancia de que te has visto en una de aquellas situaciones en las que
hasta un padre del desierto se habría condenado. Y sobre la mujer como fuente
de tentación ya han hablado bastante las escrituras. De la mujer dice el
Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios
dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre, y que ha arruinado a los
más fuertes. Y también dice el Eclesiastés: Hallé que es la mujer más amarga
que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras. Y otros han dicho
que es vehículo del demonio. Aclarado esto, querido Adso, no logro
convencerme de que Dios haya querido introducir en la creación un ser tan
inmundo sin dotarlo al mismo tiempo de alguna virtud. Y me resulta inevitable
reflexionar sobre el hecho de que El les haya concedido muchos privilegios y
motivos de consideración, sobre todo tres muy importantes. En efecto, ha
creado al hombre en este mundo vil, y con barro, mientras que a la mujer la ha
creado en un segundo momento, en el paraíso, y con la noble materia humana.
Y no la ha hecho con los pies o las vísceras del cuerpo de Adán, sino con su
costilla. En segundo lugar, el Señor, que todo lo puede, habría podido
encarnarse directamente en un hombre, de alguna manera milagrosa, pero, en
cambio, prefirió vivir en el vientre de una mujer, signo de que ésta no era tan
inmunda. Y cuando apareció después de la resurrección, se le apareció a una
mujer. Por último, en la gloria celeste ningún hombre será rey de aquella patria,
pero sí habrá una reina, una mujer que jamás ha pecado. Por tanto, si el Señor
ha tenido tantas atenciones con la propia Eva y con sus hijas, ¿es tan anorque
también nosotros nos sintamos atraídos por las gracias y la nobleza de ese
sexo? Lo que quiero decirte,
Adso, es que, sin duda, no debes volver a hacerlo, pero que tampoco es tan
monstruoso que hayas caído en la tentacion. Y, por otra parte, que un monje, al
menos una vez en su vida, haya experimentado la pasión carnal, para, llegado
el momento, poder ser indulgente y comprensivo con los pecadore s a quienes
deberá aconsejar y confortar... pues bien, querido Adso, es algo que no debe
desearse antes de que suceda, pero que tampoco conviene vituperar una vez
sucedido. Así que, ve con Dios, y no hablemos más de esto. En cambio, para
no pensar demasiado en algo que mejor será olvidar, si es que lo logras -y me
pareció que en aquel momento su voz vacilaba, como ahogada por una
emoción muy profunda-, preguntémonos qué sentido tiene lo que ha sucedido
esta noche. ¿Quién era esa muchacha y con quién tenía cita?
-Eso sí que no lo sé, y no he visto al hombre que estaba con ella.
-Bueno, pero podemos deducir quién era basándonos en una serie de indicios
inequívocos. Ante todo, era un hombre feo y viejo, con el que una muchacha no
va de buena gana, sobre todo si es tan hermosa como la describes, aunque me
parece, querido lobezno, que en la siuación en que te encontrabas cualquier
bocado te habría sabido exquisito.
-¿Por qué feo y viejo?
-Porque la muchacha no iba con él por amor, sino por un paquete de riñone s.
Sin duda se trataba de una muchacha de la aldea, que, quizás no por primera
vez, se
entregaba a algún monje lujurioso por hambre, obteniendo como recompensa
algo en que hincar el diente, ella y su familia.
-¡Una meretriz! -exclamé horrorizado.
-Una campesina pobre, Adso. Probablemente, con herianitos que alimentar. Y
que, si pudiera hacerlo, se entregaría por amor, y no por lucro. Como lo ha
hecho esta noche. En efecto, me dices que te ha encontrado joven y hermoso,
y que te ha dado gratis y por amor lo que a otros, en-cambio, habría dado por
un corazón de buey y unos trozos de pulmón. Y tan virtuosa se ha sentido por
su entrega gratuita, tan aliviada, que ha huido sin tomar nada a cambio. Por
esto, pues, pienso que el otro, con quien te ha comparado, no era joven ni
hermoso.
Confieso que, por hondo que fuese mi arrepentimiento, aquella explicación me
llenó de un orgullo muy agradable, pero callé, y dejé que mi maestro
prosiguiera.
-Ese viejo repelente debía de ser alguien que, por alguna razón vinculada con
su oficio, pudiera bajar a la aldea y tener contacto con los campesinos. Debía
de conocer la manera de hacer entrar y salir gente por la muralla. Además,
debía saber que en la cocina estarían estos despojos (probablemente, mañana
dirían que, como la puerta había quedado abierta, un perro había entrado y se
los había comido). Por último, debía de tener algún sentido de la economía, y
cierto interés en que la cocina no se viese privada de vituallas más preciosas,
porque, si no, le habría dado un bistec u otro trozo más exquisito. Como ves, la
imagen de nuestro desconocido se perfila con mucha claridad, y todas estas
propiedades, o accidentes, convienen perfectamente a una sustancia que me
atrevería a definir como nuestro cillerero, Remigio da Varagine. 0, si me
equivocara, como nuestro misterioso Salvatore. Quien, además, por ser de esta
región, sabe hablar bastante bien con la gente del lugar, y sabe cómo
convencer a una muchacha para que haga lo que quería hacerle hacer, si no
hubieses llegado tú.
-Sin duda, así es -dije convencido-. Pero ¿para qué nos sirve saberlo ahora?
-Para nada, y para todo. El episodio puede estar o no relacionado con los
crímenes que investigamos. Además, si el cillerero ha sido dulciniano, una cosa
explica la otra, y viceversa. Y, por último, ahora sabemos que, de noche, esta
abadía es escenario de múltiples y agitados acontecimientos. Quién sabe si
nuestro cillerero, o Salvatore, que con tanto desenfado la recorren en la
oscuridad, no sabrán acaso más de lo que dicen.
-Pero ¿nos lo dirán a nosotros?
-No, si nos andamos con contemplaciones y pasamos por alto sus pecados.
Pero, en caso de que debiéramos averiguar algo a través de ellos, ahora
sabemos cómo convencerlos de que hablen. Con otras palabras, en caso de
necesidad, el cillerero o Salvatore estarán en nuestro poder, y que Dios nos
perdone esta prevaricación, puesto que tantas otras cosas perdona -dijo, y me
miró con malicia, y yo no tuve ánimo para comentar la justicia o injusticia de
sus consideraciones.
-Y ahora deberíamos irnos a la cama, porque sólo falta una hora para maitines.
Pero te veo todavía agitado, pobre Adso, todavía atemorizado por el pecado
que has cometido.... Nada como un buen alto en la iglesia para relajar el ánimo.
Por mi parte, te he absuelto, pero nunca se sabe. Ve a pedirle confirmación al
Señor.
Y me dio una palmada bastante enérgica en la cabeza, quizá como prueba de
viril y paternal afecto, o como indulgente penitencia. 0 quizá (como
pecaminosamente pensé en aquel momento) por una especie de envidia
benigna, natural en un hombre sediento como él de experiencias nuevas e
intensas.
Nos dirigimos a la iglesia por nuestro camino habitual, que yo atravesé a toda
prisa y con los ojos cerrados, porque aquella noche todos aquellos huesos me
recordaban demasiado que también yo era polvo, y lo insensato que había sido
el acto orgulloso de mi carne.
Al llegar a la nave, divisamos una sombra ante el altar mayor. Creí que todavía
era Ubertino. Pero era Alinardo, que en un primer momento no nos reconoció.
Dijo que como ya no podía dormir, había decidido pasar la noche rezando por
el joven monje desaparecido (ni siquiera se acordaba -del nombre). Rezaba por
su alma, en caso de que estuviera muerto, y por su cuerpo, si es que yacía
enfermo o solo en algún sitio.
-Demasiados muertos -dijo-, demasiados muertos... Pero estaba escrito en el
libro del apóstol. Con la primera trompeta, el granizo; con la segunda, la tercera
parte del mar se convierte en sangre... La tercera trompeta anuncia la caída de
una estrella ardiente sobre la tercera parte de los ríos y fuentes. Y os digo que
así ha desaparecido nuestro tercer hermano. Y temed por el cuarto, porque
será herida la tercera parte del sol, y de la luna y las estrellas, de suerte que la
oscuridad será casi completa...
Mientras salíamos del transepto, Guillermo se preguntó si no habría alguna
verdad en las palabras del anciano.
-Pero -le señalé-, eso supondría que una sola mente diabólica, guiándose por
el Apocalipsis, ha premeditado las tres muertes, suponiendo que también
Berengario esté muerto. Sin embargo, sabemos que la de Adelmo fue
voluntaria.
-Así es -dijo Guillermo-, aunque la misma mente diabólica, o enferma, podría
haberse inspirado en la muerte de Adelmo para organizar en forma simbólica
las otras dos. En tal caso, Berengario debería de estar en un río o en una
fuente. Y en la abadía no hay ríos ni fuentes, al menos no lo bastante
profundos para que alguien pueda ahogarse o ser ahogado...
-Sólo hay baños -dije casi al azar.
-¡Adso! -exclamó Guillermo-. ¿Sabes que puede ser una idea? ¡Los baños!
-Pero ya los habrán revisado...
-Esta mañana he observado a los servidores mientras buscaban. Han abierto la
puerta del edificio de los baños y han echado una ojeada general, pero no han
hurgado, porque entonces no pensaban que debían buscar algo oculto, y
esperaban encontrarse con un cadáver que yaciese teatralmente en alguna
parte, como el de Venancio en la tinaja... Vayamos a echar un vistazo. Todavía
está oscuro, y creo que nuestra lámpara tiene aún buena llama.
Así lo hicimos. Nos resultó fácil abrir la puerta del edificio de los baños, junto al
hospital.
Ocultas entre sí por amplias cortinas, había una serie de bañeras, no recuerdo
cuántas. Los monjes las usaban para su higiene los días que fijaba la regla, y
Severino las usaba por razones terapéuticas, porque nada mejor que un baño
para calmar el cuerpo y la mente. En un rincón había una chimenea que
permitía calentar el agua sin dificultad. Vimos que estaba sucia de cenizas
recientes, y ante ella había un gran caldero volcado. El agua se sacaba de la
fuente que había en un rincón.
Miramos en las primeras bañeras, que estaban vacías. Sólo la última, oculta
tras una cortina, estaba llena, y junto a ella se veían, en desorden, unas ropas.
A primera vista, a la luz de nuestra lámpara, sólo vimos la superficie calma del
líquido. Pero, cuando la iluminamos desde arriba, vislumbramos en el fondo,
exánime, un cuerpo humano, desnudo. Lentamente, lo sacamos del agua: era
Berengario. Como dijo Guillermo, su rostro sí era el de un ahogado. Las
facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de
una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas.
Me ruboricé, y después tuve un estremecimiento. Me persigné, mientras
Guillermo bendecía el cadáver.
CUARTO DIA
Cuarto día
LAUDES
Donde Guillermo y Severino examinan el cadáver de Berengario y descubren
que tiene negra la lengua, cosa rara en un ahogado. Después hablan de
venenos muy dañinos
y de un robo ocurrido hace años
No me detendré a describir cómo informamos al Abad, cómo toda la abadía se
despertó antes de la hora canónica, los gritos de horror, el espanto y el dolor
pintados en todos los rostros, cómo se propagó la noticia entre todos los
habitantes de la meseta, mientras los servidores se persignaban y
pronunciaban conjuros. No sé si aquella manana el primer oficio se celebró de
acuerdo con las reglas, ni quiénes participaron en él. Yo seguí a Guillermo y a
Severino, que hicieron envolver el cuerpo de Berengario y ordenaron que lo
colocasen sobre una mesa del hospital.
Una vez que el Abad y los demás monjes se hubieron alejado, el herbolario y
mi maestro examinaron atentamente el cadáver, con la frialdad propia de los
médicos.
-Ha muerto ahogado -dijo Severino-, de eso no hay duda. El rostro está
hinchado, el vientre tenso...
-Pero no ha sido otro quien lo ha ahogado -observó Guillermo-, porque se
habría resistido a la violencia del homicida y hubiésemos encontrado huellas de
agua alrededor de la bañera. En cambio, todo estaba limpio y en orden, como
si Berengario hubiese calentado el agua, hubiera llenado la bañera y se
hubiese tendido en ella por su propia voluntad.
-Esto no me sorprende -dijo Severino-. Berengario sufría de convulsiones, y yo
mismo le dije más de una vez que los baños tibios son buenos para calmar la
excitación del cuerpo y del alma. En varias ocasiones me pidió autorización
para entrar en los baños. Bien pudiera haber hecho eso esta noche...
-La anterior -observó Guillermo-, porque, como puedes ver, este cuerpo ha
estado al menos un día en el agua...
-Es posible que haya sucedido la noche anterior -admitió Severino.
Guillermo lo puso parcialmente al tanto de los acontecimientos de aquella
noche. No le dijo que habíamos entrado a escondidas en el scriptorium, pero,
sin revelarle todos los detalles, le dijo que habíamos perseguido a una sombra
misteriosa que nos había quitado un libro. Severino comprendió que Guillermo
sólo le estaba contando parte de la verdad, pero no indagó más. Observó que
la agitación de Berengario, suponiendo que fuese aquel ladrón misterioso,
podía haberlo inducido a buscar la tranquilidad en un baño reconfortante.
Berengario, dijo, era de naturaleza muy sensible, a veces una contrariedad o
una emoción le provocaban temblores, sudores fríos, se le ponían los ojos en
blanco y caía al suelo escupiendo una baba blancuzca.
-En cualquier caso -dijo Guillermo-, antes de venir aquí estuvo en alguna otra
parte, porque en los baños no he visto el libro que robó.
-Sí -confirmé con cierto orgullo-, he levantado la ropa que dejó junto a la bañera
y no he visto huellas de ningún objeto voluminoso.
-Muy bien -dijo Guillermo sonriéndome-. Por tanto, estuvo en alguna otra parte.
Después, podemos seguir suponiendo, para calmar su agitación, y quizá
también para sustraerse a nuestra búsqueda, entró en los baños y se metió en
el agua. Severino: ¿te parece que el mal que le aquejaba era suficiente para
que perdiera el sentido y se ahogara?
-Quizá -respondió Severino dudando-. Por otra parte, si todo sucedió hace dos
noches, podría haber habido agua alrededor de la bañera, y luego haberse
secado. 0 sea que no podemos excluir la posibilidad de que lo hayan metido a
la fuerza en el agua.
-No --dijo Guillermo-. ¿Alguna vez has visto que la víctima de un asesino se
quite la ropa antes de que éste proceda a ahogarla?
Severino sacudió la cabeza, como si aquel argumento ya no fuese pertinente.
Hacía un momento que estaba examinando las manos del cadáver:
-Esto sí que es curioso... ---dijo.
-¿Qué?
-El otro día observé las manos de Venancio, una vez que su cuerpo estuvo
limpio de manchas de sangre, y observé un detalle al que no atribuí demasiada
importancia. Las yemas de dos dedos de su mano derecha estaban oscuras,
como manchadas por una sustancia de color negro. Igual que las yemas de
estos dos dedos de Berengario, ¿ves? En este caso, aparecen también
algunas huellas en el tercer dedo. En aquella ocasión pensé que Venancio
había tocado tinta en el scriptorium.
-Muy interesante ---observó Guillermo pensativo, mientras examinaba mejor los
dedos de Berengario. Empezaba a clarear, pero dentro la luz todavía era muy
débil; se notaba que mi maestro echaba de menos sus lentes-. Muy interesante
-repitió-. El índice y el pulgar están manchados en la s yemas, el medio sólo en
la parte interna, y mucho menos. Pero también hay huellas, más débiles, en la
mano izquierda, al menos en el índice y el pulgar.
-Si sólo fuese la mano derecha, serían los dedos de alguien que sostiene una
cosa pequeña, o una cosa larga y delgada...
-Como un estilo. 0 un alimento. 0 un insecto. 0 una serpiente. 0 una custodia. 0
un bastón. Demasiadas cosas. Pero como también hay signos en la otra mano,
podría tratarse igualmente de una copa: la derecha la sostiene con firmeza
mientras la izquierda colabora sin hacer tanta fuerza...
Ahora Severino estaba frotando levemente los dedos del muerto, pero el color
oscuro no desaparecía. Observé que se había puesto un par de guantes:
probablemente los utilizaba para manipular sustancias venenosas. Olfateaba,
pero no olía nada.
-Podría mencionarte muchas sustancias vegetales (e incluso minerales) que
dejan huellas de este tipo. Algunas letales, otras no. A veces los miniaturistas
se ensucian los dedos con polvo de oro...
-Adelmo era miniaturista ---dijo Guillermo-. Supongo que al ver su cuerpo
destrozado no se te ocurrió examinarle los dedos. Pero estos otros podrían
haber tocado algo que perteneció a Adelmo.
-No sé qué decir --comentó Severino-. Dos muertos, ambos con los dedos
negros. ¿Qué deduces de ello?
-No deduzco nada: nihil sequitur geminis ex particularibus unquam. Sería
preciso reducir ambos casos a una regla común. Por ejemplo: existe una
sustancia que ennegrece los dedos del que la toca...
Completé triunfante el silogismo:
-Venancio y Berengario tienen los dedos manchados de negro, iergo han
tocado esa sustancia!
-Muy bien, Adso -d.ijo Guillermo---, lástima que tu silogismo no sea válido,
porque aut semel aut itermn medium generaliter esto, y en el silogismo que
acabas de completar el término medio no resulta nunca general. Signo de que
no está bien elegida la premisa mayor. No debería decir: todos los que tocan
cierta sustancia tienen los dedos negros, pues podrían existir personas que
tuviesen los dedos negros sin haber to cado esa sustancia. Debería decir: todos
aquellos y sólo aquellos que tienen los dedos negros han tocado sin duda
determinada sustancia. Venancio, Berengario, etcétera. Con lo que tendríamos
un Dar¡¡, o sea un impecable tercer silogismo de primera figura.
-¡Entonces tenemos la respuesta! --exclamé entusiasmado.
-¡Ay, Adso, qué confianza tienes en los silogismos! Lo único que tenemos es,
otra vez, la pregunta. Es decir, hemos supuesto que Venancio y Berengario
tocaron lo mismo, hipótesis por demás razonable. Pero una vez que hemos
imaginado una sustancia que se distingue de todas las demás porque produce
ese resultado (cosa que aún está por verse), seguimos sin saber en qué
consiste, dónde la encontraron y por qué la tocaron. Y, atención, tampoco
sabemos si la sustancia que tocaron fue la que los condujo a la muerte. Supón
que un loco quisiera matar a todos los que tocasen polvo de oro. ¿Diremos que
el que mata es el polvo de oro?
Me quedé confundido. Siempre había creído que la lógica era un arma
universal, pero entonces descubrí que su validez dependía del modo en que se
utilizaba. Por otra parte, al lado de mi maestro había podido descubrir, y con el
correr de los días habría de verlo cada vez más claro, que la lógica puede ser
muy útil si se sabe entrar en ella para después salir.
Mientras tanto, Severino, que no era un buen lógico, estaba reflexionando
sobre la base de su propia experiencia:
-El universo de los venenos es tan variado como variados son los misterios de
la naturaleza -dijo. Señaló una serie de vasos y frascos que ya habíamos
tenido ocasión de admirar, dispuestos en orden, junto a una cantidad de libros,
en los anaqueles que estaban adosados a las paredes-. Como ya te he dicho,
con muchas de estas hierbas, debidamente preparadas y dosificadas, podrían
hacerse bebidas y ungüentos mortales. Ahí tienes: datura stramonium,
belladona, cicuta... pueden provocar somnolencia, excitación, o ambas cosas.
Administradas con cautela son excelentes medicamentos, pero en dosis
excesivas provocan la muerte.
-¡Pero ninguna de esas sustancias dejaría signos en los dedos!
-Creo que ninguna. Además hay sustancias que sólo son peligrosas cuando se
las ingiere, y otras que, por el contrario, actúan a través de la piel. El eléboro
blanco puede provocar vómitos a la persona que lo coge para arrancarlo de la
tierra. La ditaína y el fresnillo, cuando están en flor, embriagan a los jardineros
que los tocan, como si éstos hubiesen bebido vino. El -eléboro negro provoca
diarreas con sólo tocarlo. Otras plantas producen palpitaciones en el corazón,
otras en la cabeza. Hay otras que dejan sin voz. En cambio, el veneno de la
víbora, aplicado sobre la piel, sin que penetre en la sangre, sólo produce una
ligera irritación... Pero en cierta ocasión me mostraron una poción que , aplicada
en la parte interna de los muslos de un perro, cerca de los genitales, provoca
en breve plazo la muerte del animal, que se debate en atroces convulsiones
mientras sus miembros se van poniendo rígidos...
-Sabes mucho de venenos -observó Guillermo con un tono que parecía de
admiración.
Severino lo miró fijo, y sostuvo su mirada durante unos instantes:
-Sé lo que debe saber un médico, un herbolario, una persona que cultiva las
ciencias de la salud humana.
Guillermo se quedó un buen rato pensativo. Después rogó a Severino que
abriese la boca del cadáver y observara la lengua. Intrigado, Severino cogió
una espátula fina, uno de los instrumentos de su arte médica, e hizo lo que le
pedían. Lanzó un grito de estupor:
-¡La lengua está negra!
-De-modo que es así -murmuró Guillermo-. Cogió algo con los dedos y lo
tragó... Esto elimina los venenos que has citado primero, los que matan a
través de la piel. Sin embargo, no por ello nuestras inducciones se simplifican.
Porque ahora debemos pensar que, tanto en su caso como en el de Venancio,
se trata de un acto voluntario, no casual, no debido a alguna distracción o
imprudencia, ni inducido por Ia fuerza. Ambos cogieron algo y se lo llevaron a
la boca, conscientes de lo que estaban haciendo...
-¿Un alimento? ¿Una bebida?
---Quizá. 0 quizá... ¿Qué sé yo? Un instrumento musical, por ejemplo una
flauta.
-Absurdo -dijo Severino.
-Sin duda que es absurdo. Pero no debemos descuidar ninguna hipótesis, por
extraordinaria que sea. Ahora tratemos de remontarnos a la materia venenosa.
Si alguien que conociera los venenos tan bien como tú se hubiese introducido
aquí, ¿habría podido valerse de algunas de estas hierbas para preparar un
ungüento mortal capaz de dejar esos signos en los dedos y en la lengua? Un
ungüento que pudiera ponerse en una comida, en una bebida, en una cuchara
o algo similar, en algo que la gente se lleve comúnmente a la boca.
-Sí -admitió Severino-, pero ¿quién? Además, admitiendo incluso esa hipótesis,
¿cómo habría administrado el veneno a nuestros dos pobres hermanos?
Reconozco que tampoco yo lograba imaginarme a Venancio o Berengario
dispuestos a comerse o beberse una sustancia misteriosa que alguien les
hubiera ofrecido. Pero la rareza de la situación no parecía preocupar a
Guillermo.
-En eso ya pensaremos más tarde -dijo-. Ahora quisiera que tratases de
recordar algún hecho que quizás aún no has traído a tu memoria, no sé, que
alguien te haya hecho preguntas sobre tus hierbas, que alguien tenga fácil
acceso al hospital...
-Un momento. Hace mucho tiempo, hablo de años, lo guardaba en uno de
estos estantes una sustancia muy poderosa, que me había dado un hermano al
regresar de un viaje por países remotos. No supo decirme cuáles eran sus
componentes. Sin duda, estaba hecha con hierbas, no todas conocidas. Tenía
un aspecto viscoso y amarillento, pero el monje me aconsejó que no la tocara,
porque hubiese bastado un leve contacto con mis labios para que me matara
en muy poco tiempo. Me dijo que, ingerida incluso en dosis mínimas,
provocaba al cabo de media hora una sensación de gran abatimiento, después
una lenta parálisis de todos los miembros, y por último la muerte. Me la regaló
porque no quería llevarla consigo. La conservé durante mucho tiempo, con la
intención de someterla a algún tipo de examen. Pero cierto día hubo una gran
tempestad en la meseta. Uno de mis ayudantes, un novicio, había dejado
abierta la puerta del hospital, y la borrasca sembró el desorden en el cuarto
donde ahora estamos. Frascos quebrados, líquidos derramados por el suelo,
hierbas y polvos dispersos. Tardé un día en reordenar mis cosas, y sólo me
hice ayudar para barrer los potes y las hierbas irrecuperables. Cuando acabé,
vi que faltaba justo el frasco en cuestión. Primero me preo,cupé, pero después
me convencí de que se había roto y se había mezclado con el resto de los
desperdicios. Hice lavar bien el suelo del hospital, y los estantes...
-¿Y habías visto el frasco pocas horas antes de la tormenta?
-Sí... 0 mejor dicho, no, ahora que lo pienso. Estaba bien escondido detrás de
una fila de vasos, y no lo controlaba todos los días.
--0 sea que, según eso , podrían habértelo robado mucho tiempo antes de la
tormenta, sin que lo notaras.
-Ahora que lo dices, sí, bien pudiera haber sido así.
-Y aquel novicio que te ayudaba podría haberlo robado y haberse aprovechado
luego de la tormenta para dejar adrede abierta la puerta y sembrar el desorden
entre tus cosas.
Severino pareció muy excitado:
-Sí, sin duda. Además, cuando pienso en lo sucedido, recuerdo que me
asombré de que la tempestad, por violenta que fuese, hubiera hecho tanto
desastre. ¡Estoy casi seguro de que alguien se aprovechó de la tempestad para
sembrar el desorden en el cuarto y provocar más daños de los que hubiese
podido causar el viento!
-¿Quién era el novicio?
-Se llamaba Agostino. Pero murió el año pasado: se cayó de un andamio
cuando, junto con otros monjes y sirvientes, estaba limpiando las esculturas de
la fachada de la iglesia. Además, ahora que recuerdo, me había jurado por
todos los santos que él no ha bía dejado abierta la puerta antes de la tormenta.
Fui yo quien en medio de mi furor le atribuí la responsabilidad M incidente.
Quizás en realidad no tuviese él la culpa.
-De modo que tenemos una tercera persona, probablemente mucho más
experta que un novicio, que sabía de la existencia de tu veneno. ¿A quién se lo
habías mencionado?
-En verdad, no lo recuerdo. Al Abad, sin duda, cuando le pedí permiso para
conservar una sustancia tan peligrosa. Y a algún otro quizá, precisamente en la
biblioteca, porque estuve buscando herbarios que me ayudasen a descubrir su
composición.
-¿No me has dicho que tienes contigo los libros que más necesitas para tu
arte?
-Sí, y muchos -dijo, señalando un rincón de la habitación donde se veía unos
estantes cargados de libros-. Pero en aquella ocasión buscaba ciertos libros
que, aquí no podría guardar, y que incluso Malaquías se mostró remiso a
mostrarme, hasta el punto de que tuve que pedir autorización al Abad -bajó el
tono de su voz, como si tuviese reparos en que yo escuchara lo que iba a decir-
: Sabes, en un sitio desconocido de la biblioteca se guardan incluso obras de
nigromancia, de magia negra, recetas de filtros diabólicos. Dada la índole de mi
tarea, se me permitió consultar algunas de esas obras. Esperaba encontrar una
descripción de aquel veneno y de sus aplicaciones. Fue en vano.
--0 sea que se lo mencionaste a Malaquías.
-Sí, sin duda, y quizá también al propio Berengarlo, que era su ayudante. Pero
no saques conclusiones apresuradas: no recuerdo bien, quizá mientras
hablaba había otros monjes, ya sabes que a veces el scriptorium está lleno...
-No sospecho de nadie. Sólo trato de comprender lo que pudo haber sucedido.
De todos modos, me dices que eso fue hace varios años, y es curioso que
alguien haya robado con esa anticipación un veneno que tardaría tanto en
utilizar. Esto indicaría la presencia de una voluntad maligna que habría
incubado largamente en la sombra un proyecto homicida.
Severino se persignó. Su rostro expresaba horror:
-¡Dios nos perdone a todos! -dijo.
No había nada más que comentar. Volvimos a cubrir el cuerpo de Berengario,
que aún debían preparar para las exequias.
Cuarto día
PRIMA
Donde Guillermo induce primero a Salvatore y después al cillerero a que
confiesen su pasado, Severino encuentra las lentes robadas, Incola trae las
nuevas y Guillermo,
con seis ojos, se va a descifrar el manuscrito de Venancio.
Ya salíamos cuando entró Malaquías. Pareció contrariado por nuestra
presencia, e hizo ademán de retirarse. Severino lo vio desde dentro y dijo:
«¿Me buscabas? Es por ... » Se interrumpió y nos miró. Malaquías le hizo una
seña, imperceptible, como para decirle: «Hablaremos después ... » Nosotros
estábamos saliendo, 61 estaba entrando, los tres nos encontramos en el vano
de la puerta. Malaquías dijo, de manera más bien redundante:
-Buscaba al hermano herbolario... Me... me duele la cabeza.
-Debe de ser el aire viciado de la biblioteca -le dijo Guillermo con tono solícito-.
Deberíais hacer fumigaciones.
Malaquías movió los labios como si quisiera decir algo mas , pero renunció a
hacerlo. Inclinó la cabeza y entró, mientras nosotros nos alejábamos.
-¿Qué va a hacer al laboratorio de Severino? -pregunté.
-Adso -me dijo con impaciencia el maestro---, aprende a razonar con tu cabeza
-después cambió de tema-: Ahora debemos interrogar a algunas personas. Al
menos -añadió mientras exploraba la meseta con la mirada-, mientras sigan
vivas. Por cierto: de ahora en adelante fijémonos en lo que comamos y
bebamos. Toma siempre tu comida del plato común, y tu bebida del jarro con
que ya
otros hayan llenado sus copas. Después de Berengario, somos los que más
sabemos de todo esto. Desde luego, sin contar al asesino.
-¿A quién queréis interrogar ahora?
-Adso, habrás observado que aquí las cosas más interesantes suceden de
noche. De noche se muere, de noche se merodea por el scriptorium, de noche
se introducen mujeres en el recinto...' Tenemos una abadía diurna y una
abadía nocturna, y la nocturna parece, por desgracia, muchísimo más
interesante que la diurna. Por tanto, cualquier persona que circule de noche
nos interesa, incluido, por ejemplo, el hombre que viste la noche pasada con la
muchacha. Quizá la historia de la muchacha nada tenga que ver con la de los
venenos, o quizá sí. En cualquier caso, sospecho quién puede haber sido ese
hombre; y debe de saber también otras cosas sobre la vida nocturna de este
santo lugar. Y, hablando de Roma, precisamente allí lo tenemos.
Me señaló a Salvatore, quien también nos había visto. Advertí una leve
vacilación en su paso, como si, queriendo evitarnos, se hubiese detenido para
volverse por donde venía. Fue un instante. Evidentemente, había comprendido
que no podía evitar el encuentro, y siguió andando. Se volvió hacia nosotros
con una amplia sonrisa y un «benedicite» bastante hipócrita. Mi maestro
apenas lo dejó terminar yle espetó una pregunta:
-¿Sabes que mañana llega la inquisición?
Salvatore no pareció alegrarse por la noticia. Con un hilo de voz preguntó:
-¿Y mí?
-Tú deberías decirme la verdad a mí, que soy tu amigo, y que soy franciscano
como tú lo has sido, en vez de decirla mañana a esos otros, que conoces muy
bien.
Ante la dureza del acoso, Salvatore pareció abandonar todo intento de
resistencia. Miró con aire sumiso a Guillermo, como para indicarle que estaba
dispuesto a decirle lo que quisiera.
-Esta noche había una mujer en la cocina. ¿Quién estaba con ella?
-¡Oh, fémena que véndese come mercandía non puede numquam ser bona ni
tener cortesía! --recitó Salvatore.
-No quiero saber si era una buena muchacha. ¡Quiero saber quién estaba con
ella!
-¡Deu, qué taimosas son las fémenas! Día y noche piensan come burle al
hómine...
Guillermo lo cogió bruscamente del pecho:
-¿Quién era? ¿Tú o el cillerero?
Salvatore comprendió que no podía seguir mintiendo. Empezó a contar una
extraña historia, a través de la cual, y no sin esfuerzo, nos enteramos de que,
para complacer al cillerero, le buscaba muchachas en la aldea, y las introducía
de noche en el recinto por pasadizos cuya localización evitó revelarnos. Pero
juró por lo más sagrado que obraba de buen corazón, sin ocultar al mismo
tiempo su cómica queja por no haber encontrado la manera de satisfacer él
también su deseo, la manera de que, después de haberse entregado al
cillerero, la muchacha también le diese algo a él. Todo eso lo dijo entre
sonrisas lúbricas y viscosas, y haciendo guiños, como dando a entender que
hablaba con hombres hechos de carne, habituados a las mismas prácticas. Y
me miraba de hurtadillas. Pero yo no podía hacerle frente como hubiese
querido, pues me sentía unido a él por un secreto común, me sentía su
cómplice y compañero de pecado.
Entonces Guillerino decidió jugarse el todo por el todo y le preguntó
abruptamente:
-¿Conociste a Remigio antes o después de haber estado con Dulcino?
Salvatore se arrodilló a sus pies, rogándole entre lágrimas que no lo perdiera,
que lo salvase de la inquisición. Guillermo le juró solemnemente que nada diría
de lo que llegase a saber, y Salvatore no vaciló en poner al cillerero a nuestra
merced. Se habían conocido en la Pared Pelada, siendo ambos miembros de la
banda de Dulcino. Con el cillerero había huido y había entrado en el convento
de Casale, con él había pasado a los cluniacenses. Mascullaba implorando
perdón, y estaba claro que no se le podría extraer nada más. Guillermo decidió
que valía la pena coger por sorpresa a Remigio, y soltó a Salvatore, quien
corrio a refugiarse en la iglesia
El cillerero se encontraba en la parte opuesta de la abadía, frente a los
graneros, y estaba haciendo tratos con unos aldeanos del valle. Nos miró con
aprensión, e intentó mostrarse muy ocupado, pero Guillermo insistió en que
debía hablarle. Hasta aquel momento, nuestros contactos con ese hombre
habían sido escasos; él había sido cortés con nosotros, y nosotros con él.
Aquella mañana Guillermo lo abordó como habría hecho con un monje de su
propia orden. El cillerero pareció molesto por esa confianza, y al principio
respondió con mucha cautela.
-Supongo que tu oficio te obliga a recorrer la abadía incluso cuando los demás
ya duermen -dijo Guillermo.
-Depende -respondió Remigio-, a veces hay algún pequeño asunto que
resolver y debo dedicarle unas horas de mi sueño.
-¿Nunca te ha sucedido algo, en esos casos, que pueda indicarnos quien se
pasea, sin la justificación que tienes tú, entre la cocina y la biblioteca?
-Si algo hubiese visto, se lo habría dicho al Abad.
-Correcto -admitió Guillermo, y cambió abruptamente de tema-: La aldea de
abajo no es demasiado rica, ¿verdad?
-Sí y no, hay algunos prebendados que dependen de la abadía y comparten
nuestra riqueza, en los años de abun dancia. Por ejemplo, el día de San Juan
recibieron doce moyos de malta, un caballo, siete bueyes, un toro, cuatro
novillas, cinco terneros, veinte ovejas, quince cerdos, cincuenta pollos y
diecisiete colmenas. Y además veinte cerdos ahumados, veintisiete hormas de
manteca de cerdo, media medida de miel, tres medidas de jabón, una red de
pesca...
-Ya entiendo, ya entiendo -lo interrumpió Guillermo-, pero reconocerás que con
eso aún no me entero de cuál es la situación de la aldea, de cuántos de sus
habitantes son prebendados de la abadía, y de la cantidad de tierra de que
disponen los que no lo son...
-¡Oh! En cuanto a eso, una familia normal llega a tener unas cincuenta tablas
de terreno.
-¿Cuánto es una tabla?
-Naturalmente, cuatro trabucos cuadrados.
-¿Trabucos cuadrados? ¿Y cuánto es eso?
-Treinta y seis pies cuadrados por trabuco. 0, si prefieres, ochocientos trabucos
lineales equivalen a una milla piamontesa. Y calcula que una fami lia, en las
tierras situadas hacia el norte, puede cosechar aceitunas con las que obtienen
no menos de medio costal de aceite.
-¿Medio costal?
-Sí, un costal equivale a cinco heminas, y una hemina a ocho copas.
-Ya entiendo -dijo mi maestro desalentado-. Cada país tiene sus propias
medidas. Vosotros, por ejemplo, ¿medís el vino por azumbres?
---0por rubias. Seis rubias hacen una brenta, y ocho brentas un botal. Si lo
prefieres, un rubo equivale a seis pintas de dos azumbres.
-Creo que ya he entendido --dijo Guillermo con tono de resignación.
-¿Deseas saber algo más? -preguntó Remigio, y creí advertir un matiz
desafiante en su voz.
-¡Sí! Te he preguntado cómo viven abajo porque hoy en la biblioteca estuve
pensando en los sermones de Humbert de Romans a las mujeres, en particular
sobre el capítulo Ad mulieres pauperes in villulis, donde dice que estas últimas
están más expuestas que las otras a caer en los pecados de la carne, debido a
su miseria; y dice sabiamente que peccant enim mortaliter, cum peccant cum
quocumque laico, mortalius vero quando cum Clerico in sacris ordinibus
constituto, maxime vero quando cum Religioso mundo mortuo. Sabes mejor
que yo que en lugares santos como las abadías nunca faltan las tentaciones
del demonio meridiano. Me preguntaba si en tus contactos con la gente de la
aldea no habrás sabido de algunos monjes que, Dios no lo quiera, hayan
inducido a fornicar a algunas muchachas.
Aunque mi maestro dijo todo eso con un tono casi distraído, mi lector habrá
adivinado lo mucho que sus palabras perturbaron al pobre cillerero. No puedo
decir si palideció, pero diré que tanto esperaba que palideciera, que lo vi
palidecer.
-Me preguntas algo que, de haberlo sabido, ya se lo habría dicho al Abad -
respondió en tono humilde . De todos modos, si, como supongo, estas
informaciones pueden servir para tu pesquisa, no te ocultaré nada que llegue a
saber. Incluso, ahora que me lo mencionas, a propósito de tu primera
pregunta... La noche que murió el pobre Adelmo yo andaba por el patio...
Sabes, un asunto de gallinas... Me habían llegado noticias de que un herrador
entraba de noche a robar en el gallinero... Pues bien, aquella noche divisé, de
lejos, o sea que no podría jurarlo, a Berengarío, que regresaba al dormitorio por
detrás del coro, corno si viniese del Edificio... No me asombré, porque hacía
tiempo que entre los monjes se rumoreaba sobre Berengario, tal vez ya te
hayas enterado...
-No, dímelo.
-Bueno, ¿cómo te diría? Se sospechaba que Berengario nutría pasiones que...
no convienen a un monje.
_¿Acaso me estás sugiriendo que tenía relaciones con muchachas de la aldea,
tal como acabo de preguntarte?
El cillerero tosió, incómodo, y en sus labios se dibujó una sonrisa más bien
obscena:
-¡Oh, no ... ! Pasiones aún más inconvenientes...
-¿Porque un monje que se deleita carnalmente con muchachas de la aldea
satisface, en cambio, pasiones de algún modo convenientes?
-No he dicho eso, pero tú mismo sabes que hay una jerarquía en la
depravación, como la hay en la virtud. La carne puede ser tentada según la
naturaleza y... contra la naturaleza.
-¿Me estás diciendo que Berengario sentía deseos carnales por personas de
su sexo?
-Digo que corría ese rumor... Te hablaba de esto como prueba de mi sinceridad
y de mi buena voluntad.
-Y yo te lo agradezco. Y estoy de acuerdo contigo en que el pecado de
sodomía es mucho peor que otras formas de lujuria, sobre las que francamente
no me interesa demasiado investigar...
-Miserias, miserias, dondequiera que existan -dijo el cillerero con filosofía.
-Miserias, Remigio. Todos somos pecadores. Nunca buscaría la brizna de paja
en 'el ojo del hermano, porque tanto temo tener una gran viga en el mío. Pero
te agraden ceré por todas las vigas de las que quieras hablarme en el futuro.
Así hablaremos de troncos grandes y robustos, y dejaremos que las briznas de
paja revoloteen por el aire. ¿Cuánto decías que es un trabuco?
-Treinta y seis pies cuadrados. Pero no te preocupes. Cuando quieras saber
algo en especial, ven a verme. Puedes tenerme por un amigo fiel.
-Te tengo por tal -dijo Guillermo con fervor---. Ubertino me ha dicho que en una
época perteneciste a la misma orden que yo. Nunca traicionaría a un antiguo
hermano, sobre todo en estos días en que se espera la llegada de una legación
pontificia, presidida por un gran inquisidor, famoso por haber quemado a tantos
dulcinianos. ¿Decías que un trabuco equivale a treinta y seis pies cuadrados?
El cillerero no era tonto. Decidió que no valía la pena seguir jugando al gato y el
ratón, sobre todo porque empezaba a sospechar que el ratón era él.
-Fray Guillermo -dijo-, veo que sabes mucho más de lo que suponía. No me
traiciones, y yo no te traicionaré. Es cierto, soy un pobre hombre camal, y cedo
a las lisonjas de la carne. Salvatore me ha dicho que ayer noche tú o tu novicio
lo sorprendisteis en la cocina. Has viajado mucho, Guillermo, y sabes que ni
siquiera los cardenales de Aviñón son modelos de virtud. Sé que no me estás
interrogando por estos miserables pecadillos. Y también me doy cuenta de que
has sabido algo sobre la vida que llevé en el pasado. Una vida caprichosa,
como solemos tenerla los franciscanos. Hace años creí en el idea de la
pobreza; abandoné la comunidad para entregarme a la vida errante. Creí en lo
que predicaba Dulcino, como muchos otros de mi condición. No soy un hombre
culto, he recibido las órdenes pero apenas sé decir misa. No sé mucho de
teologia. Y, quizá, tampoco logro interesarme demasiado por las ideas. Ya ves,
en una época intenté rebelarme contra los señores, ahora estoy a su servicio, y
para servir al señor de estas tierras mando sobre los que son como yo.
Rebelarse o traicionar, los simples no tenemos demasiadas opciones.
-A veces los simples comprenden mejor las cosas que los doctos -dijo
Guillermo.
-Quizá -respondió el cillerero encogiéndose de hombros-. Pero ni siquiera sé
por qué entonces hice lo que hice. Mira, en el caso de Salvatore era
comprensible, los suyos eran siervos de la gleba, había tenido una infancia de
miseria y enfermedad... Dulcino representaba la rebelión, y la destrucción de
los señores. En mi caso era distinto, procedía de una familia de la ciudad, no
huía del hambre. Fue... no sé cómo decirlo, una fiesta de locos, un bello
carnaval... Allá en la montaña, con Dulcino, antes de que nos viésemos
obligados a comer la carne de nuestros compañeros muertos en la batalla,
antes de que muriesen tantos de inanición que era imposible comerlos a todos
y había que arrojarlos por las laderas del Rebello para que se los comiesen los
pájaros y las fieras... o quizá también entonc es... respirábamos un aire...
¿Puedo decir de libertad? Antes no sabía qué era la libertad. Los predicadores
nos decían: «La verdad os hará libres.» Nos sentíamos libres, y pensábamos
que era la verdad. Pensábamos que todo lo que hacíamos era justo...
-¿Y allí comenzasteis... a uniros libremente con una mujer? -pregunté, casi sin
darme cuenta; seguía obsesionado por lo que me había dicho Ubertino la
noche anterior, así como por lo que luego había leído en el scriptorium, y
también por lo que yo mismo había vivido.
Guillermo me miró con asombro; probablemente no esperaba que fuese tan
audaz, tan indiscreto. El cillerero me echó una mirada de curiosidad, como si
fuese un bicho raro.
-En el Rebello -dijo-, había gente que se había pasado la infancia durmiendo de
a diez, o incluso más, en habitaciones de pocos codos de amplitud: hermanos y
hermanas, padres e hijas. ¿Cómo quieres que tomaran. la eva situación?
Ahora hacían por elección lo que antes abían hecho por necesidad. Y además
de noche, cuando temes la llegada de las tropas enemigas y te aprietas a tu
compañero, contra el suelo, para no sentir frío... Los herejes... Vosotros,
monjecillos que venís de un castillo y acabáis en una abadía, creéis que es un
modo de pensar inspirado por el demonio. Pero es un modo de vivir, y es... ha
sido... una experiencia nueva... No había más amos, y Dios, nos decían, estaba
con nosotros. No digo que tuviésemos razón, Guillermo, y de hecho aquí me
tienes, pues no tardé en abandonarlos. Lo que sucede es que nunca he
logrado comprender vuestras disputas sobre la pobreza de Cristo y el uso y el
hecho y el derecho. Ya te dije que fue un gran carnaval, y en carnaval todo se
hace
al revés. Después te vuelves viejo, no sabio, te vuelves glotón. Y aquí hago el
glotón... Puedes cond enar a un hereje, pero ¿querrías condenar a un glotón?
-Está bien, Remigio -dijo Guillermo-. No te interrogo por lo que sucedió
entonces, sino por lo que ha sucedido hace poco. Ayúdame, y te aseguro que
no buscaré tu ruina. No puedo ni quiero juzgarte. Pero debes decirme lo que
sabes sobre los hechos que ocurren en la abadía. Te mueves demasiado, de
noche y de día, como para no saber algo. ¿Quién mató a Venancio?
-No lo sé, te lo juro. Sé cuándo murió, y dónde.
-¿Cuándo? ¿Dónde?
-Deja que te cuente. Aquella noche, una hora después de completas, entré en
la cocina...
-¿Por dónde y para qué?
-Por la puerta que da al huerto. Tengo una llave que los herreros me hicieron
hace tiempo. La puerta de la cocina es la única que no está atrancada por
dentro. ¿Para qué?... No importa, tú mismo has dicho que no quieres acusarme
por las debilidades de mi carne... -sonrió incómodo-. Pero tampoco quisiera
que creyeses que me paso los días fornicando... Aquella noche buscaba algo
de comida para regalársela a la muchacha que Salvatore había introducido en
el recinto.
-¿Por dónde?
Oh, además del portalón, hay otras entradas en la muralla. El Abad las conoce,
yo también... Pero aquella noche la muchacha no vino, yo mismo hice que se
volviera, precisamente por lo que acababa de descubrir, como ahora te
contaré. Fue por eso que intenté que regresara ayer noche. Si hubieseis
llegado un poco después, me habríais encontrado a mí y no a Salvatore. Fue él
quien me avisó que había gente en el Edificio, y entonces volví a mi celda...
-Volvamos a la noche del domingo al lunes.
-Pues bien: entré en la cocina y vi a Venancio en el suelo, muerto.
-¿En la cocina?
-sí, junto a la pila. Quizás acababa de bajar del scriptorium.
-¿No había rastros de lucha?
-No. Mejor dicho, junto al cuerpo había una taza quebrada, y signos de agua en
el suelo.
_¿Cómo sabes que era agua?
-No lo sé. Pensé que era agua. ¿Qué otra cosa podía ser?
Como más tarde me indicó Guillermo, aquella taza podía significar dos cosas
distintas. 0 bien que precisamente allí, en la cocina, alguien había dado a beber
a Venancio una poción venenosa, o bien que el pobrecillo ya había ingerido el
veneno (pero ¿dónde? y ¿cuándo?) y había bajado a beber para calmar un
ardor repentino, un espasmo, un dolor que le quemaba las vísceras, o la lengua
(pues, sin duda, la suya debía de estar negra como la de Berengario).
De todos modos, por el momento eso era todo lo que podía saberse. Al
descubrir el cadáver, Remigio, despavorido, se había preguntado qué hacer, y
había resuelto no hacer nada. Si hubiese pedido socorro, se habría visto
obligado a reconocer que merodeaba de noche por el Edificio, y tampoco
habría ayudado al hermano que ya estaba perdido. De modo que había
decidido dejar las cosas tal como estaban, esperando que alguien descubriera
el cuerpo a la mañana siguiente, cuando se abriesen las puertas. Había corrido
a detener a Salvatore, que ya estaba introduciendo a la muchacha en la
abadía. Después, él y su cómplice se habían ido a dormir, si sueño podía
llamarse aquélla agitada vigilia que se prolongó hasta maitines. Y en maitines,
cuando los porquerizos fueron a avisar al Abad, Remigio creyó que el cadáver
había sido descubierto donde él lo había dejado, y se había quedado de una
sola pieza al descubrirlo en la tinaja. ¿Quién había hecho desaparecer el
cadáver de la cocina? De eso Remigio no tenía la menor idea.
-El único que puede moverse libremente por el Edificio es Malaquías -dijo
Guillermo
El cillerero reaccionó con energía:
-No, Malaquías no. Es decir, no creo... En todo caso, no he sido yo quien te ha
dicho algo contra Malaquías...
-Tranquilízate, cualquiera que sea la deuda que te ate a Malaquías. ¿Sabe algo
de ti?
-Sí -dijo el cillerero ruborizándose y se ha comportado como un hombre
discreto. Si estuviese en tu lugar, vigilaría a Bencio. Mantenía extrañas
relaciones con Berengario y Venancio... Pero te juro que esto es todo lo que vi.
Si me entero de algo, te lo diré.
-Por ahora puede bastar. Vendré a verte cuando te necesite.
El cillerero, sin duda aliviado, volvió a sus negocios, y reprendió con dureza a
los aldeanos que entre tanto habían desplazado no sé qué sacos de. simientes.
En eso llegó Severino. Traía en la mano las lentes de Guillermo, las que le
habían robado dos noches antes.
-Estaban en el sayo de Berengario -dijo-. Te las había visto en la nariz, el otro
día en el scriptorium. Son tuyas, ¿verdad?
-¡Alabado sea Dios! -exclamó jubiloso Guillermo-. ¡Hemos resuelto dos
problemas! ¡Tengo mis lentes y por fin estoy seguro de que fue Berengario el
hombre que la otra noche nos robó en el scriptorium!
No acababa de decir eso cuando llegó corriendo Nicola da Morimondo, más
exultante incluso que Guillermo. Tenía en sus manos un par de lentes
acabadas, montadas en su horquilla:
-¡Guillermo! -gritaba-. ¡Lo conseguí yo solo, están listas, creo que funcionan!
Entonces vio que Guillermo tenía otras lentes en la cara, y se quedó de piedra.
Guillermo no quiso humillarlo. Se quitó las yiejas lentes y probó las nuevas:
-Son mejores que las otras -dijo-. 0 sea que guardaré las viejas como reserva y
usaré siempre las tuyas. -Después me dijo-: Adso, ahora voy a mi celda para
leer aquellos folios. ¡Por fin! Espérame por ahí. Y gracias, gracias a todos
vosotros, queridísimos hermanos.
Estaba sonando la hora tercia y me dirigí al coro, para recitar con los demás el
himno, los salmos, los versículos y el Kyrie. Los demás rezaban por el alma del
difunto Berengario. Yo daba gracias a Dios por habernos hecho encontrar no
uno sino dos pares de lentes.
Era tal la serenidad que olvidé todas las cosas feas que había visto y oído; me
quedé dormido y sólo desperté cuan-do acabó el oficio. De pronto recordé que
aquella noche no había dormido, y la idea de que, además, había abusado de
mis fuerzas no dejó de inquietarme. Entonces, ya fuera de la iglesia, el
recuerdo de la muchacha empezó a obsesionarme.
Traté de distraerme, y empecé a andar con paso vivo por la meseta. Sentía
como un ligero vértigo. Golpeaba mis manos entumecidas una con otra.
Pataleaba contra el suelo. Aún tenía sueño, pero sin embargo me sentía
despierto y lleno de vida. No entendía qué me estaba pasando.
Cuarto día
TERCIA
Donde Adso se hunde en la agonía del amor, y luego llega Guillermo con el
texto de Venancio, que sigue siendo indescifrable aun después de haber sido
descifrado.
En realidad, los terribles acontecimientos que sucedieron a mi encuentro
pecaminoso con la muchacha casi borraron el recuerdo de ese episodio, y, por
otra parte, no bien me hube confesado con fray Guillermo, mi alma se liberó del
remordimiento que la había asaltado cuando despertó luego de haber incurrido
en tan grave falta, hasta el punto de llegar a sentir que, con las palabras,
también había transferido al fraile la carga que estas últimas estaban
destinadas a significar. En efe cto, ¿para qué sirve el purificante baño de la
confesión, si no es para descargar el peso del pecado, y del remordimiento que
éste entraña, en el seno mismo de Nuestro Señor, y para que, con el perdón, el
alma gane renovada y aérea ligereza, capaz de hacernos olvidar el cuerpo
atormentado por la iniquidad? Pero yo no me había liberado del todo. Ahora
que deambulaba bajo el pálido y frío sol de aquella mañana invernal, en medio
del ajetreo de hombres y animales, afluyó el recuerdo de aquellos
acontecimientos vividos en circunstancias muy diferentes. Como si de todo lo
sucedido ya no quedase el arrepentimiento ni las palabras consoladoras del
baño penitencial, sino sólo imágenes de cuerpos y miembros humanos. Ante mi
mente sobreexcitada danzaba, hinchado de agua, el fantasma de Berengario, y
me estremecía de asco y de piedad. Luego, como para huir de aquel lémur, mi
mente buscaba otras imágenes que aún estuviesen frescas en el receptáculo
de la memoria, y mis ojos (los del alma, pero casi debería decir también los
carnales) no podían dejar de. ver la imagen de la muchacha, bella y terrible
como un ejército dispuesto para el combate.
Me he comprometido (viejo amanuense de un texto hasta ahora nunca escrito,
pero que durante largas décadas ha estado hablando en la intimidad de mi
mente) a ser un cronista fiel, y no sólo por amor a la verdad, ni por el deseo (sin
duda, muy lícito) de instruir a mis futuros lectores: sino también para que mi
memoria marchita y fatigada pueda liberarse de unas visiones que la han
hostigado durante toda la vida. Por tanto, debo decirlo todo, con decencia pero
sin vergüenza. Y debo decir, ahora, y con letras bien claras, lo que entonces
pensé y casi intenté ocultar ante mí mismo, mientras deambulaba por la
meseta, echando de pronto a correr para poder atribuir al movimiento de mi
cuerpo las repentinas palpitaciones de mi corazón, deteniéndome para admirar
lo que hacían los campesinos y fingiendo que me distraía contemplándolos,
aspirando a pleno pulmón el aire frío, como quien bebe vino para olvidar su
miedo o su dolor.
En vano. Pensaba en la muchacha. Mi carne había olvidado el placer, intenso,
pecaminoso y fugaz (esa cosa vil) que me había deparado la unión con ella,
pero mi alma no había olvidado su rostro, y ese recuerdo no acababa de
parecerle perverso, sino que más bien la hacía palpitar como si en aquel rostro
resplandeciese toda la dulzura de la creación.
De manera confusa y casi negándome a aceptar la verdad de lo que estaba
sintiendo, descubrí que aquella pobre, sucia, impúdica criatura, que (quizá con
qué perversa constancia) se vendía a otros pecadores, aquella hija de Eva que,
debilísima como todas sus hermanas, tantas veces había comerciado con su
carne, era, sin embargo, algo espléndido y maravilloso. Mi intelecto sabía que
era pábulo de pecado, pero mi apetito sensitivo veía en ella el receptáculo de
todas las gracias. Es difícil decir qué sentía yo en aquel momento. Podría tratar
de escribir que, todavía preso en las redes del pecado, deseaba,
pecaminosamente, verla aparecer en cualquier momento, y casi espiaba el
trabajo de los obreros por si, de la esquina de una choza o de la oscuridad de
un establo, surgía la figura que me había seducido. Pero no estaría escribiendo
la verdad, o bien estaría velándola para atenuar su fuerza y su evidencia.
Porque la verdad es que «veía» a la muchacha, la veía en las ramas del árbol
desnudo, que palpitaban levemente cuando algún gorrión aterido volaba hasta
ellas en busca de abrigo; la veía en los ojos de las novillas que salían del
establo, y la oía en el balido de los corderos que se cruzaban en mi camino.
Era como si toda la creación me hablara de ella, y deseaba, sí, volver a verla,
pero también estaba dispuesto a aceptar la idea de no volver a verla jamás, y
de no unirme más a ella, siempre y cuando pudiese sentir el gozo que me
invadía aquella mañana, y tenerla siempre cerca aunque estuviese, por toda la
eternidad, lejos de mí. Era, ahora intento comprenderlo, como si el mundo
entero, que, sin duda, es como un libro escrito por el dedo de Dios, donde cada
cosa nos habla de la inmensa bondad de su creador, donde cada criatura es
como escritura y espejo de la vida y de la muerte, donde la más humilde rosa
se vuelve glosa de nuestro paso por la tierra, como si todo, en suma, sólo me
hablase del rostro que apenas había logrado entrever en la olorosa penumbra
de la cocina. Me entregaba a esas fantasías porque me decía para mí (mejor
dicho, no lo decía, porque no eran pensamientos que pudiesen traducirse en
palabras) que, si el mundo entero está destinado a hablarme del poder, de la
bondad y de la sabiduría del creador, y si aquella mañana el mundo entero me
hablaba de la muchacha, que (por pecadora que fuese) era también un capítulo
del gran libro de la creación, un versículo del gran salmo entonado por el
cosmos... Decía para mí (lo digo ahora) que, si tal cosa sucedía, era porque
estaba necesariamente prevista en el gran plan teofánico que gobierna el
universo, cuyas partes, dispuestas como las cuerdas de la lira, componen un
milagro de consonancia y armonía. Como embriagado, gozaba de la presencia
de la muchacha en las cosas que veía, y, al desearla en ellas, viéndolas mi
deseo se colmaba. Y, sin embargo, en medio de tanta dicha, sentía una
especie de dolor, en medio de todos aquellos fantasmas de una presencia, la
penosa marca de una ausencia. Me resulta difícil explicar este misterio de
contradicción, signo de que el espíritu humano es bastante frágil y nunca
recorre puntualmente los senderos de la razón divina, que ha construido el
mundo como un silogismo perfecto, sino que sólo toma proposiciones aisladas,
y a menudo inconexas, de ese silogismo, lo que explica la facilidad con que
somos víctima de las ilusiones que urde el maligno. ¿Era una trampa del
maligno lo que tanto me perturbaba aquella mañana? A-hora pienso que sí,
porque entonces era sólo un novicio, pero también pienso que el humano
sentimiento que me embargó no era malo en si mismo, sino sólo en relación
con el estado en que me encontraba. Porque en sí mismo era el sentimiento
que impulsa al hombre hacia la mujer para que ambos se unan, como quiere el
apóstol de los gentiles, y sean carne de una sola carne, y juntos procreen
nuevos seres humanos y se asistan entre sí desde la juventud hasta la vejez.
Salvo que el apóstol lo dijo pensando en quienes buscan remedio para la
concupiscencia y en quien no quiere quemarse, pero no sin recordar que
mucho más preferible es el estado de castidad, al que, como monje, me había
consagrado. Por tanto, lo que aquella mañana me aquejaba era malo para mí,
pero quizá bueno, sumamente bueno, para otros, y por eso a.hora percibo que
mi confusión no se debía a la perversidad de mis pensamientos, que en sí eran
honestos y agradables, sino a la perversidad de la relación entre dichos
pensamientos y los votos que había pronunciado. En consecuencia, hacía mal
en gozar de algo que era bueno en un sentido y malo en otro, y mi falta
consistía en tratar de conciliar el dictado del alma racional con el apetito
natural. Ahora sé que mi sufrimiento se debía al contraste entre el apetito
intelectual, donde tendría que haberse manifestado el imperio de la voluntad, y
el apetito sensible, sujeto de las pasiones humanas. En efecto, actus appetitus
sensitivi in quantum habent transmutationem corporalem annexam, passiones
dicuntur, non autem actus voluntatis. Y mi acto apetitivo estaba acompañado
justamente de un temblor de todo el cuerpo, un impulso físico destinado a
concluir en gritos y agitación. El doctor angélico dice que las pasiones en sí
mismas no son malas, pero que han de moderarse mediante la voluntad guiada
por el alma racional. Sólo que aquella mañana mi alma racional estaba
adormecida por la fatiga que refrenaba al apetito irascible, volcado hacia el bien
y el mal como metas por conquistar, pero no al apetito concupiscible, volcado
hacia el bien y el mal como metas conocidas. Para justificar la irresppnsable
frivolidad con que entonces me comporté, puedo decir ahora, remitiéndome a
las palabras del doctor angélico, que, sin duda, estaba poseído por el amor,
que es pasión y ley cósmica, porque hasta la gravedad de los cuerpos es amor
natural. Y había sido seducido naturalmente por esa pasión, porque en ella
appetitus tendit in appetibile realiter consequen durri ut sit ibi finis motus. En
virtud de lo cual, naturalmente, amor facit quod ipsae res quae amantur, amanti
al¡quo modo uniantur et amor est magis cognitivus quam cognitio. En efecto, en
aquel momento veía a la muchacha mucho mejor que la noche precedente, y la
comprendía intus et in cute porque en ella me comprendía a mí mismo y en mí
a ella misma. Me pregunto ahora si lo que sentía era el amor de amistad, en el
que lo similar ama a lo similar y sólo quiere el bien del otro, o el amor de
concupiscencia, en el que se quiere el bien propio, y en el que quien carece
sólo quiere aquello que puede completarlo. Y creo que amor de concupiscencia
había sido el de la noche, en el que quería de la muchacha algo que nunca
había tenido, mientras que aquella mañana, en cambio, nada quería de la
muchacha, y sólo quería su bien, y deseaba que se viese libre de la cruel
necesidad que la obligaba a entregarse por un poco de comida, y que fuese
feliz, y tampoco quería pedirle nada en lo sucesivo, sino poder seguir pensando
en ella y poder seguir viéndola en las ovejas, en los bueyes, en los árboles, en
el sereno resplandor que rodeaba de júbilo el recinto de la abadía.
Ahora sé que la causa del amor es el bien; y el bien se define por el
conocimiento, y sólo puede amarse lo que se ha aprehendido que es bueno,
mientras que a la muchacha... Sí, había aprehendido que era buena para el
apetito irascible, pero también que era mala para la voluntad. Pero si entonces
mi alma se agitaba entre tantos y tan opuestos movimientos, era por la
semejanza entre lo que sentía y el amor más santo tal como lo describen los
doctores: me producía el éxtasis, en que el amante y el amado quieren lo
mismo (y, por una misteriosa iluminación, en aquel momento sabía que la
muchacha, estuviera donde estuviese, quería lo mismo que yo quería), y esto
me producía celos, pero no los malos, que Pablo condena en la primera a los
Corintios; porque son principium contentionis y no admiten el consortium in
amato, sino aquellos a los que se refiere Dionisio en los Nombres Divinos,
donde incluso de Dios se dice que tiene celos propter multtun amorem quem
habet ad existentia (y yo amaba a la muchacha precisamente porque existía, y
estaba contento, no envidioso, de que existiera). Estaba celoso del modo en
que, para el doctor angélico, los celos son motus in amatum, celos de amistad
que incitan a moverse contra todo lo que perjudica al amado (y en aquel
momento sólo pensaba en liberar a la muchacha del poder de quien estaba
comprando su carne manchándola con sus nefastas pasiones).
Ahora sé, como dice el doctor, que el amor puede dañar al amante cuando es
excesivo. Y el mío lo era. He intentado explicar lo que sentí entonces, y en
modo alguno intento justificar aquellos sentimientos. Estoy hablando de unos
ardores culpables que padecí en mi juventud. Eran malos, pero en honor a la
verdad debo decir que en aquel momento me parecieron muy buenos. Y que
esto sirva de enseñanza para todo aquel que como yo caiga en las redes de la
tentación. Hoy, ya viejo, conocería mil formas de escapar a tales seducciones
(y me pregunto hasta dónde debo enorgullecerme por ello, puesto que las
tentaciones del demonio meridiano ya no pueden alcanzarme, pero sí otras, de
modo que ahora me pregunto si lo que estoy haciendo en este momento no
será entregarme pecaminosamente a la pasión terrenal de evocar el pasado,
estúpido intento de escapar al flujo del tiempo, y a la muerte).
Fue casi un instinto milagroso el que entonces me salvó. La muchacha se me
aparecía en la naturaleza y en las obras humanas que había a mi alrededor. De
modo que, movido por una feliz intuición del alma, traté de sumirme en la
detallada contemplación de dichas obras. Observé el trabajo de los vaqueros,
que estaban sacando a los bueyes del establo; de los porquerizos, que estaban
llevando comida a los cerdos; de los pastores, que azuzaban a los perros para
que reunieran las ovejas; de los labradores, que llevaban escanda y mijo a los
molinos, y salían con sacos llenos de rica harina. Me sumergí en la
contemplación de la naturaleza, tratando de olvidar mis pensamientos, de mirar
a los seres tal como se nos aparecen, y, al contemplarlos, de olvidarme
gozosamente de mí mismo.
¡Qué hermoso era el espectáculo de la naturaleza aún no tocada por el saber,
a menudo perverso, del hombre!
Vi al cordero, cuyo nombre es como una muestra de reconocimiento por su
pureza y bondad. En efecto, el nombre agnus deriva del hecho de que este
animal agnoscit, reconoce a su madre, reconoce su voz en medio del rebaño, y
la madre, por su parte, entre tantos corderos de idéntica forma e idéntico
balido, reconoce siempre, y sólo, a su hijo, y lo alimenta. Vi a la oveja, cuyo
nombre es ovis, ab oblatione, pues desde los tiempos primitivos se la ha
utilizado en los sacrificios rituales; la oveja que, según su costumbre, cuando
llega el invierno busca con avidez la hierba y se harta de forraje antes de que el
hielo queme los campos de pastoreo. Y los rebaños estaban vigilados por
perros, cuyo nombre, canes, deriva de canor, por el ladrido. Animal que se
destaca de los otros por su perfección, y cuya singular agudeza le permite
reconocer al amo, y puede adiestrarse para cazar fieras en los bosques, para
proteger el rebaño de los lobos, y además protege la casa y los hijos de su
amo, llegando a veces a morir por defenderlos. El rey Garamante, apresado
por sus adversarios, fue devuelto a su patria por una jauría de doscientos
perros, que se abrieron camino a través de las filas enemigas. Al morir su amo,
el perro de Jasón, Licio, ya no quiso comer, y murió de inanición; el del rey
Lisímaco se arrojó a la hoguera de su amo para morir con él. El perro tiene el
poder de cicatrizar las heridas lamiéndolas con su lengua, y la lengua de sus
cachorros puede curar las lesiones intestinales. Por naturaleza, tiene el hábito
de utilizar dos veces la misma comida, después de haberla vomitado. Esta
sobriedad es símbolo de perfección espiritual, así como el poder taumatúrgico
de su lengua es símbolo de la purificación de los pecados que se obtiene a
través de la confesión y la penitencia. Pero el hecho de que el perro vuelva a lo
que ha vomitado también es signo de que, después de la confesión, se vuelve
a los mismos pecados de antes, y esta moraleja me fue bastante útil aquella
mañana para amonestar a mi corazón mientras admiraba las maravillas de la
naturaleza.
A todo esto, mis pasos me llevaron hacia los establos de los bueyes, que
estaban saliendo en gran cantidad guiados por los boyeros. De golpe los vi tal
como eran, y son: símbolo de amistad y bondad, porque, mientras trabaja, cada
buey se vuelve en busca de su compañero de arado, y si por casualidad éste
se encuentra ausente, lo llama con afectuosos mugidos. Los bueyes aprenden,
obedientes, a regresar solos al establo cuando llueve, y cuando se han
refugiado junto al pesebre, estiran todo el tiempo la cabeza para ver si ha
acabado el mal tiempo, porque tienen ganas de volver al trabajo. Y junto con
los bueyes también estaban saliendo los becerros, cuyo nombre -vitulus-, tanto
en las hembras como en los machos, deriva de la palabra viriditas, o también
de la palabra virgo, porque a esa edad aún son frescos, jóvenes y castos, y
muy mal había hecho, decía para mí, viendo en sus graciosos movimientos una
imagen de la incasta muchacha. En todo esto pensaba, reconciliado con el
mundo y conmigo mismo, mientras observaba los alegres trabajos matinales. Y
dejé de pensar en la muchacha o, mejor dicho, me esforcé por transformar la
pasión que sentía hacia ella en un sentimiento de gozo interior y de piadosa
serenidad.
Pensé que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se
manifiesta también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio
Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran
ciervos y atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo
de asno, cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido
como el del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi
humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia
mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de
escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido
de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de pies
con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de
perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos
más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos
agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y
otras que viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de
cierta clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso
todas estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su
sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué
grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo
Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo
de la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los
órdenes de las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del
universo, sino también el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a
través de sucesiones y caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha
nacido. Como pecador que soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión
de la carne, confieso que en aquel momento me sentí arrebatado por un
impulso de espiritual ternura hacia el Creador y la regla que gobierna este
mundo, y colmado de respetuoso júbilo admiré la grandeza y el equilibrio de la
creación.
En tal excelente disposición de ánimo, me encontró mi maestro cuando, llevado
por mis pasos y sin darme cuenta, después de haber dado casi toda la vuelta a
la abadía, regresé al sitio donde dos horas antes nos habíamos separado. Allí
estaba Guillermo, y lo que me dijo desvió el curso de mis pensamientos para
dirigirlos de nuevo hacia los tenebrosos misterios de la abadía.
Parecía muy contento. Tenía en la mano el folio de Venancio, que por fin había
podido descifrar. Fuimos a su celda, para estar lejos de oídos indiscretos, y me
tradujo lo que había leído. Después de la frase escrita en alfabeto zodiacal
(secretum finis Africae manus supra idolum age primum et septimum de
quatuor), el texto en griego decía lo siguiente:
El veneno terrible que da la purificación...
La mejor arma para destruir al enemigo...
Sírvete de las personas humildes, viles y feas, saca placer de su falta...
No debes morir... No en las casas de los nobles y los poderosos, sino en
las aldeas de los campesinos, después de abundante comida y
libaciones... Cuerpos rechonchos, rostros deformes.
Violan vírgenes y se acuestan con meretrices, no malvados, sin temor.
Una verdad distinta, una imagen distinta de la verdad...
Las venerables higueras.
La piedra desvergonzada rueda por la llanura... Ante los ojos.
Hay que engañar y sorprender engañando, decir lo contrario de lo que
se creía, decir una cosa y referirse a otra.
Para ellos las cigarras cantarán desde el suelo.
Eso era todo. En mi opinión, demasiado poco, casi nada. Parecía el delirio de
un demente, y se lo dije a Guillermo.
---Quizá. Y sin duda mi traducción agrava su demencia. Mi conocimiento del
griego es bastante aproximativo. Sin embargo, aun suponiendo que Venancio
estuviese loco, o que lo estuviese el autor del libro, seguiríamos sin saber por
qué tantas personas, y no todas locas, se han afanado tanto, primero para
esconder el libro, y luego para recuperarlo.
-¿Estas frases proceden del libro misterioso?
-No hay duda de que las escribió Venancio. Tú mismo puedes ver que no se
trata de un pergamino antiguo. Deben de ser apuntes que tomó mientras leía el
libro; si no, no las habría escrito en griego. Sin duda, Venancio copió,
abreviándolas, ciertas frases que había encontrado en el volumen sustraído al
finis Africae. Lo llevó al scriptorium y empezó a leerlo, anotando lo que le
parecía importante. Después sucedió algo. 0 bien se sintió mal, o tal vez oyó
que alguien subía. Entonces guardó el libro, junto con los apuntes, debajo de
su mesa, casi seguro que con la idea de retomarlo la noche siguiente. De todos
modos, sólo partiendo de este folio podremos reconstruir la naturaleza del libro
misterioso, y sólo sobre la base de la naturaleza de ese libro podrá inferirse la
naturaleza del homicida. Porque en todo crimen que se comete para
apoderarse de un objeto, la naturaleza del objeto debiera proporcionar una
idea, por pálida que fuese de la naturaleza del asesino. Cuando se mata por un
puñado de oro, el asesino ha de ser alguien ávido de riquezas. Cuando se
mata por un libro, el asesino ha de ser alguien empeñado en reservar para sí
los secretos de dicho libro. Por tanto, es preciso averiguar qué dice ese libro
que no tenemos.
-¿Y partiendo de estas pocas líneas seríais capaz de descubrir de qué libro se
trata?
---QueridoAdso, estas palabras parecen proceder de un libro sagrado, palabras
cuyo sentido va más allá de lo que dice la letra. Al leerlas esta mañana,
después de haber hablado con el cillerero, me impresionó el hecho de que
también en ellas se alude a los simples y a los campesinos, como portadores
de una verdad distinta a la verdad de los sabios. El cillerero dio a entender que
está unido a Malaquías por una extraña complicidad. ¿Acaso Malaquías habrá
escondido algún peligroso texto herético que Remigio pudo haberle entregado?
En tal caso, lo que Venancio habría leído y apuntado serían unas misteriosas
instrucciones acerca de una comunidad de hombres rústicos y viles, en
rebelión contra todo y contra todos. Pero...
-¿Qué?
-Pero hay dos hechos que no encajan en mi hipótesis. Uno es que Venancio no
parecía interesado en tales asuntos: era un traductor de textos griegos, no un
predicador de herejías... El otro es que esta primera hipótesis no explicaría la
presencia de frases como la de las higueras, la piedra o las cigarras...
-Quizá son enigmas y significan otra cosa -sugerí-. ¿0 tenéis otra hipótesis?
-sí, pero aún es muy confusa. Tengo la impresión, al leer esta página, de que
ya he leído algunas de las palabras que figuran en ella, y recuerdo frases casi
idénticas que he visto en otra parte. Me parece, incluso, que aquí se habla de
algo que ya se ha mencionado en estos días... Pero no puedo recordar de qué
se trata. He de pensar en esto. Quizá tenga que leer otros libros.
-¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros?
-A veces es así. Los libros suelen hablar de otros libros. A menudo un libro
inofensivo es como una simiente, que al florecer dará un libro peligroso, o
viceversa, es el fruto dulce de una raíz amarga. ¿Acaso leyendo a Alberto no
puedes saber lo que habría podido decir Tomás? ¿0 leyendo a- Tomás lo que
podría haber dicho Averroes?
-Es cierto --dije admirado.
Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o
divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los
libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de
esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el
ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre
pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana
era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables
mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o
de quienes los habían ido transmitiendo.
-Pero entonces --dije-, ¿de qué sirve esconder los libros, si de los libros visibles
podemos remontamos a los ocultos?
-Si se piensa en los siglos, no sirve de nada. Si se piensa en años y días,
puede servir de algo. De hecho, ya ves que estamos desorientados.
-¿De modo que una biblioteca no es un instrumento para difundir la verdad,
sino para retrasar su aparición? -pregunté estupefacto.
-No siempre, ni necesariamente. En este caso, sí.
Cuarto día
SEXTA
Donde Adso va a buscar trufas y se encuentra con un grupo de franciscanos
que llega a la abadía, y por una larga conversación que éstos mantienen con
Guillermo y Ubertino se saben cosas muy lamentables sobre Juan XXII.
Después de estas consideraciones, mi maestro decidió no hacer nada más. Ya
he dicho que a veces tenía momentos así, de total inactividad, como si se
detuviese el ciclo incesante de los astros, y él con ellos y ellos con él. Eso fue
lo que sucedió aquella mañana. Se tendió sobre su jergón con la mirada en el
vacío y las manos cruzadas sobre el pecho, moviendo apenas los labios, como
si estuviese recitando una plegaria, pero en forma irregular y sin devoción.
Pensé que estaba pensando, y decidí respetar su meditación. Regresé a los
corrales y vi que el sol ya no brillaba. La mañana había sido bella y límpida,
pero ahora (casi agotada la primera mitad del día) se estaba poniendo húmeda
y neblinosa. Grandes nubes llegaban por el norte e invadían la meseta,
envolviéndola en una ligera neblina. Parecía bruma, y quizá también surgiese
bruma del suelo, pero a aquella altura era difícil distinguir entre esta última, que
venía de abajo, y la niebla, que se desprendía de las nubes. Apenas se
divisaba ya la mole de los edificios más distantes.
Vi a Severino que, muy animado, estaba reuniendo a los porquerizos y algunos
cerdos. Me dijo que iban a buscar trufas en las laderas de las montañas y en el
valle. Yo aún no conocía ese fruto exquisito de la espesura, que crecía en los
bosques de aquella península, y que parecía típico de las tierras benedictinas,
ya fuese en Norcia -donde era negro- o en las tierras donde me encontraba---
más blanco y más perfumado. Severino me explicó en qué consistía y lo
sabroso que era, preparado en las formas más diversas. Y me dijo que era muy
difícil de encontrar, porque se escondía bajo la tierra, más hondo que las setas,
y que los únicos animales capaces de descubrirlo, guiándose por el olfato, eran
los cerdos. Pero que, cuando lo encontraban, querían devorarlo, y había que
alejarlos en seguida para impedir que lo desenterraran. Más tarde supe que
muchos caballeros no desdeñaban ese tipo de cacería, y que seguían a los
cerdos como si fuesen sabuesos de noble raza, y seguidos a su vez por
servidores provistos de azadas. Recuerdo incluso que, años después, un señor
de mi tierra, sabiendo que había estado en Italia, me preguntó si yo también
había visto que allí los señores salían a apacentar cerdos, y me eché a reír
porque comprendí que se refería a la búsqueda de la trufa. Pero, como le dije
que esos señores buscaban con tanto afán bajo la tierra el «tar-tufo», como
llaman allí a la trufa, para luego comérselo, entendió que se trataba de «der
Teufel», o sea, del diablo, y se santiguó con gran devoción, mirándome atónito.
Aclarada la confusión, ambos nos echamos a reír. Tal es la magia de las
lenguas humanas, que a menudo, en virtud de un acuerdo entre los hombres,
con sonidos iguales significan cosas diferentes.
Intrigado por los preparativos de Severino, decidí seguirlo. Porque comprendí
además que con esa excursión trataba de olvidar los tristes acontecimientos
que pesaban sobre todos nosotros, y pensé que, ayudándole a olvidar sus
pensamientos, quizá lograse, si no olvidar, al menos refrenar los míos.
Tampoco esconderé, puesto que me he propuesto escribir siempre, y sólo, la
verdad, que en, el fondo me seducía la idea de que una vez en el valle, quizá
podría ver, aunque fuese de lejos, a cierta persona. Pero para mí, y casi en voz
alta, dije que, como aquel día se esperaba a las dos legaciones, quizá podría
ver la llegada de alguna de ellas.
A medida que descendíamos por las vueltas de la ladera, el aire se hacía más
claro, no porque apareciese de nuevo el sol, pues arriba el cielo estaba
cubierto de nubes, sino porque la niebla iba quedando por encima de nuestras
cabezas y podíamos distinguir las cosas con claridad. E, incluso, cuando
hubimos descendido un buen trecho, me volví para mirar la cima de la
montaña, y no vi nada: desde la mitad de la ladera, la cumbre del monte, la
meseta, el Edificio, todo, había desaparecido entro las nubes.
La mañana en que llegamos, cuando subíamos entre las montañas, todavía era
visible, en ciertas vueltas del camino, a no más de diez millas de distancia, y
quizá a menos, el mar. Nuestro viaje había estado lleno de sorpresas, porque
de golpe nos encontrábamos en una especie de terraza elevada a cuyo pie se
veían golfos de una belleza extraor- dinaria, y poco después nos metíamos en
gargantas muy profundas, donde las montañas se erguían tan cerca unas de
otras que desde ninguna era posible divisar el espectáculo lejano de la costa,
mientras que a duras penas el sol lograba llegar hasta el fondo de los valles.
Nunca como en aquella parte de Italia había visto una compenetración -tan
íntima y tan inmediata de mar y montañas, de litorales y paisajes alpinos, y en
el viento que silbaba en las gargantas podía escucharse la alternante pugna
entre los bálsamos marinos y el gélido soplo rupestre.
Aquella mañana, en cambio, todo era gris, casi blanco como la leche, y no
había horizontes, incluso cuando las gargantas se abrían hacia las costas
lejanas. Pero me demoro en recuerdos que poco interesan para los fines de la
historia que nos preocupa, paciente lector de mi relato.
De modo que no me detendré a narrar las variadas vicisitudes de nuestra
búsqueda de los «derteufel». Sí hablaré de la legación de frailes franciscanos
que fui el primero en avistar, para correr en seguida al monasterio y dar parte a
Guillermo de su llegada.
Mi maestro dejó que los recién llegados entraran y fueran saludados por el
Abad según el rito establecido. Después avanzó hacia el grupo, y aquello fue
una sucesión de abrazos y saludos fraternales.
Ya había pasado la hora de la comida, pero estaba dispuesta una rica mesa
para los huéspedes, y el Abad tuvo la delicadeza de dejarlos solos, y a solas
con Guillermo, dispensándolos de los deberes de la regla, para que pudieran
comer libremente y, al mismo tiempo, cambiar impresiones entre sí, puesto
que, en definitiva, se trataba, que Dios me perdone la odiosa comparación, de
una especie de consejo de guerra, que debía celebrarse lo más pronto posible,
antes de que llegasen las huestes enemigas, o sea, la legación de Aviñón.
Es inútil decir que los recién llegados también se encontraron en seguida con
Ubertino, a quien todos saludaron con una sorpresa, una alegría y una
veneración explicables no sólo por su prolongada ausencia sino también por
los rumores que habían circulado acerca de su muerte, así como por las
cualidades de aquel valeroso guerrero que desde hacía décadas venía librando
una batalla que también era la de ellos.
Más tarde, cuando describa la reunión del día siguiente, mencionaré a los
frailes que integraban el grupo. Entre otras razones, porque entonces hablé
muy poco con ellos, concentrado como estaba en el consejo tripartito que de
inmediato formaron Guillermo, Ubertino y Michele da Cesena.
Michele debía de ser un hombre muy extraño: ardiente de pasión franciscana
(a veces sus gestos y el tono de su voz eran como los de Ubertino en los
momentos de rapto místico), muy humano y jovial en su carácter terrestre de
hombre de la Romaña, capaz, como tal, de apreciar la buena mesa, y feliz de
reunirse con los amigos; sutil y evasivo, capaz de volverse de golpe hábil y
astuto como un zorro, simulador como un topo, cuando se rozaban problemas
vinculados con las relaciones entre los poderosos; capaz de estallar en
carcajadas, de crear tensiones fortísimas, de guardar elocuentes silencios,
experto en desviar la mirada del interlocutor cuando éste hacía preguntas que
obligaban a recurrir a la distracción para disimular el deseo de no responderle.
En las páginas precedentes ya he dicho algo sobre él, cosas que había oído
decir, quizá por personas que, a su vez, también las habían oído decir. Ahora,
en cambio, podía entender mejor muchas de las actitudes contradictorias y los
repentinos cambios de objetivos políticos que en los últimos años habían
desconcertado incluso a sus propios amigos y seguidores. Ministro general de
la orden de los franciscanos, era, en principio, el heredero de San Francisco, y,
de hecho, el heredero de sus intérpretes: debía competir con la santidad y
sabiduría de un predecesor como Buenaventura da Bagnoregio; debía
asegurar el respeto de la regla pero, al mismo tiempo, la riqueza de la orden,
tan grande y poderosa,debía prestar oídos a las cortes y a las magistraturas
ciudadanas, que proporcionaban a la orden, aunque fuese en forma de
limosnas, donaciones y legados que constituían su riqueza y su prosperidad; y,
al mismo tiempo, debía Vigilar que la necesidad de penitencia no arrastrase
fuera de la orden a los espirituales más fervientes, disolviendo la espléndida
comunidad, a cuya cabeza se encontraba, en una constelación de bandas
heréticas. Debía contentar al papa, al imperio, a los frailes de la vida pobre, y,
sin duda, también a San Francisco que lo vigilaba desde el cielo, y al pueblo
cristiano que lo vigilaba desde la tierra. Cuando Juan condenó a todos los
espirituales acusándolos de herejía, Mi -, chele no tuvo reparos en entregarle
cinco de los más tercos frailes de Provenza, dejando que el pontífice los
enviase a la hoguera. Pero al advertir (y no debió de haber andado lejos la
mano de Ubertino) que en la orden muchos simpatizaban con los partidarios de
la simplicidad evangélica, había dado los pasos adecuados para que, cuatro
años después, el capítulo de Perusa se adhiriese a las tesis de los quemados.
Desde luego, esto había obedecido a su voluntad de integrar en la práctica y en
las instituciones de la orden una exigencia capaz de convertirse en herejía, y
obrando de ese modo había deseado que lo que ahora deseaba la orden fuese
deseado también por el papa. Pero, mientras esperaba convencer a este
último, cuyo consentimiento le resultaba imprescindible para lograr sus
objetivos, no había desdeñado el apoyo del emperador y de los teólogos
imperiales. Sólo dos años antes de la fecha en que lo vi, había ordenado a sus
hermanos, en el capítulo general de Lyon, que siempre se refiriesen a la
persona del papa con moderación y respeto (pero meses antes este último
había hablado de los franciscanos protestando contra «sus ladridos, sus
errores y sus locuras»). Y, sin embargo, ahora compartía amistosamente la
mesa con personas que hablaban del papa con un respeto menos que nulo.
El resto ya lo he dicho. Juan quería que fuese a Aviñón, y él quería y no quería
ir, y en la reunión del día siguiente debería decidirse de qué manera y con qué
garantías habría de realizarse un viaje que no tendría que aparecer como un
acto de sumisión pero tampoco como un desafío. Creo que Michele nunca se
había encontrado personalmente con Juan, al menos desde que éste era papa.
En cualquier caso, hacía tiempo que no lo veía, y sus amigos se apresuraron a
pintarle con, tonos muy negros el retrato de aquel simoníaco.
-Hay algo que tendrás que aprender -le estaba diciendo Guillermo-: a no confiar
en sus juramentos, pues siempre se las ingenía para respetar la letra y violar el
contenido.
-Todos saben -decía Ubertino - lo que sucedió cuando fue elegido...
-¡Yo no hablaría de elección, sino de imposición! -intervino un comensal, al que
luego oí que llamaban Hugo de Newcastle, y cuyo acento era muy parecido al
de mi maes, tro-. Por de pronto, ya la muerte de Clemente V no ha estado
nunca muy clara. El rey nunca le había perdonado que hubiera prometido un
proceso póstumo contra Bonifacio VHI y que después hubiese hecho cualquier
cosa para no condenar a su predecesor. Nadie sabe bien cómo murió en
Carpentras. El hecho es que, cuando los cardenales celebraron allí su
cónclave, no designaron nuevo papa, porque (y con razón) la discusión versó
sobre si la sede debería estar en Aviñón o en Roma. No sé bien qué sucedió
en aquellos días, una masacre, me dicen, los cardenales amenazados de
muerte por el sobrino del papa muerto, sus servidores horriblemente
asesinados, el palacio en llamas, los cardenales apelando al rey, éste diciendo
que nunca había querido que el papa abandonase Roma, que tuvieran
paciencia e hiciesen una buena elección... Después, la muerte de Felipe el
Hermoso, también Dios sabe cómo.
---0 el diablo lo sabe -dijo santiguándose Ubertino, y lo mismo hicieron los
otros.
---0 el diablo lo sabe -admitió Hugo con una sonrisa burlona----. En resumen, le
sucede otro rey, que sobrevive dieciocho meses y luego muere, y también
muere su heredero, pocos días después de haber nacido, y su hermano, el
regente, asume el trono...
-Felipe V, el mismo que, cuando aún era conde de Poitiers, había vuelto a
reunir a los cardenales que huían de Carpentras -dijo Michele.
-Así es -prosiguió Hugo-, hizo que el cónclave volviera a reunirse en Lyon, en el
convento de los dominicos, y juró velar por su indemnidad y no mantenerlos
prisioneros. Pero apenas estuvieron a su merced, no sólo los hizo encerrar con
llave (lo que, por lo demás, concordaría con el uso establecido), sino que
también ordenó que se les fuera reduciendo la comida a medida que pasasen
los días sin que tomaran ninguna decisión. Además, prometió a cada uno que
apoyaría sus pretensiones al solio pontificio. Finalmente, cuando asumió el
trono, los cardenales, cansados después de dos años de prisión, por miedo a
seguir así durante el resto de sus días, y con tan mala comida, aceptaron
cualquier cosa, los muy glotones, y acabaron elevando a la cátedra de Pedro a
ese gnomo casi octogenario...
-¡Gnomo sí! -exclamó riendo Ubertino-. ¡Y de aspecto enclenque, pero más
robusto y astuto de lo que se creía!
-Hijo de zapatero -gruñó uno de los enviados.
-¡Cristo era hijo de carpintero! -lo amonestó Ubertino,-. Esto no importa. Es un
hombre instruido, ha estudiado leyes en Montpellier y medicina en París, ha
sabido cultivar sus amistades con habilidad suficiente como para obtener los
obispados y el sombrero cardenalicio cuando lo consideró oportuno, y cuando
fue consejero de Roberto el Sabio, en Nápoles, su perspicacia causó el
asombro de muchos. Y como obispo de Aviñón dio a Felipe el Hermoso los
consejos justos (quiero decir, justos para los fines de aque lla sórdida empresa)
para que lograra la ruina de los templarios. Y después de la elección supo
escapar a una conjura de los cardenales, que querían matarlo... Pero no me
refería a esto, sino a su habilidad para traicionar los juramentos sin que pueda
acusárselo de perjurio. Cuando fue elegido, y para ello prometió al cardenal
Orsini que volvería a trasladar la sede pontificia a Roma, juró por la hostia
consagrada que si no cumplía esa promesa no volvería a montar en un caballo
o en un mulo... Pues bien, ¿sabéis que hizo, el muy zorro? Después de la
coronación, en Lyon (contra la voluntad del rey, que quería que la ceremonia se
celebrase en Aviñón), ¡regresó a Aviñón en barco!
Todos los frailes se echaron a reír. El papa sería un perjuro, pero no podía
negársele cierto ingenio.
-Es un desvergonzado -comentó Guillermo-. ¿No ha dicho Hugo que ni siquiera
trató de ocultar su mala fe? ¿No me has contado, Ubertino, lo que le dijo a
Orsini el día que llegó a Aviñón?
-Sí -dijo Ubertino-, le dijo que el cielo de Francia era tan hermoso que no veía
por qué debía poner el pie en una ciudad llena de ruinas como Roma. Y que,
puesto que el papa tenía, como Pedro, el poder de atar y desatar, él ejercía ese
poder y decidía quedarse donde estaba, y donde tan bien se sentía. Y cuando
Orsini trató de recordarle que su deber era vivir en la colina vaticana, lo llamó
secamente a la obediencia, y dio por concluida la discusión. Pero allí no acabó
la historia del juramento. Al bajar del barco debía montar una yegua blanca,
seguido de sus cardenales montados en caballos negros, como lo quiere la
tradición. Pero, en cambio, fue a pie hasta el palacio episcopal. Y creo que
nunca más montó a caballo. ¿Y de este hombre esperas, Michele, que respete
las garantías que pueda darte?
Michele estuvo un rato en silencio. Luego dijo:
-Puedo comprender que el papa desee quedarse en Aviñón, no se lo discuto.
Pero él tampoco podrá discutir nuestro deseo de pobreza y nuestra
interpretación del ejemplo de Cristo.
-No seas ingenuo, Michele -intervino Guillermo-. Vuestro, nuestro deseo pone
en evidencia la perversidad del suyo. Debes comprender que desde hace
siglos no ha habido en el trono pontificio un hombre más codicioso. Las
meretrices de Babilonia, contra las que antaño arremetió nuestro Ubertino, los
papas corruptos que mencionaban los poetas de tu país, como ese Alighieri,
eran mansos y sobrios corderillos comparados con Juan. ¡Es una urraca
ladrona, un usurero judío! ¡Se trafica más en Aviñón que en Florencia! Me he
enterado de la innoble transacción con' el sobrino de Clemente, Bertrand de
Goth, el de la masacre de Carpentras (donde, entre otras cosas, a los
cardenales los aliviaron del peso de sus joyas): Bertrand se había apoderado
del tesoro de su tío, que no era ninguna bagatela, y Juan conocía muy bien el
detalle de lo robado (en la Cum venerabiles enumera con precisión las
monedas, los vasos de oro y plata, los libros, las alfombras, las piedras
preciosas, los paramentos ... ), pero fingió ignorar que Bertrand se había alzado
con más de un millón y medio de florines de oro durante el saqueo de
Carpentras, y discutió sobre otros treinta mil florines que éste declaraba haber
recibido de su tío para «un fin piadosq.», o sea para una ' cruzada. Se decidió
que Bertrand retuviese la mitad de esa suma para la cruzada, y que el resto
pasara al santo solio. Pero Bertrand nunca hizo la cruzada, al menos todavía
no la ha hecho, y el papa tampoco ha visto un florín.
---0 sea que no es tan hábil como se dice -observó Michele.
-Es la única vez que lo han engañado en cuestiones de dinero -dijo Ubertino-.
Ya puedes ir sabiendo con qué raza de mercader tendrás que lidiar. En todos
los demás casos ha mostrado una habilidad diabólica para embolsar dinero. Es
un rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro y va a parar a las arcas de
Aviñón. Cada vez que he entrado en sus habitaciones he visto banqueros,
cambistas, mesas cargadas de oro, y clérigos contando y apilando florín sobre
florín... Y ya verás el palacio que se ha hecho construir, con lujos que antes
sólo podían atribuirse al emperador de Bizancio o al Gran Kan de los tártaros.
¿Ahora comprendes por qué ha emitido tantas bulas contra la idea de la
pobreza? ¿Sabes que, por odio a nuestra orden, ha hecho esculpir a los
dominicos imágenes de Cristo donde éste aparece con corona real, túnica de
oro y púrpura, y calzado suntuoso? En Aviñón 'se han exhibido crucifijos en los
que se ve a Jesús con una sola mano clavada, pues con la otra toca una bolsa
que cuelga de-su cintura, para significar que El autoriza el uso del dinero con
fines religiosos...
-¡Oh, qué desvergonzado! -exclamó Michele-. ¡Pero eso es pura blasfemia!
-Ha añadido -prosiguió Guillermo- una tercera corona a la tiara papal, ¿verdad,
Ubertino?
-Sí. Al comienzo del milenio, el papa Hildebrando había adoptado una, con la
inscripción Corona regni de manu De¡; hace poco, el infame Bonifacio añadió
una segunda, con las palabras Diadema imperii de manu Petri y ahora Juan no
ha hecho más que perfeccionar el símbolo: tres coronas, el poder espiritual, el
poder temporal y el poder eclesiástico. Un símbolo de los reyes persas, un
símbolo pagano...
Había un fraile que hasta entonces había permanecido en silencio, ocupado
con gran devoción en tragar los exquisitos platos que el Abad había mandado
traer a la mesa de los visitantes. Escuchaba distraído lo que decían unos y
otros, lanzando cada tanto una risa sarcástica dirigida al pontífice, o algún
gruñido de aprobación cuando los otros comensales expresaban su desprecio.
Pero si no, lo que hacía era limpiarse la barbilla del pringue y los trozos de
carne que dejaba caer su boca desdentada pero voraz, y las únicas veces que
había dirigido la palabra a uno de sus vecinos había sido para alabar la bondad
de algún manjar. Luego supe que era micer Girolamo, aquel obispo de Caffa
que días antes Ubertino había creído muerto (y debo decir que la noticia de que
había muerto dos años atrás se tuvo por cierta en toda la cristiandad durante
mucho tiempo, porque más tarde volví a escucharla; de hecho, murió pocos
meses después de nuestro encuentro, y sigo pensando que su muerte se debió
a la rabia que tuvo que tragar durante la reunión del día siguiente, hasta el
punto que creí que estallaría allí mismo, porque su cuerpo era muy frágil y tenía
humor bilioso).
Intervino en aquel momento de la conversación para decir, con la boca llena:
-Sabed también que el infame ha establecido una constitución sobre las «taxae
sacrae paenitentiariae, donde especula con los pecados de los religiosos para
extraer aún más dinero. Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una
monja, con una pariente, o incluso con una mujer cualquiera (¡porque también
esto sucede% podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras
de oro y doce sueldos. Y si comete actos bestiales, serán más de doscientas
liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa
se reducirá en cien liras. Y una monja que se haya entregado a muchos
hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del
convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento
treinta y una liras de oro y quince sueldos...
¡Vamos, micer Girolamo -protestó Ubertino-., bien sabéis lo poco que amo al
papa, pero en esto debo defenderlo! ¡Esa es una calumnia que circula en
Aviñón: nunca he visto tal constitución!
-Existe -afirmó con energía Girolamo-. Tampoco yo la he visto, pero existe.
Ubertino movió la cabeza y los demás callaron. Comprendí que estaban
acostumbrados a no tomar demasiado en serio a micer Girolamo, a quien el
otro día Guillermo había definido como un tonto. Fue Guillermo quien, en todo
caso, trató de reanudar la conversación:
-Sea o no falso, este rumor demuestra cuál es el clima moral que reina en
Aviñón, donde todos, explotados y explotadores, saben que viven más en un
mercado que en la corte de un representante de Cristo. Cuando Juan ascendió
al trono, se hablaba de un tesoro de setenta mil florines de oro, y ahora hay
quien dice que ha acumulado más de diez millones.
-Así es -dijo Ubertino-. ¡Michele, Michele, no sabes las inmoralidades que he
tenido que ver en Aviñón!
-Tratemos de ser honestos -dijo Michele-. Sabemos que también los nuestros
han cometido excesos. Me han llegado noticias de franciscanos que atacaban
con armas los conventos dominicanos y desnudaban a los frailes enemigos
para imponerles la pobreza... Por eso no me atreví a en frentar a Juan en la
época de los casos de Provenza... Quiero Regar a un acuerdo con él: no
humillaré su orgullo, sólo le pediré que no humille nuestra humildad. No le
hablaré de dinero, sólo le pediré que admita una sana interpretación de las
escrituras. Y eso es lo que hemos de hacer mañana con sus enviados. Al fin y
al cabo, son hombres de teología, y no todos serán rapaces como Juan. Una
vez que hombres con esa autoridad hayan deliberado sobre una interpretación
escrituraria, ya no podrá...
-¿El? -interrumpió Ubertino-. Pero aún no conoces sus locuras en el campo de
la teología. Lo que quiere es atarlo todo con sus manos, tanto en el cielo como
en la tierra. En la tierra ya hemos visto lo que hace. En cuanto al cielo... Pues
bien, todavía no ha expresado las ideas a que me refiero, al menos no
públicamente, pero me consta que las ha comentado con sus fieles. Está
elaborando unas proposiciones insensatas, si no perversas, que podrían alterar
la sustancia misma de la doctrina, ¡y que invalidarían por completo nuestra
prédica!
-¿Qué proposiciones? -preguntaron muchos.
-Preguntad a Berengario, él las conoce, fue él quien me las mencionó.
Ubertino se volvió hacia Berengario Talloni, que en los últimos años había sido
uno de los adversarios más francos del pontífice en su propia corte.
Y de allí venía ahora, pues sólo un par de días antes se había reunido con los
otros franciscanos, y con ellos había llegado a la abadía.
-Es una historia lúgubre y casi increíble --- dijo Berengario-. Pues bien, parece
que Juan se propone sostener que los justos sólo gozarán de la visión beatífica
después del Juicio. Hace tiempo que reflexiona sobre el versículo noveno del
capítulo sexto del Apocalipsis, el que habla de la apertura del quinto sello, y
aparecen al pie del altar los que han muerto para dar testimonio de la palabra
de Dios, y piden justicia. A cada uno se le entrega una túnica blanca y se te
pide que tenga un poco más de paciencia... Signo, argumenta Juan, de que no
podrán ver a Dios en su esencia hasta que se lleve a cabo el juicio final.
-Pero, ¿con quién ha hablado de eso? -preguntó Michele aterrorizado.
-Hasta ahora, con unos pocos íntimos, pero ha corrido acion púla voz, se dice
que está preparando una comunic --blica, no en seguida, quizá dentro de unos
años, está consultando con sus teólogos...
-¡Jal -rió sarcástico Girolamo, sin dejar de masticar.
-No sólo eso. Parece que quiere ir más allá y sostener que tampoco el infierno
se abrirá antes de ese día... Ni siquiera para los demonios.
_¡Jesucristo, ayúdanos! -exclamó Girolamo-. ¿Qué les contaremos entonces a
los pecadores si no podemos amenazarlos con el infierno inmediato, en
seguida después de la muerte?
-Estamos en manos de un loco -dijo Ubertino---. Pero no entiendo por qué
quiere sostener estas cosas...
-Con ello se va en humo toda la doctrina de las indulgencias -lamentó
Girolamo-, y ni siquiera él` podrá seguir vendiéndolas. ¿Por qué un cura que
haya cometido actos bestiales deberá pagar tantas liras de oro para evitar un
castigo tan lejano?
-No tan lejano --dijo con energía Ubertino---. ¡Los tiempos están cerca!
-Eso lo sabes tú, querido hermano, pero no los simples. ¡Dónde hemos llegado!
-gritó Girolamo, que parecía no gozar ya ni de lo que estaba comiendo-. ¡Qué
idea nefasta! Deben de habérsela metido en la cabeza esos frailes
predicadores.., ¡Ay! -y movió la cabeza.
-Pero, ¿por qué? -repitió Michele da Cesena.
-No creo que exista una razón -dijo Guillermo-. Es una prueba que se impone a
sí mismo, un acto de orgullo. Quiere ser realmente el que decida tanto sobre el
cielo como sobre la tierra. Sabía que corrían esos rumores, Guillermode Occam
me los había mencionado en una carta. Veremos quién se saldrá con la suya,
el papa o los teólogos, la voz de toda la iglesia, los propios deseos del pueblo
de Dios, los obispos...
-¡Oh! En cuestiones de doctrina podrá imponerse incluso a los teólogos -dijo
con tristeza Michele.
-No está dicho que deba ser así -respondió Guillermo. En los tiempos que
vivimos los conocedores de las cosas divinas no temen proclamar que el papa
es un hereje. Y ellos son, a su manera, la voz del pueblo cristiano, contra el
cual ya ni siquiera el papa podrá actuar.
-Peor, todavía peor -murmuró Michele aterrado-. De un lado, un papa loco, del
otro, el pueblo de Dios, que, aunque sea por boca de sus teólogos, pronto
querrá interpretar libremente las escrituras...
-¿Y qué? ¿Acaso vosotros habéis hecho algo distinto en Perusa? -preguntó
Guillermo.
Michele dio un brinco, como si le hubiesen puesto el dedo en la llaga:
-Por eso quiero encontrarme con el papa. No podemos hacer nada mientras no
contemos con su consentimiento.
En verdad, mi maestro era muy perspicaz. ¿Cómo había hecho para prever
que el propio Michele decidiría más tarde apoyarse en los teólogos del imperio
y en el pueblo para condenar al papa? ¿Cómo había hecho para prever que,
cuando cuatro años después el papa enunciase por primera vez su increíble
doctrina, se produciría una sublevación por parte de toda la cristiandad? Si la
visión beatífica se atrasaba tanto, ¿cómo habrían podido los difuntos interceder
por los vivos? ¿Y dónde iría a parar el culto de los santos? Serían
precisamente los franciscanos quienes iniciasen las hostilidades condenando al
papa, y Guillermo de Occam se encontraría entre los primeros, con sus
argumentaciones severas e implacables. La lucha duraría tres años, hasta que
Juan, ya próximo a morir, desistiría parcialmente de sus tesis. Me lo
describieron unos años más tarde, tal como apareció en el consistorio de
diciembre de 1334, más pequeño que nunca, consumido por la edad,
nonagenario y moribundo, pálido. Sus palabras habrían sido las siguientes
(hábil, el muy zorro, y capaz de jugar con las palabras no sólo para violar sus
propios juramentos, sino también para renegar de sus propias obstinaciones):
«Declaramos y creemos que las almas separadas del cuerpo y completamente
purificadas están en el cielo, en el paraíso con los ángeles, y con Jesucristo, y
que ven a Dios en su divina esencia, claramente y cara a cara ... » Y luego,
después de una pausa, nunca se supo si debida a la dificultad con que
respiraba o al designio perverso de marcar el carácter adversativo de la última
parte de la frase, « ... en la medida en que el estado y la condición del alma
separada lo permitan». La mañana siguiente, era domingo, se hizo trasladar a
una silla de caderas, recibió el besamanos de sus cardenales, y murió.
Pero de nuevo me voy por las ramas y no cuento lo que debería contar. Lo que
sucede es que, en el fondo, tampoco se dijo ya nada en torno a aquella mesa
que añada demasiado para la comprensión de los hechos que estoy relatando.
Los franciscanos se pusieron de acuerdo sobre cuál sería la actitud que
adoptarían al día siguiente. Consideraron las cualidades de cada uno de sus
adversarios. Comentaron preocupados la noticia, que les transmitió Gillermo,
de la llegada de Bernardo Gui. Y se inquietaron aún más por el hecho de que la
legación aviñonesa fuese a estar presidida por el cardenal Bertrando del
Poggetto. Dos inquisidores eran demasiados: signo de que se quería usar
contra los franciscanos el argumento de la herejía.
-Peor para ellos -dijo Guillermo-, nosotros también los acusaremos de herejía.
-No, no -dijo Michele , procedamos con prudencia, no debemos comprometer la
posibilidad de un acuerdo.
-Por más que lo pienso -dijo Guillermo. y a pesar dehaber trabajado para que
este encuentro pudiera realizarse, como tú bien sabes, Michele, no logro
convencerme de que los aviñoneses vengan con el propósito de llegar a algún
resultado positivo. Juan quiere que vayas a Aviñón sólo y sin garantías. Pero al
menos el encuentro servirá para que te des cuenta de que es así. Peor hubiera
sido que viajases sin haber tenido esta experiencia.
-De modo que durante meses has estado desviviéndote por algo que
consideras inútil -dijo Michele con amargura.
-Tanto tú como el emperador me lo habíais pedido -respondió Guillermo-.
Además, nunca es inútil conocer mejor a los enemigos.
En aquel momento, vinieron a avisarnos de que la segunda delegación estaba
entrando en el recinto. Los franciscanos se levantaron y fueron al encuentro de
los hombres del papa.
Cuarto día
NONA
Donde llegan el cardenal Del Poggetto, Bernardo Gui y los demás hombres de
Aviñón, y luego cada uno hace cosas diferentes.
Hombres que se conocian desde hacía tiempo, y otros que, sin conocerse,
habían oído hablar unos de otros, se saludaban en la explanada con aparente
amabilidad. Al lado del Abad, el cardenal Bertrando del Poggetto se movía
como alguien familiarizado con el poder, como un segundo pontífice,
distribuyendo sonrisas cordiales, sobre todo entre los franciscanos, augurando
prodigios de entendimiento para la reunión del día siguiente, y transmitiendo
con énfasis votos de paz y felicidad (utilizó adrede esta expresión cara a los
franciscanos) de parte de Juan XXII.
-Muy bien, muy bien -me dijo, cuando Guillermo tuvo .la gentileza de
presentarme cómo su amanuense y discípulo.
Después me preguntó si conocía Bolonia, y me alabó su belleza, su buena
comida y su espléndida universidad, invitándome a visitarla en vez de regresar
algún día, me dijo, a mis tierras germánicas, cuya gente estaba haciendo sufrir
tanto a nuestro señor papa. Luego me puso el anillo para que se lo besara,
mientras la sonrisa se dirigía ya hacia algún otro.
Por otra parte, mi atención se dirigió en seguida hacia el personaje que más
había oído mencionar aquellos días: Bernardo Gui, como lo llamaban los
franceses, Bernardo Guidoni o Bernardo Guido, como lo llamaban en otras
partes.
Era un dominico de unos setenta años, flaco pero erguido. Me impresionaron
sus ojos grises, fríos, capaces de clavarse en alguien sin revelar el sentimiento,
a pesar de que muchas veces los vería despidiendo destellos ambiguos, pues
era tan hábil para ocultar sus pensamientos y pasiones, como para expresarlos
deliberadamente.
En el intercambio general de saludos, no fue afectuoso y cordial como los
otros, sino en todo momento apenas cortés. Cuando divisó a Ubertino, a quien
ya conocía, se mostró deferente, pero la mirada que le dirigió me hizo
estremecer de inquietud. Cuando saludó a Michele da Cesena, esbozó una
sonrisa bastante enigmática, al tiempo que murmuraba sin mucho entusiasmo:
«Allá se os espera desde hace mucho», frase en la que no logré descubrir
signo alguno de ansiedad, ni sombra de ironía, ni matiz intimatorio, como
tampoco la menor huella de interés. Cuando se encontró con Guillermo, y supo
quién era, le dedicó una mirada de cortés hostilidad: pero no porque el rostro
revelase sus sentimientos secretos -tuve la certeza de que no era así (aunque
tampoco estaba seguro de que fuese capaz de abrigar sentimiento alguno)-,
sino porque, sin duda, quería que Guillermo sintiera hostilidad. Este se la
devolvió sonriéndole con exagerada cordialidad y diciéndole: «Hacía tiempo
que quería conocer a un hombre cuya fama me ha servido de lección y de
advertencia para tomar no pocas decisiones fundamentales de mi vida.» Frase
claramente elogiosa y casi aduladora para cualquiera que ignorase, y en modo
alguno era ése el caso de Bernardo, que una de las decisiones fundamentales
de la vida de Guillermo había sido la de abandonar el oficio de inquisidor. Tuve
la impresión de que, si Guillermo no habría -tenido reparos en que Bernardo
diese con sus huesos en algún calabozo imperial, tampoco este último habría
sufrido demasiado si de pronto el primero tuviera un accidente que le costase la
vida. Y como durante esos días Bernardo comandaba un grupo de hombres
armados, temí por la suerte de mi buen maestro.
El Abad ya debía de haber informado a Bernardo acerca de los crímenes
cometidos en la abadía. De hecho, fingiendo no haber percibido el veneno que
encerraba la frase de Guillermo, le dijo:
-Parece que en estos días, por solicitud del Abad, y para cumplir con la tarea
que me ha sido encomendada según los términos del acuerdo previo a este
encuentro, tendré que ocuparme de unos hechos deplorables en los que se
huele la pestífera presencia del demonio. Os lo menciono porque sé que en
otra época, cuando no había tanta distancia entre nosotros, también luchasteis
junto a mí, y los míos, en el campo donde se libraba la batalla entre las
escuadras del bien y las del mal.
-Así es -dijo Guillermo sin alterarse-, pero después me pasé al otro lado.
Bernardo encajó muy bien el golpe:
-¿Podéis decirme algo útil sobre estos hechos criminales.
-Lamentablemente, no -respondió Guillermo con tono educado-. Carezco de
vuestra experiencia en cuestiones criminales.
A partir de aquel momento, les perdí la huella. Guillermo mantuvo otra
conversación con Michele y Ubertino, y luego se retiró al scriptorium. Pidió a
Malaquías que le permitiera consultar unos libros cuyos títulos no llegué a
escuchar. Malaquías lo miró de modo extraño, pero no pudo negárselos. Me
llamó la atención que no tuviera que ir a buscarlos a la biblioteca. Estaban
todos en la mesa de Venancio. Mi maestro se sumergió en la lectura, y decidí
no molestarlo.
Bajé a la cocina. Allí estaba Bernardo Gui. Quizá quería conocer la disposición
de la abadía y estaba recorriendo todas sus dependencias. Le oí interrogar a
los cocineros y a otros sirvientes, hablando bien o mal la lengua vulgar del país
(recordé que había sido inquisidor en el norte de Italia). Me pareció que se
estaba informando acerca de las cosechas y la organización del trabajo en el
monasterio. Pero incluso cuando hacía las preguntas más inocuas, miraba a su
interlocutor con ojos penetrantes, y de pronto le espetaba otra pregunta, y
entonces su víctima palidecía y empezaba a balbucir. Concluí que, de alguna
manera singular, estaba practicando una encuesta inquisitorial, y que para ello
se valía de un arma formidable que todo inquisidor posee y utiliza en el
ejercicio de su función: el miedo del otro. Porque, en general, 1a persona
sometida a un interrogatorio dice al inquisidor, por miedo a que éste sospeche
de ella, algo que puede dar pie para que sospeche de otro.
Durante el resto de la tarde, mientras paseaba por la abadía, vi a Bernardo
dedicado a esa actividad, ya fuese junto a los molinos o en el claustro. Pero
casi nunca abordó a monjes: prefirió interrogar a hermanos laicos o a
campesinos. Al contrario de lo que hasta este momento había hecho Guillermo.
Cuarto día
VISPERAS
Donde Alinardo parece dar informaciones preciosas y Guillermo revela su
método para llegar a una verdad probable a través de una serie de errores
seguros.
Después, Guillermo bajó del scriptorium. Estaba de buen humor. Mientras
esperábamos que fuese la hora de la cena, fuimos al claustro, donde nos
encontramos con Alinardo. Recordando el pedido que me había hecho, ya el
día anterior había pasado por la cocina para conseguir garbanzos, y se los
ofrecí. Me dio las gracias y los fue metiendo en su boca desdentada y llena de
baba.
-¿Has visto, muchacho? -me dijo---. También el otro cadáver yacía donde el
libro lo anunciaba... ¡Ahora espera la cuarta trompeta!
Le pregunté por qué creía que la clave para interpretar la secuencia de los
crímenes estaba en el libro de la revelación. Me miró asombrado:
-¡En el libro de Juan está la clave de todo! -Y añadió con una mueca de rencor-
: Yo lo sabía, hace mucho que lo vengo anunciando... Fui yo, sabes, el que le
propuso al Abad... al de aquella época, reunir la mayor cantidad posible de
comentarios del Apocalipsis. Yo iba a ser el bibliotecario... Pero luego el otro
logró que lo enviaran a Silos, donde encontró los manuscritos más bellos, y
regresó con un espléndido botín. Oh, sabía dónde buscar, hablaba incluso la
lengua de los infieles... Así fue como obtuvo la custodia de la biblioteca, en mi
lugar. Pero Dios lo castigó haciéndole entrar antes de tiempo en el reino de las
tinieblas. Ja, ja... -rió con malignidad aquel viejo que hasta entonces, hundido
en la calma de la senectud, me había parecido inocente como un niño.
-¿A quién os estáis refiriendo? -preguntó Guillermo.
Nos miró desconcertado.
-¿De quién hablaba? No recuerdo... Eso fue hace tanto tiempo. Pero Dios
castiga, Dios borra, Dios ofusca incluso la memoria. Se han cometido muchos
actos de soberbia en la biblioteca. Sobre todo desde que cayó en manos de los
extranjeros. Pero Dios no deja de castigar...
No logramos que dijera nada más, de modo que lo dejamos entregado a su
pacífico y rencoroso delirio. Guillermo dijo que aquella conversación le había
interesado mucho:
-Alinardo es un hombre al que conviene escuc har. Siempre que habla dice algo
interesante.
-¿Qué ha dicho esta vez?
-Adso -dijo Guillermo-, resolver un misterio no es como deducir a partir de
primeros principios. Y tampoco es como recoger un montón de datos
particulares para inferir después una ley general. Equivale más bien a
encontrarse con uno, dos o tres datos particulares que al parecer no tienen
nada en común, y tratar de imaginar si pueden ser otros tantos casos de una
ley general que todavía no se conoce, y que quizá nunca ha sido enunciada.
Sin duda, si sabes, como dice el filósofo, que el hombre, el caballo y el mulo no
tienen hiel y viven mucho tiempo, puedes tratar de enunciar el principio según
el cual los animales que no tienen hiel viven mucho tiempo. Pero piensa en los
animales con cuernos. ¿Por qué tienen cuernos? De pronto descubres que
todos los animales con cuernos carecen de dientes en la mandíbula superior.
Este descubrimiento sería muy interesante si no fuese porque, ay, existen
animales sin dientes en la mandíbula superior, que, no obstante, también
carecen de cuernos, como el camello, por ejemplo. Finalmente, descubres que
todos los animales sin dientes en la mandíbula su~ perior tienen dos
estómagos. Pues bien, puedes suponer que cuando se tienen pocos dientes se
mastica mal y, por tanto, se necesita otro estómago para poder digerir mejor los
alimentos.
-Pero ¿a qué vienen los cuernos? -pregunté con impaciencia-. ¿Y por qué os
ocupáis de los animales con cuernos?
-Yo no me he ocupado nunca de ellos, pero el obispo de Lincoln sí que se
ocupó, y mucho, siguiendo una idea de Aristóteles. Sinceramente, no sabría
decirte si su razonamiento es correcto; tampoco me he fijado en dónde tiene
los dientes el camello y cuántos estómagos posee. Si te he mencionado esta
cuestión, era para mostrarte que la búsqueda de las leyes explicativas, en los
hechos naturales, procede por vías muy tortuosas. Cuando te enfrentas con
unos hechos inexplicables, debes tratar de imaginar una serie de leyes
generales, que aún no sabes cómo se relacionan con los hechos en cuestión.
Hasta que de pronto, al descubrir determinada relación, uno de aquellos
razonamientos te parece más convincente que los otros. Entonces tratas de
aplicarlo a todos los casos similares, y de utilizarlo para formular previsiones y
descubres que habías acertado. Pero hasta el final no podrás saber qué
predicados debes introducir en tu razonamiento, y qué otros debes descartar.
Así es como estoy procediendo en el presente caso. Alineo un montón de
elementos inconexos, e imagino hipótesis. Pero debo imaginar muchas, y gran
parte de ellas son tan absurdas que me daría vergüenza decírtelas. En el caso
del caballo Brunello, por ejemplo, cuando vi las huellas, imaginé muchas
hipótesis complementarias y contradictorias: podía tratarse de un caballo que
había huido, podía ser que, montando ese hermoso caballo, el Abad hubiera
descendido por la pendiente, podía ser que un caballo, Brunello, hubiese
dejado los signos sobre la nieve y que otro caballo, Favello, el día anterior,
hubiera dejado las cri nes en la mata, y que unos hombres hubiesen quebrado
las ramas. Sólo supe cuál era la hipótesis correcta cuando vi al cillerero y a los
sirvientes buscando con ansiedad. Entonces comprendí que la única hipótesis
buena era la de Brunello, y traté de probar si era cierta apostrofando a los
monjes en la forma en que lo hice. Gané, pero del mismo modo hubiese podido
perder. Ahora, a propósito de los hechos ocurridos en la abadía, tengo muchas
hipótesis atractivas, pero no existe ningún hecho evidente que me permita decir
cuál es la mejor. Entonces, para no acabar haciendo el necio, prefiero no
empezar haciendo el listo. Déjame pensar un poco más, hasta mañana, al
menos.
En aquel momento comprendí cómo razonaba mi maestro, y me pareció que su
método tenía poco que ver con el del filósofo que razonaba partiendo de
primeros principios, y los modos de cuyo intelecto coinciden casi con los del
intelecto divino. Comprendí que, cuando no tenía una respuesta, Guillermo
imaginaba una multiplicidad de respuestas posibles, muy distintas unas de
otras. Me quedé perplejo.
-Pero entonces -me atreví a comentar-, aún estáis lejos de la solución...
-Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.
-¿0 sea que no tenéis una única respuesta para vuestras preguntas?
-Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.
-¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?
-Nunca, pero están muy seguros de sus errores.
-¿Y vos? -dije con infantil impertinencia-. ¿Nunca cometéis errores?
-A menudo -respondió-. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos,
para no convertirme en el esclavo de ninguno.
Me pareció que Guillermo no tenía el menor interés en la verdad, que no es
otra cosa que la adecuación entre la cosa y el intelecto. El, en cambio, se
divertía imaginando la mayor cantidad posible de posibles.
Confieso que en aquel momento desesperé de mi maestro y me sorprendí
pensando: «Menos mal que ha llegado la inquisición.» Tomé partido por la sed
de verdad que animaba a Bernardo Gui.
Con la mente ocupada en tan culpables pensamientos, más turbado que Judas
la noche del Jueves Santo, entré con Guillermo en el refectorio para consumir
la cena.
Cuarto día
COMPLETAS
Donde Salvatore habla de una magia portentosa.
La cena para la legación fue soberbia. El Abad debía de conocer muy bien
tanto las debilidades de los hombres como las costumbres de la corte papal
(que tampoco disgustaron, debo decirlo, a los franciscanos de fray Michele). El
cocinero nos dijo que había previsto morcillas al uso de Monte Casino,
preparadas con la sangre de los cerdos matados aquellos días. Pero el
desgraciado fin de Venancio había obligado a tirarla, de modo que ahora habría
que esperar hasta que degollaran otros cerdos. Además, creo que en esos días
todos se resistían a matar criaturas del Señor. Sin embargo, tuvimos palominos
en salmorejo, macerados en vino del país, y conejo al asador, bollos de Santa
Clara, arroz preparado con almendras de aquellos montes, o sea el manjar
blanco de vigilia, hojas fritas de borraja, aceitunas rellenas, queso frito, carne
de oveja con salsa cruda de pimientos, habas blancas, y golosinas exquisitas,
pastel de San Bernardo, pastelillos de San Nicolás, ojillos de Santa Lucía, y
vinos, y licores de hierbas que pusieron de buen humor incluso a Bernardo Gui,
persona de hábitos muy austeros: Iicor de toronjil, licor de cáscara verde de
nuez, vino contra la gota y vino de genciana. Salvo por las lecturas devotas,
que acompañaban cada sorbo y cada bocado, parecía una reunión de
glotones.
Al final todos se levantaron muy alegres, algunos alegando vagos malestares
para no asistir a completas. Pero el Abad se mostró tolerante. No todos tienen
el privilegio y las obligaciones que entraña la pertenencia a nuestra orden.
Mientras los monjes iban saliendo, me demoré para curiosear por la cocina,
donde estaban disponiéndolo todo antes del cierre nocturno. Vi a Salvatore
que, con un paquete bajo el brazo, salía a hurtadillas en dirección al huerto.
Picado por la curiosidad, salí tras 61 y lo llamé. Trató de zafarse, pero cuando
le pregunté qué llevaba en el paquete (que se movía como si contuviese algo
vivo) me contestó que era un basilisco.
-¡Cave basilischium! ¡Est lo reys de las serpientes, tant pleno de veneno que
reluce todo por fuera! ¡Que dictam, el veneno, el hedor que solta ti mata! Te
atosiga... Et tiene máculas blancas en el lomo, et caput como gallo, et mitad va
erguida por encima del suelo et mitad va por el suelo como las otras serpentes.
Y lo mata la comadreja...
-¿La comadreja?
-¡Oc! Bestiola parvissima est, más larga alcunché que la rata, et odiala la rata
moltisimo. Y també la sierpe y el escorzo. Et cuando istos la morden, la
comadreja corre a la fenícula o a la circebita et las mordisca, et redet ad
bellum. Et dicunt que ingendra por los óculos, pero los más dicen que i1s dicen
falso.
Le pregunté qué hacía con un basilisco, y me dijo que eran asuntos suyos. Sin
poder soportar la curiosidad, le dije que en aquellos días, con todos aquellos
muertos, ya no había asuntos secretos, y que se lo contaría a Guillermo.
Entonces me rogó ardientemente que no dijese nada, abrió el paquete y me
mostró un gato de pelo negro. Me atrajo hacia sí y me dijo, con una sonrisa
obscena, que ya no quería que el cillerero o yo, uno por poderoso y el otro por
joven y bello, pudieran obtener el amor de las muchachas de la aldea, y él no,
porque era feo y pobre. Y que conocía una magia muy portentosa para
conseguir que cualquier mujer se enamorase. Había que matar un gato negro y
arrancarle los ojos, y luego meterlos en dos huevos de gallina negra, un ojo en
cada huevo (y me mostró dos huevos que aseguró haberles quitado a las
gallinas adecuadas). Después había que cubrir los huevos con estiércol de
caballo (y lo tenía preparado en un rinconcillo del huerto por donde nunca
pasaba nadie), y dejadlos hasta que se pudrieran, y entonces nacería un
diablillo de cada huevo, que se pondría a su servicio para brindarle todas las
delicias de este mundo. Pero, ay, me dijo, para que la magia resultase era
necesario que la mujer cuyo amor se deseaba escupiera en los huevos antes
de que fuesen enterrados en el estiércol, y que ese problema lo angustiaba,
porque era preciso que la mujer en cuestión estuviese esta noche a su lado, e
hiciera como había explicado, sin saber para qué servía.
De pronto me cubrí de rubor, el rostro, las vísceras, el cuerpo todo se me
encendió, y con un hilo de voz le pregunté si aquella noche traería de nuevo a
la muchacha de la noche anterior. Se rió, burlándose de mí, y me dijo que si',
que era grande el celo que llevaba (yo lo negué y dije que sólo preguntaba por
curiosidad), y después dijo que en la aldea había muchas mujeres, y que
traería otra, más bella aún que la que me gustaba. Pensé que estaba
mintiéndome para que no lo siguiera. Además, ¿qué habría podido hacer?
¿Seguirlo durante toda la noche mientras Guillermo me esperaba para otras
empresas muy distintas? ¿Volver a ver a aquella (suponiendo que fuese la
misma) hacia la que me empujaban mis apetitos y de la que me apartaba mi
razón, aquella que no debería volver a ver por más que desease verla de
nuevo? Sin duda que no. Por tanto, me convencí de que Salvatore decía la
verdad, en lo relativo a la mujer. 0 que, quizá, mentía en todo, que la magia de
la que hablaba era una fantasía de su mente ingenua y supersticiosa, y que no
haría nada de lo que había dicho.
Me enojé con él, lo traté con rudeza, le dije que aquella noche haría mejor en ir
a dormir, porque los arqueros circulaban por el recinto. Respondió que conocía
la abadía mejor que los arqueros, y que con aquella niebla nadie vería a nadie.
Incluso si ahora escapase, me dijo, tampoco tú me verías, aunque me quedara
a sólo dos pasos y me lo estuviese pasando bien con la muchacha que deseas.
Se expresó con otras palabras, bastante más innobles, pero éste fue el sentido
de lo que dijo. Indignado, me alejé, porque, noble y novicio como era, no iba a
litigar con un canalla como aquél.
Fui a reunirme con Guillermo e hicimos lo que correspondía. Es decir, nos
dispusimos a asistir a completas situados al fondo de la nave, de modo que,
cuando acabó el oficio, estuvimos preparados para emprender nuestro
segundo viaje (el tercero para mí) a las vísceras del laberinto.
Cuarto día
DESPUES DE COMPLETAS
Donde se visita de nuevo,el laberinto, se llega hasta el umbral del finis Afrícae,
pero no se lo puede cruzar porque no se sabe qué son el primero y el séptimo
de los cuatro, y al final Adso tiene una recaída, por lo demás bastante erudita,
en su enfermedad de amor.
La visita a la biblioteca nos tomó muchas horas de trabajo. En teoría, la
inspección que debíamos hacer era fácil, pero avanzar iluminándonos con la
lámpara, leer las inscripciones, marcar en el mapa los pasos y las paredes sin
abertura, registrar las iniciales, recorrer los diferentes trayectos permitidos por
el juego de pasos y o bstrucciones, resultó bastante largo. Y tedioso.
Hacía mucho frío. Era una noche sin viento y no se oían aquellos silbidos
penetrantes que nos habían impresionado la vez anterior, pero por las troneras
entraba un aire húmedo y helado. Nos habíamos puesto guantes de lana para
poder tocar los volúmenes sin que las manos se nos pasmasen. Pero justo
eran los que se usaban para poder escribir en invierno, abiertos en la punta de
los dedos; de modo que cada tanto teníamos que acercar las manos a la llama,
ponérnolas bajo el escapulario o golpearlas entre sí, mientras ateridos
dábamos saltitos para reanimarnos.
Por eso no lo hicimos todo de una tirada. Nos detuvimos a curiosear en los
armaria, y, ahora que -con sus nuevas lentes calzadas en la nariz- podía
demorarse leyendo los libros, Guillermo prorrumpía en exclamaciones de júbilo
cada vez que descubría otro título, ya fuese porque conocía la obra, porque
hacía tiempo que la buscaba o, por último, porque nunca la había oído
mencionar y eso excitaba al máximo su curiosidad. En suma, cada libro era
para él como un animal fabuloso encontrado en una tierra desconocida. Y
mientras hojeaba un manuscrito me ordenaba que buscase otros.
-¡Mira qué hay en ese armario!
Y yo iba pasando los volúmenes y leyéndole con dificultad sus títulos:
-Historia anglorum de Beda... Y del mismo Beda De aedificatione templi, De
tabernaculo, De temporibus et computo et chronica et circuli Dionysi,
Ortographia, De ratione metrorum, Vita Sancti Cuthberti, Ars metrica...
-Por supuesto, todas las obras del Venerable... ¡Y mira éstos! De rhetorica
cognatione, Locorum rhetoricorum distinctio. Y todos estos gramáticos,
Prisciano, Honorato, Donato, Maximo, Victorino, Eutiques, Focas, Asper... Es
curioso, al principio pensé que aquí había autores de la Anglia... Miremos más
abajo...
-Hisperica... famina. ¿Qué es?
-Un poema hibérnico. Escucha:
Hoc spumans mun danas obvallat Pelagus oras
terrestres amniosis fluctibus cudit margines.
Saxeas undosis molibus irruit avionías.
Infima bomboso vertice miscet glareas
asprifero spergit spumas sulco,
sonoreis frequenter quatibur flabris...
El sentido se me escapaba, pero Guillermo hacía rodar de tal modo las
palabras en la boca que parecía oírse el sonido de las olas y la espuma del
mar.
-¿Y éste? Es Aldhelm de Malmesbury, oíd lo que dice aquí: Primitus pantorum
procerum poematorum pio potissim paternoque presertim privilegio panegiricum
poemataque passim prosatori sub polo promulgatas... ¡Todas las palabras
comienzan con la misma letra!
-Los hombres de mis islas son todos un poco locos -decía Guillermo con
orgullo-. Miremos en el otro armario.
-Virgilio.
-¿Cómo está aquí? ¿Qué de Virgilio? ¿Las Geórgicas? -No. Epítomes. Nunca
los había oído mencionar.
_¡Pero -no es Marón! Es Virgilio de Toulouse, el rétor, seis siglos después del
nacimiento de Nuestro Señor. Tuvo fama de ser un gran sabio...
-Aquí dice que las artes son poema, rethoria, grama, leporia, dialecta,
geometria... Pero, ¿en qué lengua habla?
-En latín, pero en un latín inventado por él, mucho más bello, en su opinión,
que el otro. Lee aquí: dice que la astronomía estudia los signos del zodíaco que
son mon, man, tonte, piron, dameth, perfellea, belgalic, margaleth, lutamiron,
taminon y raphalut.
-¿Estaba loco?
-No sé, no era de mis islas. Escucha esto otro: dice que hay doce maneras de
designar el fuego, ignis, coquihabin (quia incocta coquendi habet dictionem),
ardo, calax ex calore, fragon ex fragore flanunae, rusin de rubore, fumaton,
ustrax de urendo, vitius quia pene mortua membra suo vivificat, siluleus, quod.
de silice siliat, unde et silex non recte dicitur, nisi ex qua scintilla silit. Y aeneon,
de Aenea deo, qui in eo habitat, sive a quo elementis flatus fertur.
-¡Pero nadie habla así!
-Afortunadamente. Eran épocas en las que, para olvidar la maldad del mundo,
los gramáticos se entretenían con problemas abstrusos. He sabido que en
cierta ocasión los rétores Gabundus y Terentius se pasaron quince días y
quince noches discutiendo sobre el vocativo de ego, y al final llegaron a las
armas.
-Pero también este otro, escuchad... -Había cogido un libro maravillosamente
iluminado con laberintos vegetales entre cuyos zarcillos asomaban monos y
serpientes-: Escuchad qué palabras: cantamen, collamen gongelamen,
stemiamen, plasmamen, sonerus, alboreus, gaudifluus, glaucicomus...
-Mis islas -volvió a decir Guillermo enternecido--. No seas severo con esos
monjes de la lejana Hibernia. Quizás a ellos tengamos que agradecerles la
existencia de esta abadía y la supervivencia del sacro imperio romano . En
aquella época el resto de Europa era un montón de ruinas... En cierta ocasión
se declararon nulos los bautismos impartidos por algunos curas en las Galias,
porque bautizaban in nomine patris et filiae, y no porque practicasen una nueva
herejía según la cual Jesús habría sido mujer, sino porque ya no sabían latín.
-¿Como Salvatore?
-Más o menos. Los piratas del extremo norte bajaban por los ríos para saquear
Roma. Los templos paganos se convertían en ruinas y los cristianos aún no
existían. Fueron sólo los monjes de la Hibernia quienes en sus monasterios
escribieron y leyeron, leyeron y escribieron, e iluminaron, y después se
metieron en unas barquitas hechas con pieles de animales y navegaron hacia
estas tierras y os evangelizaron como si fueseis infieles, ¿comprendes? Has
estado en Bobbio: fue uno de aquellos monjes, San Colombano, quien lo fundó.
De modo que no los fastidies porque hayan inventado un nuevo latín, puesto
que en Europa ya no se sabía el viejo. fueron grandes hombres. San Brandán
llegó hasta las islas Afortunadas, y bordeó las costas del infierno, donde, en un
arrecife, vio a Judas encadenado, y cierto día llegó a una isla y al poner pie en
ella descubrió que era un monstruo marino. Sin duda, eran locos -repitió con
tono satisfecho.
-Sus imágenes son... ¡No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos! ¡Y cuántos
colores! -dije, extasiado.
-En un país donde los colores no abundan, un poco azul y verde por todas
partes. Pero no sigamos hablando de los monjes hibernios. Lo que quiero
saber es por qué están aquí junto a los anglos y a gramáticos de otros países.
Mira en tu mapa. ¿Dónde deberíamos estar?
-En las habitaciones del torreón occidental. También he copiado las
inscripciones. Pues bien, al salir de la habitación ciega se entra en la sala
heptagonal, y hay un solo paso que comunica con una habitación del torreón,
donde la letra en rojo es una H. Después se pasa por las diferentes
habitaciones situadas en el interior del torreón, hasta que se llega otra vez a la
habitación ciega. La secuencia de las letras es... ¡Tenéis razón! iHIBERNI!
-HIBERNIA, si desde la habitación ciega regresas a la heptagonal, que, como
las otras tres, tiene la letra A de Apocalipsis. Por eso están aquí las obras de
los autores de la última Tule, y también las de los gramáticos y los rétores,
porque los que ordenaron la biblioteca pensaron que un gramático debe estar
con los gramáticos hibernios, aunque sean de Toulouse. Es un criterio. ¿Ves
como ya empezamos a entender algo?
-Pero en las habitaciones del torreón orienta], por el que hemos entrado, las
letras forman FONS.... ¿Qué significa?
-Lee bien tu mapa, sigue leyendo las letras de las salas por las que hay que
atravesar.
-FONS ADAEU...
-No, Fons Adae: la U es la segunda habitación ciega oriental. La recuerdo;
quizá corresponda a otra secuencia ¿Y qué hemos encontrado en el Fons
Adae, o sea en el paraíso terrenal (recuerda que allí es donde está la
habitación con el altar orientado hacia el sol naciente)?
-Había muchas biblias, y comentarios sobre la biblia, sólo libros sagrados.
-De modo que, ya lo ves,.Ia palabra de Dios asociada con el paraíso terrenal,
que, como todos dicen, se encuentra en una región lejana, hacia oriente. Y
aquí, a occidente, Hibernia.
-¿Entonces la planta de la biblioteca reproduce el mapa del mundo?
-Es probable. Y los libros están colocados por los países de origen, o por el
sitio donde nacieron sus autores o, como en este caso, por el sitio donde
deberían haber nacido. Los bibliotecarios pensaron que Virgilio el gramático
nació por error en Toulouse, pues debería haber nacido en las islas
occidentales. Repararon los errores de la naturaleza.
Seguimos avanzando. Pasamos por una serie de salas donde se guardaban
numerosos y espléndidos Apocalipsis, y una de ellas era la habitación donde
había tenido yo aquellas visiones. E incluso, cuando vimos desde lejos la luz,
Guillermo se tapó la nariz y corrió a apagarla, escupiendo sobre las cenizas. Y
de todos modos atravesamos la habitación a toda prisa, pero no pude olvidar
que allí había visto el bellísimo Apocalipsis multicolor con la mulier amicta sole
y el dragón. Reconstruimos la secuencia de aquellas salas partiendo de la
última en que entramos, cuya inicial en rojo era una Y. Leyendo al revés,
obtuvimos la palabra YSPANIA, pero la última A era la misma del final de
HIBERNIA. Signo, dijo Guillermo, de que había habitaciones donde se
guardaban obras de carácter mixto.
En todo caso, la zona denominada YSPANIA nos pareció poblada por una
cantidad de códices que contenían el Apocalipsis, todos ellos ricamente
ilustrados en un estilo que Guillermo reconoció como hispánico. Descubrimos
que la biblioteca poseía quizá la mayor colección de copias del libro del apóstol
de toda la cristiandad, así como una inmensa cantidad de comentarios de
volúmenes enormes dedicados a contener Beato de Liébana. El texto era
siempre ese texto. Había el comentario de más o menos el mismo, pero
encontramos una fantástica variedad en las imágenes, y Guillermo reconoció
las referencias a alguno de los que, en su opinión, eran los mejores
miniaturistas del reino de Asturias: Magius, Facundus y otros.
Mientras íbamos observando éstas y otras cosas, llega: mos al torreón
meridional, cerca del cual habíamos pasa do la otra noche. Desde la habitación
S de YSPANIA --sin ventanas- se pasaba a una habitación E, y, después de
atravesar las cinco habitaciones del torreón, llegamos a la última, que no
comunicaba con ninguna otra, y cuya inicial era una L en rojo. Leyendo la
secuencia de nuevo al revés, tuvimos la palabra-LEONES.
-Leones, meridión, en nuestro mapa estamos en Africa, hic sunt leones. Esto
explica por qué hemos encontrado tantos textos de autores infieles.
-Y hay más -dije mientras hurgaba en los armarios-. Canon de Avicena, y este
hermosísimo códice en una caligrafía que no conozco...
-A juzgar por las decoraciones debería ser un corán, pero lamentablemente no
conozco el árabe.
-El corán, la biblia de los infieles, un libro perverso...
-Un libro que contiene una sabiduría diferente de la nuestra. Pero ya veo que
entiendes por qué lo pusieron aquí, con los leones y los monstruos. Por eso
también encontramos aquí el libro sobre los animales monstruosos, donde viste
el unicornio. En esta zona, llamada LEONES, se guardan los libros que, según
los constructores de la biblioteca, contienen mentiras. ¿Qué hay allí?
-Están en latín, pero son traducciones del árabe. Ayyub al Ruhawi, un tratado
sobre la hidrofobia canina. Y este es un libro sobre los tesoros. Y este otro el
De aspectibus de Alhazen...
-Ves: entre los monstruos y las mentiras, también han puesto obras de ciencia,
de las que tanto deben aprender los cristianos. Así se pensaba en la época en
que se construyó la biblioteca.
-Pero ¿por qué han puesto entre las falsedades un libro con el unicornio? -
pregunté.
-Sin duda, los fundadores de la biblioteca tenían ideas extrañas. Es probable
que hayan pensado que este libro, donde se habla de animales fantásticos que
viven en países lejanos, formaba parte del repertorio de mentiras difundido por
los infieles.
-¿El unicornio es una mentira? Es un animal muy gracioso, que encierra un
simbolismo muy grande. Figura de Cristo y de la castidad, sólo es posible
capturarlo poníendo una virgen en el bosque, para que, al percibir su olor
castísimo, el animal se acerque y pose su cabeza en el regazo de la virgen,
dejándose atrapar por los lazos de los cazadores.
-Eso dicen, Adso. Pero muchos se inclinan a pensar que se trata de una fábula
inventada por los paganos.
-¡Qué desilusión! Me habría hecho gracia encontrar alguno al atravesar un
bosque. Si no, ¿qué gracia tendría atravesar un bosque?
-Tampoco está dicho que no exista. Quizá no sea como un viajero veneciano,
que llegó ya cerca del fons paradisi que lo representan estos libros. hasta
países muy remotos, mencionan los mapas, vio unicornios. Pero le parecieron
torpes y sin gracia, negros y feísimos. Creo que los animales que vio tenían de
verdad un cuerno en la frente. Es probable que hayan sido los mismos cuya
descripción nos dejaron los maestros del saber antiguo, nunca del todo
erróneo, a quienes Dios concedió ver cosas que nosotros no hemos visto.
Aquella descripción inicial debió de ser fiel, pero al viajar de auctoritas en
auctoritas, la imaginación la fue transformando, hasta que los unicornios se
convirtieron en animales graciosos, blancos y dóciles. De modo que si te
enteras de que en un bosque habita un unicornio, no vayas con una virgen,
porque el animal podría parecerse más al que vio el veneciano que al que
figura en este libro.
-Y ¿cómo fue que Dios otorgó a los maestros del saber antiguo la revelación de
la verdadera naturaleza del unicornio?
-No la revelación, sino la experiencia. Tuvieron la suerte de nacer en países
donde vivían unicornios, o en épocas en las que los unicornios vivían en esos
países.
-Pero entonces, ¿cómo podemos confiar en el saber antiguo, cuyas huellas
siempre estáis buscando, si nos llega a través de unos libros mentirosos que lo
han interpretado con tanta libertad?
-Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los
analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice,
sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las
escrituras. Tal como lo describen estos libros, el unicornio contiene una verdad
moral, alegórica o anagógica, que sigue siendo verdadera, como lo sigue
siendo la idea de que la castidad es una noble virtud. Pero en cuanto a la
verdad literal, en la que se apoyan las otras tres, queda por ver de qué dato de
experiencia originaria deriva aquella letra. La letra debe discutirse, aunque el
sentido adicional siga siendo válido. En cierto libro se afirma que la única
manera de tallar el diamante consiste en utilizar sangre de macho cabrío. Mi
maestro, el gran Roger Bacon, dijo que eso no era cierto, simplemente porque
había intentado hacerlo y no había tenido éxito. Pero si hubiese existido alguna
relación simbólica entre el diamante y la sangre de macho cabrío, ese sentido
superior habría permanecido intacto.
-De modo que pueden decirse verdades superiores mintiendo en cuanto a la
letra. Sin embargo, sigo lamentando que el unicornio, tal como es, no exista, no
haya existido o no pueda existir algún día.
-No nos está permitido poner límites a la omnipotencia divina, y, si Dios
quisiera, podrían existir incluso los unicornios. Pero consuélate, existen en
estos libros, que, si bien no hablan del ser real, al menos hablan del ser
posible.
-Entonces ¿hay que leer los libros sin recurrir a la fe, que es virtud teologal?
otras dos virtudes teologales. La esperanza de que lo posible sea. Y la caridad
hacia el que ha creído de buena fe que lo posible era.
-Pero ¿de qué os sirve el unicornio si vuestro intelecto no cree en él?
-Me sirve como me ha servido la huella de los pies de Venancio en la nieve,
cuando lo arrastraron hasta la tinaja de los cerdos. El unicornio de los libros es
como una impronta. Si existe la impronta, debe de haber existido algo de lo que
ella es impronta.
-Algo que es distinto de la impronta misma, queréis decir.
-Sí. No siempre una impronta tiene la misma forma que el cuerpo que la ha
impreso, y no siempre resulta de la presión de un cuerpo. A veces reproduce la
impresión que un cuerpo ha dejado en nuestra mente, es impronta de una idea.
La idea es signo de las cosas, y la imagen es signo de la idea, signo de un
signo. Pero a partir de la imagen puedo reconstruir, si no el cuerpo. al menos la
idea que otros tenían de él.
-¿Y eso os basta?
-No, porque la verdadera ciencia no debe contentarse con ideas, que son
precisamente signos, sino que debe llegar a la verdad singular de las cosas.
Por tanto, me gustaría poder remontarme desde esta impronta de una impronta
hasta el unicornio individual que está al comienzo de la cadena. Así como me
gustaría remontarme desde los signos confusos dejados por el asesino de
Venancio (signos que podrían referirse a muchas personas) hasta un individuo
único, que es ese asesino. Pero no siempre es posible hacerlo en breve
tiempo, sin tener que pasar por una serie de otros signos.
-Entonces, ¿nunca puedo hablar más que de algo que me habla de algo
distinto, y así sucesivamente, sin que exista el algo final, el verdadero?
---Quizásexiste, y es el individuo unicornio. No te preocupes, tarde o temprano
lo encontrarás, aunque sea negro y feo.
-Unicornios, leones, autores árabes y moros en general -dije entonces-. Sin
duda, esto es el Africa del que hablaban los monjes.
-Sin duda lo es. Y si lo es, deberíamos encontrar a los poetas africanos a que
aludió Pacifico da Tivoli.
En efecto, retrocediendo hasta la habitación L, encontré un armario donde
había una colección de libros de Floro, Frontón, Apuleyo, Marciano Capella y
Fulgencio.
-Así que es aquí donde Berengario decía que tendría que estar la explicación
de cierto secreto -dije.
-Casi aquí. Usó la expresión «finis Africae», y al escuchar estas palabras fue
cuando Malaquías se enfadó tanto. El finis podría ser esta última habitación, o
bien... -lanzó un grito-: ¡Por las siete iglesias de Clonmacnois! ¿No has notado
nada?
-¿Qué?
-¡Regresemos a la habitación S, de la que hemos partido!
Regresamos a la primera habitación ciega cuya inscripción rezaba: Super
thronos viginti quatuor. Tenía cuatro aberturas. Una comunicaba con la
habitación Y, que tenía una ventana abierta hacia el octágono. Otra
comunicaba con la habitación P, que, siguiendo la pared externa, se insertaba
en la secuencia YSPANIA. La que daba al torreón comunicaba con la
habitación E, que acabábamos de atravesar. Después había una pared sin
aberturas, y por último un paso que comunicaba con una segunda habitación
ciega cuya inicial era una U. La habitación S era la del espejo, y por suerte éste
se encontraba en la pared situada inmediatamente a mi derecha, porque si no,
me hubiese llevado de nuevo un buen susto.
Mirando bien el mapa, descubrí que aquella habitación tenía algo especial.
Como las demás habitaciones ciegas de los otros tres torreones, habría tenido
que comunicar con la habitación heptagonal central. De no ser así, la entrada al
heptágono debería estar en la habitación ciega de al lado, la U. Sin embargo,
no era así: esta última, que comunicaba con una habitación T con ventana al
octágono interno, y con la habitación S, ya conocida, tenía las restantes tres
paredes llenas de armarios, o sea sin aberturas. Mirando a nuestro alrededor
descubrimos algo que entonces nos pareció evidente, también razonando con
el mapa: por razones no sólo de estricta simetría, sino también de lógica, aquel
torreón debería tener su habitación heptagonal, y, sin embargo, esa habitación
faltaba.
-No existe -dije.
-No es que no exista. Si no existiese, las otras habitaciones serían más
grandes. Pero son más o menos del mismo tamaño que las de los otros
torreones. Existe, pero no tiene acceso.
-¿Está tapiada?
-Probablemente. De modo que éste es el finis Africae, el sitio por el que
rondaban los curiosos que ahora están muertos. Está tapiada, pero no está
dicho que no exista algún pasadizo. Más aún: seguro que existe, y Venancio lo
encontró, o bien Adelmo se lo había descrito, y a éste, a su vez, Berengario.
Releamos sus notas.
Extrajo del sayo el folio de Venancio y volvió a leer:
-La mano sobre el ídolo opera sobre el primero y el séptimo de los cuatro -miró
a su alrededor-. ¡Pero sí! ¡El idolum es la imagen del espejo! Venancio pensaba
en griego, y en esa lengua, todavía más que en la nuestra, eidolon es tanto
imagen como espectro, y el espejo nos devuelve nuestra imagen deformada,
que nosotros mismos, la otra noche, confundimos con un espectro. Pero
entonces, ¿qué serán los cuatro supra speculum? ¿Algo que hay sobre la
superficie reflejante? En tal caso, deberíamos situarnos en cierto ángulo desde
el cual pudiera verse algo que se refleja en el espejo y que corresponde a la
descripción que da Venancio...
Nos movimos en todas direcciones, pero en vano. Además de nuestras propias
imágenes, el espejo sólo nos devolvía confusamente las formas del resto de la
sala, apenas iluminada por la lámpara.
-Entonces -reflexionaba Guillermo-, con supra speculum podría querer decir
más allá del espejo... Lo que entrañaría que pri mero llegásemos más allá,
porque sin duda este espejo es una puerta.
El espejo era más alto que un hombre normal, y estaba encajado en la pared
mediante un sólido marco de roble. Lo tocamos por todas partes, tratamos de
meter nuestros dedos, nuestras uñas, entre el marco y la pared, pero el espejo
estaba firme como si formase parte de la pared, como piedra en la piedra.
-Y si no es más allá, podría ser super speculum -murmuraba Guillermo,
mientras se ponía en puntas de pie y alzaba el brazo para pasar la mano por el
borde superior del marco, sin encontrar más que polvo-. Además -reflexionó
melancólicamente , aunque allí detrás haya una habitación, el libro que
buscamos, y que otros han buscado, no está ya en ella, porque se lo han
llevado, primero Venancio y después, quién sabe dónde, Berengario.
-Quizá Berengario volvió a ponerlo aquí.
-No, aquella noche estábamos en la biblioteca, y todo parece indicar que murió
no mucho después del hurto, aquella misma noche, en los baños. Si no, lo
hubiésemos vuelto a ver la mañana siguiente. No importa. Por ahora hemos
averiguado dónde está el finis Africae y disponemos de casi todos los
elementos para perfeccionar nuestro mapa de la biblioteca. Debes admitir que
ya se han aclarado muchos de los misterios del laberint o. Todos, diría, salvo
uno. Creo que me será más útil una relectura cuidadosa del manuscrito de
Venancio, que seguir explorando la biblioteca. Ya has visto que el misterio del
laberinto nos ha resultado más fácil de aclarar desde fuera que desde dentro.
No será esta noche, frente a nuestras imágenes deformadas, cuando
resolveremos el problema. Además, la lámpara se está consumiendo. Ven,
completemos las indicaciones que necesitamos para acabar el mapa.
Recorrimos otras salas, siempre registrando en mi mapa lo que íbamos
descubriendo. Encontramos habitaciones dedicadas sólo a obras de
matemáticas y astronomía, otras con obras en caracteres arameos, que
ninguno de los dos conocíamos, otras en caracteres aún más desconocidos,
quizá fuesen textos de la India. Nos desplazábamos siguiendo dos secuencias
imbricadas que decían IUDAEA y AEGYPTUS. En suma, para no aburrir al
lector con la crónica de nuestro desciframiento, cuando más tarde
completamos del todo el mapa, comprobamos que la biblioteca estaba
realmente constituida y distribuida a imagen del orbe terráqueo. Al norte
encontramos ANGLIA y GERMANI, que, a lo largo de la pared occidental, se
unían con GALLIA, para engendrar luego en el extremo occidental a HIBERNIA
y hacia la pared meridional ROMA (¡paraíso de los clásicos latinos!) e
YSPANIA. Después venían, al sur, los LEONES, el AEGYPTUS, que hacia
oriente se convertían en IUDAEA y FONS ADAE. Entre oriente y septentrión, a
lo largo de la pared, ACAIA, buena sinécdoque, como dijo Guillermo, para
refirirse a Grecia, y, en efecto, en aquellas cuatro habitaciones abundaban los
poetas y filósofos de la antigüedad pagana.
El modo de lectura era extraño. A veces se seguía una sola dirección, a veces
se retrocedía, a veces se recorría un círculo, y a menudo, como ya he dicho,
una letra servía para componer dos palabras distintas (en este caso, la
habitación tenía un armario dedicado a un tema y uno al otro). Pero sin duda no
había que buscar una regla áurea en aquella distribución. Sólo era un artificio
mnemotécnico para que el bibliotecario pudiese encontrar las obras. Decir que
un. libro estaba en quarta Acaiae significaba que podía encontrárselo en la
cuarta habitación contando desde aquella donde aparecía la A inicial. En
cuanto al modo de encontrarla, se suponía que el bibliotecario conocía de
memoria el trayecto, recto o circular, que debía recorrer para llegar hasta ella.
Por ejemplo, ACAIA estaba distribuido en cuatro habitaciones dispuestas en
forma de cuadrado, lo que significa que la primera A era también la última,
como, por lo demás, tampoco a nosotros nos llevó mucho descubrir. Al igual
que nos había sucedido con el juego de las obstrucciones. Por ejemplo,
viniendo desde oriente, ninguna de las habitaciones de ACAIA comunicaba con
las habitaciones siguientes: allí se cortaba el laberinto y para Regar al torreón
septentrional había que atravesar las otras tres. pero, desde luego, cuando los
bibliotecarios entraban desde el FONS, sabían bien que para ir, digamos, a
ANGLIA, debían atravesar AEGYPTUS, YSPANIA, GALLIA y GERMANI.
Con estos y otros preciosos descubrimientos concluyó nuestra fructífera
exploración de la biblioteca. Pero antes de decir que, satisfechos, nos
dispusimos a salir (para participar en otros acontecimientos a los que pronto he
`de referirme), debo confesar algo a mi lector. Ya he dicho que nuestra
exploración se desarrolló de una parte buscando la clave de aquel sitio
misterioso y de la otra demorándonos en las salas cuya colocación y cuyo tema
íbamos consignando, para hojear todo tipo de libros, como si estuviésemos
explorando un continente misterioso o una terra incógnita. Y en general esa
exploración se realizaba de común acuerdo, deteniéndonos ambos en los
mismos libros, yo llamándole la atención sobre los más curiosos, y él
explicándome todo lo que yo era incapaz de entender.
Pero en determinado momento, justo cuando recorríamos las salas del torreón
meridional, llamadas LEONES, sucedió que mi maestro se detuvo en una
habitación que contenía gran cantidad de obras en árabe con curiosos dibujos
de óptica. Y como aquella noche no disponíamos sólo de una, sino de dos
lámparas, me puse a curiosear en la habitación de al lado, y comprobé que con
sagacidad y prudencia los legisladores de la biblioteca habían agrupado a lo
largo de una de sus paredes unos libros que, sin duda, no podían facilitarse a
cualquier tipo de lector, porque de diferentes maneras trataban de las más
diversas enfermedades del cuerpo y del espíritu. Casi siempre eran libros
escritos por autores infieles. Y mi mirada fue a posarse en un libro no muy
grande, y adornado con miniaturas que (¡por suerte!) poco tenían que ver con
el tema, flores, zarcillos, parejas de animales, algunas hierbas de uso
medicinal: su título era Speculum amoris, y su autor fray Máximo de Bolonia, y
recogía citas de muchas otras obras, todas sobre la enfermedad del, amor. No
se necesitaba más para despertar mi insana curiosidad, como comprenderá el
lector. De hecho, bastó el título para que mi alma, aquietada desde la mañana,
volviera a encenderse, y a excitarse evocando de nuevo la imagen de la
muchacha.
Como durante todo el día había rechazado los pensamientos de aquella
mañana diciéndome para mí que eran impropios de un novicio sano y
equilibrado, y como, además, los acontecimientos habían sido lo bastante ricos
e intensos para distraerme, mis apetitos se habían calmado, de modo que ya
me creía libre de lo que sólo habría sido una inquietud pasajera. Pero me bastó
con ver el libro para decir «de te fabula narratur», y para comprobar que estaba
mucho más enfermo de amor de lo que había creído. Después supe que
cuando leemos libros de medicina siempre creemos sentir los dolores que allí
se describen. Así fue como la lectura de aquellas páginas, hojeadas a toda
prisa por miedo a que Guillermo entrase en la habitación y me preguntara qué
era lo que estaba considerando con tanta seriedad, me convenció de que sufría
de esa enfermedad, cuyos síntomas estaban tan espléndidamente descritos
que, si bien por un lado me preocupaba el hecho de estar enfermo (y en la
infalible compañía de tantas auctoritates), también me alegraba al ver pintada
con tanta vivacidad mi situación. Y al mismo tiempo me iba convenciendo de
que, a pesar de encontrarme enfermo, la enfermedad que padecía era, por
decirlo así, normal, puesto que tantos otros la habían sufrido de la misma
manera, y parecía que los autores citados hubieran estado pensando en mí al
describirla.
Así leí emocionado las páginas donde Ibn Hazm define el amor como una
enfermedad rebelde, que sólo con el amor se cura, una enfermedad de la que
el paciente no quiere curar, de la que el enfermo no desea recuperarse (¡y Dios
sabe hasta dónde es asfi). Comprendí por qué aquella mañana me había
excitado tanto todo lo que veía, pues, al parecer, el amor entra por los ojos,
como dice, entre otros, Basilio de Ancira, y quien padece dicho mal demuestra -
síntoma inconfundible un júbilo excesivo, y al mismo tiempo desea apartarse y
prefiere la soledad (como yo aquella mañana), a lo que se suma un intenso
desasosiego y una confusión que impide articular palabra... Me estremecí al
leer que, cuando se le impide contemplar el objeto amado, el amante sincero
cae necesariamente en un estado de abatimiento que a menudo lo obliga a
guardar cama, y a veces el mal ataca al cerebro, y entonces el amante
enloquece y delira (era evidente que yo aún no había llegado a esa situación,
porque me había desempeñado bastante bien cuando exploramos la
biblioteca). Pero leí con aprensión que, si el mal se agrava, puede resultar fatal,
y me pregunté si la alegría de pensar en la muchacha compensaba aquel
sacrificio supremo del cuerpo, al margen de cualquier justa consideración sobre
la salud del alma.
Porque, además, encontré esta otra cita de Basilio, para quien «qui animam
corpori per vitia conturbationesque commiscent, utrinque quod habet utile ad
vitam necessarium demoliuntur, animamque lucidam ac nitidam camalium
voluptatum limo perturbant, et corporis munditiam atque nitorem hac ratione
miscentes, inutile hoc ad vitae officia ostendunt». Situación extrema en la que
realmente no deseaba hallarme.
Me enteré también, por una frase de Santa Hildegarda, de que el humor
melancólico que había sentido durante el día, y que había atribuido a un dulce
sentimiento de pena por la ausencia de la muchacha, se parece
peligrosamente al sentimiento que experimenta quien se aparta del estado
armónico y perfecto que distingue la vida del hombre en el paraíso, y de que
esa melancolía «nigra et amara» se debe al soplo de la serpiente y a la
influencia del diablo. Idea compartida también por ciertos autores infieles de no
menor sabiduría, pues tropecé con las líneas atribuidas a Abu Bakr-
Muharnmad Ibn Zaka-riyya ar-Razi, quien, en un Liber continens, identifica la
melancolía amorosa con la licantropía, en la que el enfermo se comporta como
un lobo. Al leer su descripción se me hizo un nudo en la garganta: primero se
altera el aspecto externo de los amantes, la vista se les debilita, los ojos se
hunden y se quedan sin lágrimas, la lengua se les va secando y se cubre de
pústulas, el cuerpo también se les seca y siempre tienen sed. A esas alturas
pasan el día tendidos boca abajo, con el rostro y los tobillos cubiertos de
marcas semejantes a mordeduras de perro, y lo último es que vagan de noche
por los cementerios, como lobos.
Finalmente, ya no tuve dudas sobre la gravedad de mi estado cuando leí
ciertas citas del gran Avicena, quien define el amor como un pensamiento fijo
de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las
facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto (¡con
qué fidelidad había descrito mi caso Avicena!): no empieza siendo una
enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser satisfecho, se
convierte n un pensamiento obsesivo (aunque, en tal caso, ¿por qué estaba yo
obsesionado si, que Dios me lo perdonara, había satisfecho muy bien mis
impulsos?, ¿o lo de la noche anterior - no había sido satisfacción amorosa?,
pero entonces ¿cómo se satisfacían, cómo se mitigaban los efectos de ese
mal?), que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración
irregular, risas y llantos intempestivos, y la aceleración del pulso (¡y en verdad
el mío se aceleraba, y mi respiración se quebraba, mientras leía aquellas
líneas!). Para descubrir de quién estaba enamorado alguien, Avicena
recomendaba un método infalible, que ya Galileo había propuesto: coger la
muñeca del enfermo e ir pronunciando nombres de personas del otro sexo,
hasta descubrir con qué nombre se le acelera el pulso... Y yo temía que de
pronto entrase mi maestro, me cogiera del brazo y en la pulsación de mis
venas descubriese, para gran vergüenza mía, el secreto de mi amor... ¡Ay!, el
remedio que Avicena sugería era unir a los amantes en matrimonio, con lo que
el mal estaría curado. Bien se veía que, aunque sagaz, era un infiel, porque no
pensaba en la situación de un novicio benedictino, condenado, pues, a no curar
jamás -mejor dicho, consagrado por propia elección, o por prudente elección de
sus padres, a no enfermar jamás. Por fortuna, Avicena, aunque sin pensar en
la orden cluniacense, consideraba el caso de los amantes separados por
alguna barrera infranqueable, y decía que los baños calientes constituían una
cura radical (¿acaso Berengario había tratado de curar el mal de amor que
sentía por el difunto Adelmo?, pero ¿podía enfermarse de amor por alguien del
mismo sexo?, ¿esto último no era sólo lujuria bestial?, y la que yo había
sentido la noche pasada ¿no sería también lujuria bestial?, no, en absoluto,
decía en seguida para mí, era suavísima... pero después me replicaba: ¡te
equivocas, Adso, fue una ilusión del diablo, era bestialísima, y si entonces
pecaste siendo bestia, ahora sigues pecando negándote a reconocerlo!). Pero
después leí que, siempre según Avicena, hay otras maneras de curar este mal:
por ejemplo, recurrir a la ayuda de mujeres viejas y experimentadas para que
se pasen todo el tiempo denigrando a la mujer amada; al parecer, para esta
faena las viejas son mucho más eficaces que los hombres. Quizás aquella
fuese la solución, pero en la abadía no podía encontrar mujeres viejas (ni
tampoco jóvenes). ¿Tendría que pedirle, entonces, a algún monje que me
hablase mal de la muchacha? Pero ¿a quién? Además, ¿podía un monje
conocer a las mujeres tan bien como las conocía una vieja cotilla? La última
solución que sugería el sarraceno era del todo indecente, porque indicaba que
el amante infeliz debía unirse con muchas esclavas, procedimiento que en
nada convenía a un monje. Y me pregunté cómo podía curar del mal de amor
un joven monje. ¿No había manera de que se salvara? ¿No debería recurrir a
Severino y sus hierbas? De hecho encontré un pasaje de Arnaldo de Villanova,
cuyo elogio había oído
en boca de Guillermo, que atribuía el mal de amor a una abundancia de
humores y de pneuma, o sea al exceso de humedad y calor en el organismo
humano, pues cuando la sangre (que produce el semen generativo) aumenta
en exceso, provoca un exceso de semen, una «complexio venerea», y un
intenso deseo de unión entre hombre y mujer. En la parte dorsal del ventrículo
medio del encéfalo (¿qué sería eso?, me pregunté) reside una virtud estimativa
cuya función consiste en percibir las intenciones no sensibles que hay en los
objetos sensibles que se captan con los sentidos, y cuando el deseo del objeto
que perciben los sentidos se vuelve demasiado intenso, aquella facultad
estimativa se perturba sobremanera y ya sólo se nutre con el fantasma de la
persona amada. Entonces se produce una inflamación del alma entera y del
cuerpo, y la tristeza alterna con la alegría, porque el calor (que en los
momentos de desesperación se retira hacia lo más profundo del cuerpo, con lo
que la piel se hiela) sube, en los momentos de alegría, a la superficie, e inflama
el rostro. Como cura, Arnaldo aconseja tratar de perder la confianza y la
esperanza de unirse al objeto amado, para que el pensamiento fuese
alejándose de él.
Pero entonces estoy curado, o en vías de curación, dije para mí, porque son
pocas o ningunas las esperanzas que tengo de volver a ver al objeto de mis
pensamientos, o, si lo viese, de estar con él, o, si estuviese con él, de volver a
poseerlo, o, si volviese a poseerlo, de conservarlo a mi lado, tanto debido a mi
estado monacal como a las obligaciones que se derivan del rango de mi
familia... Estoy salvado, dije para mí. Cerré el libro y me serené, justo cuando
Guillermo entraba en la habitación. Proseguimos nuestro viaje por el laberinto
(que, como ya he dicho, a esas alturas habíamos logrado desenredar) y por el
momento olvidé mi obsesión.
Como se verá, no tardaría mucho en reencontrarla, pero en circunstancias
(¡ay!) muy distintas.
Cuarto día
NOCHE
Donde Salvatore se deja descubrir miserablemente por Bernardo Gui,
la muchacha que ama Adso es apresada y acusada de brujería,
y todos se van a la cama más infelices y preocupados que antes.
En efecto, estábamos bajando al refectorio cuando escuchamos unos gritos y
percibimos el débil resplandor de unas luces del lado de la cocina. Guillermo se
apresuró a apagar la lámpara. Pegándonos a las paredes, Regamos hasta la
puerta que daba a la cocina, y comprendimos que el ruido venía de afuera,
pero que la puerta estaba abierta. Después las voces y las luces se alejaron, y
alguien cerró la puerta con violencia. Era un gran tumulto, preludio de algo
desagradable. A toda prisa volvimos a atravesar el osario, llegamos de nuevo a
la iglesia, que estaba desierta, salimos por la puerta meridional, y divisamos un
ir y venir de antorchas en el claustro.
Nos acercamos, y en la confusión parecía que también nosotros llegásemos,
como los muchos que ya estaban allí, desde el dormitorio o desde la casa de
los peregrinos. Vimos que los arqueros tenían bien cogido a Salvatore, blanco
como el blanco de sus ojos, y a una mujer que lloraba. Se me encogió el
corazón: era ella, la muchacha de mis pensamientos. Al verme me reconoció, y
me lanzó una mirada implorante y angustiosa. Estuve a punto de correr en su
ayuda, pero Guillermo me contuvo, mientras me decía por lo bajo algunos
insultos que nada tenían de afectuosos. De todas partes llegaban los monje s y
los huéspedes.
Se presentó el Abad, y Bernardo Gui, a quien el ca pitán de los arqueros
informó brevemente de los hechos. Estos eran los siguientes.
Por orden del inquisidor, los arqueros patrullaban durante la noche toda la
explanada, vigilando en especial la avenida que iba desde el portalón de
entrada hasta la iglesia, la zona de los huertos y la fachada del Edificio (¿por
qué?, me pregunté, y comprendí que Bernardo debía de haberse enterado, por
los sirvientes o los cocineros, de la existencia de ciertos comercios nocturnos,
cuyos responsables quizás éstos no fuesen capaces de indicar con exactitud,
pero que se desarrollaban entre la parte externa de la muralla y la cocina, y
quizás el estúpido de Salvatore hubiera hablado del asunto, como lo había
hecho conmigo, a algún sirviente en la cocina o en los establos, y luego el
infeliz, atemorizado por el interrogatorio de la tarde, lo había repetido para
aplacar la avidez de Bernardo). Por último, moviéndose con discreción, y al
amparo de la niebla, los arqueros habían sorprendido a Salvatore, en compañía
de la mujer, mientras maniobraba ante la puerta de la cocina.
-¡Una mujer en este lugar sagrado! ¡Y con un monje! -exclamó con tono severo
Bernardo dirigiéndose al Abad-. Eminentísimo señor, si sólo se tratase de la
violación del voto de castidad, el castigo de este hombre caería dentro de
vuestra jurisdicción. Pero, como aún no sabemos si las tramoyas de estos dos
infelices guardan alguna relación con la salud de los huéspedes, es necesario
aclarar primero este misterio. Vamos, a ti te hablo, miserable -y mientras tanto
se apoderaba del paquete que ilusamente Salvatore creía tener oculto en el
pecho-, ¿qué tienes ahí?
Yo ya lo sabía: un cuchillo, un gato negro, que, apenas abierto el paquete, huyó
maullando furioso, y dos huevos, ya rotos y convertidos en un líquido viscoso,
que todos tomaron por sangre, bilis amarilla u otra sustancia inmunda.
Salvatore estaba por entrar en la cocina, matar al gato y arrancarle los ojos. Y
quién sabe con qué promesas había logrado que la muchacha lo siguiera. En
seguida supe con qué promesas. Los arqueros revisaron a la muchacha, en
medio de risas maliciosas y alusiones lascivas, y le encontraron un gallito
muerto, todavía con plumas. De noche todos los gatos son pardos, pero en
aquella ocasión la desgracia quiso que el gallo no pareciera menos negro que
el gato. Por mi parte, pensé que no se necesitaba más para atraer a aquella
pobre hambrienta que ya la noche anterior había abandonado (¡y por amor a
mí!) su precioso corazón de buey...
-¡Ajá! -exclamó Bernardo con tono muy preocupado-- Gato y gallo negros...
Pero yo conozco esta parafernalia... -divisó a Guillermo entre los asistentes-.
También vos la conocéis, ¿verdad, fray Guillermo? ¿No fuisteis inquisidor en
Kilkenny, hace tres años, cuando aquella muchacha tenía relaciones con un
demonio que se le aparecía en forma de gato negro?
El silencio de mi maestro me pareció innoble. Lo cogí de la manga, lo sacudí y
le susurré desesperado:
-Pero decidle que era para comer...
Zafándose de mi mano, Guillermo respondió cortésmente a Bernardo:
-No creo que necesitéis de mis viejas experiencias para extraer vuestras
conclusiones.
-¡Oh, no, hay testimonios mucho más autorizados! -dijo éste sonriendo-. En su
tratado sobre los siete dones del Espíritu Santo, Esteban de Bourbon cuenta
que Santo Domingo, después de haber predicado en Fanjeaux contra los
herejes, anunció a unas mujeres que verían a quién habían estado sirviendo
hasta aquel momento. Y de pronto saltó en medio de ellas un gato espantoso,
como un perro grande, con ojos enormes y ardientes, una lengua
sanguinolenta que le llegaba hasta el ombligo, la cola corta y erecta, de modo
que, hacia dondequiera que se volviese, el animal mostraba su infame trasero,
fétido a más no poder, como corresponde a ese ano que los devotos de
Satanás, y en no último lugar los caballeros templarios, siempre suelen besar
en el transcurso de sus reuniones. Y después de haberse paseado una hora
alrededor de las mujeres, el gato saltó a la cuerda de la campana y trepó por
ella, dejando allí sus fétidos excrementos. ¿Y acaso no aman al gato los
cátaros, cuyo nombre, según Alain de Lille, deríva precisamente de catus,
porque besan el trasero de dicho animal al que consideran la encarnación de
Lucifer? ¿Y no confirma la existencia de esta repugnante práctica también
Guillermo de Auvernia en el De legibus? ¿Y no dice Alberto Magno que los
gatos son demonios en potencia? ¿Y no cuenta mi venerable colega Jacques
Fournier que en el lecho de muerte del inquisidor Godofredo de Carcassone
aparecieron dos gatos negros que no eran sino dos demonios que deseaban
hacer befa de aquellos despojos?
Un murmullo de horror recorrió el grupo de los monjes, muchos de los cuales
hicieron el signo de la santa cruz.
-¡Señor Abad, señor Abad! -decía entre tanto Bernardo con tono virtuoso-.
Quizá vuestra excelencia ignore lo que suelen hacer los pecadores con estos
instrumentos. Pero yo lo sé muy bien. ¡Ojalá Dios no lo hubiese querido! He
visto a mujeres de una perversión extrema que, durante las horas más oscuras
de la noche, junto con otras de su calaña, utilizaban gatos negros para obtener
prodigios que tuvieron que admitir: como el de montar en ciertos animales y
valerse de las sombras nocturnas para recorrer distancias inmensas,
arrastrando a sus esclavos, transformados en íncubos deseosos de entregarse
a tales prácticas... Y el mismo diablo se les aparece, o al menos están
segurísimas de que se les aparece, en forma de gallo, o de otro animal muy
negro, y con él llegan incluso, no me preguntéis cómo, a yacer. Y sé de buena
fuente que con este tipo de nigromancias no hace mucho, precisamente en
Aviñón, se prepararon filtros y ungüentos para atentar contra la vida del propio
señor papa, envenenando sus alimentos. ¡El papa pudo defenderse y
reconocer la ponzoña, porque poseía unas joyas prodigiosas en forma de
lengua de serpiente, reforzadas con maravillosas esmeraldas y rubíes, que por
virtud divina permitían detectar la presencia de veneno en los alimentos! ¡Once
le había regalado el rey de Francia, de tales lenguas preciosísimas, gracias al
cielo, y sólo así nuestro señor papa pudo escapar de la muerte! Es cierto que
los enemigos del pontífice no se limitaron a eso, y todos saben lo que se le
descubrió al hereje Bernard Délicieux, arrestado hace diez años: en su casa se
encontraron libros de magia negra con anotaciones en las páginas más
abyectas, con todas las instrucciones para construir figuras de cera a través de
las cuales podía hacerse daño a los enemigos. Y aunque os parezca increíble,
también en su casa se encontraron figuras que reproducían, con arte sin duda
admirable, la propia imagen del papa, con circulitos rojos en las partes vitales
del cuerpo: y todos saben que esas figuras se cuelgan de una cuerda, delante
de un espejo, para después hundirles en los círculos vitales alfileres y... ¡Oh!
¿Pero por qué me demoro en detallar estas repugnantes miserias? ¡El propio
papa las ha mencionado y las ha descrito, condenándolas, hace sólo un año,
en su constitución Super illius specula! Y sin duda espero que poseáis una
copia en vuestra rica biblioteca, para que meditéis sobre ella como es debido...
-La tenemos, la tenemos --se apresuró a confirmar "el Abad, muy perturbado.
-Está bien -concluyó Bernardo-. Ahora veo claramente lo que ha sucedido. Una
bruja, un monje que se deja seducir, y un rito que por suerte no ha podido
celebrarse. ¿Con qué fines? Eso es lo que hemos de saber, y para saberlo
quiero sacrificar algunas horas de sueño. Ruego a vuestra excelencia que
ponga a mi disposición un sitio donde pueda tener vigilado a este hombre...
-En el subsuelo del taller de los herreros -dijo el Abad---, tenemos algunas
celdas, que por suerte se usan muy poco, y que están vacías desde hace años.
-Por suerte o por desgracia --observó Bernardo.
Y ordenó a los arqueros que se hiciesen mostrar el camino y que pusieran a los
cautivos en dos celdas distintas; y que atasen bien al hombre de alguna argolla
que hubiera en la pared, para que cuando, muy pronto, bajase a interrogarlo,
pudiera mirarlo bien en la cara. En cuanto a la muchacha, añadió, estaba claro
lo que era, y no valía la pena interrogarla aquella noche. Ya surgirían otras
pruebas antes de que fuese quemada por bruja. Y si era bruja, no sería fácil
que hablara. Pero el monje quizá aún podía arrepentirse (y miró a Salvatore,
que temblaba, como dándole a entender que todavía le ofrecía una
oportunidad), contar la verdad, y, añadió, denunciar a sus cómplices.
Se los llevaron: uno, silencioso y deshecho, como afiebrado; la otra, llorando,
dando patadas, y gritando como un animal en el matadero. Pero ni Bernardo ni
los arqueros ni yo mismo comprendíamos lo que decía en su lengua de
campesina. Aunque hablase, era como si fuese muda. Hay palabras que dan
poder y otras que agravan aún más el desamparo, y de este último tipo son las
palabras vulgares de los simples, a quienes el Señor no ha concedido la gracia
de poder expresarse en la lengua universal del saber y del poder.
Otra vez estuve por lanzarme tras ella, otra vez Guillermo, cuya expresión era
muy sombría, me contuvo.
---Quédatequieto, tonto, la muchacha está perdida, es carne de hoguera.
Mientras observaba aterrado la escena, en medio de un torbellino de
pensamientos contradictorios, con los ojos clavados en la muchacha, sentí que
me tocaban el hombro. No sé cómo, pero antes de volverme supe que era la
mano de Ubertino.
-¿Miras a la bruja, verdad? -me dijo.
Yo sabía que no podía estar al tanto de mi historia, y que, por consiguiente, sus
palabras sólo expresaban lo que, con su tremenda capacidad para penetrar en
las pasiones humanas, había leído en la tensión de mi mirada.
-No... -intenté zafarme---, no la miro... Es decir, quizá la mire, pero no es una
bruja. No lo sabemos, quizá sea inocente...
-La miras porque es bella. Es bella, ¿verdad? -me preguntó enardecido y
cogiéndome con fuerza del brazo -. Si la miras porque es bella, y su belleza te
perturba (sé que estás perturbado porque te atrae aún más debido al pecado
del que se le acusa), si la miras y sientes deseo, entonces, por eso mismo, es
una bruja. Vigila, hijo mío... La belleza del cuerpo sólo existe en la piel. Si los
hombres viesen lo que hay debajo de la piel, como sucede en el caso del lince
de Beocia, se estremecerían de horror al contemplar a la mujer. Toda esa
gracia consiste en mucosidades y en sangre, en humores y en bilis. Si
pensases en lo que se esconde en la nariz, en la garganta y en el vientre, sólo
encontrarías suciedad. Y si te repugna tocar el moco o el estiércol con la punta
del dedo, ¿cómo podrías querer estrechar entre tus brazos el saco que
contiene todo ese excremento?
Estuve a punto de vomitar. No quería seguir escuchando aquellas palabras.
Acudió en mi ayuda Guillermo, que había estado oyendo. Se acercó
bruscamente a Ubertino, y cogiéndolo por un brazo lo separó del mío.
-Ya está bien, Ubertíno -dijo-. Pronto esta muchacha será torturada y después
morirá en la hoguera. Se convertirá exactamente en lo que dices: moco,
sangre, humores y bilis. Pero serán nuestros semejantes quienes extraigan de
debajo de su piel lo que el Señor ha querido que esa piel protegiese y
adornara. Y desde el punto de vista de la materia prima, tú no eres mejor que
ella. Deja tranquilo al muchacho.
Ubertino quedó confuso:
---Quizá he pecado -murinuró-. Sin duda he pecado. ¿Qué otra cosa puede
hacer un pecador?
Ya todos se estaban retirando, mientras comentaban lo sucedido. Guillermo
habló un momento con Michele y los otros franciscanos, que le preguntaban
qué pensaba de aquello.
Ahora Bernardo tiene un argumento, aunque sea equívoco. Por la abadía
merodean nigromantes que hacen lo mismo que se hizo contra el papa en
Aviñón. Sin duda, no se trata de una prueba, y no puede usarse para perturbar
el encuentro de mañana. Esta noche tratará de arrancarle a ese desgraciado
alguna otra indicación, pero estoy seguro de que no la utilizará
inmediatamente. No la utilizará mañana por la mañana, la tendrá en reserva
para más adelante, para perturbar la marcha de las discusiones, en caso de
que éstas tomen una orientación que no sea de su agrado.
-¿Podría hacerle decir algo que luego le sirviese contra nosotros? -preguntó
Michele da Cesena.
Guillermo, dudó un momento:
-Esperemos que no --dijo por fin.
Comprendí que si Salvatore decía a Bernardo lo que nos había dicho a
nosotros, sobre su pasado y sobre el pasado del cillerero, y si hacía alguna
referencia al vínculo entre ambos y Ubertino, por fugaz que ésta fuese, se
crearía una situación bastante incómoda.
-De todos modos, no nos adelantemos a los acontecimientos -dijo Guillermo
con serenidad-. Además, Michele, todo estaba decidido de antemano. Pero tú
quieres probar.
-Sí, quiero -dijo Michele , el Señor me ayudará. Que San Francisco interceda
por todos nosotros.
-Amén -respondieron todos.
-Pero no es seguro que pueda hacerlo -fue el irreverente comentario de
Guillermo-. Quizá San Francisco está en alguna parte esperando el juicio, y
aún no ve al Señor cara a cara.
-Maldito sea el hereje Juan --oí que gruñía micer Girolamo, mientras todos
volvían a sus celdas-. Si ahora nos quita hasta el auxilio de los santos, ¿dónde
acabaremos los pobres pecadores?
Quinto día

Quinto día
PRIMA
Donde se produce una fraterna discusión sobre la pobreza de Jesús.
Con el corazón agitado por mil angustias, después de la escena de aquella
noche, me levanté la mañana del quinto día cuando ya estaba sonando prima,
sacudido con fuerza por Guillermo, que me avisaba de la inminente reunión
entre ambas legaciones.
Miré por la ventana de la celda y no vi nada. La niebla del día anterior se había
convertido en un manto lechoso que cubría totalmente la meseta.
Al salir, la abadía se me apareció como nunca lo había hecho hasta entonces:
sólo algunas construcciones mayores, la iglesia, el Edificio, la sala capitular, se
destacaban incluso a distancia, si bien con perfiles confusos, sombras entre las
sombras, pero el resto de las construcciones sólo era visible a pocos pasos.
Las formas de las cosas y de los animales parecían surgir repentinamente de la
nada; las personas parecían fantasmas grises que emergían de la bruma, y
que sólo poco a poco, y no sin esfuerzo, se volvían reconocibles.
Nacido en tierras nórdicas, estaba habituado a aquel elemento, que, en otras
circunstancias, me habría hecho pensar, no sin ternura, en la planicie y el
castillo de mi infancia. Pero aquella mañana me pareció percibir una dolorosa
afinidad entre las condiciones del aire y las condiciones de mi alma, y la
sensación de tristeza con que me había des pertado fue creciendo a medida
que me acercaba a la sala capitular.
A pocos pasos de aquel edificio, divisé a Bernardo Gui despidiéndose de otra
persona que al principio no reconocí. Pero cuando pasó a mi lado vi que se
trataba de Malaquías. Miraba a su alrededor como alguien que no desea ser
visto mientras comete un delito, pero ya he dicho que la expresión de ese
hombre era por naturaleza la de alguien que oculta, o intenta ocultar, algún
secreto inconfesable.
No me reconoció, y se alejó del lugar. Movido por la curiosidad, seguí a
Bernardo y vi que estaba hojeando unos folios que quizá le había entregado
Malaquías. Al llegar al umbral de la sala capitular, llamó con un ademán al jefe
de los arqueros, que estaba cerca, y le susurró unas palabras. Después entró
en el edificio, y yo tras él.
Era la primera vez que pisaba aquel sitio, que, por fuera, era de dimensiones
modestas y de formas sobrias. Advertí que en épocas recientes había sido
reconstruido sobre los restos de una primitiva iglesia abacial, quizá destruida
en parte por algún incendio.
Al entrar se pasaba bajo un portal construido según la nueva moda, de arco
ojival, sin decoraciones y rematado por un rosetón. Pero una vez en el interior
se descubría un atrio, reconstruido sobre las ruinas de un viejo nártex. Y al
frente, otro portal, con su arco construido según la moda antigua, y su tímpano
de media luna admirablemente esculpido. Debía de ser el portal de la iglesia
destruida.
Las esculturas del tímpano eran tan bellas, pero no tan inquietantes, como las
de la iglesia actual. También aquí un Cristo sentado en su trono dominaba el
tímpano, pero junto a él, en diferentes actitudes y sosteniendo distintos objetos,
estaban los doce apóstoles a quienes había ordenado que fuesen por el mundo
evangelizando a las gentes. Sobre la cabeza de Cristo, en un arco dividido en
doce paneles, y bajo los pies de Cristo, en una procesión ininterrumpida de
figuras, estaban representados los pueblos del mundo, los que recibirían la
buena nueva. Reconocí por sus trajes a los hebreos, los capadocios, los
árabes, los indios, los frigios, los bizantinos, los armenios, los escitas y los
romanos. Pero, mezclados con ellos, en treinta círculos dispuestos en arco por
encima del arco de los doce paneles, estaban los habitantes de los mundos
desconocidos, de los que sólo tenemos noticias a través del Fisiólogo y de los
relatos confusos de los viajeros. Muchos me resultaron irreconocibles, a otros
pude identificarlos: por ejemplo, los brutos con seis dedos en las manos; los
faunos que nacen de los gusanos que se forman entre la corteza y la madera
de los árboles; las sirenas con la cola cubierta de escamas, que seducen a los
marineros; los etíopes con el cuerpo todo negro, que se defienden del ardor del
sol cavando cavernas subterráneas; los onocentauros, hombres hasta el
ombligo y el resto asnos; los cíclopes con un solo ojo, grande como un escudo;
Escila con la cabeza y el pecho de muchacha, el vientre de loba y la cola de
delfín; los hombres velludos de la India que viven en los pantanos y en el río
Epigmáride; los cinocéfalos, que no pueden hablar sin interrumpirse a cada
momento para ladrar; los esquípodos, que corren a gran velocidad con su única
pierna y que cuando quieren protegerse del sol se echan al suelo y enarbolan
su gran pie como una sombrilla; los astómatas de Grecia, que carecen de boca
y respiran por la nariz y sólo se alimentan de aire; las mujeres barbudas de
Armenia; los pigmeos; los epístigos, que algunos llaman también pállidos, que
nacen sin cabeza y tienen la boca en el vientre y los ojos en los hombros; las
mujeres monstruosas del Mar Rojo, de doce pies de altura, con cabellos que
les llegan hasta los talones, una cola bovina al final de la espalda, y pezuñas
de camello; y los que tienen la planta de los pies hacia atrás, de modo que
quien sigue sus huellas siempre llega al sitio del que proceden y nunca a aquel
hacia el que se dirigen; y también los hombres con tres cabezas; los de ojos
resplandecientes como lámparas; y los monstruos de la isla de Circe, con
cuerpo de hombre y cerviz de diferentes, y muy variados, animales...
Estos y otros prodigios estaban esculpidos en aquel portal. Pero ninguno
provocaba inquietud, porque no estaban allí para significar los males de esta
tierra o los tormentos del infierno, sino para mostrar que la buena nueva había
llegado a todas las tierras conocidas y se estaba extendiendo a las
desconocidas, y por eso el portal era una jubilosa promesa de concordia, de
unidad alcanzada a través de la palabra de Cristo, de esplendorosa ecumene.
Buen presagio, dije para mí pensando en el encuentro que iba a celebrarse
más allá de aquel umbral, donde unos hombres enfrentados duramente por
sostener interpretaciones opuestas del evangelio quizás lograrían resolver sus
diferencias. Y me dije para mí que era un miserable pecador al padecer por mis
infortunios personales, mientras estaban a punto de producirse
acontecimientos tan importantes para la historia de la cristiandad. Comparé la
pequeñez de mis penas con la grandiosa promesa de paz y serenidad
estampada en la piedra del tímpano. Pedí perdón a Dios por mi fragilidad y, ya
más tranquilo, crucé el umbral.
Al entrar vi reunidos a todos los miembros de ambas legaciones, sentados
unos frente a otros en una serie de sillones dispuestos en semicírculo, y en
medio una mesa a la que estaban sentados el Abad y el cardenal Bertrando.
Guillermo, a quien seguí para tomar apuntes, me colocó en la parte de los
franciscanos, donde estaban Michele y los suyos, y otros franciscanos de la
corte de Aviñón: porque el encuentro no debía parecer un duelo entre italianos
y franceses, sino una disputa entre los partidarios de la regla franciscana y sus
críticos, todos unidos por una incólume y católica fidelidad a la corte pontificia.
Con Michele da Cesena estaban fray Arnaldo de Aquitania, fray Hugo de
Newcastle y fray Guillermo Alnwick, que habían participado en el capítulo de
Perusa, y además el obispo de Caffa, y Berengario Talloni, Bonagrazia da
Bergamo y otros franciscanos de la corte aviñonesa. En la parte opuesta
estaban sentados Lorenzo Decoalcone, bachiller de Aviñón, el obispo de
Padua y Jean d'Anneaux, doctor en teología en París. Junto a Bernardo Gui,
silencioso y absortG, estaba el dominico Jean de Baune, al que en Italia
llamaban Giovanni Dalbena. Guillermo me dijo que este último había sido años
atrás inquisidor en Narbona,
donde había procesado a muchos begardos y terciarios, pero, como había
condenado por herética precisamente una proposición sobre la pobreza de
Cristo, había tenido que vérselas con Berengario Talloni, lector en el convento
de aquella ciudad, quien había apelado al papa. Como por entonces Juan aún
no tenía una opinión definida sobre esa materia, los llamó a Aviñón para que
discutieran. Pero el debate fue infructuoso, y poco después, en el capítulo de
Perusa, los franciscanos adoptaban la tesis que ya he expuesto. Por último, del
lado de los aviñoneses, había varios más, entre los cuales se encontraba el
obispo de Alborea.
La sesión fue abierta por Abbone, quien consideró oportuno resumir los hechos
más recientes. Recordó que el año del Señor 1322 el capítulo general de los
frailes franciscanos, reunido en Perusa bajo la guía de Michele da Cesena,
había establecido, tras larga y cuidadosa deliberación, que Cristo, para dar
ejemplo de vida perfecta, y los apóstoles, para adecuarse a su enseñanza,
nunca habían poseído en común cosa alguna, ya fuese a título de propiedad o
de señoría, y que esa verdad era materia de fe sana y católica, como se
deducía de una serie de citas de los libros canónicos. Por lo cual, la renuncia a
la propiedad de todo bien era meritoria y santa, y a esa regla de santidad se
habían atenido los primeros fundadores de la iglesia militante. Y que a esa
verdad se había atenido en 1312 el concilio de Vienne, y que el propio papa
Juan en 1317, en la constitución sobre el estado de los frailes franciscanos que
comienza diciendo Quorundam exigit, había comentado las resoluciones de
aquel concilio afirmando que habían sido santamente concebidas y que eran
lúcidas, consistentes y maduras. Por lo que el capítulo de Perusa,
considerando que aquello que con sana doctrina la sede apostólica había
aprobado siempre, siempre debía darse por aceptado, y que de ninguna
manera había que apartarse de ello, se había limitado a sellar otra vez aquella
decisión conciliar, con la firma de maestros en sagrada teología como fray
Guillermo de Inglaterra, fray Enrique de Alemania, fray Arnaldo de Aquitania,
provinciales y ministros; así como con el sello de fray Nicolás, ministro de
Francia, fray Guillermo Bloc, bachiller, del ministro general y de cuatro ministros
provinciales, fray Tomás de Bolonia, fray Pietro de la provincia de San
Francisco, fray Fernando da Castello y fray Simone da Turonia. Sin embargo,
añadió Abbone, el año siguiente el papa emitió la decretal Ad conditorem
canonum, contra la que protestó fray Bonagrazia da Bergamo, por considerarla
contraria a los intereses de su orden. Entonces el papa arrancó la decretal de
las puertas de la iglesia mayor de Aviñón, donde se exhibía, y corrigió varios
puntos. Pero en realidad resultó aún más dura, y prueba de ello fue que, como
consecuencia inmediata de la misma, fray Bonagrazia pasó un año en prisión.
Tampoco podía dudarse de la severidad del pontífice, pues aquel mismo año
emitió la ya célebre Cum inter nonnullos, donde se condenaron definitivamente
las tesis del capítulo de Perusa.
En aquel momento, interrumpiendo con cortesía a Abbone, habló el cardenal
Bertrando, para decir que convenía recordar que las cosas se habían
complicado, para gran irritación del pontífice, cuando en 1324 Ludovico el
Bávaro había emitido la declaración de Sachsenhausen, donde sin razones
válidas adoptaba las tesis de Perusa (tampoco era fácil comprender, observó
Bertrando con una ligera sonrisa, cómo podía el emperador abogar con tanto
entusiasmo por la pobreza, cuando él no la practicaba en absoluto),
poniéndose contra el señor papa, llamándolo inimicus pacis y afirmando que
deseaba provocar escándalos y discordias, tratándolo, por último, de hereje e,
incluso, de heresiarca.
-No exactamente -intentó mediar Abbone.
-En el fondo afirmó eso -dijo Bertrando con tono seco.
Y añadió que precisamente para rebatir aquella inoportuna intervención del
emperador, el papa se había visto obligado a emitir la decretal Quia
quorundam, y que, por último, había cursado una invitación a Michele da
Cesena conminándolo a presentarse ante él. Michele había respondido
excusando no poder ir por encontrarse enfermo, hecho del que nadie dudaba, y
había enviado a fray Giovanni Fidanza y a fray Modesto Custodio de Perusa.
Pero dio la casualidad, dijo el cardenal, de que los güelfos de Perusa
informaron al papa de que,- lejos de estar enfermo, Michele estaba
manteniendo contactos con Ludovico de Baviera. Y en cualquier caso, dejando
de lado lo que podía o no haber sucedido, el hecho era que ahora fray Michele
se veía bien Y sereno, y que en Aviñón se le esperaba. Sin embargo, era
mejor, admitía el cardenal, ponderar antes, como se estaba haciendo en aquel
momento, y en presencia de hombres prudentes situados de una y otra parte,
lo que luego Michele diría al papa, porque al fin y al cabo todos estaban
interesados en no agravar las cosas y en resolver fraternalmente una querella
que no tenía razón de ser entre un padre amantísimo y sus devotos hijos, y que
hasta entonces se había agudizado sólo debido a la intervención de hombres
del siglo que, por emperadores o vicarios que fuesen, nada tenían que hacer
en los asuntos de la santa madre iglesia.
Intervino entonces Abonne, quien dijo que, a pesar de ser hombre de iglesia y
abad de una orden a la que la iglesia tanto debía (un murmullo de respeto y
consideración corrió por ambos lados del hemiciclo), no consideraba que el
emperador tuviese que quedar al margen de esos. asuntos, por las numerosas
razones que luego expondría fray Guillermo de Baskerville. Pero, siguió
diciendo Abbone, era correcto, sin embargo, que la primera parte de la
discusión se desarrollara entre los enviados pontificios y los representantes de
aquellos hijos de San Francisco que, por el solo hecho de participar en ese
encuentro, demostraban que eran hijos devotísimos del pontífice. Por
consiguiente, invitaba a fray Michele, o a quien hablase en su nombre, a que
expusiera las tesis que se proponía defender en Aviñón.
Michele dijo que, para gran alegría y emoción de su ,parte, aquella mañana se
encontraba con ellos Ubertino da Casale, a quien en 1322 el propio pontífice
había pedido una relación fundada sobre el asunto de la pobreza. Y
precisamente Ubertino podría resumir, con la lucidez, la erudición y la fe
apasionada que todos reconocían en él, los puntos capitales de las ideas que
la orden franciscana ya había hecho definitivamente suyas.
Se puso en pie Ubertino, y tan pronto como empez a hablar comprendí por qué
había podido despertar tanto entusiasmo no sólo como predicador sino también
como hombre de corte. Apasionado en el ademán, persuasivo en la voz,
fascinante en la sonrisa, claro y coherente en el razonamiento, tuvo cogidos a
los oyentes durante todo el tiempo que duró su discurso. Comenzó con una
disquisición muy docta sobre las razones en que se apoyaban las tesis de
Perusa. Dijo que ante todo había que reconocer que Cristo y sus apóstoles
tuvieron una doble condición , porque fueron prelados de la iglesia del nuevo
testamento, y como tales tuvieron propiedades, en cuanto a la autoridad
para dispensar y distribuir bienes, y dar a los pobres y a los ministros de la
iglesia, como está escrito en el capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles,
y sobre esto nadie discute. Pero en segundo lugar Cristo y los apóstoles deben
ser considerados como personas particulares, fundamento de toda perfección
religiosa, y perfectos despreciadores del mundo. Y en este sentido existen dos
maneras de poseer, una de las cuales es civil y mundana, y las leyes
imperiales la definen con las palabras in bonis nostris, porque se dicen
nuestros aquellos bienes que nos han sido dados en custodia y que, cuando
nos los quitan, tenemos derecho a reclamar. Y por eso una cosa es defender
civil y mundanamente el bien propio contra el que nos lo quiere quitar,
apelando al juez imperial (y afirmar que Cristo y los apóstoles poseyeron
bienes de esta manera es herético, porque, como dice Mateo en el capítulo V,
al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y
no otra cosa dice Lucas en el capítulo VI, donde Cristo aparta de sí todo
dominio y señorío y lo mismo impone a sus apóstoles, y véase además el
capítulo XXIV de Mateo, donde Pedro dice al Señor que para seguirlo lo han
dejado todo), pero hay otra manera en que pueden poseerse las cosas
temporales y es en razón de la común caridad fraterna, y en este sentido Cristo
y los suyos poseyeron bienes por razón natural, razón que algunos llaman jus
poli, o sea razón del cielo, basada en la naturaleza, que, sin ordenación
humana, concuerda con la justa razón, mientras que el ius fori es poder que
depende de las estipulaciones humanas. Antes de la primera división de las
cosas, éstas fueron, en cuanto al dominio, como son ahora las cosas que no
pertenecen a nadie y se conceden al que las ocupa, y en cierto sentido fueron
comunes a todos los hombres, mientras que sólo después del pecado nuestros
antepasados empezaron a repartirse la propiedad de las cosas y de entonces
datan los dominios mundanos tal como se conocen en la actualidad. Pero
Cristo y los apóstoles tuvieron bienes de la primera manera, y así tuvieron ropa,
pan y pescados, y, como dice Pablo en la primera a Timoteo, tenemos
alimentos y con qué cubrirnos, y estamos satisfechos. Por lo que se ve que
Cristo y los suyos tuvieron esas cosas no en posesión sino en uso, o sea, sin
menoscabo de su absoluta pobreza. Lo que ya el papa Nicolás II había
reconocido en la decretal Exiit qui seminat.
Pero del lado contrario se levantó Jean d'Anneaux y dijo que las tesis de
Ubertino le parecían reñidas no sólo con la recta razón sino también con la
recta interpretación de las escrituras. Porque en el caso de los bienes
perecederos, como el pan y el pescado, no puede hablarse de mero derecho
de uso, y, en efecto, en tal caso no puede haber uso, sino abuso. Todo lo que
los creyentes tenían en común en la iglesia primitiva, como se deduce de los
Hechos segundo y tercero, lo tenían sobre la base del mismo tipo de dominio
que detentaban antes de la conversión. Los apóstoles, después del descenso
del Espíritu Santo, poseyeron fincas en Judea; el voto de vivir sin propiedad no
se extiende a lo que el hombre necesita para vivir, y cuando Pedro dijo que lo
había dejado todo no quería decir que hubiera renunciado a la propiedad; Adán
tuvo dominio y propiedad de las cosas; el servidor que coge dinero de su amo
no hace, sin duda, uso ni abuso del mismo; las palabras de la Exiit qui seminat
en que siempre se apoyan los franciscanos, y por las que se establece que
éstos sólo tienen el uso de lo que utilizan, pero no su dominio ni su propiedad,
deben relacionarse sólo con los bienes que no se agotan con el uso, y de
hecho si la Exiit abarcase también los bienes perecederos estaría afirmando
algo imposible; el uso de hecho no puede distinguirse del dominio jurídico; todo
derecho humano, sobre cuya base se poseen bienes materiales, está
contenido en las leyes de los reyes; como hombre mortal, Cristo fue, desde el
instante de su concepción, propietario de todos los bienes terrenales, y como
Dios recibió del padre el dominio universal de todo; fue propietario de ropas,
alimentos y dinero gracias a las contribuciones y ofrendas de los fieles, y si fue
pobre, no lo fue por no tener propiedades sino porque no percibía los frutos de
estas últimas, porque el mero dominio jurídico, separado de la recaudación de
los intereses, no vuelve rico al que lo detenta; y por último, aunque la Exiit
hubiese dicho otra cosa, el pontífice romano, en lo que se refiere a la fe y a las
cuestiones morales, puede revocar las resoluciones de sus predecesores y
afirmar, incluso, lo contrario.
Fue entonces cuando se puso en pie con ademán vehemente fray Girolamo,
obispo de Caffa. La barba le temblaba de ira a pesar de que sus palabras
trataban de parecer conciliadoras. Empezó a argumentar de una manera que
me pareció bastante confusa.
-Lo que querría decir al santo padre, y yo mismo lo diré, empiezo aceptando
que me lo corrija, porque en verdad creo que Juan es el vicario de Cristo, y por
declararlo me tuvieron preso los sarracenos. Y comenzaré citando un hecho
que menciona un gran doctor, relativo a la disputa que se planteó cierto día
entre unos monjes sobre quién era el padre de Melquisedec. Y entonces el
abad Copes, al ser interrogado sobre eso se dio un golpe en la cabeza y dijo:
«Ten cuidado, Copes, porque sólo buscas lo que Dios no te ordena buscar, y
descuidas lo que te ordena encontrar.» Pues bien, como se deduce con toda
claridad de mi ejemplo, el hecho de que Cristo y la Virgen bienaventurada y los
apóstoles nunca tuvieron nada en común ni en particular es más evidente,
incluso, que el hecho de que Jesús fue hombre y Dios al mismo tiempo, ¡hasta
el punto de que me parece evidente que quien negase lo primero estaría
obligado a negar también lo segundo!
Lo dijo con tono triunfal, y vi que Guillermo alzaba los ojos al cielo. Sospecho
que el silogismo de Girolamo le pareció bastante defectuoso, y no celo, pero
aún más defectuosa me me atrevería a discutír pareció a mí la furibunda
argumentación en contra que expuso Giovarmi Dalbena, que dijo que quien
afirma algo sobre la pobreza de Cristo afirma lo que se ve (o no se ve) a través
del ojo, mientras que en la definición de su humanidad y su divinidad interviene
la fe, razón por la cual las dos proposiciones no pueden compararse. Al
responderle, Girolamo se mostró más agudo que su adversario:
-¡Oh, no, querido hermano, me parece que es al revés, porque todos los
evangelios dicen que Cristo era hombre, y comía y bebía, y, en virtud de sus
evidentísimos milagros, también era Dios, y estas son cosas que precisamente
saltan a la vista!
-También los magos y los adivinos hicieron milagros ---dijo Dalbena con tono
de suficiencia.
-Sí, pero mediante fórmulas de arte mágico. ¿Quieres igualar los milagros de
Cristo con el arte mágico? -la asamblea murmuró indignada que no quería
hacer eso-. Y finalmente -prosiguió Girolamo, que ya se sentía cerca de la
victoria-, ¿el señor cardenal Del Poggetto pretende considerar herética la
creencia en la pobreza de Cristo, cuando sobre ella se basa la regla de una
orden como la franciscana, no habiendo reino al que sus hijos no hayan llegado
para predicar, y para derramar su sangre, desde Marruecos hasta la India?
-Santa alma de Pedro Hispano -murmuró Guillermo-, protégenos.
hermano -vociferó entonces Dalbena, dando un paso al frente , habla, si
quieres, de la sangre de tus hermanos, pero no olvides que también religiosos
de otras órdenes han pagado ese tributo...
-No es que quiera faltar al señor cardenal -gritó Girolamo-, pero ningún
dominico ha muerto jamás entre los infieles, ¡mientras que sólo en mis tiempos
murieron allí martirizados nueve franciscanos!
Con el rostro rojo de ira, se alzó entonces el obispo 'de Alborea, que era
dominico:
-¡Puedo demostrar que antes de que los franciscanos llegaran a Tartaria, el
papa Inocencio envió allí a tres dominicos!
-¿Ah sí? -comentó Girolamo en son de burla-. Pues bien, me consta que los
franciscanos están en Tartaria desde hace ochenta años, y tienen cuarenta
iglesias distribuidas por todo el país, ¡mientras que los dominicos sólo tienen
cinco puestos en la costa y en total no serán más que quince frailes! ¡Y no hay
más que discutir!
-Sí que lo hay -gritó Alborea---, porque estos franciscanos que paren terciarios
como las perras cachorros, se lo atribuyen todo, se jactan de sus mártires, ¡y
después resulta que tienen hermosas iglesias y paramentos suntuosos, y que
compran y venden como los frailes de las demás órdenes!
-No, señor mío, no -replicó Girolamo-, no compran y venden ellos mismos, sino
a través de los procuradores de la sede apostólica, ¡y son éstos los que
detentan la posesión, mientras que los franciscanos sólo tienen el uso!
-¿En serio? -preguntó Alborea, con una sonrisa burlona-. ¿Y entonces cuántas
veces has vendido sin pasar por los procuradores? Conozco la historia de unas
fincas que...
-Si lo he hecho, he cometido un error -se apresuró a interrumpirlo Girolamo-.
¡No achaques a la orden mis posibles debilidades!
-Pero, venerables hermanos -intervino entonces Abbone , no estamos aquí
para discutir si los franciscanos son pobres, sino si lo fue o no Nuestro Señor...
-Pues bien -volvió a decir entonces Girolamo-, acerca de esta cuestión tengo
un argumento que corta como la espada...
-San Francisco, protege a tus hijos... -dijo Guillermo, totalmente desalentado.
-El argumento es -prosiguió Girolamo- que los orientales y los griegos, que
están mucho más familiarizados que nosotros con la doctrina de los santos
padres, están seguros de la pobreza de Cristo. Y, si esos herejes y cismáticos
sostienen con tanta claridad una verdad tan clara, ¿acaso querríamos ser más
heréticos y cismáticos que ellos negándola? ¡Si los orientales escuchasen lo
que algunos de nosotros predican contra esa verdad, los lapidarían!
-Pero ¿qué estás diciendo? -comentó Alborea con tono burlón-. ¿Entonces por
qué no lapidan a los dominicos que precisamente predican contra ella?
-¿Los dominicos? ¡Pero si allí nunca los he visto!
Con el rostro morado, Alborea observó que aquel fray Girolamo quizá hubiera
estado-quince años en Grecia, mientras que él había vivido allí desde su
infancia. Girolamo replicó que él, el dominico Alborea, quizá hubiera estado
también en Grecia, pero haciendo una vida refinada, viviendo en hermosos
palacios obispales, mientras que él, que era franciscano, y no hacía quince sino
veintidós años había predicado ante el emperador de Constantinopla. Entonces
Alborea, desprovisto ya de argumentos, trató de superar la distancia que lo
separaba de los franciscanos, manifestando a viva voz, y con palabras que no
me atrevo a repetir, su firme intención de arrancarle la barba al obispo de
Caffa, cuya virilidad ponía en duda, y al que, ateniéndose a la ley del talión,
quería castigar usando la barba como látigo.
Los otros franciscanos corrieron a formar una barrera para defender a su
hermano, los aviñoneses consideraron oportuno dar mano fuerte al dominico y
aquello desembocó (ioh, Señor, ten misericordia de tus hijos predilectos!) en
una riña que en vano trataron de serenar el Abad y el cardenal. En el tumulto
que se produjo, franciscanos y domininicos se dijeron unos a otros cosas muy
graves, como si se tratase de una lucha entre cristianos y sarracenos. Sólo
,permanecieron en su sitio Guillermo, de una parte, y Bernardo Gui, de la otra.
Guillermo parecía triste, y Bernardo, alegre... si de alegre podía calificarse la
pálida sonrisa 'que fruncía los labios del inquisidor.
-¿No hay mejores argumentos -pregunté a mi maestro, mientras Alborea se
encarnizaba con la barba del obispo de Caffa- para demostrar o refutar la tesis
de la pobreza de Cristo?
Adso -dijo Guillermo-, puedes afirmar cualquiera de las dos cosas, y nunca
podrás decidir, sobre la base de los evangelios, si Cristo consideró o no propia,
y hasta qué punto, la túnica que llevaba puesta, y que probablemente tirase
cuando estaba gastada. Y, si quieres, la doctrina de Tomás de Aquino sobre la
propiedad es más audaz que la nuestra. Los franciscanos decimos: no
poseemos nada, todo lo tenemos en uso. El decía: podéis consideraros
poseedores, siempre y cuando, si a alguien le faltase algo que vosotros
poseyerais, le concedáis su uso, y no por caridad, sino por obligación. Pero lo
que importa no es si Cristo fue o no pobre, sino si la iglesia debe o no ser
pobre. Y la pobreza no se refiere tanto a la posesión o no de un palaci o, como
a la conservación o a la pérdida del derecho de legislar sobre las cosas
terrenales.
-¡Ah, por eso al emperador le interesa tanto lo que dicen los franciscanos sobre
la pobreza!
-Así es. Los franciscanos juegan a favor del imperio, contra el papa. Pero para
Marsilio y para mí el juego es doble, porque quisiéramos que el juego del
imperio hiciese nuestro juego y favoreciera nuestras ideas acerca del gobierno
humano.
-¿Eso diréis en vuestra intervención?
-Si lo digo, cumpliré con mi misión, que era la de exponer el pensamiento de
los teólogos imperiales, pero, al mismo tiempo, mi misión fracasará, porque
tenía que facilitar la realización de un segundo encuentro en Aviñón, y no creo
que Juan acepte que vaya allí para decir esto.
-¿Entonces?
-Entonces estoy atrapado entre dos fuerzas opuestas, como el -asno que no
sabe de cuál de los dos sacos de heno comer. Lo que sucede es que los
tiempos no están maduros. Marsilio sueña con una transformación que en este
momento es imposible, y Ludovico no es mejor que sus predecesores, aunque
por ahora sea el único baluarte contra ese miserable de Juan. Quizás deba
decir lo que pienso, siempre y cuando ellos no se maten antes entre sí. En
cualquier caso, tú, Adso, escribe, para que al menos quede huella de lo que
está sucediendo aquí.
-¿Y Michele?
-Me temo que está perdiendo el tiempo. El cardenal sabe que el papa no busca
una mediación; Bernardo Gui sabe que su misión es hacer fracasar el
encuentro; y Michele sabe que de todos modos irá a Aviñón, porque no quiere
que la orden rompa todos los vínculos con el papa. E irá con riesgo para su
vida.
Mientras hablábamos -y en realidad no sé cómo podíamos oír lo que decíamos-
, la disputa había llegado a su punto culminante. Habían intervenido los
arqueros, por indicación de Bernardo Gui, para impedir que los dos grupos
llegasen a chocar. Pero, como sitiadores y sitiados, a uno y otro lado de la
muralla de una fortaleza, se lanzaban objeciones e improperios que aquí repito
al azar, porque ya no soy capaz de saber quién los profirió en cada caso, y
porque, sin dud a, las frases no se dijeron por turno, como hubiese ocurrido en
una discusión realizada en mis tierras, sino a la manera mediterránea, una a
caballo de la otra, como las olas de un mar enfurecido.
-¡El evangelio dice que Cristo tenía una bolsa!
-¡Basta de hablar de esa bolsa! ¡La pintáis hasta en los crucifijos! ¿Cómo
explicas entonces que cuando Nuestro Señor estaba en Jerusalén, regresaba
cada noche a Betania?
-Y si Nuestro Señor quería dormir en Betania, ¿quién eres tú para juzgar su
decisión?
-No, viejo cabrón. ¡Nuestro Señor regresaba a Betania porque no tenía dinero
para pagarse un albergue en Jerusalén!
-¡El cabrón eres tú, Bonagrazia! ¿Y qué comía Nuestro Señor en Jerusalén?
-¿Acaso dirías que el caballo es propietario de la avena que su amo le da para
sobrevivir?
-Mira que estás comparando a Cristo con, un caballo...
-No, eres tú quien comparas a Cristo con un prelado simoníaco de tu corte,
¡saco de estiércol!
-¿Sí? ¿Y cuántas veces la santa sede ha tenido que meterse en pleitos para
defender vuestros bienes?
-¡Los bienes de la iglesia, no los nuestros! ¡Nosotros sólo los teníamos en uso!
-¡En uso para coméroslos, para haceros con ellos hermosas iglesias llenas de
estatuas de oro! ¡Hipócritas, vehículos de iniquidad, sepulcros blanqueados,
sentina de vicios! ¡Sabéis muy bien que la caridad, y no la pobreza, es el
principio de la vida perfecta!
-¡Eso lo dijo el glotón de vuestro Tomás?
-¡Ten cuidado, impío! ¡Llamas glotón a un santo de la santa iglesia romana!
-¡Santo de mis sandalias, canonizado por Juan para fastidiar a los
franciscanos! ¡Vuestro papa no puede hacer santos, porque es un hereje! ¡Más
aún: un heresiarca!
-¡Esa cantinela ya la conocemos! Es lo que ha dicho el pelele de Baviera en
Sachsenhausen. ¡Y fue vuestro Ubertino quien se lo dictó!
-¡Cuidado con lo que dices, cerdo, hijo de la prostituta de Babilonia y de otras
mujerzuelas! ¡Sabes bien que aquel año Ubertino no estaba con el emperador
sino precisamente en Aviñón, al servici o del cardenal Orsini, y que el papa se
disponía a enviarlo como embajador a Aragón!
-Lo sé, ¡sé que hacía voto, de pobreza en la mesa del cardenal, como ahora lo
hace en la abadía más rica de la península! ¡Ubertino! ¿Si tú no estabas, quién
sugirió a Ludovico que utilizara tus escritos?
-¿Qué culpa tengo de que Ludovico lea mis escritos? ¡Sin duda, los tuyos no
puede leerlos, porque eres analfabeto!
-¿Yo analfabeto? ¿Y qué me dices de las letras de vuestro Francisco, que
hablaba con las ocas?
-¡Has blasfemado!
-¡Eres tú el que blasfema, fraticello del barrilito!
-¡Sabes muy bien que nunca he hecho nada con el barrilito!
-¡Sí que lo has hecho junto con tus fraticelli, cuando te metías en la cama de
Chiara da Montefalco!
-¡Que Dios te fulmine! ¡En aquella época yo era ínquisidor, y Chiara ya había
expirado en olor de santidad!
-¡Chiara expiraba en olor de santidad, pero tú aspirabas otro olor cuando
cantabas maitines a las monjas!
-Sigue, sigue, ya te alcanzará la cólera de Dios, ¡como alcanzará a tu amo, que
ha dado asilo a dos herejes, como ese ostrogodo de Eckhart y ese nigromante
inglés que llamáis Branucerton!
-¡Venerables hermanos, venerables hermanos! -gritaban el cardenal Bertrando
y el Abad.
Quinto día
TERCIA
Donde Severino habla a Guillermo de un extraño libro
y Guillermo habla a los legados de una extraña concepción del gobierno
temporal.
Todavía arreciaba la disputa, cuando uno de los novicios que guardaban la
puerta atravesó aquella confusión como quien cruza un campo castigado por el
granizo y se acercó a Guillermo para decirle en voz baja que Severino quería
hablarle con urgencia. Salimos al nártex, atestado de monjes curiosos que, a
través de la maraña de gritos y ruidos, intentaban comprender lo que sucedía
dentro. En primera fila vimos a Aymaro d'Alessandria, que nos recibió con su
acostumbrada sonrisa burlona de conmiseración por la estupidez universal:
-Sin duda, desde que aparecieron las órdenes mendicantes la cristiandad se ha
vuelto más virtuosa -dijo.
Guillermo lo apartó, no sin cierta rudeza, para dirigirse al rincón donde nos
estaba esperando Severino_. Se le veía ansioso; deseaba hablarnos en
privado, pero en aquella confusión era imposible encontrar un sitio tranquilo.
Quisimos salir al exterior, pero en ese momento asomó Michele da Cesena por
el umbral para decirle a Guillermo que regresase, porque la disputa estaba
serenándose y había que seguir con -las intervenciones.
Dividido entre dos nuevos sacos de heno, Guillermo le dijo al herbolario que
hablase, y éste trató de que no lo oyeran los demás.
-Es cierto que, antes de ir a los baños, Berengario estuvo en el hospital -dijo.
-¿Córno lo sabes?
Algunos monjes se acercaron, intrigados por nuestra conversación. Severino
bajó todavía más la voz, mientras miraba a su alrededor:
-Me habías dicho que ese hombre... debía tener algo consigo... Pues bien, he
encontrado algo en mi laboratorio, mezclado con los otros libros... Un libro que
no es mío, un libro extraño.
-Debe de ser aquél -dijo Guillermo exultante , tráemelo en seguida.
-No puedo -dijo Severino-, después te lo explicaré, he descubierto... Creo haber
descubierto algo interesante... Debes venir tú, tengo que mostrarte el libro...
con cautela...
Se interrumpió. Nos dimos cuenta de que, silencioso como siempre, Jorge
había aparecido casi de improviso a nuestro lado. Tenía los brazos extendidos
hacia adelante, como si, no habituado a moverse en aquel sitio, intentara
comprender hacia dónde estaba yendo. Una persona normal no hubiera podido
escuchar los susurros de Severino, pero hacía tiempo que nos habíamos dado
cuenta de que el oído de Jorge, como el de todos los ciegos, era
particularmente agudo.
Sin embargo, el anciano pareció no haber escuchado nada. Incluso caminó
alejándose del sitio en que nos encontrábamos. Tocó a uno de los monjes y le
pidió algo. Este lo cogió con delicadeza del brazo y lo condujo hacia afuera. En
ese momento volvió a aparecer Michele para llamar otra vez a Guillermo. Mi
maestro tomó una decisión:
-Por favor -le dijo a Severino-, regresa en seguida al sitio de donde has venido.
Enciérrate y espera a que yo llegue. Tú -me dijo- sigue a Jorge. Aunque haya
escuchado algo, no creo que se haga conducir al hospital. En todo caso,
averigua adónde va.
Se dispuso a regresar a la sala, y vio (yo también lo vi) a Aymaro, que trataba
de abrirse paso entre el gentío para ir tras Jorge, que en aquel momento
estaba saliendo. Entonces Guillermo cometió una imprudencia, porque en voz
alta, y desde el otro extremo del nártex, le dijo a Severino, que ya estaba casi
fuera del edificio:
-Ten mucho cuidado. ¡No permitas que nadie... que esos folios... regresen al
sitio en que estaban antes!
En aquel momento, me disponía yo a seguir a Jorge, y vi al cillerero adosado
contra la jamba de la puerta exterior: había oído las palabras de Guillermo y
miraba alternativamente a mi maestro y al herbolario, con el rostro contraído
por el miedo. Vio que Severino salía al exterior y fue tras él. Yo estaba en el
umbral, y, mientras temía perder de vista a Jorge, que en cualquier momento
desaparecería en la niebla, veía cómo a los otros dos también, aunque en la
dirección opuesta, se los iba tragando la nada. Rápidamente, calculé qué debía
hacer. Me habían ordenado que siguiera al ciego, pero porque se temía que
estuviera yendo hacia el hospital. Pero la dirección que había tomado, junto
con su acompañante, no era ésa, pues estaba cruzando el claustro y caminaba
hacia la iglesia, o hacia el Edificio. En cambio, el cillerero estaba siguiendo, sin
duda, al herbolario, y los temores de Guillermo se relacionaban con lo que
podría llegar a suceder en el laboratorio. Por eso decidí seguir a estos últimos,
mientras me preguntaba, entre otras cosas, adónde había ido Aymaro,
suponiendo que no hubiese salido por razones muy distintas a las nuestras.
Me mantuve a una distancia razonable, pero sin perder de vista al cillerero, que
ahora caminaba más lentamente, porque se había dado cuenta de que lo
estaba siguiendo. No podía saber si la sombra que le pisaba los talones era yo,
como tampoco yo si la sombra cuyos talones estaba pisando era él, pero, así
como yo no tenía dudas sobre él, él tampoco las tenía sobre mí.
Obligándolo a controlarme, le impedía seguir de muy cerca a Severino. Y
cuando la puerta del hospital surgió de entre la niebla, estaba cerrada. Gracias
al cielo, Severmo había entrado ya. El cillerero se volvió una vez más para
mirarme -yo estaba quieto como un árbol del huerto-, después pareció tomar
una decisión y echó a andar hacia la cocina. Pens que mi misión estaba
cumplida. Severino era un hombre prudente, se protegería muy bien solo, sin
abrir a nadie. No me quedaba nada más que hacer, y sobre todo ardía de
curiosidad por ver lo que estaba sucediendo en la sala capitular. Por tanto,
decidí regresar y dar parte a Guillermo. Quizás hice mal, porque, si me hubiese
quedado de guardia, nos habríamos ahorrado muchas otras desgracias. Pero
esto lo sé ahora: en aquel momento no lo sabía.
Mientras regresaba, casi choqué con Bencio, que sonreía con aire de
complicidad:
-Severino ha encontrado algo que dejó Berengario, ¿verdad?
-¿Y tú qué sabes? -le respondí con insolencia, tratándolo como alguien de mi
edad, en parte por ira y en parte porque su rostro joven tenía en aquel
momento una expresión de malicia casi infantil.
-No soy tonto -respondió Bencio-. Severino corre a decir algo a Guillermo, tú
vigilas que nadie lo siga...
-Y tú nos observas demasiado, a nosotros y a Severino -dije irritado.
-¿Yo? Es verdad que os observo. Desde anteayer no pierdo de vista los baños
ni el hospital. Si hubiese podido, ya habría entrado allí. Daría un ojo de la cara
por saber qué encontró Berengario en la biblioteca.
-¡Quieres saber demasiadas cosas sin tener derecho a saberlas!
-Soy un estudioso y tengo derecho a saber, he venido desde el confín del
mundo para conocer la biblioteca, y la biblioteca permanece cerrada como si
estuviera llena de cosas malas, y yo...
-Deja que me marche -dije con tono brusco.
-Ya te dejo, puesto que me has dicho lo que quería saber.
-¿Yo?
-También callando puede hablarse.
-Te aconsejo que no entres en el hospital -le dije.
-No entraré, no entraré, quédate tranquilo. Pero nadie me prohíbe que mire
desde fuera.
No seguí escuchándolo y reanudé mi camino. Pensé que aquel curioso no
constituía un gran peligro. Me acerqué a Guillermo y lo puse brevemente al
corriente de los hechos.
Me hizo un gesto de aprobación y luego me indicó que callara. La confusión
estaba disminuyendo. Los miembros de ambas legaciones estaban dándose el
beso de la paz. Alborea elogiaba la fe de los franciscanos, Girolamo alababa la
caridad de los predicado`res, todos proclamaban su esperanza en una iglesia
que ya no estuviese agitada por luchas intestinas. Unos celebraban la fortaleza
de los otros, éstos la templanza de los primeros, y todos invocaban la justicia y
se recomendaban la prudencia. Nunca vi tantos hombres empeñados con tanta
sinceridad en el triunfo de las virtudes teologales y cardinales.
Pero ya Bertrando del Poggetto estaba invitando a Guillermo a exponer las,
tesis de los teólogos imperiales. Guillermo se levantó de mala gana: por una
parte, se estaba dando cuenta de que el encuentro era del todo inútil; por la
otra, tenía prisa por marcharse, pues a esas alturas le interesaba más el libro
misterioso que la suerte del encuentro. Pero era evidente que no podía
sustraerse a su deber.
Empezó, pues, a hablar, en medio de muchos «eh» y «oh», quizá más de los
acostumbrados, y de los permitidos, como para dar a entender que no estaba
nada seguro de lo que iba a decir, y a modo de exordio afirmó que comprendía
muy bien el punto de vista de los que habían hablado antes, y que, por otra
parte, lo que algunos llamaban la «doctrina» de los teólogos imperiales no era
más que un conjunto de observaciones dispersas que no aspiraban a
imponerse como verdades de la fe.
Después dijo que, dada la inmensa bondad que Dios había mostrado al crear el
pueblo de sus hijos, amándolos a todos sin distinciones, desde aquellas
páginas del Génesis donde aún no se hacía distinción entre sacerdotes y
reyes, y considerando también que el Señor había otorgado a Adán y sus
sucesores el dominio sobre las cosas de esta tierra, siempre y cuando
obedeciesen las leyes divinas, podía sospecharse que tampoco había sido
ajena al Señor la idea de que en las cosas terrenales el pueblo debía ser el
legislador y la primera causa eficiente de la ley. Por pueblo, dijo, hubiese sido
conveniente entender la universalidad de los ciudadanos, pero como entre
éstos también hay que considerar a los niños, los idiotas, los maleantes y las
mujeres, quizá podía llegarse de una manera razonable a una definición de
pueblo como la parte mejor de los ciudadanos, si bien en aquel momento él no
consideraba oportuno pronunciarse acerca de quiénes pertenecían
efectivamente a esa parte.
Tosió un poco, pidió disculpas a los presentes diciendo que sin duda aquel día
la atmósfera estaba muy húmeda, y formuló la hipótesis de que el pueblo
podría expresar su voluntad a través de una asamblea general electiva. Dijo
que le parecía sensato que una asamblea de esa clase pudiese interpretar,
alterar o suspender la ley, porque, si la ley la hiciera uno solo, éste podría obrar
mal por ignorancia o por maldad, y añadió que no era necesario recordar a los
presentes cuántos casos así se habían producido recientemente. Advertí que
los presentes, más bien perplejos por lo que estaba diciendo, no podían dejar
de aceptar esto último, porque era evidente que cada uno pensaba en una
persona distinta, y que para cada uno dicha persona era un ejemplo de maldad.
Pues bien, prosiguió Guillermo, si uno solo puede hacer mal las leyes, ¿no las
hará mejor una mayoría? Desde luego, subrayó, se hablaba de las leyes
terrenales, relativas a la buena marcha de las cosas civiles. Dios había dicho a
Adán que no comiera del árbol del bien y del mal, y aquélla era la ley divina,
pero después lo había autorizado, ¿qué digo?, incitado a dar nombre a las
cosas, y en ello había dejado libre a su súbdito terrestre. En efecto, aunque en
nuestra época algunos digan que nomina sunt consequentia rerum, el libro del
Génesis es por lo demás bastante claro sobre esta cuestión: Dios trajo ante el
hombre todos los animales para ver cómo los llamaría, y cualquiera hubiese
sido el nombre que éste les diese, así deberían llamarse en adelante. Y
aunque, sin duda, el primer hombre había sido lo bastante sagaz como para
llamar, en su lengua edénica, a toda cosa y animal de acuerdo con su
naturaleza, eso no entrañaba que hubiera dejado de ejercer una especie de
derecho soberano al imaginar el nombre que a su juicio correspondía mejor a
dicha naturaleza. Porque, en efecto, ya se sabe qué diversos son los nombres
que los hombres imponen para designar los conceptos, y que sólo los
conceptos, signos de las cosas, son iguales para todos. De modo que, sin
duda, la palabra nomen procede de nomos, o sea de ley, porque precisamente
los hombres dan los nomina ad placitum, o sea a través de una convención
libre y colectiva.
Los presentes no se atrevieron a impugnar tan docta demostración. En virtud
de lo cual, concluyó Guillermo, se ve con claridad que la legislación sobre las
cosas de esta tierra, y por tanto sobre las cosas de las ciudades y los reinos,
no guarda relación alguna con la custodia y la administración de la palabra
divina, privilegio inalienable de la jerarq uía eclesiástica. Infelices, así, los
infieles, porque carecen de una autoridad como ésta, que interprete para ellos
la palabra divina (y todos se apiadaron de los infieles). Pero, ¿acaso esto nos
autoriza a decir que los infieles carecen de la tendencia a hacer leyes y a
administrar sus cosas mediante gobiernos, ya sean reyes, emperadores,
sultanes o califas? ¿Y acaso podía negarse que muchos emperadores
romanos habían ejercido el poder temporal con gran sabiduría, por ejemplo
Trajano? ¿Y quién ha otorgado a los paganos y a los infieles esa capacidad
natural para legislar y vivir en comunidades políticas? ¿Acaso sus divinidades
mentirosas que necesariamente no existen (o que no existen necesariamente,
como quiera que se interprete la negación de esta modalidad)? Sin duda que
no. Sólo podía habérsela conferido el Dios de los ejércitos, el Dios de Israel,
padre de nuestro señor Jesucristo... ¡Admirable prueba de la bondad divina,
que ha conferido la capacidad de juzgar sobre las cosas políticas también a
quien no reconoce la autoridad del pontífice romano y no profesa los misterios
sagrados, suaves y terribles del pueblo cristiano! Pero, ¿qué mejor
demostración del hecho de que el dominio temporal y la jurisdicción secular
nada tienen que ver con la iglesia y con las leyes de Jesucristo, y de que fueron
ordenados por Dios al margen de toda ratificación eclesiástica e incluso antes
del nacimiento de nuestra santa religión?
Volvió a toser, pero esta vez no fue el único. Muchos de los asistentes se
agitaban en sus sillones y carraspeaban.
Vi que el cardenal se pasaba la lengua por los labios y hacía un gesto, ansioso
pero cortés, para invitar a Guillermo a que pasara a las conclusiones. Y
entonces éste abordó las que, según la opinión de todos, incluso de quienes no
las compartían, eran las consecuencias, desagradables quizá, de aquel
discurso irrebatible. Dijo que le parecía que sus deducciones podían apoyarse
en el ejemplo mismo de Cristo, quien no vino a este mundo para mandar, sino
para someterse según las condiciones que encontró en el mundo, al menos en
lo que se refería a las leyes del César. No quiso que los apóstoles
tuviesen dominio y mando, y por eso parecía sabio que los sucesores de los
apóstoles fuesen aliviados de todo poder mundano y coactivo. Si el pontífice,
los obispos y los curas no estuvieran sometidos al poder mundano y coactivo
del príncipe, la autoridad de este último se vería invalidada, y con ello se
invalidaría también un orden que, como acababa de demostrar, había sido
instaurado por Dios. Sin duda, deben considerarse ciertos casos muy delicados
-dijo Guillermo-, como el de los herejes, sobre cuya herejía sólo la
iglesia, guardiana de la verdad, puede pronunciarse, mientras que, sin
embargo, la acción sólo incumbe al brazo secu lar. Cuando la iglesia
reconoce la existencia de determinados herejes, lo justo, sin duda, es
que los señale al príncipe, quien conviene que esté informado acerca de las
condiciones de sus ciudadanos. Pero ¿qué tendrá que hacer el príncipe con un
hereje? ¿Condenarlo en nombre de esa verdad divina cuya custodia no le
atañe? El príncipe puede y debe condenar al hereje si su acción perjudica la
convivencia de todos, o sea si el hereje trata de imponer su herejía matando o
molestando a quienes no la comparten. Pero allí se detiene el poder del
príncipe, porque nadie en esta tierra puede ser obligado mediante el suplicio a
seguir los preceptos del evangelio. Si no, ¿dónde acabaría el libre arbitrio,
sobre el uso del cual cada uno será juzgado en el otro mundo? La iglesia
puede y debe avisar al hereje que se está saliendo de la comunidad de los
fieles, pero no puede juzgarlo en la tierra ni obligarlo contra su voluntad. Si
Cristo hubiese querido que sus sacerdotes obtuvieran poder coactivo, habría
establecido unos preceptos precisos, como hizo Moisés con la ley antigua.
Pero no los estableció. Por tanto, no quiso otorgarles ese poder. ¿0 habría que
pensar que sí lo quiso, pero que en tres años de predicación le faltó tiempo, o
capacidad, para decirlo? Lo justo era que no lo quisiese, porque, si lo hubiera
querido, el papa hubiese podido imponer su voluntad al rey, y el cristianismo no
sería ya ley de libertad sino intolerable esclavitud.
Todo esto, añadió Guillermo, con rostro sonriente, no entraña una limitación de
los poderes del sumo pontífice, sino un enaltecimiento de su misión: porque el
siervo de los siervos de Dios no está en la tierra para ser servido, sino para
servir. Y por último, sería en todo caso muy extraño que el papa tuviese
jurisdicción sobre las cosas del imperio y no sobre los otros reinos de la tierra.
Como se sabe, lo que el papa dice sobre las cosas divinas vale tanto para los
súbditos del rey de Francia como para los del rey de Inglaterra, pero también
debe valer para los súbditos del Gran Kan o del sultán de los infieles, porque
precisamente se los llama infieles debido a que no son fieles a esta bella
verdad. Y, por consiguiente, si el papa considerase que tiene jurisdicción
temporal -en su carácter de papa- sólo sobre las cosas del imperio, podría
sospecharse que, al coincidir la jurisdicción temporal con la espiritual, no sólo
no tendría jurisdicción espiritual sobre los sarracenos o los tártaros, sino
tampoco sobre los franceses y los ingleses, lo que constituiría una blasfemia
criminal. Precisamente por eso, concluía mi maestro, quizá fuese justo afirmar
que la iglesia de Aviñón injuriaba a toda la humanidad cuando sostenía que era
de su incumbencia aprobar o suspender al que había sido electo emperador de
los romanos. El papa no tiene sobre el imperio más derechos que sobre los
otros reinos, y como no están sujetos a la aprobación del papa ni el rey de
Francia ni el sultán, no se ve por qué sí deba estarlo el emperador de los
alemanes y de los italianos. Ese sometimiento no es de derecho divino, porque
las escrituras no lo mencionan. Y en virtud de las razones ya dichas, tampoco
está consagrado por el derecho de gentes. En cuanto a las relaciones con el
debate sobre la pobreza, dijo por último Guillermo, sus modestas opiniones,
elaboradas en forma de amables sugerencias, tanto suyas como de Marsilio de
Padua y de Jean de Jandun, permitían concluir lo siguiente: si los franciscanos
querian seguir siendo pobres, el papa no podía ni debía oponerse a tan
virtuoso deseo. Sin duda, si se demostrara la hi pótesis de la pobreza de Cristo,
ello no sólo beneficiaría a los franciscanos, sino que también reforzaría la idea
de que Jesús no había querido tener jurisdicción terrenal alguna. Pero aquella
mañana había oído a personas muy sabias decir que no se podía probar que
Jesús hubiera sido pobre. Por tanto, le parecía más conveniente invertir la
demostración. Como nadie había afirmado, ni habría podido afirmar, que Jesús
hubiese reclamado para sí y para los suyos jurisdicción terrenal alguna, ese
desinterés de Jesús por las Cosas temporales le parecía indicio suficiente para,
sin pecado, considerar plausible la idea de que Jesús también había preferido
la pobreza.
Guillermo había hablado con un tono tan humilde, había expresado sus
certezas de una manera tan dubitativa, que ninguno de los presentes había
podido levantarse para replicar. Esto no significaba que todos estuvieran de
acuerdo con lo que acababan de escuchar. No sólo los aviñoneses se agitaban
ahora con la ira pintada en el rostro y haciendo comentarios por lo bajo, sino
que también al propio Abad aquellas palabras parecían haberle causado una
impresión. muy desfavorable, como si pensase que no era así como había
imaginado las relaciones entre su orden y el imperio. En cuanto a los
franciscanos. Michele da Cesena estaba perplejo; Girolamo, aterrado; Ubertino,
pensativo.
Rompió el silencio el cardenal Del Poggetto, siempre sonriente Y sereno, quien
con mucho tacto preguntó a Guillermo ,si iría a Aviñón para repetir aquellas
cosas ante el señor ,papa. Gui llermo preguntó cuál era el parecer del cardenal,
y éste dijo que el señor papa había escuchado muchas opiniones discutibles a
lo largo de su vida y que era un hombre amantísimo con todos sus hijos, pero
que, sin duda, aquellas ,opiniones lo afligirían grandemente.
Intervino Bernardo Gui, quien hasta entonces no había abierto la boca:
-Me agradaría mucho que fray Guillermo, expositor tan hábil y elocuente de sus
ideas, viniese a someterlas al juicio del pontífice...
-Me habéis convencido, señor Bernardo ---dijo Guillermo-. No iré. -Y añadió
dirigiéndose al cardenal, en tono de excusa-: Sabéis, esta fluxión que me está
tomando el pecho desaconseja que emprenda un viaje tan largo en esta
estación...
-¿Pero entonces por qué habéis hablado tanto rato? -preguntó el cardenal.
-Para dar testimonio de la verdad -dijo Guillermo con tono humilde-. La verdad
nos hará libres.
-¡Pues no! -estalló entonces Jean de Baune-. ¡Aquí no se trata de la verdad
que nos hará libres, sino de la libertad excesiva que pretende pasar por
verdadera!
-También esto es posible -admitió Guillermo con suavidad.
De pronto tuve la intuición de que estaba por estallar una tormenta de
corazones y de lenguas mucho más furiosa que la anterior. Pero no sucedió
nada. Mientras estaba hablando Dalbena, había entrado el capitán de los
arqueros para comunicarle algo en voz baja a Bernardo. Este se levantó de
golpe y con un ademán pidió que lo escucharan.
-Hermanos ---dijo-, quizás esta provechosa discusión pueda continuar en otro
momento, pero ahora un hecho gravísimo nos obliga a suspender nuestros
trabajos, con el permiso del Abad. Tal vez he colmado, sin quererlo, las
expectativas del mismo Abad, quien esperaba descubrir al culpable de los
muchos crímenes cometidos en los días pasados. Ese hombre está ahora en
mis manos. Pero, ¡ay!, ha sido cogido demasiado tarde, una vez más... Algo ha
sucedido allí...
Hizo un vago gesto señalando hacia afuera, cruzó rápidamente la sala y salió,
seguido de muchos. Entre los primeros, Guillermo, y yo con él.
Mi maestro me miró y dijo:
-Temo que le haya sucedido algo a Severino.

Quinto día
SEXTA
Donde se encuentra a Severino asesinado
y ya no se encuentra el libro que él había encontrado.
Angustiados, y con paso rápido, atravesamos la explanada. El capitán de los
arqueros nos condujo hacia el hospital, y al llegar vislumbramos unas sombras
que se agitaban es la espesura gris: eran monjes y servidores que acudían, y
arqueros de guardia ante la puerta, que les cortaban el paso
-Esos hombres armados están allí porque yo los había enviado a buscar un
hombre que podía aclarar muchos misterios -dijo Bernardo.
-¿El hermano herbolario? -preguntó el Abad estupef acto.
-No, ahora veréis -dijo Bernardo, abriéndose camino hacia el interior del
edificio.
Entramos en el laboratorio de Severino, y nuestros ojos pudieron contemplar
un espectáculo penoso. El infortunado herbolario yacía muerto en un lago de
sangre, con la cabeza partida. A su alrededor, parecía que una tempestad
hubiese devastado los anaqueles: frascos, botellas, libros y documentos
estaban desparramados en medio del caos y el desastre. Junto al cuerpo había
una esfera armilar, por lo menos dos veces más grande que la cabeza de un
hombre. Era de metal finamente trabajado, estaba coronada por una cruz de
oro, y se apoyaba sobre un pequeño trípode decorado. Ya la había visto en
anteriores ocasiones: solía estar sobre la mesa que había a la izquierda de la
entrada.
En el otro extremo de la habitación, dos arqueros tenían aferrado al cillerero,
quien intentaba liberarse y gritaba que era inocente. Cuando vio entrar al Abad,
gritó aún más fuerte:
-¡Señor, las apariencias están contra mí! Cuando entré, Severino ya estaba
muerto. ¡Me han encontrado mientras observaba pasmado esta masacre!
El jefe de los arqueros se acercó a Bernardo y, con el permiso de éste, informó
públicamente de los hechos. Di¡rante dos horas, los arqueros, que habían
recibido la orden de encontrar al cillerero y arrestarlo, habían estado
buscándolo por la abadía. Aquella debía de ser, pensé, la orden que había
dado Bernardo antes de entrar a la sala capitular. Los soldados, que no
conocían el lugar, probablemente habían estado buscando en sitios
equivocados, sin advertir que el cillerero, ignorante aún de su destino, estaba
con los otros en el nártex. Además, la búsqueda había sido más difícil por
causa de la niebla. Comoquiera que fuese, de las palabras del capitán se
deducía que cuando Remigio, después de que yo lo hube dejado, se había
dirigido a la cocina, alguien lo había visto y había avisado a los arqueros,
quienes llegaron al Edificio cuando el cillerero ya se había marchado; sólo un
momento después, porque en la cocina habían encontrado a Jorge, quien
aseguró haber hablado con él muy poco antes. Entonces los arqueros habían
explorado la meseta en dirección a los huertos, y allí, surgido de la niebla como
un fantasma, habían encontrado al anciano Alinardo, que no sabía bien dónde
estaba. Había sido Alinardo quien les había dicho que acababa de ver al
cillerero entrando en el hospital. Hacia allí se habían dirigido entonces los
arqueros. La puerta estaba abierta. Al entrar vieron a Severino exánime y al
cillerero buscando frenéticamente en los anaqueles, echándolo todo al suelo,
como si tratara de encontrar algo determinado. No era difícil comprender lo que
había sucedido, concluyó el capitán. Remigio había entrado, se había arrojado
sobre el herbolario, lo había matado, y después se había puesto a buscar
aquello que lo había movido a matarlo.
Un arquero levantó del suelo la esfera armilar y se la tendió a Bernardo. La
elegante arquitectura de círculos de cobre y plata, sostenida por una armazón
más robusta de aros de bronce, había sido cogida por el tronco del trípode y
asestada con fuerza sobre el cráneo de la víctima, y como consecuencia del
impacto muchos de los círculos más delgados estaban rotos o aplastados en
un punto. Y que ése era el sitio que había dado contra la cabeza de Severino
estaba claro por las huellas de sangre e incluso por los grumos de cabellos
mezclados con inmundas salpicaduras de materia cerebral.
Guillermo se inclinó sobre Severino para cerciorarse de que estaba muerto. El
pobrecillo tenía los ojos velados por la sangre que había manado de su cabeza,
y muy abiertos, y me preguntó si, como cuentan que sucede algunas veces,
podría leerse en la pupila ya inmóvil el último vestigio de las percepciones de la
víctima. Vi que Guillermo buscaba las manos del muerto para verificar si tenía
manchas negras en los dedos, aunque en aquel caso estuviese muy claro cuál
había sido la causa de la muerte: pero Severino tenía puestos los mismos
guantes de piel que otras veces le había visto usar cuando tocaba hierbas
peligrosas, ciertos lagartos verdes o insectos desconocidos.
Mientras tanto, Bernardo Gui estaba diciéndole al cillere ro:
-Remigio da Varagine. ¿Ese es tu nombre, verdad? Había ordenado a mis
hombres que te buscaran basándome en otras acusaciones y para confirmar
otras sospechas. Ahora veo que mi decisión fue correcta, aunque, y soy el
primero en reprochármelo, demasiado tardía. Señor -le dijo al Abad-, me
considero casi responsable de este último crimen, porque desde la mañana
sabía que este hombre debía ser puesto en manos de la justicia, después de
haber escuchado las revelaciones del otro infeliz arrestado la noche pasada.
Pero sois testigo de que esta mañana he tenido que cumplir con otros deberes,
y mis hombres han hecho lo que han podido...
Mientras hablaba, en voz alta para que todos lo escuchasen (a todo esto, la
habitación se había llenado de gente, que se metía por todos los rincones,
mirando las cosas desparramadas y rotas, señalándose unos a otros y
comentando por lo bajo el tremendo crimen), divisé entre la pequeña
muchedumbre a Malaquías, que observaba la escena con rostro sombrío.
También el cillerero lo divisó, cuando estaban arrastrándolo hacia afuera. Se
liberó de los arqueros y se arrojó sobre el hermano para cogerlo por el hábito y
decirle con desesperación, y cara a cara, unas pocas palabras antes de que
aquéllos volvieran a agarrarlo. Y cuando ya se lo llevaban por la fuerza, se
volvió una vez más hacia Malaquías y le gritó:
-¡Si juras, yo también juro!
Malaquías no respondió en seguida, como si estuviese buscando las palabras
adecuadas. Después, cuando el cillerero ya estaba cruzando a la fuerza el
umbral, le dijo:
-No haré nada contra ti.
Guillermo y yo nos miramos, preguntándonos qué significaba aquella escena.
También Bernardo la había observado, pero no pareció turbarse, sonrió,
incluso, a Malaquías, como para aprobar sus palabras y sellar así entre ellos
una siniestra complicidad. Después anunció que en seguida después de comer
se reuniría en la sala capitular un primer tribunal para instruir públicamente la
investigación de aquellos hechos. Dio órdenes de que condujeran al cillerero a
la herrería, impidiéndole que hablase con Salvatore. Después se retiró.
En aquel momento oímos que nos llamaba Bencio. Estaba detrás de nosotros.
-He entrado en seguida después que vosotros --dijo en un susurro-, cuando
aún había pocas personas en la habitación, y Malaquías no estaba.
-Habrá entrado después -dijo Guillermo.
-No, yo estaba junto a la puerta y vi quiénes entraban. Os digo que Malaquias
ya estaba dentro... antes.
-¿Antes de qué?
-Antes de que entrase el cillerero. No puedo jurarlo, pero creo que ha salido de
detrás de aquella cortina, cuando la habitación ya estaba llena de gente -y
señaló un gran cortinaje, detrás del cual había una cama que Severino usaba
para que descansasen sus pacientes después de haberles administrado alguna
medicina.
-¿Insinúas que fue el quien mató a Severino, y que se ocultó allí detrás al ver
que entraba el cillerero? -Preguntó Guillermo
-O bien que desde allí detrás pudo ver lo que sucedía aquí. Si no, ¿por qué el
cillerero le habría prometido no perjudicarlo si él no lo perjudicaba?
-Es posible --dijo Guillermo-. En cualquier caso, aquí había un libro, y todavía
tendría que estar, porque tanto el cillerero como Malaquías han salido con las
manos vacías.
Guillermo sabía, por lo que yo le había dicho, que Venció sabía, y en aquel
momento necesitaba ayuda. Se acercó al Abad, que observaba con tristeza el
cadáver de Severino, y lo rogó que los hiciera salir a todos porque quería
examinar mejor el sitio. El Abad consintió, y también él salió de la habitación,
no sin lanzarle a Guillermo una mirada de escepticismo, como si le reprochase
que llegara siempre tarde. Malaquías intentó quedarse alegando confusas
razones, pero Guillermo le señaló que aquella no era la biblioteca y que allí no
podía invocar privilegios. Fue cortés pero inflexible, y así se vengó de aquella
vez en que Malaquías no le había permitido examinar la mesa de
Venancio.
Cuando nos quedamos los tres solos, Guillermo despejó una de las mesas de
los añicos y folios que la cubrían, y me dijo que le fuese pasando uno a uno los
libros de la colección de Severino. Pequeña colección, comparada con la
grandísima del laberinto, pero compuesta, sin embargo, por decenas y decenas
de volúmenes de diferentes tamaños, que antes estaban ordenados en los
anaqueles y que ahora yacían confusamente en el suelo, mezclados con
diversos objetos, y ya trastocados por las manos febriles del cillerero, y algunos
incluso destrozados como si lo que éste hubiese estado buscando no fuera un
libro sino algo que debía encontrarse entre las páginas de un libro. Algunos
habían sido desgarrados con violencia, y yacían sin encuadernación
Recogerlos, ver rápidamente de qué trataban, y acomodarlos en pilas sobre la
mesa, no fue cosa fácil, y hubo que hacerlo a toda prisa, porque el Abad nos
había concedido poco tiempo, puesto que después debían entrar los monjes
para recomponer el cuerpo desgarrado de Severino y disponerlo para la
sepultura. Y además había que buscar alrededor, debajo de las mesas, detrás
de los anaqueles y los armarios, por si algo había escapado a una primera
inspección. Guillermo no quiso que Bencio me ayudase, y sólo le permitió que
permaneciera de guardia junto a la puerta. A pesar de las órdenes del Abad,
muchos se agolpaban tratando de entrar: sirvientes aterrados por la noticia,
monjes que lloraban a su hermano, novicios que llegaban con paños blancos y
palanganas con agua para lavar y envolver el cadáver...
De modo que debíamos proceder con rapidez. Yo cogía los libros y los pasaba
a Guillermo, quien los examinaba y los ponía sobre la mesa. Después
comprendimos que así tardábamos mucho, y empezamos a mirarlos los dos, o
sea que yo cogía un libro, lo recomponía cuando estaba roto, leía el título y lo
dejaba sobre la mesa. En muchos casos se trataba de folios sueltos.
-De plantis libri tres. ¡Maldición, no es éste! -decía Guillermo, y arrojaba el libro
sobre la mesa.
-Thesaurus herbarum -decía yo.
Y Guillermo:
-¡Déjalo, estamos buscando un libro en griego!
-¿Este? -preguntaba yo, mostrándole una obra con las páginas cubiertas de
caracteres abstrusos.
Y Guillermo:
-¡No, eso es árabe, tonto! ¡Tenía razón Bacon cuando decía que el primer
deber de un sabio es el de estudiar las lenguas!
-¡Pero tampoco vos sabéis árabe! -replicaba yo picado.
Y Guillermo, respondía:
-¡Pero al menos me doy cuenta cuando algo está en árabe!
Y yo me ruborizaba porque oía la risa de Bencio a mis espaldas.
Los libros eran muchos, y muchos más los apuntes, los rollos con dibujos de la
cúpula celeste, los catálogos de plantas extrañas, probablemente escritos por
el propio difunto en folios sueltos. Trabajamos mucho tiempo, exploramos el
laboratorio de arriba a abajo, y Guillermo llegó, incluso, a desplazar, con toda
frialdad, el cadáver, para ver si no había algo debajo, y también hurgó en sus
ropas. Nada.
-Es imposible -dijo Guillermo-. Severino se encerró aquí dentro con un libro. El
cillerero no lo tenía...
-¿No lo habrá escondido en su ropa? -pregunté.
-No, el libro que vi la otra mañana bajo la mesa de Venancio era grande, nos
habríamos dado cuenta.
-¿Cómo estaba encuadernado? -pregunté.
-No sé. Estaba abierto y sólo lo vi unos pocos segundos, lo suficiente para
comprender que estaba en griego, pero no recuerdo otros detalles. Sigamos: el
cillerero no lo ha cogido, y tampoco Malaquías, creo.
-Es imposible que lo haya hecho -confirmó Bencio-. Cuando el cillerero lo
cogió por el pecho, vimos que no podía tener nada bajo el escapulario.
-Muy bien. Es decir, muy mal. Si el libro no está en esta habitación, es
evidente que algún otro, además de Malaquías y del cillerero, entró antes que
ellos.
--0 sea una tercera persona, ¿que mató a Severino?
-Demasiada gente -dijo Guillermo.
-Por lo demás -dije yo---, ¿quién podía saber que el libro estaba aquí?
-Jorge, por ejemplo, si oyó lo que decíamos.
-Sí -dije---, pero Jorge no habría podido matar a un hombre robusto como
Severino, y con tanta violencia.
-Sin duda, no. Además, tú lo viste caminar hacia el Edificio, y los arqueros lo
encontraron en la cocina poco antes de encontrar al cillerero. 0 sea que no
habría tenido tiempo de venir hasta aquí y regresar después a la cocina. Ten
en cuenta que, a pesar de que camina sin dificultades, debe ir bordeando las
paredes y no hubiese podido atravesar los huertos, y menos corriendo...
-Dejad que razone con mi cabeza -dije, queriendo emular a mi maestro-. De
modo que Jorge no puede haber sido. Alinardo merodeaba por el lugar, pero
apenas consigue mantenerse en pie, y es imposible que haya dominado a
Severino. El cillerero ha estado aquí, pero el tiempo transcurrido entre su salida
de la cocina y la llegada de los arqueros fue tan breve que me parece difícil que
haya podido conseguir que Severino le abriese la puerta, enfrentarse con él,
matarlo y después organizar todo este jaleo. Malaquías podría haber llegado
antes que nadie: Jorge oyó lo que decíamos en el nártex, fue al scriptorium
para informar a Malaquías de que en el laboratorio de Severino había un libro
de la biblioteca, Malaquías vino, convenció a Severino de que le abriese y lo
mató, Dios sabe por qué. Pero si buscaba el libro, habría tenido que
reconocerlo sin todo este revoltijo, porque es el bibliotecario. Entonces, ¿quién
queda?
-Bencio --dijo Guillermo.
Bencio negó con energía moviendo la cabeza:
-No, fray Guillermo, sabéis que ardía de curiosidad. Pero si hubiese entrado
aquí y hubiera podido salir con el libro, no estaría ahora con vosotros, sino en
cualquier otro sitio examinando mi tesoro...
-Es una prueba casi convincente --dijo sonriendo Guillermo-. Sin embargo,
tampoco tú sabes cómo es el libro. Podrías haber matado a Severino y ahora
estarías aquí tratando de localizar el libro.
Bencio se ruborizó violentamente.
-¡No soy un asesino! -protestó.
-Nadie lo es hasta que no comete el primer crimen -dijo filosóficamente
Guillermo-. En todo caso, el libro no está, y esto es una prueba suficiente de
que no lo has dejado aquí. Y me parece razonable que, si lo hubieras cogido
antes, te habrías deslizado fuera de aquí aprovechando la confusión. -Después
se volvió hacia el cadáver y se quedó mirándolo. Parecía que sólo en ese
momento se daba cuenta de la muerte de su amigo-. Pobre Severino -dijo-,
había sospechado también de ti y de tus venenos. Y tú también te creías
amenazado por un veneno, o no te habrías puesto esos guantes. Temías un
peligro de la tierra y en cambio te llegó de la cúpula celeste... -Volvió a coger la
esfera y la observó con atención-. Vaya a saberse por qué han usado justo este
arma...
-Estaba a mano.
-Quizá. También había otras cosas, vasos, instrumentos de jardinería... Es una
buena muestra de metalistería y de ciencia astronómica. Está destrozada y...
¡Santo cielo! -exclamó.
-¿Qué sucede?
-Y fue golpeada la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera
parte de las estrellas... -recitó.
El texto del apóstol Juan no era nuevo para mi:
-¡La cuarta trompeta! -exclamé.
-Así es. Primero el granizo, después la sangre, después el agua y ahora las
estrellas... Entonces hay que revisarlo todo. El asesino no ha golpeado al azar.
Ha seguido un plan... Pero, ¿cabe imaginar la existencia de una mente tan
malvada que sólo mate cuando puede hacerlo de acuerdo con los dictámenes
del libro del Apocalipsis?
-¿Qué sucederá con la quinta trompeta? -pregunté aterrorizado. Traté de hacer
memoria- Y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra, y le fue dada la
llave del pozo del abismo... ¿Morirá alguien ahogándose en el pozo?
-La quinta trompeta nos promete muchas otras cosas --dijo Guillermo-. Del
pozo saldrá el humo de un gran horno, y después saldrán langostas que
atormentarán a los hombres con un aguijón como el de los escorpiones. Y la
forma de las langostas será como la de caballos con coronas de oro en la
cabeza y dientes de león... Nuestro hombre ,,puede elegir entre varias maneras
de realizar las palabras del libro... Pero no sigamos imaginando. Mejor será que
tratemos de recordar lo que nos dijo Severino cuando nos anunció que había
encontrado el libro...
-Vos le dijisteis que os lo llevara a la sala capitular, pero él dijo que no podía.
-Sí. Después nos interrumpieron. ¿Por qué no podía9 Un libro puede
transportarse. Y ¿por qué se puso los guantes? -¿En la encuadernación del
libro hay algo relacionado con el veneno que mató a Berengario y a Venancio?
Una amenaza misteriosa, una punta infectada...
-¡Una serpiente! -dije.
-¿Por qué no una ballena? No, estamos imaginando ton.tenías. El veneno,
como hemos visto, debería pasar por la boca. Además, Severino no dijo que no
podía transportar el libro. Dijo que prefería mostrármelo aquí. Y se puso los
guantes... Al menos sabemos que es un libro que hay que tocar con guantes. Y
esto también vale para ti, Bencio, si, como esperas, llegas a encontrarlo. Y,
puesto que eres tan servicial, puedes ayudarme. Sube al scriptorium y vigila a
Malaquías. No lo pierdas de vista.
-¡Así se hará! -dijo Bencio, y salió, alegre, me pareció, por la misión que le
habían encomendado.
Ya no pudimos seguir deteniendo a los monjes, y la habitación se vio invadida
de gente. Había pasado la hora de la comida, y probablemente Bernardo
estaba reuniendo a su tribunal en la sala capitular.
-Aquí no hay nada más que hacer -dijo Guillermo.
Una idea atravesó mi mente:
-¿El asesino no podría haber arrojado el libro por la ventana y después ir a
recogerlo detrás del hospital? -pregunté.
Guillermo miró con escepticismo los ventanales del laboratorio, que parecían
herméticamente cerrados.
-Vayamos a verificarlo -dijo.
Salimos e inspeccionamos la parte de atrás del edificio, que daba casi contra la
muralla, dejando sólo un estrecho pasaje que Guillermo recorrió con mucha
prudencia, porque allí la nieve de los días anteriores se había conservado
intacta: nuestros pasos imprimían signos evidentes en la costra helada pero
frágil, de modo que, si alguien hubiese pasado antes que nosotros, la nieve nos
lo habría señalado. No vimos nada.
Abandonamos el hospital y mi pobre hipótesis, y mientras atravesábamos el
huerto le pregunté a Guillermo si de verdad se fiaba de Bencio.
-No del todo -respondió-, pero en todo caso no le hemos dicho nada que ya no
supiese, y hemos conseguido que le tenga miedo al libro. Por último, al hacer
que vigile a Malaquías, también hacemos que éste lo vigile a él, porque, sin
duda, también Malaquías está buscando el libro.
-¿Y qué quería el cillerero?
-Pronto lo sabremos. Sin duda quería algo, y lo quería en seguida para evitar
un peligro que lo aterrorizaba. Algo que Malaquías debe conocer, si no, no se
explicaría el ruego
desesperado que le dirigió Remigio...
-De todos modos, el libro ha desaparecido.
-Eso es lo más verosímil -dijo Guillermo, cuando estábamos por llegar a la sala
capitular-. Si estaba, y Severino dijo que estaba, o bien se lo han llevado o bien
sigue allí.
-Y como no está, alguien se lo ha llevado -concluí.
-No está dicho que no haya que hacer el razonamiento partiendo de otra
premisa menor. Como todo confirma que nadie pudo habérselo llevado...
-Entonces todavía debería estar allí. Pero no está.
_Un momento. Decimos que no está porque no lo hemos encontrado. Pero
quizá no lo hemos encontrado, porque no lo hemos visto donde estaba.
-¡Hemos mirado en todas partes!
-Mirado, pero no visto. 0 bien visto, pero no reconocido... Dime, Adso, (.cómo
describió Severino el libro? ¿qué palabras utilizó?
-Dijo que había encontrado un libro que no era suyo, que estaba en griego...
-¡No! Ahora recuerdo. Dijo que había encontrado un extraño. Severino era una
persona culta y para una persona culta el griego no es extraño, aunque no
sepa griego, porque al menos puede reconocer el alfabeto. Una persona culta
tampoco calificaría de extraña una obra en árabe, aunque desconozca el
árabe... -Se interrumpió un momento-: ¿Y qué haría un libro árabe en el
laboratorio de Severino?
-Pero ¿por qué calificaría de extraño un libro en árabe?
-Este es el problema. Si dijo que era extraño es porque tenía un aspecto
insólito, insólito al menos para él, que era herbolario y no bibliotecario. Y en las
bibliotecas sucede que muchas veces se encuadernan juntos varios
manuscritos antiguos, reuniendo en un solo volumen textos diferentes y
curioos, uno en griego, uno en arameo...
-¡Y uno en árabe! -grité fulminado por aquella iluminación.
Guillermo me arrastró con rudeza fuera del nártex, para que regresase
corriendo al hospital:
-¡Teutón bruto, mastuerzo, ignorante, sólo has mirado las primeras páginas y el
resto no!
-Pero maestro ---dije jadeando-, ¡vos mismo mirasteis las páginas que os iba
mostrando y dijisteis que era árabe y no griego!
-Tienes razón, Adso, la bestia soy yo. ¡Corre, rápido!
Regresamos al laboratorio, y nos costó entrar porque los novicios ya estaban
sacando el cadáver. Había otros curiosos en la habitación. Guillermo se
precipitó hacia la mesa y se puso a revisar los libros en busca del volumen
fatídico. Los iba arrojando al suelo ante la mirada atónita de los presentes,
después los abría y volvía a abrir todos dos veces. Pero, ¡ay!, el manuscrito
árabe no estaba allí. Recordaba vagamente la vieja tapa, no muy robusta,
bastante gastada, reforzada con finas bandas de metal.
-¿Quién ha entrado desde que me marché? -preguntó Guillermo, a un monje.
Este se encogió de hombros: era evidente que habían entrado todos, y
ninguno.
Tratamos de pensar quién podía haber sido. ¿Malaquías? Era verosímil, sabía
lo que quería, quizá nos había vigilado, nos había visto salir con las manos
vacías, y había regresado seguro de que lo encontraría. ¿Bencio? Recordé
que, cuando se había producido nuestro altercado a propósito del texto árabe,
había reído. En aquel momento me había parecido que se reía de mi
ignorancia, pero qui zá riera de la ingenuidad de Guillermo, pues él sabía bien
de cuántas formas diferentes puede presentarse un viejo manuscrito, y quizá
había pensado en ese momento lo que nosotros sólo pensamos más tarde, y
que habríamos tenido que pensar en seguida, o sea que Severino no sabía
árabe y que por tanto era extraño que entre sus libros hubiese un texto que no
podía leer. ¿0 acaso había un tercer personaje?
Guillermo se sentía profundamente humillado. Traté de consolarlo, diciéndole
que hacía tres días que esta ba buscando un texto en griego y era natural que
hubiese descartado todos los libros que no estaban en griego. El respondió que
sin duda es humano cometer errores, pero que hay seres humanos que los
cometen mas que otros, y a ésos se los llama tontos, y que él se contaba entre
estos últimos, y se preguntaba si había valido la pena que estudiase en París y
en Oxford para después no ser capaz de pensar que los manuscritos también
se encuadernan en grupos, cosa que hasta los novicios saben, salvo los
estúpidos como yo, y una pareja de estúpidos tan buena como la nuestra
hubiera podido triunfar en las ferias, y eso era lo que teníamos que hacer en
vez de tratar de resolver misterios, sobre todo cuando nos enfrentábamos con
gente mucho más astuta que nosotros.
-Pero es inútil llorar --concluyó después-. Si lo ha cogido Malaquías, ya lo habrá
devuelto a la biblioteca. Y sólo podremos recuperarlo si descubrimos la manera
de entrar en el finis Africae. Si lo ha cogido Bencio, habrá imaginado que tarde
o temprano se me ocurriría lo que acaba de ocurrírseme y regresaría al
laboratorio, o no habría procedido tan aprisa. De modo que se habrá
escondido, y el único sitio donde no existe ninguna probabilidad de que se haya
escondido es aquel donde primero lo buscaríamos, es decir, su celda. Por
tanto, volvamos a la sala capitular y veamos si, durante la instrucción del caso,
el cillerero dice algo que pueda sernos útil. Porque al fin y al cabo aún no veo
claro que se propone Bernardo: buscaba a su hombre antes de la muerte de
Severino, y con otros fines.
Regresamos a la sala capitular. Habríamos hecho bien en ir a la celda de
Bencio, porque, como supimos más tarde, nuestro o joven amigo no valoraba
tanto a Guillermo y no se le había ocurrido que éste regresaría tan pronto al
laboratorio, de modo que, creyendo que no lo buscarían, había ído a esconder
el libro precisamente en su celda.
Pero de eso ya hablaré en su momento. En el ínterin sucedieron hechos tan
dramáticos e inquietantes como para hacernos olvidar el libro misterioso. Y, si
bien no lo olvidamos, tuvimos que ocuparnos de otras tareas más urgentes,
vinculadas con la misión que, de todos modos, debía Guillermo desempeñar.
Quinto día
NONA
Donde se administra justicia
y se tiene la molesta sensación de que todos están equivocados.
Bernardo Gui se situó en el centro de la gran mesa de nogal, en la sala
capitular. Junto a él, un dominico desempeñaba las funciones de notario; a
izquierda y derecha, dos prelados de la legación pontificia hacían de jueces. El
cillerero estaba de pie ante la mesa, entre dos arqueros.
El Abad se volvió hacia Guillermo para decirle por lo bajo:
-No sé si el procedimiento es legítimo. El canon XXXVII del concilio de Letrán,
de 1215, establece que no se puede instar a nadie a comparecer ante jueces
cuya sede se encuentre a más de dos días de marcha del domicilio del
inculpado. En este caso la situación quizá no sea ésa, porque es el juez quien
viene de lejos, pero...
-El inquisidor no está sometido a la jurisdicción regular -dijo Guillermo-, y no
está obligado a respetar las normas del derecho común. Goza de un privilegio
especial, y ni siquiera debe escuchar a los abogados.
Miré al cillerero. Remigio estaba reducido a un estado lamentable. Miraba a su
alrededor como un animal muerto de miedo, como si reconociese los
movimientos y los gestos de una liturgia temida. Ahora sé que temía por dos
razones, a cual más temible: una, porque todo parecía indicar que lo habían
cogido infraganti; la otra, porque desde el día anterior, cuando Bernardo había
comenzado a investigar, recogiendo rumores e insinuaciones, temía que
saliesen a la luz sus errores del pasado. Y su agitación había aumentado
,nmchísirnO cuando vio que cogían a Salvatore.
Si el infeliz Remigio era presa de sus propios terrores, Benardo Gui, por su
parte, sabía muy bien cómo transformar en pánico el miedo de sus víctimas. No
hablaba: mientras todos esperaban que comenzase el interrogatorio, sus
manos se demoraban en unos folios que tenía delante; fingía ordenarlos, pero
con aire distraído. En realidad, su mirada apuntaba al acusado; una mirada
mixta, de hipócrita indulgencia (como para decir: «No temas, estás en manos
de una asamblea fraterna, que sólo puede querer tu bien»), de helada ironía
(como para decir: «Todavía no sabes cuál es tu bien, pero pronto te lo diré») y
de implacable severidad (como para decir: «En todo caso, aquí yo soy tu juez,
y me perteneces»). El cillerero ya sabía todo esto, pero el silencio y la dilación
del juego tenían la misión de recordárselo, casi de hacérselo saborear, para
que -en lugar de olvidarlo- se sintiese aún más humillado, y su inquietud se
convirtiera en desesperación, y al final sólo fuese una cosa a merced del juez,
blanda cera entre sus manos.
Finalmente, Bernardo rompió el silencio. Pronunció algunas fórmulas rituales, y
dijo a los jueces que daba comienzo el interrogatorio del acusado, a quien se le
imputaban dos crímenes, a cual más odioso, uno de ellos por todos ---
cónocido, pero menos despreciable que el otro, porque, en efecto, cuando fue
sorprendido cometiendo homicidio, el acusado ya tenía orden de captura como
sospechoso de herejía.
Ya estaba dicho. El cillerero escondió el rostro entre las manos, que le costaba
mover porque las tenía encadenadas. Bernardo comenzó el interrogatorio.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Remigio da Varagine. Nací hace cincuenta y dos años, y aún era niño cuando
entré en el convento de los franciscanos en Varagine.
-¿Y cómo es que hoy te encuentras en la orden de San Benito?
-Hace años, cuando el pontífice promulgó la bula Sancta Romana, como temía
ser contagiado por la herejía de los fraticelli... si bien nunca me había adherido
a sus proposiciones... pensé que era mejor para mi alma pecadora que me
sustrajese a un ambiente cargado de seducciones, y logré ser admitido entre
los monjes de esta abadía, donde sirvo como cillerero desde hace más de ocho
años.
-Te sustrajiste a las seducciones de la herejía -comentó Bernardo con tono
burlón-, o sea, que te sustrajiste a la encuesta del que estaba encargado de
descubrir la herejía y erradicar esa mala hierba. Y los buenos monjes
cluniacenses creyeron que realizaban un acto de caridad al acogerte y al
acoger a gente como tú. Pero no basta con cambiar de sayo para borrar del
alma la infamia de la depravación herética, y por eso estamos aquí para
averiguar qué se esconde en los rincones de tu alma impenitente y qué hiciste
antes de llegar a este lugar sagrado.
-Mi alma es inocente y no sé a qué os referís cuando habláis de depravación
herética -dijo con cautela el cillerero.
-¿Lo veis? -exclamó Bernardo volviéndose hacia los otros jueces-. ¡Todos son
así! Cuando uno de ellos es detenido, se presenta ante el tribunal como si su
conciencia estuviese tranquila y sin remordimientos. Y no saben que ese es el
signo más evidente de su culpabilidad, ¡porque, ante un tribunal, el justo se
muestra inquieto! Preguntadle si sabe por qué ordené que lo arrestaran. ¿Lo
sabes, Remigio?
-Señor -respondió el cillerero-, me agradaría que me lo explicarais.
Me sorprendí, porque tuve la impresión de que el cillerero respondía a las
preguntas rituales con palabras no menos rituales, como si conociese muy bien
las reglas del interrogatorio, y sus trampas, y estuviese preparado desde hacía
tiempo para afrontar aquella experiencia.
-Ya está -exclamó mientras tanto Bernardo-, ¡la típica respuesta del hereje
impenitente! Se mueven como zorros y es muy difícil cogerlos en falta, porque
su comunidad les autoriza a mentir para evitar el castigo merecido. Recurren a
respuestas tortuosas para tratar de engañar al inquisidor, que ya tiene que
soportar el contacto con gente tan despreciable. ¿Por tanto, fray Remigio,
nunca tuviste relaciones con los llamados fraticelli o frailes de la vida pobre o
begardos?
-He vivido las vicisitudes de los franciscanos, cuando tanto se discutió sobre la
pobreza, pero nunca pertenecí a la secta de los begardos.
-¿Veis? -dijo Bernardo-. Niega haber sido begardo porque éstos, si bien
participan de la misma herejía, consideran a los fraticelli como una rama seca
de la orden franciscana, y piensan que son más puros y más perfectos que
ellos. Pero se comportan casi de la misma manera. ¿Puedes negar, Remigio,
que te han visto en la iglesia, acurrucado y con el rostro vuelto hacia la pared, o
prostemado y con la cabeza cubierta por la capucha, en lugar de arrodillarte y
juntar las manos, como los demás hombres?
-También en la orden de San Benito los monjes se prosternan, a su debido
momento...
-¡No te pregunto lo que has hecho en los momentos debidos, sino lo que has
hecho en los momentos indebidos! ¡De modo que no niegas haber adoptado
una u otra posición, típicas de los begardos! Pero has dicho que no eres
begardo... Entonces dime: ¿en qué crees?
-Señor, creo en todo lo que cree un buen cristiano...
-¡Qué respuesta tan santa! ¿Y en qué cree un buen cristiano?
-En lo que enseña la santa iglesia.
-¿Qué santa iglesia? ¿La que consideran santa aquellos creyentes que se
dicen perfectos, los seudoapóstoles, los fraticelli, los herejes? ¿0 la iglesia que
éstos comparan con la meretriz de Babilonia, y en la que, en cambio, todos
nosotros creemos firmemente? -dijo el cillerero desconcertado-, decidme cuál
creéis que es la verdadera iglesia...
---Creo que es la iglesia romana, una, santa y apostólica, gobernada por el
papa y sus obispos.
-Eso creo yo -dijo el cillerero.
-¡Admirable artimaña! -gritó el inquisidor-. ¡Admirable agudeza de dicto! Lo
habéis escuchado: quiere decir que cree que yo creo en esta iglesia, ¡y se
sustrae al deber de decir en qué cree él! ¡Pero conocemos muy bien estas
artes de garduña! Vayamos al grano. ¿Crees que los sacramentos fueron
instituidos por Nuestro Señor, que para hacer justa penitencia es preciso
confesarse con los servidores de Dios, que la iglesia romana tiene el poder de
desatar y atar en esta tierra lo que será atado y desatado en el cielo?
-¿Acaso no tendría que creerlo?
-¡No te pregunto lo que deberías creer, sino lo que crees!
-Creo en todo lo que vos y los otros buenos doctores me ordenáis que crea --
dijo el cillerero muerto de miedo.
-¡Ah! Pero esos buenos doctores a los que te refieres, ¿no serán los que
dirigen tu secta? ¿Eso querías decir cuando hablabas de buenos doctores? ¿A
esos perversos mentirosos, que se creen los únicos sucesores de los
apóstoles, te remites para saber cuáles son tus artículos de fe? ¡Insinúas que si
creo en lo que ellos creen, entonces creerás en mí, y si no, sólo creerás efi
ellos!
-No he dicho eso, señor -balbució el cillerero-, vos me lo hacéis decir. Creo en
vos, si me enseñáis lo que está bien.
-¡Oh, perversidad! -gritó Bernardo dando un puñetazo sobre la rnesa---. Repites
con siniestra obstinación el formulario que has aprendido en tu secta. Dices
que me creerás sólo si predico lo que tu secta considera bueno. Esa ha sido
siempre la respuesta de los seudo apóstoles, y ahora es la tuya, aunque tú
mismo no lo adviertes, porque brotan de tus labios las frases que hace unos
años te enseñaron para engañar a los inquisidores. Y de ese modo tus propias
palabras te están denunciando, y, si no tuviese una larga experiencia como
inquisidor, caería en tu trampa... Pero vayamos al grano, hombre perverso.
¿Alguna vez oíste hablar de Gherardo Segalelli, de Parma?
-He oído hablar de él -dijo el cillerero palideciendo, si de palidez aún podía
hablarse en un rostro tan descompuesto.
-¿Alguna vez oíste hablar de fray Dulcino de Novara? -He oído hablar de él.
-¿Alguna vez lo viste? ¿Conversaste con él?
El cillerero guardó silencio, como para calcular hasta qué punto le convenía
declarar una parte de la verdad. Luego dijo, con un hilo de voz:
--"Lo vi y hablé con él.
-¡Más fuerte! ¡Que por fin pueda oírse una palabra verdadera de tus labios!
¿Cuándo le hablaste?
-Señor, yo era fraile en un convento de la región de Novara cuando la gente de
Dulcino se reunió en aquellas comarcas. También pasaron cerca de mi
convento. Al principio no se sabía bien quiénes eran...
-¡Mientes! ¿Cómo podía un franciscano de Varagine estar en un convento de la
región de Novara? ¡No estabas en el convento: formabas parte de una banda
de fraticefli que recorría aquellas tierras viviendo de limosnas, y te uniste a los
dulcinianos!
-¿Cómo podéis afirmar tal cosa, señor? -dijo temblando el cillerero.
-Te diré cómo puedo, e incluso debo, afirmarla -dijo Bernardo, y ordenó que
trajeran a Salvatore.
Al ver al infeliz, que sin duda había pasado durante la noche un interrogatorio
no público, y más severo, sentí una gran compasión. Ya he dicho que el rostro
de Salvatore era horrible. Pero aquella mañana parecía aún más animalesco
que de costumbre. No mostraba signos de violencia, pero la manera en que el
cuerpo encadenado se movía, con los miembros dislocados, casi incapaz de
desplazarse, arrastrado por los arqueros como un mono atado a una cuerda,
demostraba bien la forma en que debía de haberse desarrollado el atroz
responsorio.
-Bernardo lo ha torturado... -dije por lo bajo a Guillermo.
-En absoluto -respondió Guillermo-. Un inquisidor nunca tortura. Del cuerpo del
acusado siempre se cuida el brazo secular.
-¡Pero es lo mismo!
-En modo alguno. No lo es para el inquisidor, que conserva las manos limpias,
y tampoco para el interrogado, porque, cuando llega el inquisidor, cree que le
trae una ayuda inesperada, un alivio para sus penas, y le abre su corazón.
Miré a mi maestro:
-Estáis. bromeando -dije confundido.
-Je parece que se puede bromear con estas cosas? -respondió Guillermo.
Ahora Bernardo estaba interrogando a Salvatore, y mi pluma es incapaz de
transcribir las palabras entrecortadas y, si ya no fuese imposible, aún más
babélicas, con que aquel hombre ya quebrado, reducido al rango de un
babuino, respondía, casi sin que nadie entendiera, y con la ayuda de Bernardo,
quien le hacía las preguntas de modo que sólo pudiese responder por sí o por
no, incapaz ya de mentir. Y mi lector puede imagina rse muy bien lo que dijo
Salvatore. Contó, o admitió haber contado durante la noche, una parte de la
historia que yo ya había reconstruido: sus vagabundeos como fraticello,
pastorcillo y seudo apóstol, y cómo en la época de Dulcino había encontrado a
Remigio entre los dulcinianos, y cómo se había escapado con él después de la
batalla del monte Rebello, refugiándose, tras diversas peripecias, en el
convento de Casale. Además, añadió que el heresiarca Dulcino, ya cerca de la
derrota y la prisión, había entregado a Remigio algunas cartas que éste debía
llevar a un sitio, o a una persona, que Salvatore desconocía. Remigio había
conservado esas cartas consigo, sin atreverse a entregarlas, y cuando llegó a
la abadía, temeroso de guardarlas en su poder, pero no queriendo tampoco
destruirlas, las había puesto en manos del bibliotecario, sí, de Malaquías, para
que éste las ocultara en algún sitio recóndito del Edificio.
Mientras Salvatore hablaba, el cillerero le echaba miradas de odio, y en
determinado momento no pudo contenerse y le gritó:
-¡Vibora, mono lascivo, he sido tu padre, tu amigo, tu escudo, y así me lo
pagas!
Salvatore miró a su protector, que ahora necesitaba protección, y respondió
hablando con mucha dificultad:
-Señor Remigio, si pudiese era contigo. Y me eras dilectísimo. Pero conoces la
familia del barrachel. Qui non habet caballum vadat cum. pede...
-¡Loco! -volvió a gritarle Remigio-. ¿Esperas salvarte? ¿No sabes que también
tú morirás como un hereje? ¡Di que has hablado para que no siguieran
torturándote! ¡Di que lo has inventado todo!
---Qu¿ sé yo, señor, cómo se llaman estas rejías ... Paterinos, leonistos,
arnaldistos, esperonistos, circuncisos ... No soy homo literatus, peccavi sine
malitia e el señor Bernardo muy magnífico el sabe, et ispero en la indulgentia
suya in nomine patre et filio et spiritis sanctis...
-Seremos tan indulgentes como nuestro oficio lo permita ---dijo el inquisidor-, y
valoraremos con paternal benevolencia la buena voluntad con que nos has
abierto tu .alma. Ahora vete, ve a tu celda a meditar, y espera en la
misericordia del Señor. Ahora tenemos que debatir una cuestión mucho más
importante... 0 sea, Remigio, que tenías unas cartas de Dulcino, y las
entregaste al hermano que se cuida de la biblioteca...
-¡No es cierto, no es cierto! -gritó el cillerero, como ,;a¡ esto aún pudiera servirle
de algo.
y, Pero Bernardo justamente lo interrumpió:
-No es tu confirmación la que nos interesa, sino la ,de Malaquías de
Hildesheim.
Hizo llamar al bibliotecario, pero no se encontraba entre los presentes. Yo
sabía que estaba en el scriptorium, o alrededor del hospital, buscando a Bencio
y el libro. Fueron a buscarlo, y cuando apareció, turbado y sin querer enfrentar
las miradas de los otros, Guillermo me dijo por lo ,bajo, molesto: «Y ahora
Bencio podrá hacer lo que quiera Pero se equivocaba, porque vi aparecer el
rostro de Bencio por encima de los hombros de otros monjes, que se
Agolpaban en la entrada para no perderse el interrogatorio. Se lo señalé a
Guillermo. En aquel momento pensamos que su curiosidad por ese
acontecimiento, era aún más fuerte '.que la que sentía por el libro. Después
supimos que a aquellas alturas Bencio ya había cerrado su innoble trato.
Así pues, Malaquías compareció ante los jueces, sin que su mirada se cruzase
en ningún momento con la del cillerero.
-Malaquías -dijo Bernardo-, esta mañana, después de la confesión que había
hecho Salvatore durante la noche, os he preguntado si el acusado os había
hecho entrega de unas cartas...
-¡Malaquías! -aulló el cillerero-, ¡hace poco me has jurado que no harías nada
contra mí!
Malaquías se volvió apenas hacia el acusado, a quien daba la espalda, y dijo
con una voz bajísima, que apenas pude escuchar:
-No he perjurado. Si algo podía hacer contra ti, ya lo había hecho. Las cartas
habían sido entregadas al señor Bernardo por la mañana, antes de que tú
matases a Severino...
-¡Pero tú sabes, debes saber, que no maté a Severino! ¡Lo sabes porque ya
estabas allí!
-¿Yo? -preguntó Malaquías-. Yo entré después de que te descubrieran.
-Y en todo caso -interrumpió Bernardo-, ¿qué buscabas en el laboratorio de
Severino, Remigio?
El cillerero se volvió para mirar a Guillermo con ojos extraviados, después miró
a Malaquías y luego otra vez a Bernardo:
-Pero yo... Esta mañana había oído a fray Guillermo, aquí presente, decir a
Severino que vigilara ciertos folios... Desde ayer noche, después del
apresamiento de Salvatore, temía que se hablase de esas cartas...
-¡Entonces sabes algo de esas cartas! -exclamó triunfalmente Bernard o.
El cillerero había caído en la trampa. Estaba dividido entre dos urgencias: la de
descargarse de la acusación de herejía, y la de alejar de sí la sospecha de
homicidio. Probablemente, decidió hacer frente a la segunda acusación... Por
instinto, porque a esas alturas su conducta ya no obedecía a regla ni
conveniencia alguna:
-De las cartas hablaré después... explicaré... diré cómo llegaron a mis manos...
Pero dejadme contar lo que sucedió esta mañana. Pensé que se hablaría de
esas cartas cuando vi que Salvatore caía en poder del señor Bernardo; hace
años que el recuerdo de esas cartas atormenta mi corazón... Entonces, cuando
oí que Guillermo y Severino hablaban de unos folios... no sé, presa del terror,
pensé que Malaquías se había deshecho de ellas entregándoselas a
Severino... yo quería destruirlas... por eso fui al laboratorio... la puerta estaba
abierta y Severino yacía muerto ... me puse a hurgar entre sus cosas en busca
de las. cartas ... estaba poseído por el miedo...
Guillermo me susurró al oído:
-Pobre estúpido, por temor a un peligro se metió de cabeza en otro.
-Admitamos que estés diciendo casi, digo casi, la verdad -intervino Bernardo-.
Pensabas que Severino tenía las cartas y las buscaste en su laboratorio. Pero,
¿por qué' mataste antes a los otros hermanos? ¿Acaso pensabas que hacía
tiempo que las, cartas circulaban de mano en mano? ¿Acaso es habitual en
esta abadía disputarse las reliquias de los herejes muertos en la hoguera?
Vi que el Abad se sobresaltaba. No había acusación más insidiosa que la de
recoger reliquias de herejes, y Bernardo estaba mezclando hábilmente los
crímenes con la herejía, y el conjunto con la vida del monasterio.
Interrumpieron mis reflexiones los gritos del cillerero, que afirmaba no haber
tenido parte alguna en los otros crímenes. Bernardo, con tono indulgente, lo
tranquilizó: por el momento no era ésa la cuestión que se estaba discutiendo; el
crimen por el que debía responder era el de herejía; que no intentase, pues (y
aquí su tono de voz se volvió severo), distraer la atención de su pasado
herético hablando de Severino o tratando de dirigir las sospechas hacia
Malaquías. De modo que debía volverse al asunto de las cartas.
-Malaquías de Hildesheim -dijo mirando al testigo-, no estáis aquí como
acusado. Esta mañana... habéis respondido a mis preguntas, y a mi pedido, sin
tratar de ocultar nada. Repetid aquí lo que entonces me dijisteis, y no tendréis
nada que temer.
-Repito lo que dije esta mañana -dijo Malaquías-. Poco tiempo después de su
llegada, Remigio comenzó a ocuparse de la cocina, y teníamos frecuentes
contactos por razones de trabajo... Como bibliotecario, debo cerrar por la noche
el Edificio, incluida la cocina... No tengo por qué ocultar que nos hicimos
amigos, pues tampoco tenía por qué sospechar de él. Me contó que
conservaba unos documentos de carácter secreto: los había recibido en
confesión, no debían caer en manos profanas, y él no se atrevía a seguir
guardándolos. Como yo custodiaba el único sitio del monasterio prohibido para
todos los demás, me pidió que guardara aquellos folios lejos de toda mirada
curiosa, y yo acepté, sin imaginar que podía tratarse de documentos heréticos.
Ni siquiera los leí: los puse... los puse en el sitio más recóndito de la biblioteca.
Y nunca más volví a pensar en aquel hecho, hasta que esta mañana el señor
inquisidor me lo mencionó. Entonces fui a buscarlos y se los entregué...
El Abad, irritado, tomó la palabra:
-¿Por qué no me informaste de tu pacto con el cillerero? ¡La biblioteca no está
para guardar cosas privadas de los monjes!
Así quedaba claro que la abadía no tenía nada que ver con aquella historia.
-Señor -respondió confuso Malaquías-, me pareció que la cosa no tenía
demasiada importancia. Pequé sin maldad.
-Sin duda, sin duda -dijo Bernardo con tono cordial-, estamos todos
persuadidos de que el bibliotecario actuó de buena fe, y prueba de ello es la
franqueza con que ha colaborado con este tribunal. Ruego fraternalmente a
vuestra excelencia que no lo culpe por ese acto imprudente que cometió en el
pasado. Por nuestra parte, creemos lo que ha dicho. Y sólo le pedimos que nos
confirme bajo juramento que los folios que ahora le muestro son los mismos
que me entregó esta mañana y los mismos que hace años recibió de Remigio
da Varagine, poco después de su llegada a la abadía.
Mostraba dos pergaminos que había sacado de entre los folios que estaban
sobre la mesa. Malaquías los miró y dijo con voz segura:
-Juro por Dios padre todopoderoso, por la santísima Virgen y por todos los
santos que así es y ha sido.
-Esto me basta -dijo Bernardo---. Podéis marcharos, Malaquías de Hildesheim.
Mientras éste salía con la cabeza gacha, y antes de que llegase a la puerta, se
escuchó una voz, procedente del grupo de los curiosos agolpados al fondo de
la sala: «¡Tú le escondías las cartas y él te mostraba el culo de los novicios en
la cocina!» Estallaron algunas risas; Malaquías se apresuró a salir dando
empujones a izquierda y derecha; yo habría jurado que la voz era la de
Aymaro, pero la frase había sido gritada en falsete. Con el rostro lívido, el Abad
gritó pidiendo silencio y amenazó con tremendos castigos para todos,
conminando a los monjes a que abandonasen la sala. Bernardo sonreía
lúbricamente. En otra parte de la sala, el cardenal Bertrando se inclinaba hacia
Jean d'Anneaux y le decía algo al oído, y éste se cubría la boca con la mano y
bajaba la cabeza como para toser. Guillermo me dijo:
-El cillerero no sólo era un pecador carnal en provecho propio, sino que
también hacía de rufián. Pero a Bernardo eso le tiene sin cuidado, salvo en la
medida en que pueda crearle dificultades a Abbone, mediador imperial...
Fue precisamente Bernardo quien lo interrumpió para decirle:
-Después me interesaría que me dijerais, fray Guillermo, de qué folios
hablabais esta mañana con Severino cuando el cifierero os escuchó y extrajo
una conclusión equivocada.
Guillermo sostuvo su mirada:
-Sí, una conclusión equivocada. Hablábamos de una copia del tratado sobre la
hidrofobia canina de Ayyub al Ruhawi, libro excelente cuya fama sin duda
conocéis, y del que supongo que os habéis servido en no pocas ocasiones... La
hidrofobia, dice Ayyub, se reconoce por veinticinco signos evidentes...
Bernardo, que pertenecía a la orden de los domini canes, no juzgó oportuno
afrontar una nueva batalla.
-Se trataba, pues, de cosas ajenas al caso que nos ocupa --dijo rápidamente. Y
continuó con el proceso-: Volvamos a ti, fray Remigio franciscano, mucho más
peligroso que un perro hidrófobo. Si en estos días fray Guillermo se hubiese
fijado más en la baba de los herejes que en la de los perros , quizá también él
hubiera descubierto la ví bora que anidaba en la abadía. Volvamos a estas
cartas. Ahora estamos seguros de que estuvieron en tus manos y de que te
encargaste de esconderlas como si fuesen veneno peligrosísimo, y de que
llegaste incluso a matar... -con un gesto detuvo un intento de negación-, y del
asesinato hablaremos después... Que mataste, decía, para impedir que
llegaran a mí. Entonces, ¿reconoces que estos folios son tuyos?
El cillerero no respondió, pero su silencio era bastante elocuente. De modo que
Bernardo lo acosó:
-¿Y qué son estos folios?. Son dos páginas escritas por el propio heresiarca
Dulcino pocos días antes de ser apresado. Las entregó a un acólito suyo para
que éste las llevara a los seguidores que aquél tenía en diversas partes de
Italia. Podría leeros todo lo que en ellas se dice, y cómo Dulcino, temiendo su
fin inminente, confía un mensaje de esperanza a los que llama sus hermanos
¡en el demonio! Los consuela diciendo que, aunque las fechas que anuncia no
concuerden con las que había dado en sus cartas anteriores, donde había
prometido que el año 1305 el emperador Federico acabaría con todos los
curas, éstos no tardarán en ser destruidos. El heresiarca volvía a mentir,
porque desde entonces ya han pasado más de veinte años y ninguna de sus
nefastas predicciones se ha cumplido. Pero no estamos reunidos para
ocuparnos de la ridícula arrogancia de dichas profecías, sino del hecho de que
su portador haya sido Remigio. ¿Puedes seguir negando, fraile hereje e
impenitente, que has tenido comercio y contubernio con la secta de los seudo
apóstoles?
El cillerero ya no podía seguir negando:
-Señor -dijo-, mi juventud estuvo poblada de errores muy funestos. Cuando
supe de la prédica de Dulcino, seducido por los errores de los frailes de la vida
pobre, creí en sus palabras y me uní a su banda. Sí, es cierto, estuve con ellos
en la parte de Brescia y de Bérgamo, en Como y en Val del Sesia. Con ellos
me refugié en la Pared Pelada y en Val de Rassa, y por último en el monte
Rebello. Pero no participé en ninguna fechoría, y, mientras cometían pillajes y
violencias, en mí seguía alentando el espíritu de mansedumbre propio de los
hijos de Francisco. Y precisamente en el monte Rebello le dije a Dulcino que ya
no estaba dispuesto a participar en su lucha, y él me autorizó a marcharme,
porque, dijo, no quería miedosos a su lado, y sólo me pidió que llevara esas
cartas a Bolonia...
-¿Para entregarlas a quién? -preguntó el cardenal Bertrando.
-A algunos partidarios suyos, cuyos nombres creo recordar. Y como los
recuerdo os lo digo, señor -se apresuró a afirmar Remigio. Y pronunció los
nombres de algunos que el cardenal Bertrando dio muestras de reconocer,
porque sonrió con aire satisfecho, mientras dirigía una señal de entendimiento
a Bernardo.
-Muy bien -dijo Bernardo, y tomó nota de aquellos nombres. Después preguntó
a Remigio-: ¿Cómo es que ahora nos entregas a tus amigos?
-No son mis amigos, señor, como lo prueba el hecho de que nunca les
entregué las cartas. Y no me limité a eso, os lo digo ahora, después de haber
tratado de olvidarlo durante tantos años: para poder salir de aquel sitio sin ser
apresado por el ejército del obispo de Vercelli, que nos esperaba en la llanura,
logré ponerme en contacto con algunas de sus gentes y, a cambio de un
salvoconducto, les indiqué por dónde podían pasar para tomar por asalto las
fortificaciones de Dulcino. De modo que una parte del éxito de las fuerzas de la
iglesia se debió a mi colaboración...
-Muy interesante. Esto nos muestra que no sólo fuiste un hereje, sino también
un vil traidor. Lo que no cambia para nada tu situación. Así como hace un
momento, para salvarte, has intentado acusar a Malaquías, quien sin embargo
te había- prestado un servicio, lo mismo hiciste entonces: para salvarte, pusiste
a tus compañeros de pecado en manos de la justicia. Pero sólo traicionaste sus
cuerpos, nunca sus enseñanzas, y has conservado estas cartas como reliquias,
esperando el día en que tuvieras el coraje, y la posibilidad, de entregarlas sin
correr riesgo, para congraciarte de nuevo con los seudo apóstoles.
-No, señor, no -decía el cillerero, cubierto de sudor y con las manos que le
temblaban-. No, os juro que...
-¡Un juramento! -dijo Bernardo-. ¡He aquí otra prueba de tu maldad! ¡Quieres
jurar porque sabes que sé que los herejes valdenses están dispuestos a
valerse de cualquier ardid, e incluso morir, con tal de no jurar! ¡Y cuando el
miedo los posee fingen jurar y barbotean falsos juramentos! ¡Pero sé muy bien
que no perteneces a la secta de los pobres de Lyon, maldito zorro, e intentas
convencerme de que no eres lo que no eres para que no diga que eres lo que
eres! Entonces, ¿juras? Jura para ser absuelto, ¡pero has de saber que no me
basta con un juramento! Puedo exigir uno, dos, tres, cien, todos los que quiera.
Sé muy bien que vosotros, los seudo apóstoles, acordáis dispensas al que jura
en falso para no traicionar la secta. ¡De modo que cada juramento será una
nueva prueba de tu culpabilidad!
-Pero entonces, ¿qué debo hacer? -gritó el cillerero, mientras caía de rodillas.
-¡No te prosternes como un begardo! No debes hacer nada. Ahora sólo yo sé
qué habrá que hacer -dijo Bernardo con una sonrisa aterradora -. Tú sólo tienes
que confesar. ¡Y te condenarás y serás condenado si confiesas, y te
condenarás y serás condenado si no confiesas, porque serás castigado por
perjuro! ¡Entonces confiesa, al menos para abreviar este penosísimo
interrogatorio que turba nuestras conciencias y nuestro sentido de la bondad y
la compasión!
-Pero ¿qué debo confesar?
-Dos clases de pecado. Que has pertenecido a la secta de los dulcinianos; que
has compartido sus proposiciones heréticas, sus costumbres y sus ofensas a la
dignidad de !os obispos y los magistrados ciudadanos; que, impenitente, sigues
compartiendo sus mentiras y sus ilusiones, incluso una vez muerto el
heresiarca y dispersada la secta, aunque no del todo derrotada y destruida. Y
que, corrupto en lo íntimo de tu corazón por las prácticas que aprendiste en
aquella secta inmunda, eres culpable de los desórdenes contra Dios y los
hombres que se han perpetrado en esta abadía, por razones que todavía no
alcanzo a comprender, pero que ni siquiera deberán aclararse por completo
cuando quede luminosamente demostrado (como lo estarnos haciendo) que la
herejía de los que han predicado y predican la pobreza, contra las enseñanzas
del señor papa y de sus bulas, sólo puede conducir a actos criminales. Eso
deberán aprender los fieles, y eso me bastará. Confiesa.
En aquel momento quedó claro lo que quería Bernardo. No le interesaba en
absoluto averiguar. quién había matado a los otros monjes, sino sólo demostrar
que Remigio compartía de alguna manera las ideas defendidas por los teólogos
del emperador. Y si lograba mostrar la conexión entre esas ideas, que eran
también las del capítulo de Perusa, y las ideas de los fraticelli y de los
dulcinianos, y mostrar que en aquella abadía había un hombre que participaba
de todas esas herejías y había sido el autor de numerosos crímenes entonces
asestaría un verdadero golpe mortal a sus adversarios. Miré a Guillermo y
comprendí que había comprendido pero que nada podía hacer, aunque
hubiese previsto aquella maniobra. Miré al Abad y vi que su expresión era
sombría: se daba cuenta, demasiado tarde, de que también él había caído en
la trampa, y de que incluso su autoridad de mediador se estaba desmoronando,
pues no faltaba mucho para que apareciera como el amo de un lugar donde se
habían dado cita todas las infamias del siglo. En cuanto al cillerero, ya no sabía
de qué crimen podía aún declararse inocente. Pero quizás a esas alturas ya no
podía hacer cálculo alguno: el grito que salió de su boca era el grito de su alma,
y en él, y con él, se liberaba de años de largos y secretos remordimientos. 0
sea que, después de una vida de incertidumbres, entusiasmos y desilusiones,
de vileza y de traición, al ver que ya nada podía hacer para evitar su ruina,
decidía abrazar la fe de su juventud, sin seguir preguntándose si ésta era justa
o equivocada, como si quisiera mostrarse a sí mismo que era capaz de creer
en algo.
-Sí, es cierto -gritó-, estuve con Dulcino y compartí sus crímenes, su
desenfreno. Quizás estaba loco, confundía el amor de nuestro señor Jesucristo
con la necesidad de libertad y con el odio a los obispos. Es cierto, he pecado,
¡pero juro que soy inocente de lo que ha sucedido en la abadía!
-Por el momento hemos obtenido algo -dijo Bernardo-. De manera que admites
haber practicado la herejía de Dulcino, de la bruja Margherita y de sus
cómplices. ¿Reconoces haber estado con ellos cuando cerca de Trivero
ahorcaron a muchos fieles de Cristo, entre ellos un niño inocente de diez años?
¿Y cuando ahorcaron a otros hombres en presencia de sus mujeres y sus
padres, porque no querían someterse a la voluntad de aquellos perros, y
porque, a esas alturas, cegados por vuestra furia y vuestra soberbia, pensabais
que nadie podía salvarse sin pertenecer a vuestra comunidad? ¡Habla!
-¡Sí, sí, creí esto último, e hice aquello otro!
-¿Y estabas presente cuando se apoderaron de algunos que eran fieles a los
obispos, y a unos los dejaron morir de hambre en la cárcel, y a una mujer
encinta le cortaron un brazo y una mano, dejando que pariera después un niño
que murió en seguida sin haber sido bautizado? ¿Y estabas con ellos cuando
arrasaron e incendiaron las aldeas de Mosso, Trivero, Cossila y Flecchia, y
muchas otras localidades de la región de Crepacorio, y muchas casas de
Mortiliano y Quorino, y cuando incendiaron la iglesia de Trivero, embadurnando
antes las imágenes sagradas, arrancando las piedras de los altares, rompiendo
un brazo de la estatua de la Virgen, los cálices, los ornamentos y los libros,
destruyendo el campanario, apropiándose de todos los vasos de la cofradía, y
de los bienes del sacerdote?
-¡Sí, sí, estuve allí, y ya nadie sabía lo que estaba haciendo! ¡Queríamos
adelantar el momento del castigo, éramos la vanguardia del emperador enviado
por el cielo y por el papa santo, debíamos anticipar el momento del descenso
del ángel de Filadelfia, y entonces todos recibirían la gracia del espíritu santo y
la iglesia se habría regenerado y después de la destrucción de todos los
perversos sólo reinarían los perfectos!
El cillerero parecía estar poseído por el demonio y al mismo tiempo iluminado.
El dique de silencio y simulación parecía haberse roto, y su pasado regresaba
no sólo en palabras, sino también en imágenes, y era como si volviese a sentir
las emociones que antaño lo habían inflamado.
-Entonces -lo acosaba Bernardo-. ¿confiesas que habéis honrado como mártir
a Gherardo Segalelli, que habéis negado toda autoridad a la iglesia romana,
que afirmabais que ni el papa ni ninguna otra autoridad podía prescribiros un
modo de vida distinto del vuestro, que nadie tenía derecho a excomulgaros,
que desde la época de San Silvestre todos los prelados de la iglesia habían
sido prevaricadores y seductores, salvo Pietro da Morrone, que los laicos no
están obligados a pagar los diezmos a los curas que no practiquen un estado
de absoluta perfección y pobreza como lo practicaron los primeros apóstoles, y
que por tanto los diezmos debían pagároslos sólo a vosotros, que erais los
únicos apóstoles y pobres de Cristo, que para rezarte a Dios una iglesia
consagrada no vale más que un establo, confiesas que recorríais las aldeas y
seducíais a las gentes gritando «penitenciágite», que cantabais el Salve Regina
para atraer pérfidamente a las multitudes, y os hacíais pasar por penitentes
llevando una vida perfecta ante los ojos del mundo, pero que luego os
concedíais todas las licencias y .,todas las lujurias, porque no creíais en el
sacramento del matrimonio ni en ningún otro sacramento, y como os
considerabais mas puros que los otros os podíais permitir cualquier bajeza y
cualquier ofensa a vuestro cuerpo y al cuerpo de los otros? ¡Habla!
-¡Sí, sí! Confieso la fe verdadera que abracé entonces con toda el alma.
Confieso que abandonamos nuestras ropas en signo de desposeimiento, que
renunciamos a todos nuestros bienes, mientras que vosotros, raza de perros,
no renunciaréis jamás a los vuestros. Confieso que desde entonces no
volvimos a aceptar dinero de nadie ni volvimos a llevarlo con nosotros, y
vivimos de la limosna y no guardamos nada para mañana, y cuando nos
recibían y ponían la mesa para nosotros, comíamos y luego nos marchábamos
dejando sobre la mesa los restos de la comida...
-¡Y quemasteis y saqueasteis para apoderaros de los bienes de los buenos
cristianos!
-Y quemamos y saqueamos, porque habíamos elegido la pobreza como ley
universal y teníamos derecho a apropiarnos de las riquezas ¡legítimas de los
demás, y queríamos desgarrar el centro mismo de la trama de avidez que
cubría todas las parroquias, pero nunca saqueamos para poseer, ni matamos
para saquear: matábamos para castigar, para purificar a los impuros a través
de la sangre. Quizás estábamos poseídos por un deseo inmoderado de justicia;
también se peca por exceso de amor a Dios, por sobreabundancia de
perfección. Eramos la verdadera congregación espiritual, enviada por el Señor
y reservada para la gloria de los últimos tiempos. Buscábamos nuestro premio
en el paraíso anticipando el tiempo de vuestra destrucción. Sólo nosotros
éramos los apóstoles de Cristo, todos los otros le habían traicionado. Y
Gherardo Segalelli había sido una planta divina, planta De¡ pullulans in radice
fidei. Nuestra regla procedía directamente de Dios, ¡no de vosotros, perros
malditos, predicadores mentirosos que vais esparciendo olor a azufre y no a
incienso, perros inmundos, carroña podrida, cuervos, siervos de la puta de
Aviñón, condenados a la perdición eterna! Entonces yo creía, y hasta nuestro
cuerpo se había redimido, y éramos las espadas del Señor, y para poder
mataros a todos lo antes posible había que matar incluso a otros que eran
inocentes. Queríamos un mundo mejor, de paz y afabilidad, y la felicidad para
todos; queríamos matar la guerra que vosotros traíais con vuestra avidez. ¿Por
qué nos reprocháis la poca sangre que debimos derramar para imponer el reino
de la justicia y la felicidad? Lo que pasaba... lo que pasaba era que no se
precisaba mucha, no había que perder tiempo, e incluso valía la pena enrojecer
toda el agua del Carnasco, aquel día en Stavello, también era sangre nuestra,
no la escatimábamos, sangre nuestra y sangre vuestra, lo mismo daba, pronto,
pronto, los tiempos de la profecía de Dulcino urgían, había que acelerar la
marcha de los acontecimientos...
Temblaba de pies a cabeza, y se pasaba las manos por el hábito como si
quisiese limpiarlas de la sangre que estaba evocando.
-El glotón ha recuperado la pureza -me dijo Guillermo.
-Pero, ¿es ésta.la pureza? -pregunté horrorizado.
-Sin duda, no es el único tipo que existe -dijo Guillermo-, pero en cualquiera de
sus formas siempre me da miedo.
-¿Qué es lo que más os aterra de la pureza?
-La prisa -respondió Guillermo.
-Basta, basta staba diciendo Bernardo-, te pedimos una confesión, no un
llamamiento a la masacre. Muy bien, no sólo fuiste hereje, sino que lo sigues
siendo. No sólo fuiste asesino, sino que sigues matando. Entonces dime cómo
mataste a tus hermanos en esta abadía, y por qué.
El cillerero dejó de temblar. Miró a su alrededor como si acabase de salir de un
sueño:
-No -dijo-, con los crímenes de la abadía no tengo nada que ver. He confesado
todo lo que hice, no me hagáis confesar lo que no he hecho...
-Pero ¿queda algo que puedas no haber hecho? ¿Ahora te declaras inocente?
¡Oh, corderillo, oh, modelo de mansedumbre! ¿Lo habéis oído? ¡Hace años sus
manos estuvieron tintas de sangre, pero ahora es inocente! Quizá nos hemos
equivocado. Remigio da Varagine es un modelo de virtud, un hijo fiel de la
iglesia, un enemigo de los enemigos de Cristo, siempre ha respetado el orden
que la vigilante de la iglesia se empeña en imponer en aldeas y ciudades,
siempre ha respetado la paz de los colos talleres de los artesanos, los tesoros
de las iglesia. Es inocente, no ha hecho nada, ¡ven a mis brazos, hermano
Remigio, deja que te consuele de las acusaciones que malvados han hecho
caer sobre ti! -y mientras Remigio lo miraba con ojos extraviados, como si de
golpe estuviera a punto de creer en una absolución final, Bernardo recuperó su
actitud anterior y dijo con tono de mando al capitán de los arqueros-: Me
repugna tener que recurrir a métodos que el brazo secular siempre ha aplicado
sin el consentimiento de la iglesia. Pero hay una ley que está por encima de
mis sentimientos personales. Rogadle al Abad que os indique un sitio donde
puedan disponerse los instrumentos de tortura. Pero que no se proceda en
seguida. Ha de permanecer tres días en su celda, con cepos en las manos y en
los pies. Luego se le mostrarán los instrumentos. Sólo eso. Y al cuarto día se
procederá. Al contrario de lo que creían los seudo apóstoles, la justicia no lleva
prisa, y la de Dios tiene siglos por delante. Ha de procederse poco a poco, en
forma gradual. Y sobre todo recordad lo que se ha dicho tantas veces: hay que
evitar las mutilaciones y el peligro de muerte. Precisamente, una de las gracias
que este procedimiento concede al impío es la de saborear y esperar la muerte,
pero no alcanzarla antes de que la confesión haya sido plena, voluntaria y
purificadora.
Los arqueros se inclinaron para levantar al cillerero, pero éste clavó los pies en
el suelo y opuso resistencia, mientras indicaba que quería hablar. Cuando se le
autorizó, empezó a hablar, pero le costaba sacar las palabras de la boca y su
discurso era como la farfulla de un borracho, y tenía algo de obsceno. Sólo a
medida que fue hablando recobró aquella especie de energía salvaje que había
animado hasta hacía un momento su confesión.
-No, señor. La tortura no. Soy un hombre vil. Traicioné en aquella ocasión.
Durante once años he renegado en este monasterio de mi antigua fe,
percibiendo los diezmos de los viñateros y los campesinos, inspeccionando los
establos y los chiqueros para que cundiesen y enriquecieran al Abad. He
colaborado de buen grado en la administración de esta fábrica del Anticristo. Y
me he sentido comodo, había olvidado los días de la rebelión, me regodeaba
en los placeres de la boca e incluso en otros. Soy un hombre vil. Hoy he
vendido a mis antiguos hermanos de Bolonia, como entonces vendí a Dulcino.
Y como hombre vil, disfrazado de soldado de la cruzada, asistí al apresamiento
de Dulcino y Margherita, cuando el sábado santo los llevaron al castillo del
Bugello. Durante tres meses estuve dando vueltas alrededor de Vercelli, hasta
que llegó la carta del papa Clemente con la orden de condenarlos. Y vi cómo
hacían pedazos a Margherita delante de Dulcino, y cómo gritaba mientras la
masacraban, pobre cuerpo que una noche también yo había tocado... Y
mientras su roto cadáver se quemaba vi cómo se apoderaron de Dulcino, y le
arrancaron la nariz y los testículos con tenazas incandescentes, y no es cierto
lo que después se dijo, que no -lanzó ni un gemido. Dulcino era alto y robusto,
tenía una gran barba de diablo y cabellos rojos que le caían en rizos sobre los
hombros, era bello e imponente cuando nos guiaba, con su sombrero de alas
anchas, y la pluma, y la espada ceñida sobre el hábito talar. Dulcino metía
miedo a los hombres y hacía gritar de placer a las mujeres... Pero, cualdo lo
torturaron, también él gritó de dolor, como una mujer, como un ternero. Perdía
sangre por todas las heridas, mientras lo llevaban de sitio en sitio, y seguían
hiriéndolo un poco más, para mostrar cuánto podía durar un emisario del
demonio, y él quería morir, pedía que lo remataran, pero murió demasiado
tarde, al llegar a la hoguera, y para entonces ya sólo era un montón de carne
sangrante. Yo iba detrás, y me felicitaba por haber escapado a aquella prueba,
estaba orgulloso de mi astucia, y el bellaco de Salvatore estaba conmigo, y me
decía: «¡Qué bien que hemos hecho, hermano Remigio, en comportarnos como
personas sensatas ¡No hay nada más terrible que la tortura!» Aquel día hubiera
abjurado de mil religiones. Y hace años, muchos años, que me reprocho
aquella vileza, y aquella felicidad conseguida al precio de tanta vileza, aunque
siempre con la esperanza de poder demostrarme algún día que no era ¡In vil.
Hoy me has dado esa fuerza, señor Bernardo, has sido para mí lo que los
emperadores romanos fueron para los más viles de entre los mártires. Me has
dado el coraje para confesar lo que creí con el alma, mientras mi cuerpo tt
retiraba, incapaz de seguirla. Pero no me exijas demasiado coraje, más del que
puede soportar esta carcasa mortál. La tortura no. Diré todo lo que quieras.
Mejor la hoguera, ya. Se muere asfixiado, antes de que el cuerpo arda. La
tortura como a Dulcino, no. Quieres un cadáver, y para tenerlo necesitas que
me haga responsable de los otros cadáveres. En todo caso, no tardaré en ser
cadáver. De modo que te doy lo que me pides. He matado a Adelmo da Otranto
porque odiaba su juventud y la habilidad que tenía para jugar con monstruos
parecidos a mí: viejo, gordo, pequeño e ignorante. He matado a Venancio da
Salvemec porque sabía demasiado y era capaz de leer libros que yo no
entendía. He matado a Berengario da Arundel porque odiaba su biblioteca; yo,
que aprendí teología dando palos a los párrocos demasiado gordos. He matado
a Sevenno de Sant'Emmerano... ¿Por qué lo he matado? Porque coleccionaba
hierbas; yo, que estuve en el monte Rebello, donde nos comíamos las hierbas
sin preguntarnos cuáles eran sus virtudes. En realidad, también podría matar a
los otros, incluido nuestro Abad: ya esté con el papa o con el imperio, siempre
estará entre mis enemigos y siempre lo he odiado, incluso cuando me daba de
comer porque yo le daba de comer a él. ¿Te basta con esto? ¡Ah, no! Quieres
saber cómo he matado a toda aquella gente. . . Pues bien, los he matado. . .
Veamos. . . Evocando las potencias infernales, con la ayuda de mil legiones
cuyo mando obtuve mediante las artes que me enseñó Salvatore. Para matar a
alguien no es preciso que lo golpeemos personalmente: el diablo lo hace por
nosotros. . . si sabemos cómo hacer para que nos obedezca.
Miraba a los presentes con aire de complicidad, riendo. Pero ya era la risa del
demente, aunque, como me señaló más tarde Guillermo, ese demente hubiera
tenido la cordura necesaria para arrastrar a Salvatore en la caída, y vengarse
así de su delación.
-¿Y cómo lograbas que el diablo te obedeciera. –lo urgió Bernardo, que tomaba
ese delirio como una legítima confesión.
-También tú lo sabes! ¡No se comercia tantos años con endemoniados sin
acabar metido en su piel! ¡También tú lo sabes, martirizador de apóstoles!
Coges un gato negro. ¿verdad? Que no tenga ni un solo pelo blanco (ya lo
sabes), y le atas las patas, luego lo llevas a medianoche hasta un cruce de
caminos, y una vez allí gritas en alta voz: “¡Oh, gran Lucifer, emperador del
infierno, te cojo y te introduzco en el cuerpo de mi enemigo, así como tengo
prisionero a este gato, y si matas a mi enemigo, a medianoche del día
siguiente, en este mismo sitio, te sacrificaré este gato, y harás todo lo que te
ordeno por los poderes de la magia que estoy practicando según el libro oculto
de San Cipriano, en el nombre de todos los jefes de las mayores legiones del
infierno, Adramech, Alastor y Azazel, a quienes ahora invoco junto a todos sus
hermanos...!” –sus labios temblaban, los ojos parecían haberse salido de las
órbitas, y empezó a rezar, mejor dicho, parecía un rezo, pero lo que hacía era
implorar a todos los barones de las legiones del infierno- : Abigor, pecca pro
nobis. . . Amón, miserere nobis. . . Samael, libera nos a bono. . . Belial aleyson.
. . Focalor, in corruptionem meam intende. . . Haborym, damnamus dominum. .
. Zaebos, anum meum aperies. . . Leonardo, asperge me spermate tuo et
inquinabor. . .
-;Basta, basta! -gritaban los presentes santiguándose-. ¡Oh. Señor,
perdónanos a todos!
E1 cillerero ya no hablaba. Después de pronunciar los nombres de todos
aquellos diablos, cayó de bruces, y una saliva blancuzca empezó a manar de
su boca torcida mientras los dientes le rechinaban. A pesar de la mortificación
que le infligían las cadenas, sus manos se juntaban y separaban
convulsivamente, sus pies lanzaban patadas al aire. Guillermo se dio cuenta de
que yo estaba temblando de terror; me puso la mano sobre la cabeza e hizo
presión en la nuca, hasta que me tranquilicé:
-Aprende -me dijo-, cuando a un hombre lo torturan, o amenazan con torturarlo,
no sólo dice lo que ha hecho, sino también lo que hubiera querido hacer,
aunque no supiese que lo quería. Ahora Remigio desea la muerte con toda su
alma.
Los arqueros se llevaron al cillerero, aún presa de convulsiones. Bernardo
recogió sus folios. Luego clavó la mirada en los presentes, quienes, presa de
gran turbación, permanecían inmóviles en sus sitios.
-El interrogatorio ha concluido. E1 acusado, reo confeso, será conducido a
Aviñon, donde se celebrará el proceso definitivo, para escrupulosa
salvaguardia de la verdad y la justicia. Y sólo después de ese proceso regular
será quemado. Ya no os pertenece, Abbone, y tampoco me pertenece a mí,
que sólo he sido el humilde instrumento de la verdad. E1 instrumento de la
justicia está en otro sitio. Los pastores han cumplido con su deber, ahora es el
turno de los perros: deben separar la oveja infecta del rebaño, y purificarla a
través del fuego. E1 miserable episodio en el transcurso del cual este hombre
ha resultado culpable de tantos crímenes atroces ha concluido. Que ahora la
abadía viva en paz. Pero el mundo. . -y aquí alzó la voz y se volvió hacia el
grupo de los legados-, ¡el mundo aún no ha encontrado la paz, el mundo está
desgarrado por la herejía, que se refugia incluso en las salas de los palacios
imperiales! Que mis hermanos recuerden lo siguiente: un cingulum diaboli liga
a los perversos seguidores de Dulcino con los honrados maestros del capítulo
de Perusa. No olvidemos que ante los ojos de Dios los delirios del miserable
que acabamos de entregar a la justicia no se diferencian
de los de los maestros que se hartan en la mesa del alemán excomulgado de
Baviera. La fuente de las iniquidades de los herejes se nutre de muchas
prédicas distintas. . . algunas elogiadas, y todavía impunes. Dura pasión y
humilde calvario los de aquel a quien, como mi como mi pecadora persona,
Dios ha llamado para reconocer la víbora de la herejía doquiera que ésta anide.
Pero el ejercicio de esta santa tarea enseña que no sólo es hereje quien
practica la herejía a la vista de todos. Hay cinco indicios probatorios que
permiten reconocer a los partidarios de la herejía. Primero: quienes visitan de
incógnito a los herejes cuando se encuentran en prisión; segundo: quienes
lamentan su apresamiento y han sido sus amigos íntimos durante la vida (en
efecto, es difícil que la actividad del hereje haya pasado inadvertida a quien
durante mucho tiempo lo frecuentó); tercero: quienes sostienen que los herejes
fueron condenados injustamente, a pesar de haberse demostrado su
culpabilidad; cuarto: quienes miran con malos ojos y critican a los que
persiguen a los herejes y predican con éxito contra ellos, y a éstos puede
descubrírselos por los ojos, por la nariz, por la expresión, que intentan
disimular, porque revela su odio hacia aquellos por los que sienten rencor y su
amor hacia aquellos cuya desgracia lamentan. Quinto, y último, signo es el
hecho de que, una vez quemados los herejes, recojan los huesos convertidos
en cenizas, y que los conviertan en objeto de veneración. . . Pero yo atribuyo
también muchísimo valor a un sexto signo, y considero amigos clarísimos de
los herejes a aquellos en cuyos libros (aunque éstos no ofendan abiertamente
la ortodoxia) los herejes encuentran las premisas a partir de las cuales
desarrollan sus perversos razonamientos.
Y mientras eso decía sus ojos se clavaban en Ubertino. Toda la legación
franciscana comprendió perfectamente lo que Bernardo estaba sugiriendo. E1
encuentro ya había fracasado. Nadie se hubiese atrevido a retomar la discusión
de la mañana, porque sabía que cada palabra sería escuchada pensando en
los últimos, y desgraciados, acontecimientos. Si el papa había enviado a
Bernardo para que impidiera cualquier arreglo entre ambos grupos, podía
decirse que su misión había sido un éxito.
Quinto día
VISPERAS
Donde Ubertino se larga, Bencio empieza a observar las leyes y Guillermo
hace algunas reflexiones sobre los diferentes tipos de lujuria encontrados aquel
día.
Mientras la sala capitular se iba vaciando lentamente, Michele se acercó a
Guillermo, y después se les unió Ubertino. Juntos salirnos de allí para dirigirnos
al claustro y poder conversar protegidos por la niebla, que no daba señas de
disiparse y que, incluso, parecía aún más densa ahora que estaba
oscureciendo.
-No creo que sea necesario comentar lo que acaba de suceder -dijo Guillermo-.
Bernardo nos ha derrotado. No me preguntéis si ese dulciniano imbécil es
realmente culpable de todos estos crímenes. Por mi parte, estoy convencido de
que no lo es. En todo caso, estamos como al principio. Juan quiere que vayas
solo a Aviñón, Michele, y este encuentro no ha servido para obtener las
garantías que deseábamos. A1 contrario, ha sido una muestra de cómo allí
podrá torcerse todo lo que digas. De donde se deduce, creo, que no debes ir.
Michele movió la cabeza:
-Pero iré. No quiero un cisma. Tú, Guillermo, hoy has hablado claro, has dicho
qué es lo que quieres. Pues bien, no es eso lo que yo quiero: me doy cuenta de
que las resoluciones del capítulo de Perusa han sido utilizadas por los teólogos
imperiales para decir más de lo que nosotros quisimos decir. Quiero que la
orden franciscana sea aceptada, con sus ideales de pobreza, por el papa. Y el
papa tendrá que comprender que, sólo si la orden adopta la idea de pobreza,
podrá reabsorber sus ramificaciomes heréticas. No pienso en la asamblea del
pueblo ni en el derecho de gentes. Debo impedir que la orden se disuelva en
una pluralidad de fraticelli. Iré a Aviñón y si es ne
cesario haré acto de sumisión ante Juan. Transigiré en todo, menos en el
principio de pobreza.
-¿Sabes que arriesgas la vida? -intervino Ubertino.
-Que así sea -respondió Michele-, peor es arriesgar el alma.
Arriesgó seriamente la vida y, si Juan estaba en lo justo (de lo cual aún no
termino de convencerme), perdió también el alma. Como ya todos saben, una
semana después de los hechos que estoy relatando, Michele fue a ver al papa.
Se mantuvo firme durante cuatro meses, hasta que en abril del año siguiente
Juan convocó un consistorio donde lo trató de loco, temerario, testarudo, tirano,
cómplice de los herejes, víbora que anidaba en el propio seno de la iglesia. Y
cabe pensar que a aquellas alturas, y desde su punto de vista, Juan tenía
razón, porque durante aquellos cuatro rneses Michele se había hecho amigo
del amigo de mi maestro, el otro Guillermo, el de Occam, y había llegado a
compartir sus ideas, no muy distintas, salvo que aún más radicales, de las que
mi maestro compartía con Marsilio y había expuesto aquella mañana. La vida
de estos disidentes se volvió precaria en Aviñón, y a finales de mayo Michele,
Guillermo de Occam, Bonagrazia da Bergamo, Francesco d'Ascoli y Henri de
Talheim decidieron huir. Los hombres del papa los persiguieron hasta Niza,
Tolón, Marsella y Aigues Mortes, donde los alcanzó el cardenal Pierre de
Arrablay, quien en vano intentó persuadirlos de que regresaran, incapaz de
vencer sus resistencias, su odio por el pontífice, su miedo. En junio llegaron a
Pisa, donde los imperiales les brindaron una acogida triunfal, y en los meses
que siguieron Michele denunció públicamente a Juan. Pero ya era demasiado
tarde. La suerte del emperador estaba declinando. Desde Aviñón, Juan
tramaba una maniobra para reemplazar al general de los franciscanos, y acabó
consiguiéndolo. Mejor habría hecho Michele aquel día decidiendo no ir a ver al
papa: habría podido ocuparse en persona de la resistencia de los franciscanos,
en lugar de perder tantos meses poniéndose a merced de su enemigo,
mientras su posición se iba debilitando... Pero quizás así lo había dispuesto la
omnipotencia divina. . . Por otra parte, ahora ya no sé quién de ellos estaba en
lo justo: cuando han pasado muchos años, el fuego de las pasiones se
extingue, y con él lo que creíamos que era la luz de la verdad. ¿Quién de
nosotros es todavía capaz de decir si tenía razón Héctor o Aquiles, Agamenón
o Príamo, cuando luchaban por la belleza de una mujer que ahora es ceniza de
cenizas?
Pero me pierdo en divagaciones melancólicas, en vez de decir cómo concluyó
aquella triste conversación. Michele estaba decidido, y no hubo manera de
hacer que desistiese. Y ahora se planteaba otro problema, y Guillermo lo
expuso sin ambages: el propio Ubertino ya no estaba seguro. Las frases que le
había dirigido Bernardo, el odio que ya le tenía el papa el hecho de que,
mientras Michele aún representaba un poder con el que debía pactarse,
Ubertino, en cambio, se hubiera quedado solo. . .
-Juan quiere a Michele en la corte y a Ubertino en el infierno. Si conozco bien a
Bernardo, de aquí a mañana, y con la complicidad de la niebla, Ubertino habrá
sido asesinado. Y si alguien preguntase quién ha sido, la abadía podría cargar
muy bien con otro crimen... Se dirá que han sido unos diablos evocados por
Remigio con sus gatos negros, o algún otro dulciniano que aún queda en este
recinto. . .
Ubertino se veía preocupado.
-¿Y entonces? -preguntó.
-Entonces -dijo Guillermo-. ve a hablar con el Abad. Pídele una cabalgadura,
provisiones, y una carta para alguna abadía lejana, al otro lado de los Alpes. Y
aprovecha la niebla y la oscuridad para salir en seguida.
- Pero acaso los arqueros no vigilan las puertas?
-La abadía tiene otras salidas; el Abad las conoce. Bastará con que un sirviente
te espere un poco más abajo, con una cabalgadura. Tú saldrás por algún punto
de la muralla, cruzarás un trecho de bosque y te pondrás en camino. Pero
hazlo en seguida, antes de que Bernardo se recobre del éxtasis de su triunfo.
Yo he de ocuparme de otro asunto. Tenía dos misiones: una ha fracasado, que
al menos no fracase la otra. Quiero echar mano a un libro, y a un hombre. Si
todo va bien, estarás fuera antes de que pueda inquietarme por ti. De modo
que adiós.
Abrió los brazos. Conmovido, Ubertino lo estrechó entre los suyos:
-Adiós, Guillermo, eres un inglés loco y arrogante, pero tienes un gran corazón.
¿Volveremos a vernos?
-Sin duda -lo tranquilizó Guillermo-, Dios lo querrá.
Pero Dios no lo quiso. Como ya he dicho, Ubertino murió asesinado
misteriosamente dos años más tarde. Vida dura y aventurera la de aquel viejo
combativo y apasionado. Quizá no fuera un santo, pero confío en que Dios
haya premiado la inconmovible seguridad con que creyó serlo. Cuanto más
viejo me vuelvo, más me abandono a la voluntad de Dios, y menos aprecio la
inteligencia, que quiere saber, y la voluntad, que quiere hacer: y el único medio
de salvación que reconozco es la fe, que sabe esperar con paciencia sin
preguntar más de lo debido. Y, sin duda, Ubertino tuvo mucha fe en la sangre y
la agonía de Nuestro Señor crucificado
Quizá también pensé en ello entonces, y el viejo místico lo percibió, o adivinó
que alguna vez pensaría así. Me sonrió con ternura y me abrazó, sin la pasión
con que a veces me había cogido en los días precedentes. Me abrazó como un
abuelo abraza a su nieto, y la misma actitud tuve yo al responderle. Después
se alejó con Michele para buscar al Abad.
-¿Y ahora? -le pregunté a Guillermo.
-Ahora volvamos a nuestros crímenes.
-Maestro, hoy han sucedido cosas muy graves para la cristiandad, y vuestra
misión ha fracasado. Sin embargo, parece interesaros más la solución de este
misterio que el conflicto entre el papa y el emperador.
-Los locos y los niños siempre dicen la verdad, Adso. Quizá sea porque como
consejero imperial mi amigo Marsilio es mejor que yo, pero como inquisidor
valgo más yo. Incluso más que Bernardo, y que Dios me perdone. Porque a
Bernardo no le interesa descubrir a los culpables, sino quemar a los acusados.
A mí, en cambio, lo que más placer me proporciona es desenredar una madeja
bien intrincada O tal vez sea también porque en un momento en que, como
filósofo, dudo de que el mundo tenga algún orden, me consuela descubrir, si no
un orden, al menos una serie de relaciones en pequeñas parcelas del conjunto
de los hechos que suceden en el mundo. Además, es probable que exista otra
razón: el hecho de que en esta historia se jueguen cosas más grandes y más
importantes que la lucha entre Juan y Ludovico. . .
-¡Pero si es una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud! -
exclamé perplejo.
-Alrededor de un líbro prohibido, Adso, alrededor de un libro prohibido -
respondió Guillermo.
Los monjes ya estaban yendo a cenar. Michele da Cesena llegó en mitad de la
comida, se sentó a nuestro lado y nos comunicó que Ubertino había partido.
Guillermo lanzó un suspiro de alivio.
Cuando acabó la cena, evitamos al Abad, que estaba conversando con
Bernardo, y localizamos a Bencio, que nos saludó con una media sonrisa,
mientras intentaba ganar la salida. Guillermo lo alcanzó y lo obligó a seguirnos
hasta un rincón de la cocina.
-Bencio -le dijo-, ¿dónde está el libro?
-¿Qué libro?
-Bencio, ni tú ni yo somos tontos. Hablo del libro que buscábamos hoy en el
laboratorio de Severino, y que yo no reconocí pero tú sí, de modo que luego
fuiste a cogerlo...
-¿Por qué pensáis que lo he cogido
-Pienso que es así, y tú también lo piensas. ¿Dónde está?
-No puedo decirlo.
-Bencio, si no me lo dices hablaré con el Abad.
-No puedo decirlo por orden del Abad ---dijo Bencio en tono virtuoso-. Después
de que nos vimos sucedió algo que debéis saber. A1 morir Berengario, quedó
vacante el puesto de ayudante del bibliotecario. Esta tarde Malaquías me ha
pedido que ocupe este puesto. Hace justo media hora el Abad ha dado su
autorización, y a partir de mañana por la mañana, espero, ser‚ iniciado en los
secretos de la biblioteca. Es cierto que esta mañana he cogido el libro; lo había
escondido en mi celda, bajo el jergón, sin echarle ni siquiera una ojeada,
porque sabía que Malaquías me estaba vigilando. En determinado momento, él
me propuso lo que acabo de contaros. Entonces hice lo
que debe hacer un ayudante del bibliotecario: le entregué el libro.
No pude contenerme e intervine, con violencia:
-Pero Bencio, ayer, y anteayer, tú. . . vos decíais que ardíais de curiosidad por
conocer, que no deseabais que la biblioteca siguiese ocultando misterios, que
un estudioso debe saber. . .
Bencio no decía nada, y se ruborizó, pero Guillermo me detuvo :
-Adso, desde hace unas horas Bencio se ha pasado a la otra parte. Ahora es él
el guardián de esos secretos que quería conocer, y como tal dispondrá de todo
el tiempo que desee para conocerlos.
-Pero ¿y los otros? -pregunté-. ¡Bencio hablaba en nombre de todos los sabios!
-Eso era antes -dijo Guillermo, y me arrastró fuera, dejando a Bencio sumido en
la confusión.
-Bencio -me dijo luego Guillermo- es víctima de una gran lujuria, que no es la
de Berengario ni la del cillerero, sino la de muchos estudiosos, la lujuria del
saber. Del saber por sí mismo. Se encontraba excluido de una parte de ese
saber, y deseaba apoderarse de ella. Ahora lo ha hecho. Malaquías sabía con
quién trataba, y se valió del recurso más idóneo para recuperar el libro y sellar
los labios de Bencio. Me preguntarás de qué sirve dominar toda esa reserva de
saber si se acata la regla que impide ponerlo a disposición de todos los demás.
Pero por eso he hablado de lujuria. No era lujuria la sed de conocimiento que
sentía Roger Bacon, pues quería utilizar la ciencia para hacer
más feliz al pueblo de Dios y, por tanto, no buscaba el saber por el saber. En
cambio, la curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto, un medio
como cualquiera de los otros de que dispone un monje para transformar y
calmar los deseos de su carne, o el ardor que lleva a otros a convertirse en
guerreros de la fe, o de la herejía. No sólo es lujuria la de la carne. También lo
es la de Bernardo Gui: perversa lujuria de justicia, que se identifica con la
lujuria del poder. Es lujuria de riqueza la de nuestro santo y ya no romano
pontífice. Era lujuria de testimonio, de transformación, de penitencia y de
muerte la del cillerero en su juventud. Y es lujuria de libros la de Bencio. Como
todas las lujurias, como la de Onán, que derramaba su semen en la tierra, es
lujuria estéril, y nada
tiene que ver con el amor. ni siquiera con el amor carnal...
-Lo sé -murmuré sin querer.
Guillermo fingió no haber escuchado. Pero, como continuando con lo que iba
diciendo, añadió:
-E1 amor bueno quiere el bien del amado.
-¿Acaso Bencio no querrá el bien de sus libros; (pues ahora también son
suyos) y no pensará que su bien consiste precisamente en permanecer lejos de
manos rapaces? -pregunté.
-E1 bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que
hablan de otros signos, que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que
lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por tanto, es
mudo. Quiz á esta biblioteca haya nacido para salvar los libros que contiene.
pero ahora vive para mantenerlos sepultados. Por eso se ha convertido en
pábulo de impiedad. El cillerero ha dicho que traicionó. Lo mismo ha hecho
Bencio. Ha traicionado. ¡Oh, querido Adso. qué día más feo! ¡Lleno de sangre y
destrucción! Por hoy tengo bastante. Vayamos también nosotros a completas, y
después a dormir.
A1 salir de la cocina encontramos a Aymaro. Nos preguntó si era cierto lo que
se murmuraba: que Malaquías había propuesto a Bencio para el cargo de
ayudante. No pudimos hacer otra cosa que confirmárselo.
-Este Malaquías ha hecho muchas cosas finas, hoy -dijo Aymaro con su
habitual sonrisa de desprecio e indulgencia-. Si hubiese justicia, el diablo
vendría a llevárselo esta noche.
Quinto día
COMPLETAS
Donde se escucha un sermón sobre la llegada del Anticristo
y Adso descubre el poder de los nombres propios.
E1 oficio de vísperas se había celebrado en medio de la confusión, cuando aún
proseguía el interrogatorio del cillerero, y los novicios, curiosos, habían
escapado al control de su maestro para observar a través de ventanas y
rendijas lo que estaba sucediendo en la sala capitular. Ahora toda la
comunidad debía rezar por el alma de Severino. Se pensaba que el Abad les
hablaría a todos y todos se preguntaban qué diría. Pero después de la ritual
homilía de San Gregorio, del responso y de los tres salmos prescritos, el Abad
sólo se asomó al púlpito para anunciar que aquella tarde no hablaría. Eran
tantas las desgracias que habían afligido a la abadía, dijo, que ni siquiera el
padre común podía hablarles en tono de reproche y admonición. Todos. sin
excepción alguna, debían hacer un severo examen de conciencia. Pero como
alguien debía hablar, proponía que la admonición viniera de quien, por ser él
más anciano de todos y encontrarse ya cerca de la muerte, se hubiese visto
menos envuelto en las pasiones terrenales que tantos males habían
ocasionado. Por derecho de edad la palabra hubiera correspondido a Alinardo
da Grottaferrata, pero todos sabían cuán frágil era la salud del venerable
hermano. El que seguía a Alinardo, según el orden establecido por el paso
inexorable del tiempo, era Jorge. Y a él estaba cediéndole en aquel momento la
palabra el Abad.
Escuchamos un murmullo del lado de los asientos que solían ocupar Aymaro y
los otros italianos. Supuse que el Abad había confiado el sermón a Jorge sin
consultar con Alinardo. Mi maestro me señaló por lo bajo que la de no hablar
había sido una prudente decisión del Abad: porque cualquier cosa que hubiese
dicho habría sido sopesada por Bernardo y los otros aviñoneses presentes. En
cambio, el anciano Jorge se limitaría a alguno de sus vaticinios místicos, y los
aviñoneses no le darían demasiada importancia.
-Pero yo sí -añadió Guillermo-, porque no creo que Jorge haya aceptado, o
quizá pedido, hablar, sin un propósito muy preciso.
Jorge subió al púlpito, apoyándose en alguien. Su rostro estaba iluminado por
la luz del trípode, única lámpara encendida en la nave. La luz de la llama ponía
en evidencia la oscuridad que pesaba sobre sus ojos, que parecían dos
agujeros negros.
-Queridísimos hermanos -empezó diciendo-, y vosotros, amados huéspedes, si
queréis escuchar a este pobre viejo. . . Los cuatro muertos que afligen a
nuestra abadía (para no decir nada de los pecados, antiguos y recientes,
cometidos por los más desgraciados de entre los vivos) no deben, lo sabéis,
atribuirse a los rigores de la naturaleza, que, con sus ritmos implacables,
administra nuestra jornada en esta tierra, desde la cuna a la tumba.
Quizá todos penséis que, por confusos y doloridos que os haya dejado, esta
triste historia no alcanza a vuestras almas, porque todos, salvo uno, sois
inocentes, y cuando éste sea castigado lloraréis, sin duda, la ausencia de los
desaparecidos. Pero no tendréis que defenderos de ninguna acusación ante el
tribunal de Dios. Eso pensáis. ¡Locos! -gritó con voz terrible-. ¡Locos y
temerarios! EI que ha matado soportará ante Dios la carga de sus culpas, pero
sólo porque ha aceptado ser el intermediario de los decretos de Dios. Así como
era preciso que alguien traicionase a Jesús para que pudiera cumplirse el
misterio de la redención, y sin embargo él Señor decretó la condenación y el
oprobio, para el que lo traicionó, del mismo modo alguien en estos días ha
pecado trayendo muerte y destrucción, ¡pero yo os digo que esta destrucción
ha sido, si no querida, al menos permitida por Dios para humillación de nuestra
soberbia!
Calló, y su mirada vacía se dirigió a la lóbrega asamblea, como si con los ojos
pudiese captar las emociones, mientras que de hecho eran sus oídos los que
saboreaban el silencio y la consternación que imperaban en la nave.
-En esta comunidad -prosiguió-, Serpentea desde hace mucho el áspid del
orgullo. Pero ¿qué orgullo? ¿El orgullo del poder, en un monasterio aislado del
mundo? Sin duda que no. ¿El orgullo de la riqueza? Hermanos míos, antes de
que resonaran en el mundo conocido los ecos de las largas querellas sobre 1a
pobreza y la posesión, desde la época de nuestro fundador, incluso habiéndolo
tenido todo, no hemos tenido nada, porque nuestra única riqueza verdadera
siempre ha sido la observancia de la regla, la oración y el trabajo. Pero de
nuestro trabajo, del trabajo de nuestra orden y en particular del trabajo de este
monasterio, es parte, incluso esencial, el estudio y la custodia del saber. La
custodia, digo, no la búsqueda, porque lo propio del saber, cosa divina, es el
estar completo y fijado desde el comienzo en la perfección del verbo que se
expresa a sí mismo. La custodia, digo, no la búsqueda, porque lo propio del
saber, cosa humana, es el haber sido fijado y completado en los siglos que se
sucedieron entre la predicación de los profetas v la interpretación de los padres
de la iglesia. No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las
vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación. La
historia humana marcha con movimiento incontenible desde la creación, a
través de la redención, hacia el retorno de Cristo triunfante, que aparece
rodeado de un nimbo, para juzgar a vivos y a muertos. Pero el saber divino y
humano no sigue ese curso: firme como una roca inconmovible, nos permite,
cuando somos capaces de escuchar su voz con humildad, seguir, y predecir,
ese curso, pero sin que éste haga mella en él. Yo soy el que es, dijo el Dios de
los hebreos. Yo soy el camino, la verdad y la vida, dijo Nuestro Señor. Pues
bien, el saber no es otra cosa que el atónito comentario de esas dos verdades.
Todo lo demás que se ha dicho fue proferido por los profetas, los eva ngelistas,
los padres y los doctores para iluminar esas dos sentencias. Y a veces algún
comentario pertinente se encuentra incluso en los paganos, que no las
conocían, y cuyas palabras han sido retomadas por la tradición cristiana. Pero
aparte de eso no hay nada más que decir. Sí, en cambio, que meditar una y
otra vez, que glosar, que conservar. Esta, y no otra, era y debería ser la misión
de nuestra abadía, de su espléndida biblioteca. Se cuenta que en cierta
ocasión un califa oriental entregó a las llamas la biblioteca de una famosa
ciudad, y que, mientras ardían aquellos millares de volúmenes, decía que
podían y debían desaparecer: porque, o bien repetían lo que ya decía el Corán,
y por tanto eran inútiles, o bien contradecían lo que afirmaba ese libro que los
infieles consideran sagrado, y por tanto eran dañinos. Los doctores de la
iglesia, y nosotros con ellos, no razonaron así. Todo aquello que comenta e
ilumina la escritura debe ser conservado, porque entiende la gloria de las
divinas escrituras; todo aquello que contradice lo que ellas afirman no debe ser
destruido, porque sólo si se lo conserva es posible contradecirlo a su vez, por
obra del que sea capaz, y haya recibido la misión de hacerlo, del modo y en el
momento que el Señor disponga. De ahí la responsabilidad de nuestra orden a
lo largo de los siglos, y el peso que abruma hoy a nuestra abadía: orgullosos de
la verdad que proclamamos, custodiamos con prudencia y humildad las
palabras que le son hostiles, sin dejar que ellas nos contaminen. Pues bien,
hermanos míos, ¿cuál es el pecado de orgullo que puede tentar al monje
estudioso? EI de interpretar su trabajo, ya no como custodia, sino como
búsqueda de alguna noticia que aún no haya sido dada a los hombres, como si
la última no hubiese resonado ya en las palabras del último ángel que habla en
el último libro de las escrituras: “Yo atestiguo a todo el que escucha mis
palabras de la profecía de este libro que, si alguno añade a estas cosas, Dios
añadirá sobre él las plagas escritas en este libro; y si alguno quita de las
palabras del libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida y
de la ciudad santa, que están escritos en este libro”. Pues bien... ¿No os
parece, infortunados hermanos, que estas palabras aluden precisamente a lo
que ha sucedido no hace mucho entre estos muros, y que, a su vez, lo que ha
sucedido entre estos muros alude precisamente a las vicisitudes mismas del
siglo que vivimos, que, tanto en la palabra como en las obras, en las ciudades
como en los castillos, en las orgullosas universidades, como en las iglesias
catedrales, trata de esforzarse por descubrir nuevos codicilos a las palabras de
la verdad, deformando el sentido de esa verdad ya enriquecida por todos los
escolios, esa verdad que en vez de estúpidos añadidos lo que necesita es una
intrépida defensa? Este es el orgullo que ha serpenteado y sigue serpenteando
entre estos muros: y yo digo a quien se ha empeñado y sigue empeñándose en
romper los sellos de los libros que le están vedados, que ese es el orgullo que
el Señor ha querido castigar y seguirá castigando hasta que no se rebaje y se
humille, porque, dada nuestra fragilidad, al Señor nunca le ha sido, ni le es,
difícil encontrar los instrumentos para realizar su venganza..
-¿Has escuchado, Adso? -me dijo por lo bajo Guillermo-. EI viejo sabe más de
lo que dice. Tenga o no parte en esta historia, el hecho es que sabe, y nos
advierte que mientras los monjes curiosos sigan violando la biblioteca, la
abadía no recuperará su paz.
Después de una larga pausa, Jorge siguió hablando:
-Pero ¿quién es, en definitiva, el símbolo mismo de este orgullo¿ ¿De quién
son los orgullosos figura y mensajeros, cómplices y abanderados? ¿Quién en
verdad ha actuado y quizá sigue actuando entre estos muros, para avisarnos
de que los tiempos están próximos, y para que nos consolemos, porque si los
tiempos están próximos, aunque los sufrimientos sean insoportables no son
infinitos en el tiempo, puesto que el gran ciclo de este universo está por
consumarse? ¡Oh! Lo habéis comprendido muy bien, y tenéis miedo de
pronunciar su nombre, porque también es el vuestro, pero aunque vosotros
tengáis miedo, yo no lo tengo, y diré ese nombre en voz muy alta, para que
vuestras vísceras se retuerzan de terror y vuestros dientes castañeteen hasta
cortaros la lengua, y para que el hielo que se forme en vuestra sangre haga
caer un velo de tinieblas sobre vuestros ojos. . . ¡Es la bestia inmunda, el
Anticristo!
Volvió a hacer otra pausa inacabable. Los asistentes parecían estar muertos.
Lo único que se movía en toda la iglesia era la llama del trípode, pero hasta las
sombras que formaba esa llama parecían congeladas. E1 único ruido,
ahogado, era e1 jadeo de Jorge, que se secaba el sudor de la frente. Después
continuó:
-Quizá: quisierais decirme: “No, aún no llega, ¿dónde están los signos de su
llegada?” ¡Necio quien lo diga! ¡Pero si cada día en el gran anfiteatro del
mundo, y en su imagen reducida, que es este monasterio, nuestros ojos
pueden contemplar las catástrofes que anunciar su llegada! Está dicho que
cuando se acerque el momento surgirá en occidente un rey extranjero, señor
de bienes dolosos, ateo, matador de hombres, tramposo, sediento de oro,
capaz de mil ardides, malvado, enemigo y perseguidor de los fieles, y que en
su época la plata no importará, sino sólo el oro. Lo sé bien: mientras me
escucháis, vuestra mente no para de preguntarse si el que estoy describiendo
se parece al papa, al emperador, al rey de Francia o a cualquier otro, para
luego poder decir: ¡Es mi enemigo, yo estoy del lado bueno! Pero no soy tan
ingenuo como para indicaros un hombre; cuando llega el Anticristo, llega en
todos y para todos, y todos forman parte de él. Estará en las bandas de
salteadores que saquearán ciudades y comarcas; estará en signos repentinos
del cielo, donde de pronto surgirá n arco iris, cuernos y fuegos, al tiempo que
se oirán bramidos de voces y hervirá el mar. Está dicho que los hombres y las
bestias engendrarán dragones, pero con ello quería decirse que los corazones
concebirán odio y discordia. ¡No miréis a vuestro alrededor para ver si
descubrís las bestias de las miniaturas con que os deleitáis en los pergaminos!
Está dicho que las jóvenes esposas parirán niños capaces de hablar
perfectamente, y que esos niños anunciarán que los tiempos están maduros y
pedirán que se los mate. ¡Pero no busquéis en las aldeas de abajo! ¡Los niños
demasiado sabios ya han sido matados entre estos muros! Y, como los de las
profecías, tenían el aspecto de hombres ya canosos, y eran los hijos
cuadrúpedos de las profecías, y los espectros, y los embriones que deberían
profetizar en el vientre de las madres pronunciando encantamientos mágicos. Y
todo está escrito, ¿sabéis? Y está escrito que habrá gran agitación en los
estamentos sociales, en los pueblos, en las iglesias; que surgirán pastores
inicuos, perversos, llenos de desprecio, codiciosos, ávidos de placer,
hambrientos de ganancias, afectos a los discursos vanos, fanfarrones,
arrogantes, golosos, malvados, libidinosos, jactanciosos, enemigos del
evangelio, reacios a pasar por la puerta estrecha, dispuestos a despreciar una
y otra vez la palabra verdadera; y aborrecerán todo camino de piedad, no se
arrepentirán de sus pecados y así difundirán entre los pueblos la incredulidad,
el odio entre hermanos, la maldad, 1a crueldad, la envidia, la indiferencia, el
latrocinio, la ebriedad, la intemperancia, la lascivia, el placer carnal, la
fornicación v todos los demás vicios. Desaparecerán la aflicción, la humildad, el
amor a la paz, la pobreza, la compasión, el don del llanto... ¡Vamos! ¿Acaso no
os reconocéis, todos los aquí presentes, monjes de la abadía y poderosos que
habéis llegado de fuera?
Durante la pausa que siguió, se escuchó un crujido. Era el cardenal Bertrancio
que se agitaba en su asiento. En el fondo, pensé, Jorge se estaba
comportando como un gran predicador, y mientras fustigaba a sus hermanos
no dejaba de amonestar a los visitantes. Habría dado cualquier cosa por saber
qué pasaba en aquel momento por la cabeza de Bernardo, o de los rechonchos
aviñoneses.
-Y será entonces, o sea precisamente ahora -tronó Jorge- cuando el Anticristo,
que pretende imitar a Nuestro Señor, hará su blasfema parusia. En esa época
(o sea en ésta), todos los reinos se verán trastocados, quedarán sumidos en la
escasez y en la pobreza, y la penuria durará muchos meses, y habrá inviernos
de un rigor desconocido. Y los hijos de esa época (o sea de ésta) ya no
contarán con nadie que administre sus bienes y conserve los alimentos en sus
almacenes, y serán humillados en los mercados de compra y venta.
¡Bienaventucados los que entonces ya no vivan, o los que, sí viven, logren
sobrevivir! Llegará entonces el hijo de la perdición, el adversario que se gloria y
se hincha de orgullo, exhibiendo innumerables virtudes para engañar al mundo
entero, y para prevalecer sobre los justos. Siria se derrumbará y llorará por sus
hijos. Cilicia erguirá su cabeza hasta que aparezca el que está llamado a
juzgarla. La hija de Babilonia se levantará del trono de su esplendor para beber
del cáliz de la amargura. Capadocia, Licia y Licaonia doblarán el espinazo
porque multitudes enteras ser n destruidas en la corrupción de su iniquidad.
Por todas partes surgirán campamentos de bárbaros y carros de guerra para
ocupar las tierras. En Armenia, en el Ponto y en Bitinia los adolescentes
morirán por la espada, las niñas caerán en cautiverio, los hijos y las hijas
consumarán incestos; Pisidia, que tanto se enorgullece de su gloria, será
obligada a arrodillarse; la espada se descargará sobre Fenicia: Judea se
vestirá de luto y se preparará para el día de la perdición que merece por su
impureza. Por todas partes cundirá entonces el espanto y la desolación. E1
Anticristo arrasará occidente y destruirá las vías de comunicación. sus manos
empuñarán la espada v arrojarán fuego y todo lo quemará con la violencia de la
llama enfurecida: su fuerza ser la blasfemia, su mano el engaño; su derecha la
destrucción, su izquierda será portadora de tinieblas. Por estos rasgos se lo
reconocerá: ¡su cabeza será de fuego ardiente, su ojo derecho estará
inyectado en sangre, su ojo izquierdo será de un verde felino, y tendrá dos
pupilas, y sus párpados serán blancos, y, su labio inferior será grande, su
fémur ser débil, los pies grandes, el pulgar chato y alargado!
-Parece su propio retrato -comentó Guillermo con voz burlona y casi inaudible.
La frase era muy impía, pero se la agradecí, porque ya se me estaban
poniendo los pelos de punta. Apenas pude contener la risa hinchando los
carrillos v soltando luego el aire sin abrir los labios. En el silencio que siguió a
las últimas palabras del viejo, el ruido que hice se oyó clarísimo, pero por
suerte todos pensaron que era alguien que tosía, o lloraba, o temblaba
estremecido, y todos tenían razones para ello.
-Y en ese momento -estaba diciendo Jorge- todo se hundirá en la arbitrariedad,
los hijos levantarán la mano contra los padres, la mujer urdirá intrigas contra el
marido, el marido acusará a la mujer ante la justicia, los amos serán inhumanos
con los sirvientes y los sirvientes desobedecerán a los amos, ya no habrá
respeto por los ancianos, los adolescentes querrán mandar, todos pensarán
que el trabajo es un esfuerzo inútil, en todas partes se elevarán cánticos de
gloria a la licencia, al vicio, a la disoluta libertad de las costumbres. Y a
continuación vendrá una ola de estupros, adulterios, perjurios, pecados contra
natura, y enfermedades, vaticinios y encantamientos, y aparecerán en el cielo
cuerpos voladores, surgirán entre los cristianos falsos profetas, falsos
apóstoles, corruptores, impostores, brujos, violadores, avaros, perjuros y
falsificadores. Los pastores se convertirán en lobos, los sacerdotes mentirán,
los monjes desearán las cosas del mundo, los pobres no acudirán en ayuda de
los jefes, los poderosos no tendrán misericordia, los justos se volverán testigos
de la injusticia. Todas las ciudades serán sacudidas por terremotos, habrá
pestes en todas las comarcas, habrá tempestades de viento que levantarán
inmensas nubes de tierra, los campos quedarán contaminados, el mar
secretará humores negruzcos, se producirán prodigios desconocidos en la
luna, las estrellas se apartarán de su trayectoria normal, otras estrellas,
desconocidas, surcarán el cielo, en verano nevará y apretará el calor en
invierno. Y habrán llegado los tiempos del fin y el fin de los tiempos. . . EI
primer día a la hora tercia se elevará en el firmamento del cielo una voz grande
y potente, una nube purpúrea alcanzará desde septentrión, truenos y
relámpagos la seguirán, y caerá sobre la tierra una lluvia de sangre. EI
segundo día la tierra será arrancada de su sitio y el humo de un gran fuego
cruzará las puertas del cielo. E1 tercer día los abismos de la tierra retumbarán
desde los cuatro rincones del cosmos. Los pináculos del firmamento se abrirán,
el aire se llenará de pilastras de humo y habrá hedor a azufre hasta la hora
décima. El cuarto día al comienzo de la mañana el abismo se licuará y emitirá
truenos, y los edificios se derrumbarán. E1 quinto día a la hora sexta se
destruirán las potencias de luz y la rueda del sol, y habrá tinieblas en el mundo
hasta la noche, y las estrellas y la luna no cumplirán su misión. El sexto día a la
hora cuarta el firmamento se partir de oriente a occidente y los ángeles podrán
mirar hacia la tierra a través de la hendidura de los cielos y todos los que están
en la tierra podrán ver a los ángeles que mirarán desde el cielo. Entonces todos
los hombres se esconderán en las montañas para huir de la mirada de los
ángeles justos. Y el séptimo día llegará Cristo en la luz de su padre. Y entonces
se celebrará el juicio de los buenos y su asunción, en la eterna
buenaventuranza de los cuerpos y las almas. ¡Pero no meditaréis sobre esto
esta noche, orgullosos hermanos! ¡No serán los pecadores quienes vean e1
alba del octavo día, cuando una voz suave y melodiosa se eleve desde oriente
hasta el medio del cielo, y se manifieste el Angel que gobierna a todos los otros
ángeles santos, y todos los ángeles avancen con él, sentados en un carro de
nubes, corriendo llenos de júbilo por el aire, para liberar a los elegidos que han
creído, y todos juntos se regocijen porque se habrá consumado la destrucción
de este mundo. ¡No, no nos regocijaremos con orgullo esta noche! Pero sí
meditaremos sobre las palabras que pronunciará el Señor para alejar de su
lado a los que no hayan merecido la absolución: “¡Alejaos de mí, malditos,
desapareced en el fuego eterno que os han preparado el diablo y sus ministros!
¡Vosotros mismos os lo habéis merecido! ¡Gozad ahora de vuestro premio!
¡Alejaos de mí, bajad a las tinieblas exteriores y al fuego inextinguible! ¡Yo os
he dado forma, y vosotros habéis seguido a otro! ¡Os habéis hecho sirvientes
de otro amo, id a vivir con él en la oscuridad, con él, con la serpiente que no da
tregua, en medio del chirrido de los dientes! ¡Os di oídos para que escuchaseis
las escrituras, y escuchasteis las palabras de los paganos! ¡Os hice una boca
para que glorificaseis a Dios, y la usasteis para las falsedades de los poetas y
para los enigmas de los bufones! ¡Os di los ojos para que vieseis la luz de mis
preceptos, y los usasteis para escudriñar en las tinieblas! Soy un juez humano
pero justo. A cada uno daré‚ lo que se merece. Quisiera tener misericordia de
vosotros, pero no encuentro aceite en vuestros vasos. Estaría dispuesto a
apiadarme de vosotros, pero vuestras lámparas están veladas por el humo.
Alejaos de mí” Así hablará el Señor. Y entonces aquellos... y nosotros, quizá,
bajaremos al suplicio eterno. En nombre del Padre, del Hijo y, del Espíritu
Santo.
-¡Amén! -respondieron todos al unísono.
En fila, sin un susurro, los monjes se dirigieron a sus celdas. Sin deseo de
hacer comentario alguno, desaparecieron también los franciscanos y los
hombres del papa, en busca de aislamiento y reposo. Mi corazón estaba
dolorido.
-A la cama, Adso -me dijo Guillermo, mientras subía las escaleras del albergue
de los peregrinos-. No es una noche para quedarse dando vueltas. A Bernardo
Gui podría ocurrírsele la idea de anticipar el fin del mundo empezando por
nuestras carcasas. Mañana trataremos de asistir a maitines, porque, cuando
acabe el oficio, Michele y los otros franciscanos partirán.
-¿También se marchará Bernardo con sus prisioneros? -pregunté con un hilo
de voz.
-Seguramente. Aquí ya no tiene nada que hacer. Querrá llegar a Aviñón antes
que Michele, pero cuidando de que la llegada de este último coincida con el
proceso del cillerero, franciscano, hereje v asesino. La hoguera del cillerero
será la antorcha propiciatoria que alumbrará el primer encuentro de Michele
con el papa.
-¿Y qué le sucederá a Salvatore. . . y a la muchacha?
-Salvatore acompañará al cillerero, porque tendrá que ser testigo en su
proceso. Puede ser que a cambio de ese servicio Bernardo le perdone la vida.
Quizá lo deje huir y luego lo haga matar. También podría ser que lo dejara
realmente en libertad, porque alguien como Salvatore no interesa para nada a
alguien como Bernardo. Quizás acabe asesinando viajeros en algún bosque del
Languedoc. . .
-¿Y la muchacha?
-Ya te he dicho que es carne de hoguera. Pero la quemarán antes, por el
camino, para edificación de alguna aldea cátara de la costa. He oído decir que
Bernardo tendrá que encontrarse con su colega Jacques Fournier (recuerda
este nombre; por ahora quema albigenses, pero apunta más alto), y una
hermosa bruja sobre un montón de leña servirá muy bien para acrecentar el
prestigio y la fama de ambos. . .
-¿Pero no puede hacerse algo para salvarlos? -grité-. ¿No puede interceder el
Abad?
-¿Por quién? ¿Por el cillerero, que es un reo confeso? ¿Por un miserable como
Salvatore? ¿O acaso piensas en la muchacha?
-¿Y si as¡ fuese? -me atreví a responder-. En el fondo, es la única inocente de
los tres. Sabéis bien que no es una bruja. . .
-¿Y crees que después de lo que ha sucedido el Abad estaría dispuesto a
arriesgar el poco prestigio que le queda para salvar a una bruja?
-¡Asumió la resnonsabilidad de la fuga de Ubertino!
-Ubertino era uno de sus monjes, y no estaba acusado de nada. Además, qué
tonterías me estás diciendo: Ubertino era una persona importante. Bernardo
sólo hubiese podido atacarlo por la espalda.
-De modo que el cillerero tenía razón: ¡los simples siempre pagan por todos,
incluso por quienes hablan a favor de ellos, incluso por personas como
Ubertino y Michele, que con sus prédicas de penitencia los han incitado a la
rebelión!
Estaba desesperado; ni siquiera se tenía en cuenta que la muchacha no era
una hereje de los fraticelli, seducida por la mística de Ubertino. Era una
campesina, y pagaba por algo que no tenía nada que ver con ella.
-Así es -me respondió tristemente Guillermo-. Y si lo que estás buscando es
una esperanza de justicia, te diré que algún día, para hacer las paces, los
perros grandes, el papa y el emperador, pasarán por encima del cuerpo de los
perros más pequeños que han estado peleándose en su nombre. Y entonces
Michele o Ubertino recibirán el mismo trato que hoy recibe tu muchacha.
Ahora sé que Guillermo estaba profetizando, o sea razonando sobre la base de
principios de filosofía natural. Pero en aquel momento ni sus profecías ni sus
razonamientos me brindaron el menor consuelo. Lo único cierto era que la
muchacha sería quemada. Y yo me sentía en parte responsable de su suerte,
porque de algún modo en la hoguera expiaría también el pecado que yo había
cometido con ella.
Sin ningún pudor estallé en sollozos, y corrí a refugiarme en mi celda. Pasé
toda la noche mordiendo el jergón y gimiendo impotente, porque ni siquiera me
estaba permitido lamentarme -como había leído en las novelas de caballería
que compartía con mis compañeros de Melk- invocando el nombre de la
amada.
Del único amor terrenal de mi vida no sabía, ni supe jamás, el nombre
Sexto día
Sexto día
MAITINES
Donde los príncipes sederunt, y Malaquías se desploma
Bajamos para ir a maitines. Aquella última parte de la noche, ya casi la primera
del nuevo día, era aún neblinosa. Mientras atravesábamos el claustro, la
humedad se me metía hasta los huesos, molidos por la mala noche que
acababa de pasar. Aunque la iglesia estuviese fría , lancé un suspiro de alivio
cuando pude arrodillarme bajo sus bóvedas, al abrigo de los elementos,
reconfortado por el calor de los otros cuerpos y de la oración.
A poco de empezar el canto de los salmos, Guillermo me señaló un sitio vacío
en los asientos que había frente a nosotros entre el sitio de Jorge y el de
Pacifico da Tivoli. Era el asiento de Malaquías. En efecto, éste siempre se
sentaba junto al ciego. No éramos los únicos que habíamos advertido su
ausencia. De una parte, sorprendí la mirada inq uieta del Abad que ya sabía
muy bien qué sombrías noticias anunciaban aquellas ausencias. Y de otra
parte percibí una extraña agitación en el viejo Jorge. La oscuridad casi no
dejaba ver su rostro, tan indescifrable por lo común debido a los ojos blancos
privados de luz, pero sus manos estaban nerviosas e inquietas. En efecto,
varias veces tanteó a su lado, comopara controlar si el sitio seguia vacío. A
intervalos regulares repetía este ademán, como si esperase que el ausente
reapareciera en cualquier momento, pero al mismo tiempo temiese que ya no
volviera a aparecer.
-¿Dónde estará el bibliotecario? -pregunté a Guillermo en un susurro.
-Ahora -respondió Guillermo-, Malaquías es el único que tiene acceso al libro.
Si no es el culpable de los crímenes, quizás ignore los peligros que ese libro
encierra...
Era todo lo que podía decirse por el momento. Sólo quedaba esperar. Y
esperamos: nosotros; el Abad, cuya vista seguía clavada en la silla vacía; y
Jorge, que no dejaba de interrogar la sombra con las mano s.
Cuando acabó el oficio, el Abad recordó a los monjes y a los novicios que
debían prepararse para la gran misa de Navidad, y que, como era habitual, el
tiempo que faltaba hasta laudes se dedicaría a probar el ajuste de la
comunidad en la ejecución de algunos de los cantos previstos para dicha
ocasión. En efecto, aquella escuadra de hombres devotos estaba armonizada
como un solo cuerpo y una sola voz, y a través de los años había llegado a
reconocerse unida en el canto, como una sola alma.
El Abad invitó a entonar el Sederunt:
Sederunt principes
et adversus me
loquebantur, iniqui.
Persecuti sunt me.
Adjuva me, Domine,
Deus meus salvum me
fac propter magnam
misericordiam tuam.
Me pregunté si el Abad no habría decidido que se cantara aquel gradual
precisamente aquella noche, en que aún asistían al oficio los enviados de los
príncipes, para recordar que desde hacía siglos nuestra orden estaba
preparada para hacer frente a la persecución de los poderosos apoyándose en
su relación privilegiada con el Señor, Dios de los ejércitos. Y en verdad el
comienzo del canto produjo una impresión de inmenso poder.
Con la primera sílaba, se, comenzó un lento y solemne coro de decenas y
decenas de voces, cuyo sonido grave inundó las naves y aleteó por encima de
nuestras cabezas, aunque al mismo tiempo pareciese surgir del centro de la
tierra. Y mientras otras voces empezaban a tejer, sobre aquella línea profunda
y continua, una serie de solfeos y melismas, aquel sonido telúrico no se
interrumpió: siguió dominando y se mantuvo durante el tiempo que necesita un
recitante de voz lenta y cadenciosa para repetir doce veces el Ave Maria. Y
como liberadas de todo temor, por la confianza que aquella sílaba obstinada,
alegoría de la duración eterna, infundía a los orantes, las otras voces (sobre
todo las de los novicios), apoyándose en aquella pétrea e inconmovible base,
erigían cúspides, columnas y pináculos de neumas licuescentes que
sobresalían unos por encima de los otros. Y mientras mi corazón se pasmaba
de deleite por la vibraci ón de un climacus o de un porrectus, de un torculus o
de un salicus, aquellas voces parecían estar diciéndome que el alma (la de los
orantes, y la mía, que los escuchaba), incapaz de soportar la exuberancia del
sentimiento, se desgarraba a través de ellos para expresar la alegría, el dolor,
la alabanza y el amor, en un arrebato de suavísimas sonoridades. Mientras
tanto, el obstinado empecinamiento de las voces atónicas no cejaba, como si la
presencia amenazadora de los enemigos, de los poderosos que perseguían al
pueblo del Señor, no acabara de disiparse. Hasta que, por último, aquel
neptúnico tumulto de una sola nota pareció vencido, o al menos convencido, y
atrapado, por el júbilo aleluyático que lo enfrentaba, y -se resolvió en un acorde
majestuoso y perfecto, en un neuma supino.
Una vez pronunciado, con lentitud casi torpe, el «sederunt», se elevó por el aire
el «principes», en medio de una ,calma inmensa y seráfica. Ya no seguí
preguntándome quiénes eran los poderosos que hablaban contra mí (contra
nosotros): había desaparecido, se había disuelto, la sombra de aquel fantasma
sentado y amenazador.
Y también otros fantasmas, creí entonces, se disolvieron ,en aquel momento,
porque cuando mi atención, que había estado concentrada en el canto, volvió a
dirigirse al asiento de Malaquías, percibí la figura del bibliotecario entre las de
los otros orantes, como si nunca hubiese faltado de su sitio. Miré a Guillermo y
me pareció reconocer una expresión de alivio en sus ojos, la misma que de
lejos vi pintada en los del Abad. En cuanto a Jorge, había alargado otra vez las
manos y al encontrar el cuerpo de su vecino se había apresurado a retirarlas.
Pero en su caso no me atrevería a decir qué sentimientos lo agitaban.
Ahora el coro estaba entonando festivamente el «adjuva me», cuya clara a se
expandía gozosa por la iglesia, sin que ni siquiera la u resultase sombría como
la de «sederunt», porque estaba llena de fuerza y santidad. Los monjes y los
novicios cantaban, según dicta la regla del canto, con el cuerpo erguido,, la
garganta libre, la cabeza dirigida hacia lo alto y el libro casi a la altura de los
hombros, para poder leer sin necesidad de bajar la cabeza y sin mermar la
fuerza con que el aire sale del pecho. Pero aún era de noche y, a pesar de que
resonasen las trompetas del júbilo, el velo del sueño se cernía sobre muchos
de los cantantes, quienes, perdiéndose tal vez en la emisión de una nota
prolongada, dejándose llevar por la onda misma del canto, reclinaban a veces
la cabeza, tentados por la somnolencia. Entonces los vigilantes, que tampoco
estaban a salvo de ese peligro, exploraban uno a uno los rostros de los monjes,
para hacerlos regresar, precisamente, a la vigilia, tanto del cuerpo como del
alma.
Fue, pues, un vigilante quien primero vio a Malaquías bamboleándose de un
modo extraño, oscilando como si de golpe hubiese vuelto a hundirse en el
oscuro abismo de un sueño que probablemente había postergado durante toda
la noche. Acercó la lámpara a su rostro, y al iluminarlo atrajo mi atención. El
bibliotecario no reaccionó. Entonces el vigilante lo tocó, y su cuerpo cayó
pesadamente hacia adelante. El vigilante apenas alcanzó a evitar que se
precipitase al suelo.
El canto se hizo más lento las voces se extinguieron, se produjo un breve
alboroto. Guillermo había saltado en seguida de su asiento para precipitarse
hacia el sitio donde ya Pacifico da Tivoli y el vigilante estaban acostando a
Malaquías, que yacía exánime.
Llegamos casi al mismo tiempo que el Abad, y a la luz de la lámpara vimos el
rostro del infeliz. Ya he descrito el aspecto de Malaquías, pero aquella noche,
iluminado por aquella lámpara, era la imagen misma de la muerte. La nariz
afilada, los ojos hundidos, las sienes cóncavas, las orejas blancas y contraídas,
con los lóbulos vueltos hacia fuera, la piel del rostro ya rígida, tensa y seca, el
color de las mejillas amarillento y con sombras oscuras. Los ojos aún estaban
abiertos, y la respiración se abría paso con dificultad a través de los labios
resecos. Inclinado detrás de Guillermo, que estaba arrodillado sobre él, vi que
abría la boca y una lengua ya negruzca se agitaba en el cerco de los dientes.
Guillermo rodeó sus hombros con un brazo para levantarlo, y con la mano
enjugó el lívido velo de sudor que cubría su frente, Malaquías sintió un toque,
una presencia, y miró fijo hacia adelante, seguramente sin ver, sin reconocer al
que estaba frente a él. Alzó una mano temblorosa, aferró a Guillermo del
pecho, acercó su rostro hasta casi tocar el suyo, y luego con voz débil y ronca
profirió algunas palabras:
-Me lo había dicho... era verdad... tenía el poder de mil escorpiones...
-¿Quién te lo había dicho? -le preguntó Guillermo-. ¿Quién?
Malaquías intentó hablar de nuevo. Después, un gran temblor lo sacudió y su
cabeza cayó hacia atrás. El rostro perdió todo color, toda apariencia de vida.
Estaba muerto.
Guillermo se puso de pie. Vio al Abad junto a él, y no le dijo nada. Después
divisó, detrás del Abad, a Bernardo Gui.
-Señor Bernardo -preguntó Guillermo-, ¿quién ha matado a éste? Vos lo
sabréis, puesto que tan bien habéis encontrado y custodiado a los asesinos.
-No me lo preguntéis a mí -dijo Bernardo-. Nunca dije que hubiera entregado a
la justicia a todos los malvados que merodean por esta abadía. Lo hubiese
hecho con gusto, de haber podido. -Miró a Guillermo-. Pero a los otros los dejo
ahora en las manos severas... o excesivamente indulgentes del señor Abad -
dijo, mientras el Abad palidecía sin emitir palabra. Y se alejó.
En aquel momento escuchamos como un piar, un sollozo rauco. Era Jorge
inclinado en su reclinatorio, sostenido por un monje que debía de haberle
descrito lo sucedido
-Nunca acabará... --dijo con voz quebrada-. ¡Oh, Señor perdónanos a todos!
Guillermo volvió a inclinarse sobre el cadáver. Lo cogió de las muñecas y volvió
la palma de las manos hacia la luz. Las yemas de los tres primeros dedos de la
mano derecha
estaban manchadas de negro.
Sexto día
LAUDES
Donde se elige un nuevo cillerero Pero no un nuevo bibliotecario,
¿Era ya la hora de laudes? ¿Era antes o después? A partir de aquel momento
perdí la noción del tiempo. Quizá pasaron horas, quizá no tanto, mientras en la
iglesia acostaban el cuerpo de Malaquías sobre un catafalco, y sus hermanos
se disponían como un abanico a su alrededor. El Abad daba órdenes para las
exequias que pronto se celebrarían. Oí que llamaba a Bencio y a Nicola da
Morimondo. En menos de un día, dijo, la abadía se había visto privada del
bibliotecario y del cillerero.
-Tú -le dijo a Nicola-, asumirás las funciones de Remigio. Conoces la mayoría
de los trabajos que se realizan en el monasterio. Haz que alguien te remplace
en la herreria, y ocúpate de las necesidades inmediatas para hoy, en la cocina
y en el refectorio. Quedas dispensado de asistir a los oficios. Ve. -Y luego le
dijo a Bencio- Justo ayer a la tarde fuiste nombrado ayudante de Malaquías.
Encárgate de la apertura del scriptoritun y vigila que nadie suba solo a la
biblioteca.
Bencio observó tímidamente que aún no había sido iniciado en los secretos de
aquel lugar. El Abad le dirigió una mirada severa:
-Nadie ha dicho que lo serás. Vigila que el trabajo no se interrumpa y que sea
considerado como una plegaria por los hermanos que han muerto... y por los
que aún morirán. Que cada cual trabaje con los libros que ya se le hayan
facilitado. Quien lo desee puede consultar el catálogo. Sólo eso. Quedas
dispensado de asistir a vísperas porque a esa hora lo cerrarás todo.
-¿Y cómo saldré? -preguntó Bencio.
-Tienes razón. Después de la cena, cerraré yo las puertas de abajo. Ahora ve
al scriptorium.
Salió con ellos, evitando a Guillermo que quería hablarle. En el coro quedaba
un pequeño grupo de monjes: Alinardo, Pacifico da Tivoli, Aymaro
d'Alessandria y Pietro da Sant' Albano. Aymaro tenía una expresión sarcástica.
-Demos gracias al Señor -dijo-. Muerto el alemán, corríamos el riesgo de que
nombraran un bibliotecario todavía más bárbaro.
-¿Quién pensáis que será su reemplazante? -preguntó Guillermo.
Pietro da Sant'Albano sonrió de modo enigmático:
-Después de todo lo que ha sucedido en estos días, el problema ya no es el
bibliotecario, sino el Abad...
-Calla -le dijo Pacifico.
Y Alinardo, siempre con su mirada perdida:
-Cometerán otra injusticia... como en mi época. Hay que detenerlos.
-¿Quiénes? -preguntóGuillermo.
Pacifico lo cogió con confianza por el brazo y se lo llevó lejos del anciano, hacia
la puerta.
-Alinardo... ya sabes, lo queremos mucho, para nosotros representa la antigua
tradición, la mejor época de la abadía... Pero a veces habla sin saber lo que
dice. Todos estamos preocupados por el nuevo bibliotecario. Deberá ser digno,
maduro, sabio... Eso es todo.
-¿Deberá saber griego? -preguntó Guillermo.
-Y árabe, así lo quiere la tradición, así lo exige su oficio. Pero entre nosotros
hay muchos con esas cualidades. Yo, humildemente, y Pietro, y Aymaro...
-Bencio sabe griego.
-Bencio es demasiado joven. No sé por qué Malaquías lo escogió ayer para
que fuese su ayudante, pero...
-¿Adelmo sabía griego?
-Creo que no. No, seguro que no.
-Pero Venancio sí. Y Berengario. Está bien. Muchas gracias.
Salimos para ir a tomar algo en la cocina.
-¿Por qué queríais averiguar quién sabía griego? -pregunté.
-Porque todos los que mueren con los dedos negros saben griego. De modo
que lo más probable es que el próximo cadáver sea el de alguno de ellos.
Incluido yo. Tú estás a salvo.
-¿Y qué pensáis de las últimas palabras de Malaquías?
-Ya las has oído. Los escorpiones. La quinta trompeta anuncia la aparición de
las langostas, que atormentarán a los hombres con un aguijón como el de los
escorpiones, ya lo sabes. Y Malaquías nos dijo que alguien se lo había
anunciado.
-La sexta trompeta -dije anuncia caballos con cabeza de león de cuya boca
sale humo, fuego y azufre, y, sobre ellos, unos hombres cubiertos con corazas
color de fuego, de jacinto y de azufre.
-Demasiadas cosas. Pero el próximo crimen podría producirse cerca de las
caballerizas. Habrá que vigilarlas. Y preparémonos para el séptimo toque de
trompeta. 0 sea que faltan dos personas. ¿Cuáles son los candidatos más
probables? Si el objetivo es el secreto del finis Africae, quienes lo conocen. Y
por lo que sé, sólo el Abad... está al corriente. A menos que la trama sea otra.
Ya lo acabas de oír: existe una confabulación para deponer al Abad, pero
Alinardo ha hablado en plural.
-Habrá que prevenir al Abad -dije.
-¿De qué? ¿De que lo matarán? No tengo pruebas convincentes. Procedo
como si el asesino razonase igual que yo. Pero ¿y si siguiese otro plan? Y,
sobre todo, ¿si no hubiese un asesino?
-¿Qué queréis decir?
-No lo sé exactamente. Pero ya te he dicho que con imaginar todos los órdenes
posibles, y todos los desórdenes.
Sexto día
PRIMA
Donde Nicola cuenta muchas cosas, mientras se visita la cripta del tesoro.
Nicola da Morimondo, en su nueva calidad de cillerero, estaba dando órdenes a
los cocineros, y éstos le estaban dando a él informaciones sobre las
costumbres de la cocina. Guillermo quería hablarle, pero nos pidió que
esperásemos unos minutos. Dijo que después tendría que bajar a la cripta del
tesoro para vigilar el trabajo de limpieza de los relicarios, que aún era de su
competencia, y allí dispondría de más tiempo para conversar.
En efecto, poco después nos invitó a seguirlo. Entró en la iglesia, pasó por
detrás del altar mayor (mientras los monjes estaban disponiendo un catafalco
en la nave, para velar los despojos mortales de Malaquías) y nos hizo bajar por
una escalerilla, al cabo de la cual nos encontramos en una sala de bóvedas
muy bajas sostenidas por gruesas pilastras de piedra sin tallar. Estábamos en
la cripta donde se guardaban las riquezas de la abadía; el Abad estaba muy
orgulloso de ese tesoro, que sólo se abría en circunstancias excepcionales y
para huéspedes muy importantes.
Alrededor se veían relicarios de diferentes tamaños, dentro de los cuales las
luces de las antorchas (encendidas por dos ayudantes de confianza de Nicola)
hacían resplandecer objetos de belleza prodigiosa. Paramentos dorados,
coronas de oro cuajadas de piedras preciosas, cofrecillos de diferentes
metales, historiados con figuras, damasquinados, marfiles. Nicola nos mostró
extasiado un evangeliario cuya encuadernación ostentaba admirables placas
de esmalte que componían una abigarrada unidad de compartimientos
regulares, divididos por filigranas de oro y fijados mediante piedras preciosas
que hacían las veces de clavos. Nos señaló un delicado tabernáculo con dos
columnas de lapislazuli y oro que enmarcaban un descendimiento al sepulcro
realizado en fino bajorrelieve de plata y dominado por una cruz de oro cuajada
con trece diamantes sobre un fondo de ónix entreverado, mientras que el
pequeño frontón estaba cimbrado con ágatas y rubíes. Después vi un díptico
criselefantino, dividido en cinco partes, con cinco escenas de la vida de Cristo,
y en el centro un cordero místico hecho de alvéolos de plata dorada y pasta de
vidrio, única imagen policroma sobre un fondo de cérea blancura.
Mientras nos mostraba aquellas cosas, el rostro y los gestos de Nicola
resplandecían de orgullo. Guillermo elogió lo que acababa de ver, y después
preguntó a Nicola qué clase de persona había sido Malaquías.
-Extraña pregunta -dijo Nicola-, también tú lo conocías.
-Sí, pero no lo suficiente. Nunca comprendí qué tipo de pensamientos ocultaba.
. . ni. . . -vaciló en emitir un juicio sobre alguien que acababa de morir-. . .si los
tenía.
Nicola se humedeció un dedo, lo pasó sobre una superficie de cristal cuya
limpieza no era perfecta, y respondió sonriendo ligeramente y evitando la
mirada de Guillermo:
-Ya ves que no necesitas preguntar. . . Es cierto, muchos consideraban que,
tras su apariencia reflexiva, Malaquías era un hombre muy simple. Según
Alinardo, era un tonto.
-Alinardo todavía abriga rencor contra alguien por un acontecimiento que
sucedió hace mucho tiempo, cuando le fue negada la dignidad de bibliotecario.
-También yo he oído hablar de esto, pero es una historia vieja, se remonta al
menos a hace cincuenta años. Cuando llegué al monasterio, el bibliotecario era
Roberto da Bobbio, y los viejos murmuraban acerca de una injusticia cometida
contra Alinardo. En aquel momento no quise profundizar en el tema porque me
pareció que era una falta de respeto hacia los más ancianos y no quería hacer
caso de las murmuraciones. Roberto tenía un ayudante que luego murió, y su
puesto pasó a Malaquías, que aún era muy joven. Muchos dijeron que no tenía
mérito alguno, que decía saber el griego y el árabe, y que no era cierto, que no
era más que un buen repetidor que copiaba con bella caligrafía los manuscritos
escritos en esas lenguas, pero sin comprender lo que copiaba. Se decía que un
bibliotecario tenía que ser mucho más culto. Alinardo, que por aquel entonces
aún era un hombre lleno de fuerza, dijo cosas durísimas sobre aquel
nombramiento. E insinuó que Malaquías había sido designado en aquel puesto
para hacerle el juego a su enemigo. Pero no comprendí de quién hablaba. Eso
es todo. Siempre se ha murmurado que Malaquías defendía la biblioteca como
un perro de guardia, pero sin saber bien qué estaba custodiando. Por otra
parte, también se murmuró mucho contra Berengario, cuando Malaquías lo
escogió como ayudante. Se decía que tampoco él era más hábil que su
maestro, y que sólo era un intrigante. También se dijo. .
pero ya habrás escuchado esas murmuraciones. . . que existía una extraña
relación entre Malaquías y él. . . Cosas viejas. También sabes que se murmuró
sobre Berengario y Adelmo, y los copistas jóvenes decían que Malaquías sufría
en silencio unos celos atroces. . . Y también se murmuraba sobre las relaciones
entre Malaquías y Jorge. No, no en el sentido que podrías imaginar. . . ¡Nadie
ha murmurado jamás sobre la virtud de Jorge! Pero la tradición quiere que el
bibliotecario se confiese con el Abad, mientras que todos los demás lo hacen
con Jorge (o con Alinardo, pero el anciano ya está casi demente). . . Pues bien,
se decía que, a pesar de eso, Malaquías andaba siempre en conciliábulos con
Jorge, como si el Abad dirigiese su alma, pero Jorge gobernara su cuerpo, sus
ademanes, su trabajo. Por otra parte, ya sabes, es probable que lo hayas
observado: cuando alguien quería alguna indicación sobre un libro antiguo y
olvidado, no se dirigía a Malaquías, sino a Jorge. Malaquías custodiaba el
catálogo y subía a la biblioteca, pero Jorge conocía el significado de cada
título...
-¿Por qué sabía Jorge tantas cosas sobre la biblioteca?
-Era el más anciano, después de Alinardo. Está en la abadía desde la época de
su juventud. Debe de tener más de ochenta años. Se dice que está ciego al
menos desde hace cuarenta años, y quizá más. . .
-¿Cómo hizo para a cumular tanto saber antes de volverse ciego?
-¡Oh, hay leyendas sobre él! Parece que ya de niño fue tocado por la gracia
divina, y allá en Castilla leyó los libros de los árabes y de los doctores griegos,
cuando aún no había llegado a la pubertad. Y además, después de haberse
vuelto ciego, e incluso ahora, se sienta durante largas horas en la biblioteca y
se hace recitar el catálogo, pide que le traigan libros y un novicio se los lee en
voz alta durante horas y horas. Lo recuerda todo, no es un desmemoriado
como Alinardo. Pero, ¿por qué me estás haciendo todas estas preguntas?
-¿Ahora que Malaqu¡as y Berengario han muerto, quién más conoce los
secretos de la biblioteca?
-E1 Abad, y él será quien se los transmita a Bencio... Suponiendo que quiera. .
-¿Por qué suponiendo que quiera?
-Porque Bencio es joven. Fue nombrado ayudante cuando Malaquías todavía
estaba vivo. Una cosa es ser ayudante del bibliotecario y otra bibliotecario.
Según la tradición, el bibliotecario ocupa después el cargo de Abad. . .
-¡Ah, es así!... Por eso el cargo de bibliotecario es tan ambicionado. Pero
entonces, ¿Abbone ha sido bibliotecario?
-No, Abbone no. Su nombramiento se produjo antes de que yo llegara, hace
unos treinta años. Antes, el abad era Paolo da Rimini, un hombre curioso, del
que se cuentan extrañas historias. Parece que fue un lector insaciable, conocía
de memoria todos los libros de la biblioteca, pero tenía una extraña debilidad:
era incapaz de escribir, lo llamaban Abbas agraphicus... Cuando lo nombraron
abad era muy joven, se decía que contaba con el apoyo de Algirdas de Cluny,
el Doctor Quadratus... Pero son viejos cotilleos de los monjes. En suma, Paolo
fue nombrado abad, y Roberto da Bobbio ocup¢ su puesto en la biblioteca.
Pero su salud estaba mi nada por un mal incurable, se sabía que no podría regir
los destinos del monasterio, y cuando Paolo da Rimini desapareció. .
-¿Murió?
-No, desapareció. No sé cómo, un día partió de viaje y nunca regresó. Quizá lo
mataron los ladrones durante el viaje... En suma, cuando Paolo desapareció,
Roberto no pudo reemplazarlo, y hubo oscuras maquinaciones. Abbone, según
dicen, era hijo natural del señor de esta comarca. Había crecido en la abadia
de Fossanova. Se decía que siendo muy jóven había asistido a Santo Tomás
cuando éste murió en aquel monasterio, y que se había cuidado del descenso
de ese gran cuerpo desde una torre por cuya escalera no hab¡an logrado
hacerlo pasar... Las malas lenguas de aquí decían que aquél era su mayor
mérito... El hecho es que lo eligieron abad, a pesar de no haber sido
bibliotecario, y alguien, creo que Roberto, lo inició en los misterios de la
biblioteca.
-¿Y Roberto por qué fue elegido?
-No lo sé. Siempre he tratado de no hurgar dernasiado en estas cosas:
nuestras abadías son lugares santos, pero a veces se tejen tramas horribles
alrededor de la dignidad abacial. A mí me interesaban mis vidrios y mis
relicarios, y no quería verme mezclado en esas historias. Pero ahora
comprenderás por qué no sé si el Abad querrá iniciar a Bencio: sería como
designarlo sucesor suyo... Un muchacho imprudente, un gramático casi
bárbaro, del extremo norte, cómo podría entender este país, esta abadía, y sus
relaciones con los señores del lugar. . .
-Tampoco Malaquías era italiano, ni Berengario. Sin embargo, se les confió la
custodia de la biblioteca.
-Es un hecho oscuro. Los monjes murmuran que desde hace medio siglo la
abadía ha abandonado sus tradiciones. . . Por eso, hace más de cincuenta
años, o tal vez antes, Alinardo aspiraba a la dignidad de bibliotecario. E1
bibliotecario siempre había sido italiano, pues en esta tierra no faltan los
grandes ingenios. Y, además, ya ves. . . -y aquí Nicola vaciló, como si no
quisiese decir lo que estaba por decir-. . .ya ves, Malaquías y Berengario han
muerto, quizá, para que no llegaran a ser abades.
Tuvo un estremecimiento, se pasó la mano por delante de la cara como para
espantar ciertas ideas no del todo honestas, y luego se santiguó.
-Pero, ¿qué estoy diciendo? Mira, en este país hace muchos años que suceden
cosas vergonzosas, incluso en los monasterios, en la corte papal, en las
iglesias. . . Luchas por la conquista del poder, acusaciones de herejía para
apoderarse de alguna prebenda ajena. . . Qué feo es todo esto. Estoy
perdiendo la confianza en el género humano. Por todas partes veo
maquinaciones y conjuras palaciegas. A esto se ha reducido también esta
abadía, a un nido de víboras, surgido por arte de mala magia en lo que antes
era un relicario destinado a guardar miembros santos. ¡Mira el pasado de este
monasterio!
Nos señalaba los tesoros esparcidos a nuestro alrededor, y dejando de lado
cruces y otros objetos sagrados, nos llevó a ver los relicarios que constituían la
gloria de aquel lugar.
-¡Mirad --decía-, ésta es la punta de la lanza que atravesó el flanco del
Salvador!
Era una caja de oro, con tapa de cristal, donde, sobre un cojincillo de púrpura,
yacía un trozo de hierro de forma triangular, antes corroído por la herrumbre,
pero ahora reluciente gracias a un paciente tratamiento con aceites y ceras. Y
aquello no era nada: en otra caja, de plata cuajada de
amatistas, cuya pared anterior era transparente, vi un trozo del venerable
madero de la santa cruz, que había llevado a la abadía la propia reina Elena,
madre del emperador Constantino, después de su peregrinación a los santos
lugares, donde había exhumado la colina del Gólgota y el santo sepulcro, para
después construir en aquel sitio una catedral.
Nicola siguió mostrándonos otras cosas, tantas y tan singulares que ahora no
podría describirlas. En un relicario, todo de aguamarinas, había un clavo de la
cruz. En un frasco, sobre un lecho de pequeñas rosas marchitas, había un
trozo de la corona de espinas, y en otra caja, también sobre una capa de flores
secas, un jirón amarillento del mantel de la última cena. Pero también estaba la
bolsa de San Mateo, en malla de plata; y, en un cilindro, atado con una cinta
violeta roída por el tiempo y estampada en oro, un hueso del brazo de Santa
Ana. Y, maravilla de maravillas, vi, debajo de una campana de vidrio y sobre un
cojín rojo bordado de perlas, un trozo del pesebre de Belén, y un
palmo de la túnica purpúrea de San Juan Evangelista, dos de las cadenas que
apretaron los tobillos del apostol Pedro en Roma, el cráneo de San Adalberto,
la espada de San Esteban, una tibia de Santa Margarita, un dedo de San Vital,
una costilla de Santa Sofía, la barbilla de San Eobán, la parte superior del
omóplato de San Crisóstomo, el anillo de compromiso de San José, un diente
del Bautista, la vara de Moisés, un trozo de encaje, roto y diminuto, del traje de
novia de la Virgen María.
Y otras cosas que no eran reliquias pero que también eran testimonio de
prodigios y de seres prodigiosos de tierras lejanas, y que habían Ilegado a la
abadía traídas por monjes que habían viajado hasta los más remotos confines
del mundo: un basilisco y una hidra embalsamados; un cuerno de unicornio, un
huevo que un eremita había encontrado dentro de otro huevo, un trozo del
maná con que se alimentaron los hebreos en el desierto, un diente de ballena,
una nuez de coco, el húmero de una bestia antediluviana, el colmillo de marfil
de un elefante, la costilla de un delfín. Y además otras reliquias que no
reconocí, quiza no tan preciosas como sus relicarios. Algunas de ellas (a juzgar
por las cajas en que estaban depositadas, hechas de plata, ya ennegrecida)
antiquísimas: una serie infinita de fragmentos de huesos, de tela, de madera,
de metal y de vidrio. Y frascos con polvos oscuros, uno de los cuales, según
supe, contenía los restos quemados de la ciudad de Sodoma, y otro cal de las
murallas de Jericó. Todas cosas, incluso las más humildes, por las que un
emperador habría entregado más de un feudo, y que constituían una reserva
no sólo de inmenso prestigio, sino también de ve rdadera riqueza material para
la abadía de cuya hospitalidad estábamos gozando.
Seguí dando vueltas sin salir de mi asombro, mientras Nicola dejaba de
explicarnos la naturaleza de aquellos objetos (que, por lo demás, Ilevaban cada
uno una tarjeta con una inscripción aclaratoria), libre ya de vagabundear casi a
mi antojo por aquella reserva de maravillas inestimables, admirándolas a veces
a plena luz y a veces entreviéndolas en la penumbra, cuando los acólitos de
Nicola se desplazaban con sus antorchas hacia otra parte de la cripta. Estaba
fascinado por aquellos cartílagos amarillentos, místicos y repugnantes al mismo
tiernpo, transparentes y misteriosos, por aquellos jirones de vestiduras de
épocas inmemoriales, descoloridos, deshilachados, a veces enrollados dentro
de un frasco como un manuscrito descolorido, por aquellas materias
desmenuzadas que se confundían con el paño que les servía de lecho, detritos
santos de una vida que había sido animal (y racional) y que ahora, apresados
dentro de edificios de cristal o de metal que en sus minúsculas dimensiones
imitaban la audacia de las catedrales de piedra, con sus torres y agujas,
parecían haberse transformado también ellos en sustancia mineral. ¿De modo
que así era como los cuerpos de los santos esperan sepul tos la resurrección de
la carne?¿þCon aquellas esquirlas se reconstruirían los organismos que, como
escribía Piperno, en el fulgor de la visión divina serían capaces
de percibir hasta las más mínimas differentias odorum?
De esas meditaciones me arrancó de pronto Guillermo con un leve golpe en el
hombro:
-Me marcho. Subo al scriptorium, todavía debo consultar algo allí.
-No podréis pedir libros -dije-. Bencio tiene órdenes. . .
-Sólo debo examinar los libros que estaba leyendo el otro día, y aún están
todos en el scriptorium, en la mesa de Venancio. Si lo deseas, puedes
quedarte. Esta cripta es un bello epítome de los debates sobre la pobreza que
has presenciado en estos días. Y ahora ya sabes por qué se degüellan tus
hermanos cuando está en juego el acceso a la dignidad
abacial.
-Pero ¿pensáis que es cierto lo que ha insinuado Nicola? ¿Creéis que los
crímenes tienen que ver con una lucha por la investidura?
-Ya te he dicho que por ahora no quiero arriesgar hipótesis en voz alta. Pero
me voy a seguir otra pista. O quizá la misma, pero por otro extremo. Y tú no te
deslumbres demasiado con estos relicarios. Fragmentos de la cruz he visto
muchos, en otras iglesias. Si todos fuesen auténticos, Nuestro Señor no habría
sido crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque.
-¡Maestro! -exclamé escandalizado.
-Es cierto, Adso. Y hay tesoros aún más ricos. Hace tiempo, en la catedral de
Colonia, vi el cráneo de Juan Bautista cuando tenía doce años.
-¿De verdad? -exclamé admirado. Pero añadí, presa de la duda-. ¡Pero si el
Bautista murió asesinado a una edad más avanzada!
Yo no sabía nunca cuándo estaba bromeando. En mi tierra, cuando se bromea,
se dice algo y después se ríe ruidosamente, para que todos participen de la
broma. Guillermo, en cambio, sólo reía cuando decía cosas serias, y se
mantenía serísimo cuando se suponía que estaba bromeando.
Sexto día
TERCIA
Donde, mientras escucha el Dies irae, Adso tiene un sueño o visión, según se
prefiera.
Guillermo se despidió de Nicola y subió para ir al scriptorium. Por mi parte, ya
había visto suficiente, de modo que también decidí subir y quedarme en la
iglesia para rezar por el alma de Malaquías. Nunca había querido a aquel
hombre, que me daba miedo, y no he de ocultar que durante mucho ti empo
había creído que era el culpable de todos los crímenes. Ahora comprendía que
quizá sólo había sido un pobre hombre, oprimido por unas pasiones
insatisfechas, vaso de loza entre vasos de hierro, malhumorado por
desorientación, silencioso y evasivo por conciencia de no tener nada que decir.
Sentía cierto remordimiento por haberme equivocado y pensé que rezando por
su destino sobrenatural podría aplacar mi sentimiento de culpa.
Ahora la iglesia estaba iluminada por un resplandor tenue y lívido, dominada
por los despojos del infeliz, habitada por el susurro uniforme de los monjes que
recitaban el oficio de difuntos.
En el monasterio de Melk había asistido varias veces a la defunción de un
hermano. Era una circunstancia que no puedo calificar de alegre, pero que, sin
embargo, me parecía llena de serenidad, rodeada por un aura de paz, regida
por un sentido difuso de justicia. Ibamos alternándonos en la celda del
moribundo, diciéndole cosas agradables para confortarlo, y en el fondo del
corazón cada uno pensaba en lo féliz que era el moribundo porque estaba a
punto de coronar una vida virtuosa, y pronto se uniría al coro de los ángeles
para gozar del júbilo eterno. Y parte de aquella serenidad, la fragancia de
aquella santa envidia, se comunicaba al moribundo, que al final tenía un
tránsito sereno. ¡Qué distintas habían sido las muertes de aquellos últimos
días! Finalmente, había visto de cerca cómo moría una víctima de los
diabólicos escorpiones del finis Africae, y sin duda así habían muerto también
Venancio y Berengario, buscando alivio en el agua, con el rostro consumido
como el de Malaquías...
Me senté al fondo de la iglesia, acurrucado sobre mí mismo para combatir el
frío. Sentí un poco de calor, y moví los labios para unirme al coro de los
hermanos orantes. Los iba siguiendo sin darme casi cuenta de lo que mis
labios decían; mi cabeza se bamboleaba y los ojos se me cerraban. Pasó
mucho tiempo; creo que me dormí y volví a despertarme al menos tres o cuatro
veces. Después el coro entonó el Dies irae... La salmodia me produjo el efecto
de un narcótico. Me dormí del todo. 0 quizá, más que un letargo, aquello fue
como un entorpecimiento, una caída agitada y un replegarme sobre mí mismo,
como una criatura que aún siguiera encerrada en el vientre de su madre. Y en
aquella niebla del alma, como si estuviese en una región que no era de este
mundo, tuve una visión o sueño, según se prefiera.
Por una escalera muy estrecha entraba en un pasadizo subterráneo, como si
estuviese accediendo a la cripta del tesoro, pero, siempre bajando, llegaba a
una cripta más amplia que era la cocina del Edificio. Sin duda, se trataba de la
cocina, pero en ella no sólo funcionaban hornos y ollas, sino también fuelles y
martillos, como si también se hubiesen dado cita allí los herreros de Nicola.
Todo era un rojo centelleo de estufas y calderos, y cacerolas hirvientes que
echaban humo mientras que a la superficie de sus líquidos afloraban grandes
burbujas crepitantes que luego estallaban haciendo un ruido sordo y continuo.
Los cocineros pasaban enarbolando asadores, mientras los novicios, que se
habían dado cita allí, saltaban para atrapar los pollos y demás aves ensartadas
en aquellas barras de hierro candentes. Pero al lado los herreros martillaban
con tal fuerza que la atmósfera estaba llena de estruendo, y nubes de chispas
surgían de los yunques mezclándose con las que vomitaban los dos hornos. No
sabía si estaba en el infierno o en un paraíso como el que podía haber
concebido Salvatore, chorreante de jugos y palpitante de chorizos. Pero no
tuve tiempo de preguntarme dónde estaba porque una turba de hombrecillos,
de enanitos con una gran cabeza en forma de cacerola, entró a la carrera y,
arrastrándome a su paso, me empujó hasta el umbral del refectorio, y me
obligó a entrar.
La sala estaba adornada como para una fiesta. Grandes tapices y estandartes
colgaban de las paredes, pero las imágenes que los adornaban no eran las
habituales, que exaltan la piedad de los fieles o celebran las glorias de los
reyes. Parecían, más bien, inspiradas en los marginalia de Adelmo, y
reproducían las menos tremendas y las más grotescas de sus imágenes:
liebres que bailaban alrededor de una cucaña, ríos surcados por peces que
saltaban por sí solos a la sartén, cuyo mango sostenían unos monos vestidos
de obispos cocineros, monstruos de vientre enorme que bailaban alrededor de
marmitas humeantes.
En el centro de la mesa estaba el Abad, vestido de fiesta, con un amplio hábito
de púrpura bordada, empuñando su tenedor como un cetro. Junto a él, Jorge
bebía de una gran jarra de vino, mientras el cillerero, vestido como Bernardo
Gui, leía virtuosamente en un libro en forma de escorpión pasajes de las vidas
de los santos y del evangelio. Pero eran relatos que contaban cómo Jesús
decía bromeando al apóstol que era una piedra y que sobre esa piedra
desvergonzada que rodaba por la llanura fundaría su iglesia; o el cuento de
San Jerónimo, que comentaba la biblia diciendo que Dios quería desnudar el
trasero de Jerusalén. Y, a cada frase del cillerero, Jorge reía dando puñetazos
contra la mesa y gritando: «¡Serás el próximo abad, vientre de Dios!», eso era
lo que decía, que Dios me perdone.
El Abad hizo una señal festiva y la procesión de las vírgenes entró en la sala.
Era una rutilante fila de hembras ricamente ataviadas, en el centro de las
cuales primero me pareció percibir a mi madre, pero después me di cuenta del
error, porque sin duda se trataba de la muchacha terrible como un ejército
dispuesto para la batalla. Salvo que llevaba sobre la cabeza una corona de
perlas blancas, en dos hileras, mientras que otras dos cascadas de perlas
descendían a uno y otro lado del rostro, confundiéndose con otras dos hileras
de perlas que pendían sobre su pecho, y de cada perla colgaba un diamante
del grosor de una ciruela. Además, de cada oreja caía una hilera de perlas
azules que se unían para formar una especie de gorguera en la base del cuello,
blanco y erguido como una torre del Líbano. El manto era de color púrpura, y
en la mano sostenía una copa de oro cuajada de diamantes, y, no sé cómo,
supe que la copa contenía un ungüento mortal robado en cierta ocasión a
Severino. Detrás de aquella mujer, bella como la aurora, venían otras figuras
femeninas, una vestida con un manto blanco bordado, sobre un traje oscuro
con una doble estola de oro cuyos adornos figuraban florecillas silvestres; la
segunda tenía un manto de damasco amarillo, sobre un traje rosa pálido
sembrado de hojas verdes y con dos grandes recuadros bordados en forma de
laberinto pardo; y la tercera tenía el manto rojo y el traje de color esmeralda,
lleno de animalillos rojos, y en sus manos llevaba una estola blanca bordada; y
de las otras no observé los trajes, porque intentaba descubrir quiénes eran
todas esas mujeres que acompañaban a la muchacha, cuya apariencia hacía
pensar por momentos en la Virgen María. Y como si cada una llevase en la
mano una tarjeta con su nombre, o como si ésta le saliese de la boca, supe que
eran Ruth, Sara, Susana y otras mujeres que mencionan las escrituras.
En ese momento el Abad gritó: «¡Entrad, hijos de puta!», y entonces penetró en
el refectorio otra procesión de personajes sagrados, que reconocí sin ninguna
dificultad, austera y espléndidamente ataviados, y en medio del grupo había
uno sentado en el trono, que era Nuestro Señor pero al mismo tiempo Adán,
vestido con un manto purpúreo y adornado con un gran broche rojo y blanco de
rubíes y perlas que sostenía el manto sobre sus hombros, y con una corona en
la cabeza, similar a la de la muchacha, y en la mano una copa más grande que
la de aquélla, llena de sangre de cerdo. Lo rodeaban como una corona otros
personajes muy santos, que ya mencionaré, todos ellos conocidísimos para mí,
y también había a su alrededor una escuadra de arqueros del rey de Francia,
unos vestidos de verde y otros de rojo, con un escudo de color esmeralda en el
que campeaba el monograma de Cristo. El jefe de aquella tropa se acercó a
rendir homenaje al Abad, tendiéndole la copa y diciéndole: «Sao ko kelle terre
per kelle fine ke k¡ kontene, trenta anni le possétte parte sancti Benedicti.» A lo
que el Abad respondió: «Age primum et septimum de quatuor», y todos
entonaron: «In finibus Africae, amen.» Después todos sederunt.
Habiéndose disuelto así las dos formaciones opuestas, el Abad dio una orden y
Salomón empezó a poner la mesa, Santiago y Andrés trajeron un fardo de
heno, Adán se colocó en el centro, Eva se reclinó sobre una hoja, Caín entró
arrastrando un arado, Abel vino con un cubo para ordenar a Brunello, Noé hizo
una entrada triunfa¡ remando en el arca, Abraham se sentó debajo de un árbol,
Isaac se echó sobre el altar de oro de la iglesia, Moisés se acurrucó sobre una
piedra, Daniel apareció sobre un estrado fúnebre del brazo de Malaquías,
Tobías se tendió sobre un lecho, José se arrojó desde un moyo, Benjamín se
acostó sobre un saco, y además, pero en este punto la visión se hacía confusa,
David se puso de pie sobre un montículo, Juan en la tierra, Faraón en la arena
(por supuesto, dije para mí, pero ¿por que.), Lázaro en la mesa, Jesús al borde
del pozo, Zaqueo en las ramas de un árbol, Mateo sobre un escabel, Raab
sobre la estopa, Ruth sobre la paja, Tecla sobre el alféizar .de la ventana
(mientras por fuera aparecía el rostro pálido -de Adelmo para avisarle que
también podía caerse al fondo ,del barranco), Susana en el huerto, Judas entre
las tumbas, Pedro en la cátedra, Santiago en una red, Elías en una silla de
montar, Raquel sobre un lío. Y Pablo apóstol, deponiendo la espada,
escuchaba la queja de Esaú, mientras Job gemía en el estiércol y acudían a
ayudarlo Rebeca, con una túnica, Judith, con una manta, Agar, con una
mortaja, y algunos novicios traían un gran caldero humeante desde el que
sal,taba Venancio de Salvemec, todo rojo, y empezaba a repartir morcillas de
cerdo.
El refectorio se iba llenando de gente que comía a dos carrillos. Jonás traía
calabazas; Isaías, legumbres; Ezequiel, oras; Zaqueo, flores de sicomoro;
Adán, limones; Daniel, altramuces; Faraón, pimientos; Caín, cardos; Eva,
higos; Raquel, manzanas; Ananías, ciruelas grandes como diamantes; Lía,
cebollas; Aarón, aceitunas; José, un huevo; Noé, uva; imeón, huesos de
melocotón, mientras Jesús cantaba el Dies irae y derramaba alegremente
sobre todos los alimentos el vinagre que exprimía de una pequeña esponja
antes ensartada en la lanza de uno de los arqueros del rey de Francia.
«Hijos míos, ¡oh, mis corderillos!», dijo entonces el Abad, ya borracho, «no
podéis cenar vestidos así, como pordioseros, venid, venid.» Y golpeaba el
primero y el séptimo de los cuatro, que surgían deformes como espectros del
fondo del espejo, y el espejo se hacía añicos y a lo largo de las salas del
laberinto el suelo se cubría de trajes multicolores incrustados de piedras, todos
sucios y desgarrados. Y Zaqueo, cogió un traje blanco; Abraham, uno color
gorrión; Lot, uno color azufre; Jonás, uno azulino; Tecla, uno rojizo; Daniel, uno
leonado; Juan, uno irisado; Adán, uno de pieles; Judas, uno con denarios de
plata; Raab, uno escarlata; Eva, uno del color del árbol del bien y del mal. Y
algunos lo cogían jaspeado, y otros, del color del esparto, algunos, morado, y
otros, azul marino, algunos, purpúreo, y otros, del color de los árboles, o bien
del color del hierro, del fuego, del azufre, del jacinto, o negro, y Jesús se
pavoneaba con un traje color paloma, mientras riendo acusaba a Judas de no
saber bromear con santa alegría.
Y entonces Jorge, después de quitarse los vitra ad legendum, encendió una
zarza ardiente con leña que había traído Sara, que Jefté había recogido, que
Isaac había descargado, que José había cortado, y, mientras Jacob abría el
pozo y Daniel se sentaba junto al lago, los sirvientes traían agua; No , vino;
Agar, un odre; Abraham, un ternero, que Raab ató a un poste mientras Jesús
sostenía la cuerda y Elías le ataba las patas. Después, Absalón lo colgó del
pelo, Pedro tendió la espada, Caín lo mató, Herodes derramó su sangre, Sem
arrojó sus vísceras y excrementos, Jacob puso el aceite, Molesadón puso la
sal, Antíoco lo puso al fuego, Rebeca lo cocinó y Eva fue la primera en
probarlo, y buen chasco se llevó. Pero Adán decía que no había que
preocuparse, y le daba palmadas en la espalda a Severino, que aconsejaba
añadirle hierbas aromáticas. Después Jesús partió el pan y distribuyó
pescados, y Jacob gritaba porque Esaú se le había comido todas las lentejas,
Isaac estaba devorando un cabrito al horno, Jonás una ballena hervida y Jesús
guardó ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches.
Entre tanto, todos entraban y salían llevando exquisitas piezas de caza, de
todas formas y colores, y las partes más grandes eran siempre para Benjamín,
y las más buenas para María, mientras que Marta se quejaba de ser la que
siempre lavaba los platos. Después cortaron el ternero, que a todo esto se
había puesto enorme, y a Juan le tocó la cabeza, a Absalón la cerviz, a Aarón
la lengua, a Sansón la mandíbula, a Pedro la oreja, a Holofernes la testa, a Lía
el culo, a Saúl el cuello, a Jonás la barriga, a Tobías la hiel, a Eva la costilla, a
María la teta, a Isabel la vulva, a Moisés la cola, a Lot las piernas y a Ezequiel
los huesos. Mientras tanto, Jesús devoraba un asno, San Francisco un lobo,
Abel una oveja, Eva una morena, el Bautista una langosta, Faraón un pulpo
(por supuesto, dije para mí, pero, ¿por qué?) y David comía cantárida y se
arrojaba sobre la muchacha nigra sed formosa, mientras Sansón hincaba el
diente en el lomo de un león, y Tecla huía gritando, perseguida por una araña
negra y peluda.
Era evidente que todos estaban borrachos, y algunos resbalaban sobre el vino,
otros caían dentro de las cacerolas y sólo sobresalían las piernas, cruzadas
como dos palos, y Jesús tenía todos los dedos negros y repartía folios de un
libro diciendo cogedIos y comedIos, son los enigmas de Sinfosio, incluido el del
pez que es hijo de Dios y salvador vuestro. Y todos a beber, Jesús vino rancio,
Jonás mársico, Faraón sorrentino (¿por qué?), Moisés gaditano, Isaac
cretense, Aarón adriano, Zaqueo arbustino, Tecla quemado, Juan albano, Abel
campano, María signino, Raquel florentino.
Adán estaba echado de espaldas, las tripas le gruñían y por la costilla manaba
vino, Noé maldecía en sueños a Cam, Holofernes roncaba sin darse cuenta de
nada, Jonás dormía como un tronco, Pedro vigilaba hasta que cantase elgallo,
y Jesús se despertó de golpe al oír que Bernardo Gui y Bertrando del
Poggetto estaban organizando la quema de la muchacha; y gritó: «¡Padre, si es
posible, aparta de mí ese cáliz!» Y unos escanciaban mal, otros bebían bien,
unos morían riendo, otros reían muriendo, unos tenían sus propios frascos,
otros bebían del vaso de los demás. Susana gritaba que nunca entregaría su
hermoso y blanco cuerpo al cillerero y a Salvatore por un miserable corazón de
buey, Pilatos se paseaba como alma en pena por el refectorio pidiendo agua
para sus manos, y fray Dulcino, con la pluma en el sombrero, se la traía, Y
luego se abría la túnica y con una mueca sarcástica mostraba las partes
pudendas rojas de sangre, mientras Caín se burlaba de él y abrazaba a la bella
Margherita da Trento. Entonces Dulcino se echaba a llorar e iba a apoyar su
cabeza en el hombro de Bernardo Gui, y lo llamaba papa angélico, y Ubertino
lo consolaba con un árbol de la vida, Michele da Cesena con una bolsa de oro,
las Marías lo cubrían de ungüentos y Adán lo convencía de quee hincase el
diente en una manzana recién arrancada del árbol.
Y entonces se abrieron las bóvedas del Edificio y Roger Bacon descendió del
ciclo en una máquina voladora, unico homine regente. Después David tocó la
cítara, Salomé danzó con sus siete velos, Y cada vez que caía un velo tocaba
una de las siete trompetas y mostraba uno de los siete sellos, hasta que quedó
sólo amicta sole. Todos decían que nunca se había visto una abadía tan
alegre, y Beregario le levantaba la ropa a todo el mundo, hombres y mujeres, y
les besaba el trasero. Y empezó una danza: Jesús vestido de maestro, Juan de
guardián, Pedro de reciario, Nemrod de cazador, Judas de delator, Adán de
jardinero, Eva de tejedora, Caín de ladrón, Abel de pastor, Jacob de ujier,
Zacarías de sacerdote, David de rey, Jubal de citarista, Santiago de pescador,
Antíoco de cocinero, Rebeca de aguador., Molesadón de idiota, Marta de
criada. Herodes de loco de atar, Tobías de médico, José de carpintero, Noé de
borracho, Isaac de campesino, Job de hombre triste, Daniel de juez, Tamar de
prostituta, María de ama que ordenaba a sus criados que trajeran más vino
porque el insensato de su hijo no quería transformar el agua.
Fue entonces cuando el Abad montó en cólera porque, decía, había organizado
una fiesta tan bonita y nadie le daba nada. Y entonces todos empezaron a
rivalizar en ofrecerle regalos: los tesoros más preciados, un toro, una oveja, un
león, un camello, un ciervo, un ternero, una yegua, un carro solar, la barbilla de
San Eobán, la cola de Santa Morimonda, el útero de Santa Arundalina, la nuca
de Santa Burgosina, cincelada como una copa a los doce años, y una copia del
Pentagonum Salomonis. Pero el Abad se puso a gritar que con aquello trataban
de distraer su atención mientras saqueaban la cripta del tesoro, donde ahora
estábamos todos, y que había desaparecido un libro preciosísimo que hablaba
de, los escorpiones y de las siete trompetas, y llamaba a los arqueros del rey
de Francia para que revisasen a todos los sospechosos. Y para vergüenza de
todos a Agar se le encontró una pieza de brocado multicolor, a Raquel un sello
de oro, a Tecla un espejo de plata en el seno, a Benjamín un sifón de bebidas
debajo del brazo, a Judith una manta de seda entre las ropas, a Longino una
lanza en la mano y a Abimelec una mujer ajena entre los brazos. Pero lo peor
fue cuando le encontraron un gallo negro a la muchacha, negra y bellísima
como un gato del mismo color, y la llamaron bruja y seudo apóstol, y entonces
todos se arrojaron sobre ella para castigarla. El Bautista la decapitó, Abel la
degolló, Adán la cazó, Nabucodonosor le escribió signos zodiacales en el
pecho con una mano de fuego, Elías la raptó en un carro ígneo, Noé la
sumergió en el agua, Lot la transformó en una estatua de sal, Susana la acusó
de lujuria, José la traicionó con otra, Ananías la metió en un horno de cal,
Sansón la encadenó, Pablo la flageló, Pedro la crucificó cabeza abajo, Esteban
la lapidó, Lorenzo la quemó en la parrilla Bartolomé la desolló, Judas la
denunció, el cillerero la quemo, y Pedro negaba todo. Después todos se
arrojaron sobre aquel cuerpo cubriéndolo de excrementos, tirándole, pedos en
la cara, orinando sobre su cabeza, vomitándole en pecho, arrancándole los
cabellos, golpeándole la espalda con teas ardientes. El cuerpo de la muchacha.
antes tan bello y agradable, se estaba descarnando, deshaciendo en
fragmentos que se dispersaban por los cofres y relicarios de, oro y cristal que
había en la cripta. Mejor dicho: no era el cuerpo de la muchacha el que iba a
poblar la cripta, sino más bien los fragmentos de la cripta los que empezaban a
girar en torbellino hasta componer el cuerpo de la muchacha, convertido ya en
algo mineral, para luego volver a dispersarse hasta convertirse en el polvillo
sagrado de aquellos segmentos acumulados con insensata impiedad. Ahora
era como si un solo cuerpo inmenso se hubiese disuelto a lo largo de milenios
hasta sus componentes más minúsculos, y como si éstos hubiesen colmado la
cripta, más esplendente pero similar al osario de los monjes difuntos, y como si
la forma sustancial del cuerpo mismo del hombre, obra maestra de la creación,
se hubiese fragmentado en multitud de formas accidentales y distintas entre sí,
convirtiéndose en imagen de su contrario, forma ya no ideal sino terrena,
polvos y esquirlas nauseabundas, que sólo podían significar muerte y
destrucción...
Ya no veía a los personajes del banquete, ni los regalos que habían traído. Era
como si todos los huéspedes del festín estuvieran ahora en la cripta, cada uno
momificado en su propio residuo, cada uno diáfana sinécdoque de sí mismo:
Raquel un hueso, Daniel un diente, Sansón una mandíbula, Jesús un jirón de
túnica purpúrea. Como si al final del banquete la fiesta se hubiese transformado
en la masacre de la muchacha, hasta convertirse en la masacre universal, y
como si lo que ahora estaba contemplando fuera el resultado final, los cuerpos
(¿qué digo?, la totalidad del cuerpo terrenal y sublunar de aquellos comensales
famélicos y sedientos) transformados en un único cuerpo muerto, lacerado y
torturado como el cuerpo de Dulcino después del suplicio, transformado en un
inmundo y resplandeciente tesoro, desplegado en toda su extensión como la
piel de un animal desollado y colgado que, sin embargo, aún contuviese,
petrificados junto con el cuero, las vísceras y todos los órganos, e incluso los
rasgos de la cara. La piel con todos sus pliegues, arrugas y cicatrices, con sus
praderas de vello, sus bosques de pelo, la epidermis, el pecho, las partes
pudendas, convertidas en un suntuoso tapiz damasceno, y los pechos, las
uñas, las durezas en los talones, los filamentos de las pestañas, la materia
acuosa de los ojos, la pulpa de los labios, las frágiles vértebras, la arquitectura
de los huesos, todo reducido a harina arenosa, pero, sin embargo, aún con sus
respectivas formas y guardando sus relaciones habituales, las piernas vaciadas
y flojas como calzas, la carne dispuesta al lado como una casulla, con todos los
arabescos bermejos de las venas, la masa cincelada de las vísceras, el intenso
y mucoso rubí del corazón, la ordenada perlería de los dientes, collar de
cuentas uniformes, y la lengua, ese pendiente azul y rosa, los dedos alineados
corno cirios, el sello del ombligo, donde se anudan los hilos del gran tapiz del
vientre... Ahora, por todas partes, en la cripta, se burlaba de mí, me susurraba,
me invitaba a morir, ese macrocuerpo repartido en cofres y relicarios, y, sin
embargo, reconstruido en su vasta e insensata totalidad, y era el mismo cuerpo
que en la cena comía y cabriolaba obscenamente y que ahora, en cambio, se
me aparecía ya inmóvil en la intangibilidad de su sorda y ciega destrucción. Y
Ubertino, aferrándome del brazo hasta hundirme las uñas en la carne, me
susurraba: «Ya ves, es lo mismo, lo que antes triunfaba en su locura y se
deleitaba en su juego, ahora está aquí, castigado y premiado, liberado de la
seducción de las pasiones, inmovilizado por la eternidad, entregado al hielo
eterno para que éste lo conserve y purifique, sustraído a la corrupción a través
del triunfo de la corrupción, porque nada podrá reducir a polvo lo que ya es
polvo y sustancia mineral, mors est quies viatoris, finis est omnis laboris... »
Pero de golpe entró Salvatore, llameante como un diablejo, y gritó: «¡Idiota!
¿No ves que es la gran bestia hotarda del libro de Job? ¿De qué tienes miedo,
amito? Aquí tienes: ipadilla de quezo!» Y de pronto la cripta se iluminó de
resplandores rojizos y otra vez era la cocina, pero más que una cocina: el
interior de un ran vientre, mucoso, viscoso, y en el centro una bestia negra
como un cuervo y con mi 1 manos, encadenada a una gran parrilla, que
alargaba sus patas para coger a los que estaban a su alrededor, y así como el
campesino exprime el racimo de uva cuando la sed aprieta, también aquel
bestión estrujaba a los que había atrapado hasta triturarlos entre sus manos,
arrancándoles a unos las piernas, a otros la cabeza, y dándose luego un gran
atracón, y lanzando unos eructos de fuego que olían peor que el azufre. Pero,
misterio prodigioso, aquella escena ya no me infundía miedo, y me sorprendí
observando con familiaridad lo que hacía aquel «buen diablo» (eso pensé
entonces), que al fin y al cabo no era otro que Salvatore. Porque ahora, sobre
el cuerpo humano mortal, sobre sus sufrimientos y su corrupción, ya lo sabía
todo y ya no temía nada. En efecto, a la luz de aquella llama que ahora parecía
agradable y acogedora, volví a ver a todos los comensales, que ya habían
recuperado sus respectivas figuras y cantaban anunciando que todo empezaba
de nuevo, y entre ellos estaba la muchacha, entera y hermosa como antes, que
me decía: «¡No es nada, deja que vaya sólo un momento a la hoguera, arderé
y luego nos volveremos a encontrar aquí dentro!» Y me mostraba, que Dios me
perdone, su vulva, y entré en ella y era una caverna bellísima que parecía el
valle encantado de la edad de oro, regado por aguas abundantes, y lleno de
frutos y árboles en los que crecían pasteles de queso. Y todos agradecían al
Abad por la hermosa fiesta y le demostraban su afecto y buen humor dándole
empujones y patadas, arrancándole la ropa, tirándolo al suelo, golpeándole la
verga con vergas, mientras él reía y rogaba que no le hicieran más cosquillas.
Y, montados en caballos que arrojaban nubes de azufre por los agujeros de la
nariz, entraron los frailes de la vida pobre, llevando bolsas de oro colgadas de
la cintura, con las que convertían a los lobos en corderos y a los corderos en
lobos, y luego los coronaban emperadores con el beneplácito de la asamblea
del pueblo que entonaba cánticos de alabanza a la infinita omnipotencia de
Dios. «Ut cachinnis dissolvatur, torqueatur rictibus!», gritaba Jesús agitando la
corona de espinas. Entró el papa Juan imprecando contra toda aquella
confusión y diciendo: «¡A este paso no sé dónde iremos a parar! » Pero todos
se burlaban de él, y, encabezados por el Abad, salieron con los cerdos a
buscar trufas en el bosque. Estaba por seguirlos cuando vi a Guillermo en un
rincón; venía del laberinto y su mano aferraba un imán que lo arrastraba
velozmente
1
hacia septentrión. «¡Maestro, no me dejéis!», grité. «¡También yo quiero ver
qué hay en el finis Africae!» «¡Ya lo has visto!», me respondió Guillermo desde
lejos. Y entonces me desperté, mientras en la ig
lesia estaba concluyendo el

canto fúnebre:


Lacrimosa dies illa
qua resurget ex favilla
iudicandus horno reus:
huic ergo parce deus!
Pie Iesu domine
dona eis requiem.
Signo de que mi visión, fulmínea como toda visión, si bien había durado más de
lo que dura un amén, al menos no había llegado a durar lo que dura un Dies
irae.
SEXTO DÍA
DESPUES DE TERCIA

Donde Guillermo explica a Adso su sueño.
Salí confundido por la puerta principal y me encontré ante una pequeña
muchedumbre. Eran los franciscanos que partían, y Guillermo había bajado a
despedirlos.
Me uní a los adioses, a los abrazos fraternos. Después pregunté a Guillermo
cuándo partirían los otros, con los prisioneros. Me dijo que hacía media hora
que se habían marchado, mientras estábamos en el tesoro, quizá, pensé,
mientras yo soñaba.
Por un momento me sentí abatido, pero después me repuse. Mejor así. No
habría podido soportar el espectáculo de los condenados (me refiero al pobre
infeliz del cillerero, a Salvatore... y, sin duda, también a la muchacha),
arrastrados lejos de allí, y para siempre. Y además, aún me encontraba tan
perturbado por mi sueño, que hasta los sentimientos se me habían, por decirlo
así, congelado.
Mientras la caravana de los franciscanos se dirigía hacia el portalón de salida,
Guillermo y yo nos quedamos delante de la iglesia, ambos melancólicos,
aunque por razones diferentes. Después decidí contarle ni¡ sueño. Aunq ue la
visión había sido abigarrada e ¡lógica, la recordaba con extraordinaria claridad,
imagen por imagen, gesto por gesto, palabra por palabra. Y así la conté a mi
maestro, sin descartar nada, porque sabía que a menudo los sueños son
mensajes misteriosos donde las personas doctas son capaces de leer
profecías clarísimas.
Guillermo me escuchó en silencio y luego me preguntó:
-¿Sabes qué has soñado?
-Lo que os acabo de contar... -respondí desconcertado.
-Sí, claro. Pero ¿sabes que, en gran parte, lo que me acabas de contar ya ha
sido escrito? Has insertado personajes y acontecimientos de estos días en un
marco que ya conocías. Porque la trama del sueño ya la has leído en algún
sitio, o te la habían contado cuando eras un niño, en la escuela, en el convento.
Es la Coena Cypriani.
Por un instante me quedé perplejo. Después recordé. ¡Era cierto! Quizás había
olvidado el título, pero ¿qué monje adulto o monjecillo travieso no ha sonreído
o reído con las diversas visiones, en prosa o en rima, de esa historia que
pertenece a la tradición del rito pascual y de los ¡oca monachorum? Prohibida o
infamada por los maestros más austeros, no existe, sin embargo, convento
alguno en que los novicios y los monjes no se la hayan contado en voz baja,
resumida y modificada de diferentes maneras, y algunos, a escondidas, la han
transcrito, porque, según ellos, tras el velo de la jocosidad, esa historia
ocultaba secretas enseñanzas morales. Y otros eran partidarios, incluso, de su
difusión, porque, decían, a través del juego los jóvenes podían memorizar con
más facilidad los episodios de la historia sagrada. Existía una versión en verso
del pontífice Juan VIII, con la siguiente dedicatoria: «Ludere me libuit,
ludentem, papa Johannes, accipe. Ridere, si placet, ipse potes.» Y se decía
que el propio Carlos el Calvo había hecho representar, a modo de burlesco
misterio sagrado, una versión rimada, para amenizar las cenas de sus
dignatarios:
Ridens cadit Gaudericus
Zacharias admiratur,
supinus in lectulum
docet Anastasius...
Y cuántas veces nuestros maestros nos habían regañado, a mí y a mis
compañeros, por recitar trozos de aquella historia. Recuerdo a un viejo monje
de Melk, que decía que un hombre virtuoso corno Cipriano no había podido
escribir algo tan indecente, una parodia tan sacrílega de las escrituras, más
digna de un infiel y de un bufón que de un santo mártir... Hacía años que había
yo olvidado aquellos juegos infantiles. ¿Cómo podía ser que aquel día la Coena
hubiese reaparecido con tal nitidez durante mi sueño? Siempre había pensado
que los sueños eran mensajes divinos, o en todo caso absurdos balbuceos de
la memoria dormida, a propósito de cosas sucedidas durante la vigilia. Pero
ahora me daba cuenta de que también podemos soñar con libros, y, por tanto,
también podemos soñar con sueños.
-Quisiera ser Artemidoro para poder interpretar correctamente tu sueño -dijo
Guillermo-. Pero me parece que, incluso sin poseer la ciencia de Artermidoro,
es fácil comprender lo que ha sucedido . En estos días, pobre muchacho, has
vivido una serie de acontecimientos que parecen invalidar toda regla sensata. Y
esta mañana ha aflorado en tu mente dormida el recuerdo de una especie de
comedia en la que también, aunque con otras intenciones, el mundo aparecía
patas arriba. Lo que has hecho ha sido insertar en ella tus recuerdos más
recientes, tus angustias, tus miedos. Has partido de los niarginalia de Adelmo
para revivir un gran carnaval donde todo parece andar a contramano y, sin
embargo, como en la Coena, cada uno hace lo que realmente ha hecho en la
vida. Y al final te has preguntado, en el sueño, cuál es el mundo que está al
revés, y qué significa andar patas arriba. Tu sueño ya no sabía dónde es arriba
y dónde abajo, dónde está la muerte y dónde la vida. Tu sueño ha dudado de
las enseñanzas que has recibido.
-Mi sueño, pero yo no -dije con tono virtuoso-. ¡Pero entonces los sueños no
son mensajes divinos, sino delirios diabólicos, y no encierran ninguna verdad!
-No lo sé, Adso -dijo Guillermo-. Son ya tantas las verdades que poseemos que
si algún día alguien llegase diciendo que es capaz de extraer una verdad de
nuestros sueños, ese día sí que estarían próximos los -tiempos del Anticristo.
Sin embargo, cuanto más pienso en tu sueño, más revelador me parece. Quizá
no para ti, sino para mí. Perdona que me apodere de tu sueño para desarrollar
mis hipótesis. Sé que es una vileza, y que no debería hacerlo... Pero creo que
tu alma dormida ha logrado comprender más de lo que he comprendido yo en
seis días, y despierto...
_¿En serio?
-En serio. 0 quizá no. Tu sueño me parece revelador porque coincide con una
de mis hipótesis. Me has ayudado mucho. Gracias.
-¿Qué había en el sueño que tanto os interesa? ¡Carecía de sentido, como
todos los sueños!
-Tenía un sentido distinto, como todos los sue ños, y visiones. Hay que leerlo
alegórica o anagógicamente...
-¡Corno las escrituras!
-Un sueño es una escritura, y hay muchas escrituras que sólo son sueños.
Sexto día
SEXTA

Donde se reconstruye la historia de los bibliotecarios
y se averigua algo más sobre el libro misterioso.
Guillermo quiso subir de nuevo al scriptorium, de donde acababa de bajar.
Pidió a Bencio que le dejara consultar el catálogo y lo hojeó rápidamente.
-Debe de estar por aquí -decía-, hace una hora lo había encontrado... -Se
detuvo en una página-. Aquí está, lee este título.
Con una sola referencia (ifinis Africae!) figuraba una serie de cuatro títulos;
signo de que se trataba de un solo volumen compuesto por varios textos. Leí:
I. ar. de dictis cujusdam stulti
II. syr. libellus alchernicus aegypt
III. Expositio Magistrí Alcofribae de cena beati Cypriani Cartaginensis Episcopi
IV. Liber acephalus de stupris virginum et meretricum amoribus
-¿De qué se trata? -pregunté.
-Es nuestro libro -me respondió Guillermo en voz baja---. Por eso tu sueño me
ha sugerido algo. Ahora estoy seguro de que es éste. Y en efecto... -hojeaba
aprisa las páginas inmediatas-, en efecto, aquí están los libros en que pensaba,
todos juntos. Pero no es esto lo que quería verificar. Oye: ¿tienes tu tablilla?
Bueno, debemos hacer un cálculo; trata de recordar tanto lo que nos dijo
Alinardo el otro día como lo que nos ha contado Nicola esta mañana.
Pues bien, este último nos ha dicho que llegó aquí hace unos treinta años, y
que Abbone ya ocupaba el cargo de abad. Su predecesor había sido Paolo da
Rimini, ¿verdad? Digamos que la sucesión se produjo hacia 1290, año más,
año menos, eso no tiene importancia. Además, Nicola nos ha dicho que cuando
llegó, Roberto da Bobbio ya era bibliotecario. ¿Correcto? Después, éste murió
y el puesto fue confiado a Malaquías, digamos a comienzos de este siglo.
Apunta. Sin embargo, hay un período anterior a la llegada de Nicola, durante el
cual Paolo da Rimini fue bibliotecario. ¿Desde cuándo ocupó ese cargo? No
nos lo han dicho. Podriamos examinar los registros de la abadía, pero supongo
que los tiene el Abad, y por el momento no querría pedirle que me autorizara a
consultarlos. Supongamos que Paolo fue elegido bibliotecario hace sesenta
años. Apunta. ¿Por qué Alinardo se queja de que, hace cincuenta años, el
cargo de bibliotecario, que debía ser para él, pasó, en cambio, a otro? ¿Acaso
se refería a Paolo da Rimini?
-¡0 bien a Roberto da Bobbio! -dije.
-Eso parecería. Pero ahora mira este catálogo. Sabes que, como nos dijo
Malaquías cuando llegamos, los títulos están registrados por orden de
adquisición. ¿Y quién los inscribe en este registro? El bibliotecario. Por tanto,
según los cambios de caligrafía que observamos en estas páginas, podemos
establecer la sucesión de los bibliotecarios. Ahora miremos el catálogo desde
el final. La última caligrafía es la de Malaquías, muy gótica, como ves. Sólo
cubre unas pocas páginas. La abadía no ha adquirido muchos libros durante
estos últimos treinta años. Después vienen una serie de páginas escritas con
una caligrafía temblorosa: en ellas leo claramente la firma de Roberto da
Bobbio, que estaba enfermo. También en este caso las páginas son pocas: es
probable que Roberto no haya permanecido mucho en el cargo. Y mira lo que
encontramos ahora: páginas y páginas de otra caligrafía, recta y firme, un
conjunto de adquisiciones (entre las que se cuenta el libro que vimos hace un
momento) realmente impresionante. ¡Cuánto debe de haber trabajado Paolo da
Rimini! Demasiado, si piensas que Nicola no s ha dicho que era muy joven
cuando lo nombraron abad. Pero supongamos que en pocos años ese lector
insaciable haya enriquecido la abadía con tantos libros... ¿Acaso no nos han
dicho que lo llamaban Abbas Agraphicus debido a ese extraño defecto, o
enfermedad, que le impedía escribir? Pero entonces, ¿quién escribía por él?
Yo diría que su ayudante. Pero si se diera el caso de que ese ayudante
hubiese sido nombrado más tarde bibliotecario, entonces habría seguido
escribiendo en el catálogo, y habríamos comprendido por qué hay tantas
páginas con la misma caligrafía. Entonces tendríamos, entre Paolo y Roberto,
otro bibliotecario, elegido hace unos cincuenta años, que es el misterioso
competidor de Alinardo, quien, por ser mayor, pensaba que lo nombrarían para
reemplazar a Paolo. Después, este último desapareció y de alguna manera,
contra las expectativas de Alinardo y de otros, se designó a Malaquías para
que lo reemplazase.
-Pero, ¿por qué estáis tan seguro de que ésta es la secuencia correcta?
Aunque admitamos que esta caligrafía sea del bibliotecario sin nombre, ¿por
qué no podrían ser de Paolo los títulos de las páginas precedentes?
-Porque entre esas adquisiciones están registradas todas las bulas y
decretales, que tienen fechas precisas. Quiero decir que si encuentras, como
de hecho sucede, la Firma cautela de Bonifacio VII, que data de 1296, puedes
estar seguro de que ese texto no entró antes de aquel año, y puedes pensar
que no llegó mucho tiempo después. Así, las considero como piedras miliares
dispuestas a lo largo de los años. En consecuencia, si supongo que Paolo da
Rimini llegó al cargo de bibliotecario el año 1265, y al de abad el año 1275, y
después observo que su caligrafía, o la de algún otro que no es Roberto da
Bobbio, dura desde 1265 hasta 1285, descubro una diferencia de diez años.
Sin duda, mi maestro era muy agudo.
-Pero ¿qué conclusiones extraéis de ese descubrimiento? -pregunté entonces.
-Ninguna, sólo premisas.
Después se levantó y fue a hablar con Bencio. Este ocupaba valientemente su
puesto, pero no parecía demasiado seguro. Todavía se sentaba en su mesa de
antes, pues no se
había atrevido a instalarse en la de Malaquías, junto al catálogo. Guillermo lo
abordó con cierta frialdad. No olvidábamos la desagradable escena de la tarde
anterior.
-Aunque ahora seas tan poderoso, señor bibliotecario, espero que te dignes
decirme una cosa. La mañana en que Adelmo y los otros discutieron aquí sobre
los enigmas ingeniosos, y Berengario se refirió por primera vez al finis Africae,
¿alguien mencionó la Coena Cypriani?
-Sí --dijo Bencio-, ¿no te lo dije ya? Antes de que se hablase de los enigmas de
Sinfosio, fue precisamente Venancio quien se refirió a la Caena, y Malaquías
montó en cólera, dijo que era una obra innoble, y recordó que el Abad había
prohibido a todos su lectura...
-¿Así que el Abad? -dijo Guillermo-. Muy interesante. Gracias, Bencio.
-Esperad -dijo Bencio-, quiero hablaros. -Nos indicó que lo siguiéramos, fuera
del seriptorium, hasta la escalera que bajaba a la cocina, pues no que ría que
los otros lo escucharan. Le temblaban los labios-: Tengo miedo, Guillermo. Han
matado también a Malaquías. Ahora sé demasiado. Además, el grupo de los
italianos no me ve con buenos ojos... No quieren otro bibliotecario extranjero...
Pienso que por esa razón fueron eliminados los otros. Nunca os he hablado del
odio de Alinardo por Malaquías, de sus rencores...
-¿Quién le robó el puesto hace años?
-Esto no lo sé. Siempre lo menciona en forma confusa. Además, es una historia
lejana. Ya deben de haber muerto todos. Pero el grupo de los italianos que
rodean a Alinardo habla con frecuencia... hablaba con frecuencia de Malaquías
tildándolo de hombre de paja, puesto por algún otro, con la complicidad del
Abad. Sin darme cuenta... he entrado en el juego antagónico de dos facciones.
Sólo esta mañana lo he comprendido... Italia es una tierra de conjuras, donde
envenenan a los papas, imaginad a un pobre muchacho como yo... Ayer no lo
había comprendido aún, creía que todo giraba alrededor de aquel libro, pero
ahora no estoy seguro. Ese fue el pretexto: ya habéis visto que el libro
reapareció y que, sin embargo, han matado a Malaquias... Tengo... quiero...
quisiera huir. ¿Qué me aconsejais
-Que te quedes tranquilo. Ahora quieres consejos, ¿verdad? Sin embargo, ayer
por la tarde parecías el amo del mundo. ¡Necio! Si me hubieras ayudado,
habríamos impedido este último crimen. Fuiste tú quien entregó a Malaquías el
libro que lo condujo a la muerte. Pero dime al menos una cosa. ¿Has tenido
ese libro en tus manos, lo has tocado, lo has leído? Entonces, ¿por qué no has
muerto?
-No lo sé. Juro que no lo he tocado. Mejor dicho, lo he tocado cuando lo cogí
en el laboratorio. Pero sin abrirlo. Me lo escondí debajo del hábito, fui a mi
celda y lo metí debajo del jergón. Como sabía que Malaquías me vigilaba,
regresé en seguida al scriptorium. Después, cuando él me ofreció el puesto de
ayudante, lo conduje hasta mi celda y le entregué el libro. Eso fue todo.
-No me digas que ni siquiera lo abriste.
-Sí, lo abrí, antes de esconderlo, para asegurarme de que era realmente el que
buscábamos. Empezaba con un manuscrito árabe, después creo que había
uno sirio, después un texto latino y por último uno griego...
Recordé las siglas que habíamos visto en el catálogo. Los dos primeros títulos
llevaban las indicaciones ar. y syr. respectivamente. ¡Era el libro! Pero
Guillermo seguía apretando:
-De modo que lo has tocado pero no has muerto. Entonces no se muere por
tocarlo. ¿Y qué puedes decirme del texto griego? ¿Lo has mirado?
-Muy poco, lo suficiente como para comprender que no tenía título. Por el modo
en que empezaba, parecía faltar una parte...
-Liber acephalus... -murmuró Guillermo.
-...Traté de leer la primera pagina, pero en realidad sé muy poco griego, y
hubiese necesitado más tiempo. Además, me llamó la atención otro detalle,
justamente relacionado con el texto griego. No lo hojeé todo porque no pude:
los folios estaban, cómo diría,, impregnados de humedad, costaba separar uno
de otro. Porque el pergamino era raro... más blando que los otros. El modo en
que la primera página estaba gastada, y casi se deshacía, era... en suma, muy
extraño.
-Extraño: también Severino usó esa palabra -dijo Guillermo.
-El pergamino no parecía pergamino... Parecía tela, pero muy delgada... -
seguía diciendo Bencio.
-Charta lintea, o pergamino de tela -dijo Guillermo-. ¿Era la primera vez que lo
veías?
-He oído hablar de él, pero creo que nunca lo he visto. Dicen que es muy caro,
y frágil. Por eso se usa poco. Lo fabrican los árabes, ¿verdad?
-Los árabes fueron los primeros. Pero también se fabrica aquí en Italia, en
Fabriano. Y también... Pero, ¡claro que sí! -Sus ojos despedían chispas-. ¡Qué
revelación tan interesante, Bencio! Muchas gracias. Sí, supongo que aquí, en
la biblioteca, la charta lintea es rara, porque no han llegado manuscritos muy
recientes. Y además muchos temen que no sobreviva tan bien a los siglos
como el pergamino, y quizá tengan razón. Supongamos que aquí querían algo
que no fuese más perenne que el bronce... Pergamino de tela, ¿eh? Bueno,
adiós. Y quédate tranquilo. No corres peligro.
-¿En serio, Guillermo? ¿Me lo aseguráis?
-Te lo aseguro. Si te quedas en tu sitio. Ya has hecho bastantes desastres.
Nos alejamos del scriptorium dejando a Bencio, si no tranquilo, al menos no tan
inquieto.
-¡Idiota! -dijo Guillermo entre dientes mientras salíamos-. Si no se hubiese
interpuesto, ya podríamos haberlo resuelto todo.
Encontramos al Abad en el refectorio. Guillermo fue hacia él y le dijo que debía
hablarle. Abbone no pudo contemporizar y nos dio cita para poco después en
sus habitaciones.
Sexto día
NONA
Donde el Abad se niega a escuchar a Guillermo, habla del lenguaje de las
gemas y manifiesta el deseo de que no se siga indagando sobre aquellos
tristes acontecimientos.
Las habitaciones del Abad estaban encima de la sala capitular, y por la ventana
del salón, amplio y espléndido, donde nos recibió, podían verse, aquel día
diáfano y ventoso, más allá del techo de la iglesia abacial, las formas
imponentes del Edificio.
Precisamente el Abad, de pie ante la ventana, lo estaba admirando, y nos lo
señaló con ademán solemne.
-Admirable fortaleza --dijo,--, en cuyas proporciones refulge la misma regla
áurea. que guió la construcción del arca. Dispuesta en tres plantas, porque tres
es el número de la trinidad, tres fueron los ángeles que visitaron a Abraham, los
días que pasó Jonás en el vientre del gran pez, los que Jesús y Lázaro
permanecieron en el sepulcro; las veces que Cristo pidió al Padre que apartase
de él el cáliz amargo, las que se retiró para rezar con los apóstoles. Tres veces
renegó Pedro de él, y tres veces apareció ante los suyos después de la
resurrección. Tres son las virtudes teologales, tres las lenguas sagradas, tres
las partes del alma, tres las clases de criaturas intelectuales, ángeles, hombres
y demonios, tres las especies del sonido, vox, flatus y pulsus; tres las épocas
de la historia humana, antes, durante y después de la ley.
-Maravillosa armoma de correspondencias místicas -admitió Guillermo.
-Pero también la forma cuadrada -prosiguió el Abad- es rica en enseñanzas
espirituales. Cuatro son los puntos cardinales, las estaciones, los elementos, y
el calor, el frío, lo húmedo y lo seco, el nacimiento, el crecimiento, la madurez y
la vejez, y las especies celestes, terrestres, aéreas y acuáticas de los animales,
los colores que constituyen el arco iris y la cantidad de años que se necesita
para que haya uno bisiesto.
-¡Oh, sin duda! Y tres más cuatro da siete, número místico por excelencia, y
tres multiplicado por cuatro da doce, como los apóstoles, y doce por doce da
ciento cuarenta y cuatro, que es el número de los elegidos. -Y a esta última
demostración de conocimiento místico del mundo hiperuranio de los números,
el Abad ya no pudo añadir nada. Circunstancia que Guillermo aprovechó para
entrar en materia-: Deberíamos hablar de los últimos acontecimientos. He re
flexionado mucho sobre ellos.
El Abad dio la espalda a la ventana y miró a Guillermo con rostro severo:
-Demasiado, quizá. Debo confesaros, fray Guillermo, que esperaba más de
vos. Desde que llegasteis han pasado seis días, cuatro monjes han muerto,
además de Adelmo, dos han sido arrestados por la inquisición (fue justicia, sin
duda, pero habríamos podido evitar esa vergüenza si el inquisidor no se
hubiera visto obligado a ocuparse de los crímenes anteriores), y, por último, el
encuentro en que debía actuar de mediador ha tenido unos resultados
lamentables, precisamente por causa de todos esos crímenes... No me
negaréis que podía esperar un desenlace muy distinto cuando os rogué que
investigarais sobre la muerte de Adelmo...
Guillermo calló; estaba molesto. Sin duda, el Abad tenía razón. Ya he dicho, al
comienzo de este relato, que a mi maestro le encantaba deslumbrar a la gente
con la rapidez de sus deducciones, y era lógico que se sintiese herido en su
amor propio al verse acusado -y ni siquiera injustamente -de obrar con
excesiva lentitud.
-Es cierto -admitió-, no he satisfecho vuestras expectativas, pero os diré por
qué, vuestra excelencia. Estos crímenes no han sido consecuencia de una
pelea ni de una venganza entre los monjes, sino de unos hechos que a su vez
derivan de acontecimientos remotos en la historia de la abadía.
El Abad lo miró con inquietud:
-¿Qué queréis decir? También yo me doy cuenta de que la clave no está en la
desdichada historia del cillerero, que se ha cruzado con otra distinta. Pero esa
otra historia, esa otra historia, que quizá no me es desconocida, pero de la que
no puedo hablar... Esperaba que vos la descubrieseis, y que me hablaseis de
ella.
-Vuestra excelencia piensa en algo que ha conocido a través de la confesión. -
El Abad miró hacia otro lado, y Guillermo prosiguió-: Si vuestra excelencia
desea saber si yo sé, sin haberlo sabido de boca de vuestra excelencia, que
han existido relaciones deshonestas entre Berengario y Adelmo, y entre
Berengario y Malaquías, pues bien: eso es algo que todos saben en la abadía.
El Abad se ruborizó violentamente:
-No me parece necesario hablar de este tipo de cosas en presencia de un
novicio. Tampoco me parece que, una vez terminado el encuentro, sigáis
necesitando un amanuense. Retírate, muchacho -me dijo con tono imperativo.
Humillado, salí. Pero era tal mi curiosidad que me escondí detrás de la puerta
del salón, no sin dejarla entreabierta para poder escuchar lo que decían.
Guillermo retomó la palabra:
-Pues bien, esas relaciones deshonestas, aunque hayan existido, no han tenido
mucho que ver con estos dolorosos acontecimientos. La clave es otra, y
pensaba que no lo, ignoraríais. Todo gira alrededor del robo y la posesión de
un libro, que estaba escondido in finis Africae, y que ahora ha vuelto allí por
obra de Malaquías, sin que por ello, como habéis podido ver, la secuencia de
crímenes se haya interrumpido.
Se produjo un largo silencio. Después, el Abad empezó a hablar en forma
entrecortada y vacilante, como sorprendido por unas revelaciones inesperadas.
-No es posible... Vos... ¿Cómo sabéis de la existencia del finis Africae?
¿Habéis violado mi interdicción? ¿Habéis penetrado en la biblioteca?
El deber de Guillermo hubiese sido decir la verdad, pero entonces el Abad se
habría irritado muchísimo. Era evidente que mi maestro no quería mentir. De
modo que prefirió responder con otra pregunta:
-¿Acaso en nuestro primer encuentro vuestra excelencia no me dijo que un
hombre como yo, que había descrito tan bien a Brunello sin haberlo visto
nunca, no tendría dificultades para razonar sobre sitios a los que no podía
acceder?
--0 sea que es así. Pero ¿qué os lleva a pensar lo que pensáis?
---Cómo he llegado a esa conclusión, sería largo de contar. El hecho es que se
han cometido una serie de crímenes para impedir que muchas personas
descubriesen algo que no se deseaba que se descubriera. Ahora todos los qua
sabían algo de los secretos de la biblioteca, por derecho o en forma ilícita,
están muertos. Sólo queda una persona: VOS.
---Queréis insinuar... queréis insinuar... -el Abad hablaba como alguien al que
se le estuviesen hinchando las venas del cuello.
-No me interpretéis mal -dijo Guillermo, que probablemente también había
probado a insinuar algo-. Digo que hay alguien que sabe y que no quiere que
nadie más sepa. Vos sois el último que sabe, y podríais ser la próxima víctima.
A menos que me digáis lo que sabéis sobre ese libro prohibido. Y, sobre todo,
que me digáis quién más en la abadía podría saber lo que vos sabéis, y quizá
más, sobre la biblioteca.
-Hace frío aquí. Salgamos.
Me alejé rápidamente de la puerta y los alcancé junto a la escalera que
conducía a la sala capitular. El Abad me vio y me sonrió.
-lCuántas cosas inquietantes debe de haber escuchado últimamente este
monjecillo! Vamos, muchacho, no dejes que todo esto te perturbe. Me parece
que no hay tantas intrigas como las que se han imaginado...
Alzó una mano y dejó que la luz del día iluminase el espléndido anillo que
llevaba en el dedo anular, insignia de su poder. El anillo destelló con todo el
fulgor de sus piedras. -Lo reconoces, ¿verdad? -me dijo-. Es símbolo de mi
autoridad y también de la carga que pesa sobre mí. No es un adorno, sino una
espléndida síntesis de la palabra divina, a cuya custodia me debo. -Tocó con
los dedos la piedra, mejor dicho, el triunfo de piedras multicolores que
componían aquella admirable obra del arte humano y de la naturaleza:----. Esta
es la amatista, ese espejo de humildad que nos recuerda la ingenuidad y la
dulzura de San Mateo; ésta es la calcedonia, emblema de caridad, símbolo de
la piedra de José y de Santiago el mayor; éste es el jaspe, que propicia la fe, y
está asociado con San Pedro; ésta, la sardónica, signo del martirio, que nos
recuerda a, San Bartolomé; éste es el zafiro, esperanza y contemplación,
piedra de San Andrés y de San Pablo; y el berilo, santa doctrina, ciencia y
tolerancia, las virtudes de Santo Tomás... ¡Qué espléndido es el lenguaje de las
gemas! --siguió diciendo, absorto en su mística visión-, los lapidarios
tradicionales lo extrajeron del racional de Aarón y de la descripción de la
Jerusalén celeste que hay en el libro del apóstol. Por otra parte, las murallas de
Sión estaban incrustadas con las mismas joyas que ornaban el pectoral del
hermano de Moisés, salvo el carbunclo, el ágata y el ónice, que, citados en el
Exodo, son sustituidos en el Apocalipsis por la calcedonia, la sardónica, el
crisopacio y el jacinto.
Guillermo ya estaba por abrir la boca, pero el Abad alzó la mano para hacerlo
callar, y prosiguió:
-Recuerdo un libro de letanías que describía las diferentes piedras, y las
cantaba en versos de alabanza a la Virgen. Así, el anillo de compromiso era un
poema simbólico: las piedras con que estaba adornado expresaban, en su
lenguaje lapidario, un esplendente conjunto de verdades superiores. Jaspe por
la fe, calcedonia por la caridad, esmeralda por la pureza, sardónica por la
placidez de la vida virginal, rubí por el corazón sangrante en el calvario, crisolito
porque su centelleo multiforme evoca la maravillosa variedad de los milagros
de María, jacinto por la caridad, amatista, mezcla de rosa y azul, por el amor de
Dios... Pero en el engaste también estaban incrustadas otras sustancias: el
cristal, que simboliza la castidad del alma y del cuerpo, el ligurio, semejante al
ámbar, que representa la templanza, y la piedra magnética, que atrae el hierro
así como la Virgen toca las cuerdas de los corazones arrepentidos con el
plectro de su bondad. Todas sustancias que, como ves, adornan, aunque más
no sea en mínima y humildísima medida, mi joya. -Movía el anillo y con su
fulgor me deslumbraba, como si quisiese aturdirme-. Maravilloso lenguaje,
¿verdad? No todos los padres atribuyen estos significados a las piedras. Para
Inocencio III, el rubí anuncia la calma y la paciencia, y el granate la caridad.
Para San Bruno, el aguamarina concentra la ciencia teológica en la virtud de
sus destellos purísimos. La turquesa significa alegría, la sardónica evoca los
serafines, el topacio los querubines, el jaspe los tronos, el crisolito las
dominaciones, el zafiro las virtudes, el ónice las potestades, el berilo los
principados, el rubí los arcángeles y la esmeralda los ángeles. El lenguaje de
las gemas es multiforme, cada una expresa varias verdades, según el tipo de
lectura que se escoja, según el contexto en que aparezcan. ¿Y quién decide
cuál es el nivel de interpretación y cuál el contexto correcto? Lo sabes,
muchacho, te lo han enseñado: la autoridad, el comentarista más seguro de
todos, el que tiene más prestigio y, por tanto, más santidad. Si no, ¿cómo
podríamos interpretar los signos multiformes que el mundo despliega ante
nuestros ojos pecadores? ¿Cómo haríamos para no caer en los errores hacia
los que el demonio nos atrae? Has de saber que el lenguaje de las gemas
repugna particularmente al diablo, como lo demuestra el caso de Santa
Hildegarda. Para la bestia inmunda, es un mensaje que se ilumina por sentidos
o niveles de saber diferentes, un mensaje que querría confundir, porque para
él, para el enemigo, el resplandor de las piedras evoca las maravillas que
poseía antes de caer, y comprende que esos fulgores son producto del fuego,
su tormento-. Me tendió el anillo para que se lo besara, y me arrodillé. Me
acarició la cabeza ---. Olvida, pues, muchacho, las cosas sin duda erróneas que
has escuchado en estos días. Has entrado en la orden más grande y más
noble de todas. Yo soy un Abad de esa orden y estás dentro de mi jurisdicción.
Por tanto, escucha lo que te ordeno: olvida, y que tus labios se sellen para
siempre. Jura. Conmovido, subyugado como estaba, sin duda lo habría hecho.
Y ahora tú, buen lector, no podrías leer esta crónica fiel. Pero entonces
intervino Guillermo, qui zá no para impedirme jurar, sino por reacción instintiva,
por fastidio, para interrumpir al Abad, para deshacer el encantamiento que sin
duda éste había creado.
-¿Qué tiene que ver el muchacho? Os he hecho una pregunta, os he advertido
de un peligro, os he pedido que me dijerais un nombre... ¿Acaso querréis que
yo también bese vuestro anillo y que jure olvidar lo que he averiguado, 0 lo que
sospecho?
_¡Oh, vos! -dijo con tono melancólico el Abad-. ... No espero que un fraile
mendicante pueda comprender la belleza de nuestras tradiciones, o respetar la
discreción, los secretos, los misterios de caridad... sí, de caridad, y el sentido
del honor, y el voto de silencio que constituyen la base de nuestra grandeza...
Me habéis hablado de una historia extraña, de una historia increíble. Un libro
prohibido, por el que se mata en cadena; alguien que sabe lo que sólo yo
debería saber... ¡Patrañas, inferencias que carecen de todo sentido! Hablad de
ellas, si queréis: nadie os creerá. Y aunque algún elemento de vuestra
fantasiosa reconstrucción fuese cierto... Pues bien: ahora todo queda de nuevo
bajo mi control y responsabilidad. Controlaré; tengo los medios y la autoridad
suficientes para hacerlo. Me equivoqué desde el comienzo encomendando a un
extraño, por sabio y digno de confianza que éste fuese, la investigación de
unos asuntos que sólo son de mi incumbencia. Pero habéis comprendido,
acabo de saberlo, que en el primer momento pensé que se trataba de una
violación del voto de castidad, y quería (¡qué imprudencia!) que fuera otro quien
me dijese lo que ya sabía a través de la confesión. Pues bien, ya me lo habéis
dicho. Os estoy muy agradecido por lo que habéis hecho o tratado de hacer. El
encuentro entre ambas legaciones ya se ha celebrado. La misión que debíais
realizar aquí está agotada. Imagino que en la corte imperial se os espera con
ansiedad. No es conveniente privarse por mucho tiempo de un hombre como
vos. Os autorizo a dejar la abadía. Quizá hoy ya sea tarde. No quiero que
viajéis después del ocaso. Los caminos no son seguros. Partiréis mañana por
la mañana, temprano. ¡Oh!, no me agradezcáis, ha sido un placer haberos
tenido como un hermano más, y honraros con nuestra hospitalidad. Podéis
retiraros con vuestro novicio para preparar el equipaje. Aún os veré mañana al
amanecer para despediros. Gracias, con todo mi corazón. Desde luego, no es
preciso que sigáis investigando. No perturbéis todavía más a los monjes.
Podéis retiraros, pues.
Era más que una despedida: nos estaba echando. Guillermo saludó y bajamos
las escaleras.
-¿Qué significa esto? -Pregunté. Ya no entendía nada.
-Trata de formular por ti mismo una hipótesis. Deberías haber aprendido cómo
se hace.
-En tal caso, he aprendido que debo formular al miedos dos: una opuesta a la
otra, y ambas increíbles. Pues bien, entonces... -Tragué saliva: aquello de
formular hipótesis no me resultaba nada fácil-. Primera hipótesis: el Abad ya lo
sabía todo y suponía que vos no seríais capaz de descubrir nada. Os encargó
la investigación cuando sólo había muerto Adelmo, pero poco a poco fue,
comprendiendo que la historia era mucho más compleja, que en cierto modo
también él está envuelto en la trama, y no quiere que la saquéis a la luz
pública. Segunda hipótesis: el Abad nunca ha sospechado nada (sobre qué, lo
ignoro, porque no sé en qué estáis pensando ahora). Pero en todo caso seguía
pensando que todo se debía a una disputa entre... entre monjes sodomitas...
Sin embargo, acabáis de abrirle los ojos: de golpe ha comprendido algo
horrible, ha pensado en un nombre, tiene una idea precisa sobre el
responsable de los crímenes. Pero quiere resolver solo el asunto, y desea
apartaros, para salvar el honor de la abadía.
-Buen trabajo. Empiezas a razonar bien. Pero ya ves que en ambos casos
nuestro Abad está preocupado por la buena reputación de su monasterio. Ya
sea él el asesino, o la próxima víctima, no desea que ninguna noticia
difamatoria sobre esta santa comunidad llegue al otro lado de estas montañas.
Puedes matarle sus monjes, pero no le toques el honor de esta abadía. ¡Ah,
por ... ! -Guillermo estaba enfureciéndose-. ¡Ese bastardo de un señor feudal,
ese pavo real cuya fama consiste en haber sido sepulturero del aquinate, ese
odre hinchado que sólo existe porque lleva un anillo grande como culo de vaso!
¡Vosotros, cluniacenses, sois una raza de orgullosos! ¡Sois peores que los
príncipes, más barones que los barones!
-Maestro... -me atreví a decir, picado, con tono de reproche.
-Tú, calla, eres de la misma pasta. No sois simples ni hijos de simples. Si os
cae un campesino, quizá lo acojáis, pero, ya lo vimos ayer, no vaciláis en
entregarlo al brazo secular. Pero si es uno de los vuestros, no; hay que tapar el
asunto. Abbone es capaz de descubrir al miserable y apuñalarlo en la cripta del
tesoro, y después distribuir sus riñones por los relicarios, siempre y cuando
quede a salvo el honor de la abadía... Pero, ¿un franciscano, un plebeyo
minorita que descubra la gusanera en esta santa casa? Pues no, eso Abbone
no puede permitírselo a ningún precio. Gracias, fray Guillermo, el emperador os
necesita, habéis visto qué hermoso anillo tengo, hasta la vista. Ahora el desafío
no es sólo entre yo y Abbone, sino entre yo y todo este asunto. No saldré de
este recinto antes de averiguar la verdad. ¿Quiere que me vaya mañana por la
mañana? Muy bien, él es el dueño de casa. Pero de aquí a mañana por la
mañana debo averiguar la verdad. Debo averiguarla.
-¿Debéis? ¿Quién os lo exige ahora?
-Nadie nos exige que sepamos, Adso. Hay que saber, eso es todo, aún a
riesgo de equivocarse.
Todavía me sentía confundido y humillado por las palabras de Guillermo contra
mi orden y sus abades. Traté de justificar en parte a Abbone formulando una
tercera hipótesis, arte que, creía, dominaba ya a la perfección:
-No habéis considerado una tercera posibilidad, maestro. Hemos observado en
estos días, y esta mañana lo hemos visto con claridad, después de las
confidencias de Nicola y de las murmuraciones que hemos escuchado en la
iglesia, que hay un grupo de monjes italianos que no ven con buenos ojos esta
sucesión de bibliotecarios extranjeros, y acusan al Abad de no respetar la
tradición, y que, por lo que he llegado a comprender, se ocultan detrás del viejo
Alinardo, al que agitan como un estandarte, para pedir un cambio de gobierno
en la abadía. Esto lo he comprendido bien, porque hasta los novicios perciben
las discusiones, alusiones y conjuras de este tipo que se producen en todo
monasterio. Entonces pudiera ser que el Abad temiese que vuestras
revelaciones pudieran ofrecer un arma a sus enemigos, y desea dirimir el
asunto con la máxima prudencia...
-Es posible. Pero no por eso deja de ser un odre hinchado, y se hará asesinar.
-Pero ¿qué pensáis de mis conjeturas?
-Más tarde te lo diré.
Estábamos en el claustro. El viento soplaba cada vez con más rabia, la luz era
menos intensa, aunque sólo acababa de pasar la hora nona. El día se
acercaba a su fin y nos quedaba muy poco tiempo. En vísperas, sin duda, el
Abad avisaría a los monjes que Guillermo ya no tenía derecho alguno a hacer
preguntas y a entrar en todas partes.
-Es tarde -dijo Guillermo-, y cuando se dispone de poco tiempo lo peor es
perder la calma. Debemos actuar como si tuviésemos la eternidad por delante.
Tengo que resolver un problema: cómo entrar en el finis Africae, porque allí
tiene que estar la respuesta final. Además, debemos salvar a alguien, pero aún
no sé a quién. Por último, deberíamos esperar que suceda algo en la parte de
los establos. De modo que vigílalos... ¡Mira cuánto movimiento!
En efecto, el espacio entre el Edificio y el claustro estaba singularmente
animado. Hacía un momento, un novicio, que procedía de las habitaciones del
Abad, había corrido hacia
el Edificio. Ahora Nicola salía de este último para dirigirse a los dormitorios.
En un rincón estaba el grupo de la mañana: Pacifico, Aymaro y Pietro Estaban
hablando con Alinardo, insistiendo, como si quisieran convencerlo de algo.
Después parecieron tomar una decisión. Aymaro sostuvo a Alinardo, aún
reticente, y se dirigió con él hacia la residencia del Abad. Estaban entrando,
cuando del dormitorio salió Nicola, que conducía a Jorge en la misma dirección.
Vio que entraban y le susurró algo a Jorge al oído; el anciano movió la cabeza,
y siguieron caminando hacia la sala capitular.
-El Abad toma las riendas de la situación... -murmuró Guillermo con
escepticismo.
Del Edificio estaban saliendo otros monjes que habrían tenido que estar en el
scriptorium; en seguida se les unió Bencio, que vino a nuestro encuentro con
expresión aún más preocupada.
-Hay agitación en el scriptorium -nos dijo-, nadie trabaja, todos cuchichean
entre sí... ¿Qué sucede?
-Sucede que las personas que hasta esta mañana parecían las más
sospechosas han muerto. Hasta ayer todos desconfiaban de Berengario, necio,
falso y lascivo; después, del cillerero, sospechoso de herejía; por último, de
Malaquías, al que tampoco nadie veía con buenos ojos... Ahora ya no saben de
quién desconfiar, y necesitan encontrar urgentemente un enemigo, o un chivo
expiatorio. Y cada uno sospecha del otro. Algunos tienen miedo, como tú, otros
han decidido meter miedo a algún otro. Estáis todos demasiado agitados. Adso,
cada tanto echa un vistazo a los establos. Yo voy a descansar.
Era como para asombrarse: cuando sólo le quedaban unas pocas horas, la
decisión de irse a descansar no parecía la más sabia. Pero ya conocía a mi
maestro: cuanto más relajado estaba su cuerpo, mayor era la efervescencia de
su mente.
SEXTO DÍA
ENTRE VISPERAS Y COMPLETAS
Donde en pocas páginas se describen largas horas de zozobra.
Me resulta difícil contar lo que sucedió en las horas siguientes, entre vísperas y
completas.
Guillermo no estaba. Yo deambulaba por la parte de los establos, sin advertir
nada anormal. Los mozos estaban guardando los animales, inquietos por el
viento. Pero, salvo eso, no había signos de intranquilidad.
Entré en la iglesia. Ya estaban todos en sus asientos, pero el Abad notó la
ausencia de Jorge. Hizo una señal para que no empezase aún el oficio. Llamó
a Bencio con la intención de enviarlo en su busca. Bencio no estaba. Alguien
sugirió que probablemente estaba disponiendo el scriptorium para el cierre.
Molesto, el Abad dijo que se había decidido que Bencio no cerrase nada
porque no conocía las reglas. Aymaro d'Alessandria se levantó de su asiento:
-Si vuestra paternidad lo permite, voy yo a llamarlo...
-Nadie te ha pedido nada -dijo el Abad con brusquedad, y Aymaro regresó a su
sitio, no sin antes lanzar una mirada indefinible a Pacifico da Tivoli.
El Abad llamó a Nicola, que tampoco estaba. Le recordaron que estaba
vigilando la preparación de la cena, y tuvo un gesto de fastidio, como si le
molestase que todos vieran que estaba inquieto.
-¡Quiero a Jorge aquí! -gritó-. ¡Buscadlo! Ve tú -ordenó al maestro de los
novicios.
Otro monje le señalo que también Alinardo faltaba.
-Lo sé ---dijo el Abad-, está enfermo.
Yo estaba cerca de Pietro da Sant'Albano y oí que le decía algo a su vecino,
Gunzo da Nola, en una lengua vulgar del centro de Italia, que en parte yo era
capaz de comprender:
-Ya lo creo. Cuando salió de la reunión de esta tarde, el pobre viejo.estaba muy
alterado. ¡Abbone se está comportando como la puta de Aviñón!
Los novicios estaban desorientados: a pesar de ser niños, sentían, como yo, la
tensión que reinaba en el coro. Transcurrieron largos momentos de silencio e
incomodidad. El Abad ordenó que se recitaran algunos salmos, y señaló tres al
azar, que la regla no prescribía para el oficio de vísperas. Todos se miraron
entre sí, y después empezaron a rezar en voz baja. Regresó el maestro de los
novicios seguido de Bencio, quien se dirigió a su sitio con la cabeza gacha.
Jorge no estaba en el scriptorium ni en su celda. El Abad ordenó que
empezase el oficio.
Al final, antes de que todos se dirigiesen al refectorio, fui a buscar a Guillermo.
Estaba acostado en su lecho, vestido e inmóvil., Dijo que no pensaba que
fuese tan tarde. En pocas palabras le conté lo que había sucedido. Movió la
cabeza.
En la puerta del refectorio vimos a Nicola, que pocas horas antes había
acompañado a Jorge. Guillermo le preguntó si el viejo había entrado en
seguida en las habitaciones del Abad. Nicola dijo que había tenido que esperar
mucho tiempo delante de la puerta, porque en el salón estaban Alinardo y
Aymaro d'Alessandria. Después, Jorge había entrado y se había quedado un
rato dentro, y él lo había esperado. Al concluir la entrevista le había pedido.,
una hora antes de vísperas, que lo condujera a la iglesia, aún desierta.
El Abad nos vio hablando con el cillerero.
-Fray Guillermo -dijo con tono severo-, ¿seguís indagando?
Luego, le indicó que se sentara a su mesa, como de costumbre. La hospitalidad
benedictina es sagrada.
La cena fue más silenciosa que de costumbre, y triste. El Abad comía sin
ganas, abrumado por sombríos pensamientos. Al final dijo a los monjes que se
dieran prisa para asistir a completas.
Alinardo y Jorge seguían ausentes. Los monjes señalaban el sitio vacío del
ciego y hacían comentarios por lo bajo. Al final del oficio, el Abad los invitó a
todos a recitar una plegaria especial por la salud de Jorge de Burgos. No
estuvo claro si se refería a la salud corporal o a la salud eterna. Todos
comprendieron que una nueva desgracia estaba por abatirse sobre la
comunidad. Después, el Abad ordenó que se dieran más prisa que la
acostumbrada en dirigirse a sus respectivas celdas. Nadie -ordenó haciendo
hincapié en la palabra- debía circular fuera del dormitorio. Asustados, los
novicios fueron los primeros en salir, con la capucha sobre el rostro, la cabeza
gacha, sin intercambiar las chanzas, los codazos, las sonrisitas, las zancadillas
maliciosas y disimuladas que solían practicar (porque el novicio, aunque
monjecillo, sigue siendo un niño, y de poco valen las reprimendas de su
maestro, quien muchas veces no puede impedir que se comporte como un
niño, según lo impone su tierna edad).
Cuando salieron los adultos, fui, haciéndome el distraído, tras el grupo que
para entonces había identificado como el de los «italianos». Pacifico le estaba
diciendo por lo bajo a Aymaro:
-¿Crees que de verdad el Abad ignora dónde está Jorge?
Y Aymaro respondía:
-Podría ser que lo supiera, y que además supiera que de ese sitio ya no
regresará. Quizá el viejo ha querido demasiado, y Abbone ya no lo quiere...
Mientras Guillermo y yo fingíamos retiramos al albergue de los peregrinos,
divisamos al Abad, que volvía a entrar en el Edificio por la puerta del refectorio,
aún abierta. Guillermo juzgó oportuno que esperásemos un poco; luego, una
vez que la explanada hubo quedado desierta, me invitó a seguirlo.
Atravesamos aprisa los espacios vacíos y entramos en la iglesia.
Sexto día
DESPUES DE COMPLETAS
Donde, casi por casualidad, Guillermo descubre el secreto para entrar en el
finis Africae.
Nos apostamos, como dos sicarios, cerca de la entrada, detrás de una
columna, desde donde podía observarse la capilla de las calaveras.
-Abbone ha ido a cerrar el Edificio -dijo Guillermo-. Una vez haya atrancado las
puertas por dentro, tendrá que salir por el osario.
-¿Y entonces?
-Entonces veremos qué hace.
No pudimos saber qué estaba haciendo. Una hora más tarde seguía sin
aparecer. Ha ido al finis Africae, dije. Quizá, respondió Guillermo. Ya habituado
a formular muchas hipótesis, añadí: 0 quizás ha vuelto a salir por el refectorio y
ha ido a buscar a Jorge. Y Guillermo: También es posible. Quizá Jorg e ya esté
muerto, seguí suponiendo. Quizás esté en el Edificio, quizás esté matando al
Abad. Quizá los dos estén en otra parte y alguien les haya tendido una trampa.
¿Qué querían los «italianos»? ¿Por qué tenía tanto miedo Bencio? ¿No sería
una máscara que se había puesto en el rostro para engañarnos? ¿Por qué se
había demorado en el scriptorium durante vísperas, si no sabía cómo cerrar ni
cómo salir? ¿Acaso quería probar el camino del laberinto?
-Todo es posible -dijo Guillermo-. Pero sólo una cosa sucede, ha sucedido o
está sucediendo. Y, además, la misericordia divina nos está obsequiando una
certeza patente.
-¿Cuál? -pregunté lleno de esperanza.
-La de que fray Guillermo de Baskerville, que ahora tiene la impresión de
haberlo comprendido todo, sigue sin saber cómo entrar en el finis Africae. A los
establos, Adso, a -los establos.
-¿Y si nos encuentra el Abad?
-Fingiremos ser dos espectros.
No me pareció una solución practicable, pero callé. Guillermo se estaba
poniendo nervioso. Salimos por la puerta septentrional y atravesamos el
cementerio, mientras el viento soplaba con fuerza. Rogué al Señor que no
hiciera que fuésemos nosotros quienes nos topáramos con dos espectros,
porque aquella noche no había precisamente penuria de almas en pena en la
abadía. Llegamos a los establos y escuchamos a los caballos, cada vez más
inquietos por la furia de los elementos. En el portón principal había, a la altura
del pecho de un hombre, una gran reja de metal por la que podía mirarse hacia
adentro. Divisamos en la oscuridad el perfil de los caballos; reconocí a Brunello
porque era el primero de la izquierda. A su derecha el tercer animal de la fila
alzó la cabeza cuando advirtió nuestra presencia, y relinchó. Sonreí:
-Tertius equi -dije.
-¿Cómo? -preguntó Guillermo.
-Nada, me acordaba del pobre Salvatore. Quería hacer no sé qué
encantamiento con ese caballo, y en su latín lo llamaba tertius equi. Esa sería
la u.
-¿La u? -preguntó Guillermo, que había seguido m¡ divagación sin estar
demasiado atento.
-Sí, porque tertius equi no significa el tercer caballo sino el tercero del caballo, y
la tercera letra de la palabra caballo es la u. Pero es una tontería.
Guillermo me miró, y en la oscuridad me pareció ver que su rostro se alteraba:
-¡Dios te bendiga, Adso! Pero, sí, suppositio materialis, el discurso se toma de
dicto, no de re... ¡Qué estúpido soy! -Se dio un golpe en la frente, con la palma
muy abierta, tan fuerte que se escuchó un chasquido y creí que se había hecho
daño-. ¡Mi querido muchacho, es la segunda vez que hoy por tu boca habla la
sabiduría, primero en sueños y ahora despierto! Corre, corre a tu celda y coge
la lámpara. Mejor coge las dos que tenemos escondidas. Que no te vean.
¡Estaré esperándote en la iglesia! No hagas preguntas. ¡Ve!
Fui sin hacer preguntas. Las lámparas estaban debajo de mi lecho, llenas de
aceite, porque ya me había ocupado de llenarlas. En mi sayo tenía el eslabón.
Con aquellos dos preciosos instrumentos ocultos en el pecho, corrí hacia la
iglesia.
Guillermo estaba bajo el trípode. Releía el pergamino con los apuntes de
Venancio.
-Adso -me dijo-, primum et septimum de quatuor no significa el primero y el
séptimo de los cuatro, sino del cuatro, ¡de la palabra cuatro!
Yo seguía sin entender. De pronto, tuve una iluminación:
-¡Super thronos viginti quatuorl ¡La inscripción! ¡Las palabras grabadas sobre el
espejo!
_¡Vamos! -dijo Guillermo-. ¡Quizás aún estemos a tiempo de salvar una vida!
-¿La de quién? -pregunté, mientras él ya manipulaba las calaveras para abrir la
entrada al osario.
-La de uno que no se lo merece -dijo. Y ya estábamos en la galería
subterránea, con las lámparas encendidas, caminando hacia la puerta que
daba a la cocina.
Como he dicho anteriormente, al final del pasadizo bastaba empujar una puerta
de madera para estar en la cocina, detrás de la chimenea, al pie de la escalera
de caracol que conducía al scriptorium Estábamos empujando la puerta,
cuando oímos a nuestra izquierda unos ruidos apagados, procedentes de la
pared que había junto a la puerta, donde terminaba la fila de nichos llenos de
huesos y calaveras. Entre el último nicho y la puerta había un lienzo de pared
sin aberturas, hecho con grandes bloques cuadrados de piedra; en el centro se
veía una vieja lápida con unos monogramas ya gastados por el tiempo. Los
golpes parecían proceder de detrás de la lápida, o bien de arriba de la lápida,
en parte de detrás de la pared y en parte de arriba de nuestras cabezas. Si
algo semejante hubiera sucedido la primera noche, en seguida habría pensado
en los monjes difuntos. Pero a estas alturas ya esperaba cosas peores de los
monjes vivos.
-¿Quién será? -pregunté.
Guillermo abrió la puerta y salió detrás de la chimenea. Los golpes también se
oían a lo largo de la pared que había junto a la escalera de caracol, como si
alguien estuviese preso en el muro, o sea dentro del espesor de pared (sin
duda, muy grande), cuya existencia cabía suponer entre el muro interno de la
cocina y el extremo del torreón meridional.
-Hay alguien encerrado allí dentro -dijo Guillermo-. Siempre me había
preguntado si no existiría otro acceso al finis Africae en este Edificio lleno de
pasadizos. Sin duda, existe. En el osario, antes de subir hacia la cocina, se aire
un lienzo de pared y por una escalera paralela a ésta, oculta dentro de la
pared, se llega directamente a la habitación tapiada.
-¿Pero quién está ahora allí dentro?
-La segunda persona. Una está en el finis Africae; la otra ha tratado de llegar
hasta ella; pero la que está arriba debe de haber trabado el mecanismo que
permite abrir las dos entradas. De modo que el visitante ha quedado atrapado.
Y debe de agitarse mucho, porque supongo que en ese tubo no habrá mucho
aire.
-¿Quién es? ¡Salvémoslo!
-Pronto sabremos quién es. En cuanto a salvarlo, sólo podremos hacerlo
destrabando el mecanismo desde arriba, porque desde aquí no sabemos cómo
se hace. 0 sea que subamos rápido.
Eso hicimos. Subimos al scriptorium y de allí al laberinto, donde no tardamos
en llegar al torreón meridional. En dos ocasiones tuve que frenar la carrera
porque el viento que aquella noche entraba por las hendiduras de la pared
producía unas corrientes que, al meterse por aquellos vericuetos, recorrían
gimiendo las habitaciones, soplaban entre los folios desparramados sobre las
mesas, y me obligaban a proteger la llama con la mano.
Pronto llegamos a la habitación del espejo, ya preparados para el juego de
deformaciones que nos esperaba. Alzamos las lámparas e iluminarnos los
versículos que había sobre el marco: super thronos viginti quatuor... Ahora el
secreto ya estaba aclarado: la palabra quatuor tiene siete letras, había que
actuar sobre la q y sobre la r. Excitado, pensé en hacerlo yo: me apresuré a
dejar la lámpara en la mesa del centro de la habitación, pero con tal
nerviosismo que la llama fue a lamer la encuadernación de uno de los libros
que había sobre ella.
-¡Ten cuidado, tonto! -gritó, Guillermo, y de un soplo apagó la llama-. ¿Quieres
incendiar la biblioteca?
Pedí disculpas y traté de encender otra vez la lámpara.
-No importa --dijo Guillermo-, la mía es suficiente. Cógela a e ilumíname,
porque la inscripción está demasiado arriba y tú no llegarías. Apresurémonos.
-¿Y si dentro hubiese alguien armado? -pregunté mientras Guillermo, casi a
tientas, buscaba las letras fatídicas, alzándose en las puntas de los pies, alto
como era, para tocar el versículo apocalíptico.
-Bumina, por el demonio, y no temas, ¡Dios está con nosotros! -me respondió
no con mucha coherencia.
Sus dedos estaban tocando la q de quatuor, y yo, que me encontraba unos
pasos más atrás, veía mejor que él lo que estaba haciendo. Como ya he dicho,
las letras de los versículos parecían talladas o grabadas en la pared: era
evidente que las de la palabra quatuor estaban hechas con perfiles de metal,
detrás de los cuales estaba encajado y empotrado un mecanismo prodigioso.
Porque cuando tiró de la q' se oyó un golpe seco, y lo mismo sucedió cuando
tiró de la r. Se sacudió todo el marco del espejo y la placa de vidrio saltó hacia
adentro. El espejo era una puerta, cuyos goznes estaban a la izquierda.
Guillermo metió la mano en la abertura que había quedado entre el borde
derecho y la pared, y tiró hacia sí. Chirriando, la puerta se abrió hacia nosotros.
Guillermo entró por la abertura, y yo me deslice tras él, alzando la lámpara por
encima de mi cabeza.
Dos horas después de completas, al final del sexto día, en mitad de la noche
en que se iniciaba el séptimo día, habíamos penetrado en el finis Africae.
Séptimo día
Séptimo día
NOCHE
Donde, si tuviera que resumir las prodigiosas revelaciones que aquí se hacen,
el título debería ser tan largo como el capítulo, lo cual va en contra de la
costumbre.
Nos encontramos en el umbral de una habitación cuya forma era similar a la de
las otras tres habitaciones ciegas heptagonales, y donde dominaba un fuerte
olor a cerrado y a libros macerados por la humedad. La lámpara, que mí brazo
mantenía elevada, iluminó primero la bóveda. Después la bajé y, a izquierda y
derecha, la llama despidió vagos resplandores hacia los anaqueles lejanos,
dispuestos a lo largo de las paredes. Por último, vimos, en el centro, una mesa,
cubierta de pergaminos, y detrás de ella una figura sentada, que parecía
esperamos inmóvil en la oscuridad, suponiendo que aún estuviera viva. Antes,
incluso, de que la luz iluminase su rostro, Guillermo habló.
-Buenas noches, venerable Jorge -dijo---. ¿Nos esperabais?
Ahora que habíamos dado unos pasos hacia adelante, la lámpara alumbró el
rostro del viejo, que nos miraba como si pudiese ver.
_¿Eres tú, Guillermo de Baskerville? -preguntó-. Te espero desde esta tarde
antes de vísperas, cuando vine a encerrarme aquí. Sabía que llegarías.
-¿Y el Abad? -preguntó Guillermo-. ¿Es él quien se agita en la escalera
secreta?
Jorge vaciló un instante, y después dijo:
-¿Aún está vivo? Creía que ya se le habría acabado el aire.
-Antes de que empecemos a hablar -dijo Guillermo-, quisiera salvarlo. Desde
aquí puedes abrir.
-No -dijo Jorge con tono fatigado-, ya no puedo. El mecanismo se gobierna
desde abajo haciendo presión sobre la lápida, y aquí se mueve una palanca
que a su vez abre una puerta que hay allí al fondo, detrás de aquel armario. -Y
señaló hacia atrás-. Junto al armario podéis ver una rueda con contrapesos,
que gobierna el mecanismo desde aquí. Pero cuando oí que la rueda giraba,
signo de que Abbone había entrado por abajo, di un tirón a la cuerda que
sostiene los contrapesos, y se rompió. Ahora el pasaje está cerrado por ambas
partes, y no podréis reparar los hilos de este artificio. El Abad está muerto.
-¿Por qué lo has matado?
-Cuando hoy me mandó llamar, me dijo que gracias a ti lo había descubierto
todo. Todavía no sabía qué era lo que yo había tratado de proteger. Nunca
comprendió exactamente cuáles eran los tesoros, y los fines, de la biblioteca.
Me pidió que le explicara lo que no sabía. Quería que se abriese el finis Africae.
El grupo de los italianos le había pedido que acabara con lo que ellos llaman el
misterio alimentado por mí y por mis predecesores. Están poseídos por la
avidez de novedades...
-Y tú debes de haberle prometido que vendrías aquí y que pondrías fin a tu vida
como ya habías hecho con la de los otros, de modo que el honor de la abadía
quedara a salvo y nadie se enterase de nada. Y le explicaste cómo entrar aquí,
para que luego pudiera venir a controlar. Pero en realidad lo esperabas para
matarlo. ¿No pensaste que podía entrar por el espejo?
-No. Abbone es de pequeña estatura y no habría podido llegar por sí solo hasta
el versículo. Le hablé de este pasaje, que sólo yo conocía. Es el que he usado
durante muchos años, porque era el más fácil de utilizar en la oscuridad.
Bastaba con llegar a la capilla, y después seguir los huesos de los muertos
hasta el final del corredor.
-De modo que lo hiciste venir sabiendo que lo matarías...
-No podía fiarme ni siquiera de él. Estaba asustado. Su fama se debía a que en
Fossanova había logrado hacer bajar un cuerpo por una escalera de caracol.
Fama inmerecida. Ahora ha muerto por no haber sido capaz de hacer subir el
suyo.
-Lo has utilizado durante cuarenta años. Cuando te diste cuenta de que te
estabas volviendo ciego y de que -no podrías seguir controlando la biblioteca,
hiciste una maniobra muy fina. Lograste que nombraran abad a un hombre de
tu confianza, y bibliotecario, primero a Roberto da Bobbio, a quien podías
formar como quisieras, y después a Malaquías, que necesitaba tu ayuda y no
daba un paso sin consultarte. Durante cuarenta años has sido el amo de esta
abadía. Esto es lo que había comprendido el grupo de los italianos, y lo que
Alinardo repetía, pero nadie lo escuchaba, porque pensaban que ya estaba
demente, ¿verdad? Sin embargo, aún me esperabas a mí, y no habrías podido
trabar el mecanismo del espejo porque está empotrado. ¿Por qué me
esperabas? ¿Cómo podías estar seguro de que llegaría?
Guillermo preguntaba, pero por su tono se veía que ya adivinaba cuál sería la
respuesta, y la esperaba como premio a su sagacidad.
-Desde el primer día comprendí que me comprenderías. Por tu voz, por el
modo en que lograste que discutiera sobre algo de lo que no quería que se
hablase. Eras mejor que los otros. Habrías llegado de cualquier manera.
Sabes: basta con pensar y reconstruir en la propia mente los pensamientos del
otro. Y después te he oído interrogando a los otros monjes. Todas preguntas
justas. Pero nunca sobre la biblioteca, como si ya conocieses todos sus
secretos. Una noche llamé a la puerta de tu celda, y no estabas. Sin duda,
estabas aquí. Habían desaparecido dos lámparas de la cocina, se lo oí decir a
un sirviente. Y, por último, cuando el otro día en el nártex, Severino se acercó a
hablarte de un libro, estuve seguro de que seguías la misma pista que yo.
-Pero lograste arrebatarme el libro. Fuiste a ver a Malaquías, que hasta
entonces no había comprendido nada. Atormentado por sus celos, el necio
seguía obsesionado por la idea de que Adelmo le había quitado a su adorado
Berengario, que ahora quería carne más joven que la suya. No comprendía qué
tenía que ver Venancio en esta historia, y tú le confundiste aún más las ideas.
Le dijiste que Berengario había tenido una relación con Severino, y que para
compensarlo le había dado un libro del finis Africae. No sé exactamente qué le
dijiste. El hecho es que, loco de celos, Malaquías fue al laboratorio de Severino
y lo mató. Después no tuvo tiempo de buscar el libro que le habías descrito,
porque llegó el cillerero. ¿Fue eso lo que sucedió?
-Aproximadamente.
-Pero no querías que Malaquías muriese. Es probable que nunca haya mirado
los libros del finis Africae. Se fiaba de ti. Respetaba tus prohibiciones. Se
limitaba a colocar las hierbas al anochecer para espantar a los posibles
curiosos. Era Severino quien se las proporcionaba. Por eso aquel día Severino
lo dejó entrar en el hospital: era su visita diaria para recoger las hierbas frescas
que le preparaba cada día por orden del Abad. ¿Estoy en lo cierto?
-Sí. Yo no quería que Malaquías muriese. Le dije que encontrara el libro
costase lo que costase, y que volviera a traerlo aquí, sin abrirlo. Le dije que
tenía el poder de mil escorpiones. Pero por primera vez el insensato quiso
actuar por cuenta propia. Yo no quería que muriese, era un fiel ejecutor. Pero
no me repitas lo que sabes. Sé que lo sabes. No quiero alimentar tu orgullo. De
eso ya te encargas tú. Esta mañana te he oído interrogando a Bencio en el
scriptorium sobre la Coena Cipr¡ani. Estabas muy cerca de la verdad. No sé
cómo has descubierto el secreto del espejo, pero cuando el Abad me dijo que
habías aludido al finis Africae tuve la seguridad de que pronto llegarías. Por eso
te esperaba. Y ahora, ¿qué quieres?
-Quiero ver -dijo Guillermo- el último manuscrito del volumen encuadernado
que contiene un texto árabe, uno sirio y una interpretación o transcripción de la
Coena Cypriani. Quiero ver esa copia en griego, probablemente realizada por
un árabe, o por un español, que tú encontraste cuando, siendo ayudante de
Paolo da Rimini, conseguiste que te enviaran a tu país para recoger los más
bellos manuscritos del Apocalipsis en León y Castilla. Ese botín te hizo famoso
y estimado en la abadía, y te permitió obtener el puesto de bibliotecario, cuyo
titular debía haber sido Alinardo, diez años mayor que tú. Quiero ver esa copia
griega escrita sobre pergamino de tela, material entonces muy raro, que se
fabricaba precisamente en Silos, cerca de tu patria, Burgos. Quiero ver el libro
que robaste allí, después de haberlo leído, porque no querías que otros lo
leyesen, y que has escondido aquí, protegiéndolo con gran habilidad, pero que
no has destruido, porque un hombre como tú no destruye un libro: sólo lo
guarda, y cuida de que nadie lo toque. Quiero ver el segundo libro de la Poética
de Aristóteles, el que todos consideraban perdido, o jamás escrito, y del que
guardas quizá la única copia.
-¡Qué magnífico bibliotecario hubieses sido, Guillermo! -dijo Jorge, con tono de
admiración y disgusto al mismo tiempo-. De modo que lo sabes todo. Acércate.
Creo que hay un escabel al otro lado de la mesa. Siéntate. Aquí tienes tu
premio.
Guillermo se sentó y apoyó la lámpara, que yo le había pasado, sobre la mesa,
iluminando desde abajo el rostro de Jorge. El viejo cogió un volumen que tenía
delante y se lo entregó. Reconocí la encuadernación: era el mismo que en el
hospital había tomado por un manuscrito árabe.
-Lee, pues, hojéalo, Guillermo -dijo Jorge . Has ganado.
Guillermo miró el libro, pero no lo tocó. Extrajo del sayo un par de guantes; no
los suyos, abiertos en la punta de los dedos, sino los que llevaba puestos
Severino cuando lo encontramos muerto. Lentamente, abrió el volumen,
gastado y frágil. Me acerqué y me incliné por encima de sus hombros. Con su
oído finísimo, Jorge escuchó el ruido que hice.
-¿Estás también tú aquí, muchacho? También te lo mostraré a ti... después.
Guillermo hojeó rápidamente las primeras páginas.
-Según el catálogo, es un manuscrito árabe sobre los dichos de algún loco.
¿De qué se trata?
-Oh, estúpidas leyendas de los infieles. Según ellos los locos son capaces de
decir cosas tan ingeniosas que provocan incluso el asombro de sus sacerdotes
Y el entusiasmo de sus califas...
-El segundo manuscrito está en sirio, pero según el catálogo es la traducción
de un libelo egipcio sobre la alquimia, ¿Por qué figura en este volumen?
-Es una obra egipcia del tercer siglo de nuestra era. Está en la misma línea que
la obra siguiente, aunque no es tan peligrosa. ¿Quién prestaría oídos a los
delirios de un alquimista africano? Atribuye la creación del mundo a la risa
divina... -Alzó el rostro y recitó, con su prodigiosa memoria de lector que desde
hacía ya cuarenta años repetía para sí lo que había -leído cuando aún gozaba
del don de la vista?--. «Apenas Dios rió, nacieron siete dioses que gobernaron
el mundo; apenas se echó a reír, apareció la luz; con la segunda carcajada
apareció el agua; y al séptimo día de su risa apareció el alma» Locuras. Como
también el texto que viene después, obra de uno de los innumerables idiotas
que se pusieron a glosar la Coena... Pero no son estos textos los que te
interesan.
En efecto, Guillermo había pasado rápidamente las páginas hasta llegar al
texto griego. Advertí de inmediato que los folios eran de otro material, más
blando, y que el primero estaba casi desgarrado, con una parte del margen
comida, cubierto de manchas pálidas, como las que el tiempo y la humedad
suelen producir en otros libros. Guillermo leyó las primeras líneas, primero en
griego y después traduciéndolas al latín, y luego siguió en esta última lengua,
para que también yo pudiera enterarme de cómo empezaba el libro fatídico.
En el primer libro hemos tratado de la tragedia y de cómo, suscitando
piedad y miedo, ésta produce la purificación de esos sentimíentos. Como
habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la
sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta
logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración
sea esta pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto
el hombre es ---de todos los animales--- el único capaz de reír. De modo
que definiremos el tipo de acciones que la comedia imita, y después
examinaremos los modos en que la comedia suscita la risa, que son los
hechos y la elocución. Mostraremos cómo el ridículo de los hechos nace
de la asimilación de lo mejor a lo peor, y viceversa, del sorprender a
través del engaño, de lo imposible y de la violación de las leyes de la
naturaleza, de lo inoportuno y lo inconsecuente, de la desvalorización de
los personajes, del uso de las pantomimas grotescas y vulgares, de lo
inarmónico, de la selección de las cosas menos dignas. Mostraremos
después cómo el ridículo de la elocución nace de los equívocos entre
palabras similares para cosas distintas y distintas para cosas similares,
de la locuacidad y la reiteración, de los juegos de palabras, de los
diminutivos, de los errores de pronunciación y de los barbarismos...
Guillermo traducía con difi cultad, buscando las palabras justas, deteniéndose a
cada momento. Y al hacerlo sonreía, como si fuese reconociendo cosas que
esperaba encontrar. Leyó en voz alta la primera página y después no siguió,
como si no le interesase saber más. Hojeó rápidamente las otras páginas,
hasta que de pronto encontró resistencia, porque en la parte superior del
margen lateral, y a lo largo del borde, los folios estaban pegados unos con
otros, como sucede cuando -al humedecerse y deteriorarse la matena con que
están hechos se convierte en una cola viscosa. Jorge percibió que el crujido de
los folios se habían interrumpido, e incitó a Guillermo:
-Vamos, lee, hojéalo. Es tuyo, te lo has merecido.
Guillermo rió; parecía bastante divertido:
-¡Entonces no es cierto que me consideras tan perspicaz, Jorge! Tú no lo ves,
pero llevo guantes. Con este estorbo en los dedos no puedo separar un folio de
otro. Tendría que quitármelos, humedecerme los dedos en la lengua, como
hice esta mañana cuando leía en el scriptorium y de golpe comprendí también
este misterio, y debería seguir hojeando el libro así hasta que mi boca hubiera
recibido la cantidad adecuada de veneno. Me refiero al veneno que un día,
hace mucho tiempo, robaste del laboratorio de Severino, quizá porque ya
entonces estabas preocupado tras haber oído a alguien en el scriptorium
manifestar su interés por el finis Africae o por el libro perdido de Aristóteles, o
por ambos a la vez. Creo que tuviste guardado el frasco mucho tiempo,
reservándote su uso para cuando advirtieses algún peligro. Y lo advertiste hace
unos días, cuando Venancio se acercó demasiado al tema de este libro, y
Berengario, por frivolidad, por jactancia, para impresionar a Adelmo, resultó
menos discreto de lo que creías. Entonces viniste y preparaste tu trampa. Justo
a tiempo, porque noches más tarde Venancio llegó hasta aquí, sustrajo el libro,
lo hojeó con ansiedad, con voracidad casi física. No tardó en sentirse mal, y
corrió a buscar ayuda en la cocina. Allí murió. ¿Me equivoco?
-No. Prosigue.
-El resto es sencillo. Berengario encuentra el cuerpo de Venancio en la cocina;
teme que eso dé origen a una investigación, porque en el fondo Venancio
estaba aquella noche en el Edificio como consecuencia de la revelación que él,
Berengario, había hecho a Adelmo. No sabe qué hacer. Carga el cuerpo sobre
sus hombros y lo arroja a la tinaja donde está la sangre, pensando que todos
creerían que se había ahogado.
-¿Y cómo sabes que fue eso lo que sucedió?
-También tú lo sabes: vi cómo reaccionaste cuando encontraron un paño sucio
de sangre en la celda de Berengario. Era el paño que el imprudente había
usado para limpiarse las manos después de haber metido a Venancio en la
sangre. Pero como había desaparecido, Berengario sólo podía haberlo hecho
con el libro que a esas alturas también había despertado su curiosidad. Y
esperabas que lo encontrasen en alguna parte, no ensangrentado, sino
envenenado. El resto está claro. Severino encuentra el libro, porque Berengario
había ido antes al hospital para poder leerlo al abrigo de ojos indiscretos.
Instigado por ti, Malaquías mata a Severino, y a su vez muere cuando regresa
aquí para averiguar por qué pesaba una prohibición tan estricta sobre el objeto
que lo había obligado a convertirse en un asesino. Y así se explican todas
estas muertes... ¡Qué idiota!
_¿Quién?
-Yo. Por una frase de Alinardo me convencí de que cada crimen correspondía a
un toque de trompeta, de la serie de siete que menciona el Apocalipsis. El
granizo, en el caso de Adelmo, y se trataba de un suicidio. La sang re, en el de
Venancio, y había sido una ocurrencia de Berengario. El agua, en el de este
último, y había sido una casualidad. La tercera parte del cielo, en el de
Severino, y Malaquías lo había golpeado con la esfera armilar porque era lo
que tenía más a mano. Por último, los escorpiones, en el caso de Malaquías...
¿Por qué le dijiste que el libro tenia la fuerza de mil escorpiones?
-Por ti. Alinardo me había comunicado su idea, y después alguien me había
dicho que te había parecido convincente... Entonces pensé que un plan divino
gobernaba todas estas muertes de las que yo no era responsable. Y anuncié a
Malaquías que si llegaba a curiosear, moriría según ese mismo plan divino,
como de hecho ha sucedido.
-Entonces es así... Construí un esquema equivocado para interpretar los actos
del culpable, y el culpable acabó ajustándose a ese esquema. Y ha sido
precisamente ese esquema equivocado el que me ha permitido descubrir tu
rastro. En nuestra época todos están obsesionados por el libro de Juan, pero tú
me parecías el más afecto a ese tipo de meditación, no tanto por tus
especulaciones sobre el Anticristo, como porque procedías del país que ha
producido los Apocalipsis más espléndidos. Un día alguien me dijo que eras tú
quien había traído a la biblioteca los códices más hermosos. En otra ocasión,
Alinardo se puso a delirar acerca de un misterioso enemigo que había ido a
buscar libros a Silos (me llamó la atención que dijera que este último había
regresado antes de tiempo al reino de las tinieblas: en el primer momento podía
pensarse que quería decir que estaba muerto, pero en realidad aludía a tu
ceguera). Silos está cerca de Burgos, y esta mañana he encontrado en el
catálogo la referencia a una serie de adquisiciones: todos los apocalipsis
hispánicos, que correspondían al período en que sucediste, o estabas por
suceder, a Paolo da Rimini. Y en ese grupo de adquisiciones se encontraba
también este libro. Pero no pude estar seguro de lo que había reconstruido
hasta que me enteré de que el libro robado estaba hecho con folios de tela.
Entonces me acordé de Silos, y ya no tuve dudas. Desde luego, a medida que
tomaba forma la idea de este libro y de su poder venenoso, se iba
desmoronando la idea del esquema apocalíptico y y sin embargo no lograba
entender cómo podía ser que el libro y la secuencia de los toques de trompeta
condujesen ambos a ti, y entendí mejor la historia del libro justamente cuando
la secuencia apocalíptica me obligó a pensar en ti, y en tus disputas sobre la
risa. Hasta el punto de que esta noche, cuando ya no creía en el esquema
apocalíptico, insistí en controlar las caballerizas, donde esperaba el toque de la
sexta trompeta, y fue justo en las caballerizas, por pura casualidad, donde
Adso me proporcionó la clave para entrar en el finis Africae.
-No te entiendo -dijo Jorge . Estás orgulloso de poder mostrarme cómo
siguiendo tu razón has podido llegar hasta mí, y, sin embargo, me demuestras
que has llegado siguiendo una razón equivocada. ¿Qué quieres decirme9
-A ti, nada. Sencillamente, estoy desconc ertado. Pero no importa. El hecho es
que estoy aquí.
-El Señor tocaba las siete trompetas. Y, a pesar de tu error, has oído un eco
confuso de ese sonido.
-Eso ya lo dijiste en tu sermón de ayer noche. Tratas de convencerte de que
toda esta historia se ajusta a un plan divino, para no tener que verte como un
asesino.
-No he matado a nadie. Cada uno ha caído siguiendo su destino de pecador.
Yo sólo he sido un instrumento.
-Ayer dijiste que también Judas fue un instrumento. Sin embargo, se condenó.
-Acepto el riesgo de la condenación. El Señor me absolverá, porque sabe que
he obrado por su gloria. Mi deber era custodiar la biblioteca.
-Hace apenas un momento estabas dispuesto a matarme también a mí, e
incluso a este muchacho...
-Eres más sutil, pero no mejor que los otros.
-¿Y ahora qué sucederá? Ahora que he deshecho tu trampa.
-Veremos. No quiero necesariamente que mueras. Quizá logre convencerte.
Pero antes dime cómo adivinaste que se trataba del segundo libro de
Aristóteles.
-Sin duda, no me habrían bastado tus anatemas contra la risa, ni lo poco que
pude averiguar sobre la discusión que tuviste con los otros. Me han ayudado
algunas notas que dejó Venancio. Al principio, no entendí lo que quería decir.
Pero contenían ciertas alusiones a una piedra desvergonzada que rueda por la
llanura, a las cigarras que cantarán debajo de la tierra, a las venerables
higueras. Yo había leído antes algo así: lo he verificado en estos días. Son
ejemplos que Aristóteles ya daba en el primer libro de la Poética, y en la
Retórica. Después recordé que para Isidoro de Sevilla la comedia era algo que
cuesta stupra virginum et amores meretricum... Poco a poco fue dibujándose
en mi mente este segundo libro, tal como habría debido ser. Podría contártelo
casi todo, sin tener que leer las páginas envenenadas. La comedia nace en las
komai, o sea en las aldeas de campesinos: era una celebración burlesca al final
de una comida o de una fiesta. No habla de hombres famosos ni de gente de
poder, sino de seres viles y ridículos, aunque no malos. Y tampoco termina con
la muerte de los protagonistas. Logra producir el ridículo mostrando los
defectos y los vicios de los hombres comunes. Aquí Aristóteles ve la
disposición a la risa como una fuerza buena, que puede tener incluso un valor
cognoscitivo, cuando, a través de enigmas ingeniosos y metáforas
sorprendentes, y aunque nos muestre las cosas distintas de lo que son, como
si mintiese, de hecho nos obliga a mirarlas mejor, y nos hace decir: Pues mira,
las cosas eran así y yo no me había dado cuenta. La verdad alcanzada a
través de la representación de los hombres, y del mundo, peor de lo que son o
de lo que creemos que son, en todo caso, peor de como nos los muestran los
poemas heroicos, las tragedias y las vidas de los santos. ¿Estoy en lo cierto?
-Casi. ¿Lo has reconstruido leyendo otros libros?
-Con la mayoría de los cuales estaba trabajando Venancio. Creo que hacía
tiempo que iba detrás de este libro. Debe de haber leído en el catálogo la
misma referencia que después leí yo, y debe de haber comprendido que aquel
era el libro que estaba buscando. Pero no sabía cómo entrar en el finis Africae.
Cuando oyó que Berengario se lo mencionaba a Adelmo, se lanzó como el
perro que sigue el rastro de una liebre.
-Así fue. Me di cuenta en seguida. Comprendí que había llegado el momento
de defender la biblioteca con uñas y dientes...
-Y pusiste el ungüento. Debe de haberte costado bastante... en la oscuridad.
-Mis manos ya son capaces de ver mejor que tus ojos. También robé un pincel
del laboratorio de Severino. Y yo también me puse guantes. Fue una buena
idea, ¿verdad? Tardaste mucho en descubrirla...
-Sí. Pensaba en un dispositivo más complejo, en un diente envenenado o en
algo por el estilo. Debo decir que tu solución era ejemplar: la víctima se
envenenaba sola, y justo en la medida en que quería leer...
Me estremecí al comprobar que en aquel momento esos dos hombres,
enfrentados en una lucha mortal, se admiraban recíprocamente, como si cada
uno sólo hubiese obrado para obtener el aplauso del otro. De golpe pensé que
las artes que había desplegado Berengario para seducir a Adelmo, y los gestos
simples y naturales con que la muchacha había suscitado mi pasión y mi
deseo, no eran nada -en cuanto a la astucia y a la frenética habilidad para
conquistar al otro- comparados con el acto de seducción que estaban
contemplando mis ojos, y que se había desplegado a lo largo de siete días, en
los que cada uno de los interlocutores había dado, por decirlo así, misteriosas
citas al otro, cada uno con el secreto deseo de obtener la aprobación del otro,
del otro temido y odiado.
-Pero ahora dime --estaba diciendo Guillermo-, ¿por qué? ¿Por qué quisiste
proteger este libro más que tantos otros? ¿Por qué, si ocultabas tratados de
nigromancia, páginas en las que se insultaba, quizá, el nombre de Dios, sólo
por las páginas de este libro llegaste al crimen, condenando a tus hermanos y
condenándote a ti mismo? Hay muchos otros libros que hablan de la comedia,
y también muchos otros que contienen el elogio de la risa. ¿Por qué éste te
infundía tanto miedo?
-Porque era del Filósofo. Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una
parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los
padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó
con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se
transformara en la parodia humana de las categorías y del silogismo. El libro
del Génesis dice lo que hay que saber sobre la composición del cosmos, y
bastó con que se redescubriesen los libros físicos del Filósofo para que el
universo se reinterpretara en términos de materia sorda y viscosa, y para que el
árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del
mundo. Sabíamos todo sobre los nombres divinos, y el dominico enterrado por
Abbone, seducido por el Filósofo, los ha vuelto a enunciar siguiendo las
orgullosas vías de la razón natural. De este modo, el cosmos, que para el
Areopagita se manifestaba al que sabía elevar la mirada hacia la luminosa
cascada de la causa primera ejemplar, se ha convertido en una reserva de
indicios terrestres de los que se parte para elevarse hasta una causa eficiente
abstracta. Antes mirábamos el cielo, otorgando sólo una mirada de disgusto al
barro de la materia; ahora miramos la tierra, y sólo creemos en el cielo por el
testimonio de la tierra. Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los
santos y los pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había
llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara... si hubiese llegado
a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso.
-Pero, ¿por qué temes tanto a este discurso sobre la risa? No eliminas la risa
eliminando este libro.
-No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra
carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la
iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de
la feria, esa polución diurna que permite descargar lo s humores y evita que se
ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue
siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para
la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros
contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas
parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras
y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del
cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo... Pero aquí,
aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo
había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte,
se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de
filosofía, y de pérfida teología... Ayer pudiste comprobar cómo los simples
pueden concebir, y realizar, las herejías más indecentes, haciendo caso omiso
tanto de las leyes de Dios como de las de la naturaleza. Pero la iglesia puede
soportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, destruidos por
su propia ignorancia. La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá
hacer tambalearse el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la
violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval,
y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve
tiempo, la epifanía del mundo al revés. Basta con que el gesto no se transforme
en designio, con que esa lengua vulgar no encuentre una traducción latina. La
risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos
también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro
podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría.
Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente
amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría
enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres,
con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del
intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y
afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre
es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes
corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la
cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al
aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero
nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que
encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte,
ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe,
mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia
vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte. Y de este
libro podría surgir la nueva y destructiva aspiración a destruir la muerte a través
de la emancipación del miedo. ¿Y qué seríamos nosotros, criaturas pecadoras,
sin el miedo, tal vez el más propicio y afectuoso de los dones divinos? Durante
siglos, los doctores y los padres han secretado perfumadas esencias de santo
saber para redimir, a través del pensamiento dirigido hacia lo alto, la miseria y
la tentación de todo lo bajo. Y este libro, que presenta como milagrosa
medicina a la comedia, a la sátira y al mimo, afirmando que pueden producir la
purificación de las pasiones a través de la representación del defecto, del vicio,
de la debilidad, induciría a los falsos sabios a tratar de redimir (diabólica
inversión) lo alto a través de la aceptación de lo bajo. De este libro podría
deducirse la idea de que el hombre puede querer en la tierra (como sugería tu
Bacon a propósito de la magia natural) la abundancia del país de Jauja. Pero
eso es lo que no debemos ni podremos tener. Mira cómo los monjecillos
pierden toda vergüenza en esa parodia burlesca que es la Coena Cypriani.
¡Qué diabólica transfiguración de la escritura sagrada! Sin embargo, lo hacen
sabiendo que está mal. Pero si algún día la palabra del Filósofo justificase los
juegos marginales de la imaginación desordenada, ¡oh, entonces sí que lo que
está en el margen saltaría al centro, y el centro desaparecería por completo! El
pueblo de Dios se transformaría en una asamblea de monstruos eructados
desde los abismos de la terra incognita, y entonces la periferia de la tierra
conocida se convertiría en el corazón del imperio cristiano, los arimaspos
estarían en el trono de Pedro, los blemos en los monasterios, los enanos
barrigones y cabezudos en la biblioteca, ¡custodiándola! Los servidores
dictarían las leyes y nosotros (pero entonces tú también) tendríamos que
obedecer en ausencia de toda ley. Dijo un filósofo griego (que tu Aristóteles cita
aquí, cómplice e inmunda auctoritas) que hay que valerse de la risa para
desarmar la seriedad de los oponentes, y a la risa, en cambio, oponer la
seriedad. La prudencia de nuestros padres ha guiado su elección: si la risa es
la distracción de la plebe, la licencia de la plebe debe ser refrenada y humillada
y atemorizada mediante la severidad-Y la plebe carece de armas para afinar su
risa hasta convertirla en un instrumento contra la seriedad de los pastores que
deben conducirla hacia la vida eterna y sustraerla a las seducciones del vientre,
de las partes pudendas, de la comida, de sus sórdidos deseos. Pero si algún
día alguien, esgrimiendo las palabras del Filósofo y hablando, por tanto, como
filósofo, elevase el arte de la risa al rango de arma sutil, si la retórica de la
convicción es reemplazada por la retórica de la irrisión, si la tópica de la
construcción paciente y salvadora de las imágenes de la redención es
reemplazada por la tópica de la destrucción impaciente y del desbarajuste de
todas las imágenes más santas y venerables... ¡Oh, ese día también tú,
Guillermo, y todo tu saber, quedaríais destruidos!
-¿Por qué? Yo lucharía. Mi ingenio contra el ingenio del otro. Sería un mundo
mejor que este donde el fuego y el hierro candente de Bernardo Gui humillan al
fuego y al hierro candente de Dulcino.
---Quedaríasatrapado tú también en la trama del demonio. Lucharías del otro
lado' en el campo de Harmagedón, donde se librará la batalla final. Pero para
ese día la iglesia debe saber imponer la regla del conflicto. No nos da miedo la
blasfemia, porque incluso en la maldición de Dios reconocemos la imagen
extraviada de la ira de Jehová que maldice a los ángeles rebeldes. No nos da
miedo la violencia que mata a los pastores en nombre de alguna fantasía de
renovación, porque es la misma violencia de los príncipes que trataron de
destruir al pueblo de Israel. No nos da miedo el rigor del donatista, la locura
suicida del circuncelión, la lujuria del bogomilo, la orgullosa pureza del
albigense, la necesidad de sangre del flagelante, el vértigo maléfico del
hermano del libre espíritu: los conocemos a todos, y conocemos la raíz de sus
pecados, que es la misma raíz de nuestra santidad. No nos dan miedo, y sobre
todo sabemos cómo destruirlos, mejor, cómo dejar que se destruyan solos
llevando perversamente hasta el cenit la voluntad de muerte que nace de los
propios abismos de su nadir. Al contrario, yo diría que su presencia nos es
imprescindible, se inscribe dentro del plan divino, porque su pecado estimula
nuestra virtud, su blasfemia alienta nuestra alabanza, su penitencia
desordenada modera nuestra tendencia al sacrificio, su impiedad da brillo a
nuestra piedad, así como el príncipe de las tinieblas fue necesario, con su
rebelión y su desesperanza, para que resplandeciera mejor la gloria de Dios,
principio y fin de toda esperanza. Pero si algún día, y ya no como excepción
plebeya, sino como ascesis del docto, confiada al testimonio indestructible de la
escritura, el arte de la irrisión llegara a ser aceptable, y pareciera noble, y
liberal, y ya no mecánico, si algún día alguien pudiese decir (y ser escuchado):
Me río de la Encarnación... Entonces no tendríamos armas para detener la
blasfemia, porque apelaría a las fuerza s oscuras de la materia corporal, las que
se afirman en el pedo y en el eructo, ¡y entonces el eructo y el pedo se
arrogarían el derecho que es privilegio del espíritu, el derecho de soplar donde
quieran!
-Licurgo hizo erigir una estatua a la risa.
-Esto lo leíste en el libelo de Cloricio, que trató de absolver a los mimos de la
acusación de impiedad, y mencionó el caso de un enfermo curado por un
médico que lo había ayudado a reír. ¿Por qué había que curarlo, si Dios había
establecido que su paso por la tierra ya estaba cumplido?
-No creo que lo curase del mal. Lo que hizo fue enseñarle a reírse de él.
-El mal no se exorciza. Se destruye.
-Junto con el cuerpo del enfermo.
-Si es necesario.
-Eres el diablo ---dijo entonces Guillermo.
Jorge pareció no entender. Si no hubiese sido ciego, diría que clavó en su
interlocutor una mirada atónita.
-¿Yo? -dijo.
-Sí, te han mentido. El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la
arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El
diablo es sombrío porque sabe adonde, va, y siempre va hacia el sitio del que
procede. Eres el diablo, y como el diablo vives en las tinieblas. Si querías
convencerme, no lo has logrado. Te odio, Jorge, y si pudiese te sacaría a la
explanada y te pasearía desnudo. Te metería plumas de gallina en el agujero
del culo y te pintaría la cara como la de un juglar o un bufón, para que todos en
el monasterio pudieran reírse de ti, y ya no tuviesen miedo. Me gustaría rociarte
de miel y revolcarte después en las plumas, ponerte riendas y llevarte por las
ferias, para decir a todos: Este os anunciaba la verdad y os decía que la verdad
sabe a muerte, y os convencía menos con sus palabras, que con su lóbrego
aspecto. Y ahora os digo que Dios, en el infinito torbellino de las posibilidades,
os permite también imaginar un mundo en el que este supuesto intérprete de la
verdad sólo sea un pajarraco tonto que va repitiendo lo que aprendió hace
mucho tiempo.
-Tú eres peor que el diablo, franciscano --dijo entonces Jorge . Eres un juglar,
como el santo que os ha parido. Eres como tu Francisco, que de toto corpore
fecerat linguam, que pronunciaba sermones dando espectáculos como los
saltimbanquis, que confundía al avaro dándole monedas de oro, que humillaba
la devoción de las hermanas recitando el Miserere en vez de pronunciar el
sermón, que mendigaba en francés, y con un trozo de madera imitaba a un
violinista, que se disfrazaba de vagabundo para confundir a los frailes glotones,
que se echaba desnudo sobre la nieve, que hablaba con los animales y las
plantas, que transformaba el propio misterio de la Navidad en espectáculo de
aldea, que invocaba al cordero de Belén imitando el balido de la oveja... ¡Buena
escuela!... ¿No era franciscano aquel fraile Diostesalve de Florencia?
-Sí --dijo Guillermo sonriendo---. El que se presentó en el convento de los
predicadores y dijo que sólo aceptaría que le dieran de comer si antes le
entregaban un trozo de la túnica de fray Juan, para guardarlo como reliquia.
Pero cuando se lo entregaron lo usó para limpiarse el trasero y después lo
arrojó al retrete y empezó a revolverlo en la mierda con un palo, y a gritar: «¡Ay,
ayudadme, hermanos, ayudadme, he perdido la reliquia del santo en la letrina!>
-Parece que la historia te divierte. Quizá también quieras contarme la del otro
franciscano, fray Pablo Milmoscas, que un día resbaló en el hielo y allí se
quedó echado cuan largo era, y sus conciudadanos se burlaban de él, y
cuando uno le preguntó si no le gustaría estar encima de algo mejor, él
respondió: «Sí, de tu mujer ... » Así buscáis vosotros la verdad.
-Así enseñaba Francisco a la gente cómo ver las cosas de otra manera.
-Pero os hemos disciplinado. Ya has visto ayer a tus hermanos. Han vuelto a
entrar en nuestras filas. Ya no habían como los simples. Los simples no deben
hablar. Este libro habría justificado la idea de que la lengua de los simples es
portadora de algún saber. Había que impedirlo. Eso es lo que he hecho. Dices
que soy el diablo: no es verdad. He sido la mano de Dios.
-La mano de Dios crea, no esconde.
-Hay límites que deben respetarse. Dios ha querido que en ciertos pergaminos
se escribiera: hic sunt leones.
-Dios también ha creado los monstruos. También te ha creado a ti. Y quiere
que se hable de todo.
Jorge alargó sus manos temblorosas y cogió el libro. Lo tenía abierto, pero al
revés, de modo que Guillermo siguiese viéndolo del lado correcto:
-Entonces ¿por qué --dijo- ha dejado que este texto estuviese perdido durante
tantos siglos, y que sólo se salvara una copia de él, y que la copia de esa
copia, que acabó vaya a saberse dónde, permaneciese enterrada durante años
en poder de un infiel que no conocía el griego, y que después quedara
abandonada en el recinto de una biblioteca a la que yo, no tú, fui llamado por la
providencia para que la descubriera, y me la llevase, y volviera a esconderla
durante muchos otros años? Sé, sé como si lo viese escrito en letras de
diamante, con mis ojos que ven cosas que tú no ves, sé que ésa era la
voluntad del Señor, y he actuado interpretando esa voluntad. En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Séptimo día
NOCHE
Donde sobreviene la ecpirosis y por causa de un exceso de virtud prevalecen
las fuerzas del infierno.
El viejo calló. Tenía las dos manos abiertas sobre ellibro, como si estuviese
acariciando las páginas o extendiendo los folios para leerlos mejor, o como si
quisiese protegerlo de la rapiña.
-Sin embargo, todo eso no ha servido de nada -le dijo Guillermo-. Ahora todo
ha concluido, te he encontrado, he encontrado el libro, y los otros han muerto
en vano.
-No en vano. Quizás en exceso. Y si de algo pudiera servirte una prueba de
que este libro está maldito, ahí la tienes. Pero sus muertes no deben haber sido
en vano. Y para que no resulten vanas, una muerte más no será excesiva.
Eso dijo, y con sus manos descarnadas y traslúcidas empezó a desgarrar
lentamente, en trozos y en tiras, las blandas páginas del manuscrito, y a
meterse los jirones en la boca, masticando lentamente como si estuviese
consumiendo la hostia y quisiera convertirla en carne de su carne.
Guillermo lo miraba fascinado y parecía no darse cuenta de lo que estaba
sucediendo. Después reaccionó y se echó hacia adelante gritando: «¿Qué
haces?» Jorge sonrió, descubriendo sus encías exangües, mientras de sus
pálidos labios manaba una saliva amarillenta que resbaló por los escasos y
blancos pelos de la barbilla.
-Eres tú quien esperaba el toque de la séptima trompeta, ¿verdad? Escucha
ahora lo que dice la voz: «Sella las cosas que han dicho los siete truenos y no
las escribas, toma y cómelo, y amargará tu vientre, pero en tu boca será dulce
como la miel.» ¿Ves? Ahora sello lo que no debía ser dicho, lo sello
convirtiéndome en su tumba.
Y se echó a reír, justo él, Jorge. Era la primera vez que lo oía reír... Reír con la
garganta, sin que sus labios expresaran alegría, pues daba casi la impresión de
estar llorando:
-No te esperabas este final, ¿verdad Guillermo? Por gracia del Señor, este
viejo gana otra vez, ¿verdad?
Y como Guillermo intentó quitarle el libro, Jorge, que advirtió el gesto por la
vibración del aire, se echó hacia atrás apretando el libro contra su pecho con la
mano izquierda, mientras que con la derecha seguía desgarrando sus páginas
y metiéndoselas en la boca.
Estaba del otro lado de la mesa y Guillermo, que no llegaba a tocarlo, hizo un
movimiento brusco para sortear el obstáculo. Pero su sayo se enganchó en el
taburete haciéndolo caer, y Jorge no pudo por menos que advertir el alboroto.
El viejo volvió a reír, esta vez con más fuerza, y con sorprendente rapidez
extendió la mano derecha, y guiándose por el calor localizó a tientas la llama y,
sin temer el dolor, le puso la mano encima, y la llama se apagó. La habitación
quedó sumida en las tinieblas y oímos por última vez la carcajada de Jorge,
que gritaba: «Encontradme ahora, ¡ahora soy yo el que ve mejor!» Después
calló y ya no pudimos oírlo, pues se movía con aquellos pasos silenciosos que
daban siempre un carácter sorpresivo a sus apariciones. Sólo cada tanto, en
diferentes sitios de la sala, oíamos el ruido de los folios desgarrados.
-¡Adso! -gritó Guillermo-, ponte en la puerta, no lo dejes salir.
Pero había hablado demasiado tarde, porque yo, que desde hacía unos
segundos ardía de deseos de lanzarme sobre el viejo, me había arrojado,
cuando quedamos en tinieblas, hacia el lado opuesto de la mesa, tratando de
sortear el obstáculo por la parte contraria a la que se había lanzado mi
maestro. Demasiado tarde comprendí que así le había permitido a Jorge ganar
la salida, porque el viejo sabía orientarse extraordinariamente bien en la
oscuridad. En efecto, oímos un ruido de folios desgarrados a nuestras
espaldas; bastante atenuado, porque ya provenía de la habitación contigua. Y
al mismo tiempo oímos otro ruido, un chirrido trabajoso y progresivo, un
gernido, de goznes.
-¡El espejo! -gritó Guillermo-. ¡Está encerrándonos!
Guiados por el ruido, ambos nos lanzamos hacia la salida. Tropecé con un
escabel y me golpeé en una pierna, pero no me detuve, porque de repente
comprendí que si Jorge lograba encerrarnos ya nunca saldríamos de allí: en la
oscuridad no habríamos encontrado la manera de abrir, pues ignorábamos qué,
y cómo, había que mover de aquel lado del espejo.
Creo que Guillermo actuaba con la misma desesperación que yo, pues lo oí a
mi lado cuando, al llegar al umbral, ambos nos pusimos a empujar la parte de
atrás del espejo, que se estaba cerrando hacia nosotros. Llegamos a tiempo,
porque la puerta se detuvo y poco después cedió y volvió a abrirse. Era
evidente que, al advertir que el juego era desigual, Jorge se había alejado.
Salimos de la habitación maldita, pero ahora no sabíamos hacia dónde se
había dirigido el viejo, y la oscuridad seguía siendo total. De pronto recordé:
-¡Maestro, pero si tengo el eslabón!
-Y entonces, ¿qué esperas9 ¡Busca la lámpara y enciéndela!
Me lancé en la oscuridad hacia el finis Africae y empecé a buscar a tientas la
lámpara. Por milagro divino, en seguida di con ella; hurgué en mi escapulario y
encontré el eslabón; mis manos temblaban y tuve que intentarlo varias veces
hasta que logré hacer chispa, mientras Guillermo jadeaba desde la puerta:
«¡Rápido, rápido!» Finalmente, encendí la lámpara.
-¡Rápido -volvió a incitarme Guillermo-, si no se comerá todo el Aristóteles!
-¡Y morirá! -grité angustiado mientras corría a su encuentro y juntos nos
poníamos a buscar.
-¡No me importa que muera, el malditol -gritaba Guillermo clavando los ojos en
la oscuridad que nos rodeaba y moviéndose de un lado para otro---. Total, con
lo que ha comido su suerte ya está sellada. ¡Pero yo quiero el libro! --después
se detuvo, y añadió un poco más tranquilo-: Espera. Así nunca lo
encontraremos. Quedémonos un momento callados y quietos.
Nos paralizamos en silencio. Y en el silencio oímos no muy lejos el ruido de un
cuerpo que chocaba con un armario, y el estrépito de algunos libros al caer.
-¡Por allí! --gritarnos al mismo tiempo.
Corrimos hacia los ruidos, pero en seguida comprendimos que debíamos
avanzar más lentamente. En efecto, fuera del finis Africae la biblioteca, aquella
noche, estaba expuesta a ráfagas de aire que la atravesaban silbando y
gimiendo, con una intensidad proporcional al fuerte viento que soplaba afuera.
Multiplicadas por nuestro impulso, esas corrientes de aire amenazaban con
apagar la lámpara, que tanto nos había costado reconquistar. Como no
podíamos avanzar más rápido, lo adecuado hubiese sido frenar a Jorge. Pero
Guillermo pensó precisamente lo contrario, y gritó: ¡Te hemos cogido, viejo,
ahora tenemos la luz!
Sabia decisión, porque es probable que aquello inquietara a Jorge, quien debió
de acelerar el paso, desequilibrando así su mágica sensibilidad de vidente en
las tinieblas. De hecho, poco después oímos un ruido, y cuando, guiándonos
por ese sonido, entramos en la sala Y de YSPANIA, lo vimos en el suelo, con el
libro aún entre las manos, intentando ponerse de pie en medio de los
volúmenes que habían caído de la mesa que acababa de llevarse por delante y
derribar. Mientras intentaba levantarse seguía arrancando las páginas, como si
quisiera devorar lo más aprisa posible su botín.
Cuando llegamos a su lado, ya estaba otra vez en pie, y, al percibir nuestra
presencia, nos hizo frente al tiempo que retrocedía. La roja claridad de la
lámpara iluminó su rostro ya horrible: las facciones deformadas, la frente y las
mejillas surcadas por un sudor maligno; los ojos, normalmente de una blancura
mortal, estaban inyectados de sangre, de la boca salían jirones de pergamino,
como una bestia sal
vaje atragantada de comida. Desfigurado por la angustia, por el acoso del
veneno que ya serpenteaba abundante por sus venas, por su desesperada y
diabólica decisión, el otrora venerable rostro del anciano se veía repulsivo y
grotesco: en otras circunstancias hubiese podido dar risa, pero también
nosotros nos habíamos convertido en una especie de animales y éramos como
perros lanzados en pos de su presa.
Habríamos podido atraparlo con calma, pero nos precipitamos con vehemencia
sobre él. Logró zafarse y apretó el libro contra su pecho para defenderlo. Yo lo
tenía cogido con la mano izquierda, mientras con la derecha trataba de
mantener en alto la lámpara. Pero rocé su rostro con la llama, y al sentir el
calor emitió un sonido ahogado, casi un rugido, dejando caer trozos de folios de
la boca. Su mano derecha soltó el libro, buscó la lámpara y, de un golpe, me la
arrancó lanzándola hacia adelante...
La lámpara fue a parar justo al montón de libros que habían caído de la mesa y
yacían unos encima de otros con las páginas abiertas. Se derramó el aceite, y
en segui da el fuego prendió en un pergamino muy frágil que ardió como un haz
de homija reseca. Todo sucedió en pocos instantes: una llamarada se elevó
desde los libros, como si aquellas páginas milenarias llevasen siglos esperando
quemarse y gozaran al satisfacer de golpe una sed inmemorial de ecpirosis.
Guillermo se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y soltó al viejo --que al
sentirse libre retrocedió unos pasos-; vaciló un momento, sin duda demasiado
largo, dudando entre coger de nuevo a Jorge o lanzarse a apagar la pequeña
hoguera. Un libro más viejo que los otros ardió casi de golpe, lanzando hacia lo
alto una lengua de fuego.
Las finas ráfagas de viento, que podían apagar una débil llamita, avivaban en
cambio a las más grandes y vigorosas, e incluso les arrancaban lenguas de
fuego que aceleraban su propagación.
-¡Rápido, apaga ese fuego! -gritó Guillermo-. ¡Si no, se quemará todo!
Me lancé hacia la hoguera, y luego me detuve, porque no sabía qué hacer.
Guillermo acudió en mi ayuda. Tendimos los brazos hacia el incendio,
buscando con los ojos algo con que sofocarlo; de pronto tuve una inspiración:
me quité el sayo pasándolo por la cabeza, y traté de echarlo sobre el fuego.
Pero ya las llamas eran demasiado altas: lamieron mi sayo y lo devoraron.
Retiré las manos, que se habían quemado, me volví hacia Guillermo y vi, justo
a sus espaldas, a Jorge. El calor era ya tan fuerte que lo sintió muy bien y se
acercó: no tuvo dificultad alguna para localizar el fuego, y arrojar el Aristóteles
a las llamas.
Guillermo tuvo un arranque de ira y dio un violento empujón al viejo, que fue a
dar contra un armario, se golpeó la cabeza con una arista, y cayó al suelo...
Pero Guillermo, al que creo haberle escuchado una horrible blasfemia, no se
ocupó de él. Volvió a los libros. Demasiado tarde. El Aristóteles, o sea lo que
había quedado de él después de la comida del viejo, ya ardía.
Mientras tanto algunas chispas habían volado hacia las paredes y los libros de
un armario ya se estaban abarquillando arrebatados por el fuego. Ahora no
había un incendio en la sala, sino dos.
Guillermo se dio cuenta de que no podríamos apagarlos con las manos, y
decidió salvar los libros con los libros. Cogió un volumen que le pareció mejor
encuadernado, y más compacto que los otros, y trató de usarlo como un arma
para sofocar al elemento adverso. Pero golpeando la tapa tachonada contra la
pira de libros ardientes lo único que conseguía era provocar nuevas chispas.
Intentó apagarlas con los pies, pero obtuvo el efecto contrario, porque se
elevaron por el aire fragmentos de pergamino casi convertidos en cenizas, que
revoloteaban como murciélagos mientras el aire, aliado a su aéreo compañero,
los enviaba a incendiar 1 a materia terrestre de otros folios.
La desgracia había querido que aquella fuese una de las salas más
desordenadas del laberinto. De los anaqueles colgaban manuscritos
enrollados; otros libros ya desencuadernados mostraban entre sus tapas, como
entre labios abiertos, lenguas de pergamino reseco por los años, y la mesa
debía de haber estado cubierta por una gran cantidad de textos que Malaquías
(ya solo desde hacía varios días) había ido acumulando sin guardar en sus
respectivos sitios.
De modo que la habitación, después del desorden creado por Jorge, estaba
invadida de pergaminos que sólo esperaban la oportunidad para transformarse
en otro elemento.'
En muy poco tiempo aquel sitio fue un brasero, una zarza ardiente. Los
armarios, que también participaban de aquel sacrificio, empezaban a crepitar.
Comprendí que el laberinto todo no era más que una inmensa pira de sacrificio,
preparada para arder con la primera chispa...
-¡Agua, se necesita agua! -decía
Guillermo, pero luego añadía-: ¿Y dónde hay agua en este infierno?
-¡En la cocina, en la cocina! -grité.
Guillermo me miró perplejo, con el rostro enrojecido por el furioso resplandor:
-Sí, pero antes de que hayamos bajado y vuelto a subir... ¡Al diablo! -gritó
después-, en todo caso esta habitación está perdida, y quizá también la de al
lado. ¡Bajemos en seguida, yo busco agua, tú ve a dar la alarma, se necesita
mucha gente!
Encontramos el camino hacia la escalera porque la conflagración también
iluminaba las sucesivas habitaciones, aunque cada vez con menos intensidad,
de modo que las últimas dos habitaciones tuvimos que atravesarlas casi a
tientas. Debajo, la luz de la noche alumbraba pálidamente el scriptorium, desde
donde bajamos al refectorio. Guillermo corrió a la cocina; yo, a la puerta del
refectorio, y tuve que afanarme bastante para poder abrirla desde dentro
porque estaba atontado y entorpecido por la agitación. Salí por fin a la
explanada, corrí hacia el dormitorio, pero después comprendí que tardaría
demasiado despertando a los monjes uno por uno, y tuve una inspiración: fui a
la iglesia y busqué la forma de subir al campanario. Cuando llegué, me aferré a
todas las cuerdas, tocando a rebato. Tiraba con fuerza y la cuerda de la
campana mayor me arrastraba consigo cuando subía. En la biblioteca me
había quemado el dorso de las manos: las palmas aún estaban sanas, pero me
las quemé deslizándolas por las cuerdas, hasta que se cubrieron de sangre y
tuve que dejar de tirar.
Pero para entonces ya había hecho bastante ruido. Bajé corriendo a la
explanada, justo a tiempo para ver salir del dormitorio a los primeros monjes,
mientras a lo lejos sonaban las voces de los sirvientes que estaban
asomándose al umbral de sus viviendas. No pude explicarme bien, porque era
incapaz de formular palabras, y las primeras que me vinieron a los labios
fueron en mi lengua materna. Con la mano ensangrentada señalaba hacia las
ventanas del ala meridional del Edificio, cuyas lajas de alabastro dejaban
traslucir un resplandor anormal. Por la intensidad de la luz comprendí que
desde el momento de mi salida, y mientras tocaba las campanas, el fuego se
había propagado a otras habitaciones. Todas las ventanas del AFRICA, y todas
las de la pared que unía esta última con el torreón oriental, brillaban con
resplandores desiguales.
-¡Agua, traed agua! -gritaba.
En un primer momento, nadie entendió. Los monjes estaban tan habituados a
considerar la biblioteca como un lugar sagrado e inaccesible, que no lograban
darse cuenta de que se encontraba amenazada por un vulgar incendio, como la
choza de cualquier campesino. Los primeros que alzaron la mirada hacia las
ventanas se santiguaron murmurando palabras de terror: comprendí que
pensaban en nuevas apariciones. Me aferré a sus vestiduras, les imploré que
entendieran, hasta que alguien tradujo mis sollozos. en palabras humanas.
Era Nicola da Morimondo, quien dijo:
-¡La biblioteca arde!
-¡Por fin! -murmuré, dejándome caer agotado.
Nicola dio pruebas de gran energía. Gritó órdenes a los sirvientes, dio consejos
a los monjes que lo rodeaban, envió a unos al Edificio para que abriesen las
puertas, a otros los mandó a bus car cubos y todo tipo de recipientes, y a los
que quedaban' les dijo que fueran hasta las fuentes y los depósitos de agua
que había en el recinto. Ordenó a los vaqueros que usasen los mulos y los
asnos para transportar las tinajas... Si esas disposiciones hubieran procedido
de un hombre dotado de autoridad, habrían encontrado un acatamiento
inmediato. Pero los sirvientes estaban habituados a recibir órdenes de Remigio;
los copistas, de Malaquías; todos, del Abad. Pero, ¡ay!, ninguno de los tres
estaba presente. Los monjes buscaban con los ojos al Abad para que les
explicara y los tranquilizase, pero no lo encontraban, y sólo yo sabía que
estaba muerto, o que estaba muriendo en aquel momento, emparedado en un
pasadizo asfixiante que ahora se estaba transformando en un horno, en un toro
de Fálaris.
Nicola enviaba a los vaqueros en una dirección, pero otro monje, animado de
buenas intenciones, los enviaba hacia la dirección contraria. Era evidente que
algunos hermanos habían perdido la calma; otros, en cambio, aún estaban
atontados por el sueño. Yo trataba de explicar, porque ya había recobrado el
uso de la palabra, pero debe recordarse que estaba casi desnudo, pues había
arrojado mi hábito a las llamas, y el espectáculo de aquel muchacho en-,
sangrentado, con el rostro negro de hollín, con el cuerpo indecentemente
lampiño, atontado ahora por el frío, no debía de inspirar, sin duda, demasiada
confianza.
Finalmente, Nicola logró arrastrar a algunos hermanos y otra gente hasta la
cocina, cuyas puertas alguien había abierto entre tanto. Alguien tuvo el buen
tino de traer antorchas. Encontramos el local en gran desorden, y comprendí
que Guillermo debía de haberlo revuelto de arriba abajo para buscar agua y
recipientes con que transportarla.
Justo en aquel momento vi a Guillermo que aparecía por la puerta del
refectorio, con el rostro chamuscado, el hábito humeante y una gran olla en las
manos y me dio pena, pobre alegoría de la impotencia. Comprendí que,
aunque hubiera logrado transportar hasta el segundo piso una cacerola de
agua sin volcarla, y aunque lo hubiese logrado más de una vez, era muy poco
lo que debía de haber conseguido. Recordé la historia de San Agustín, cuando
ve un niño que trata de trasvasar el agua del mar con una cuchara: el niño era
un ángel, y hacía eso para burlarse del santo, que pretendía penetrar los
misterios de la naturaleza divina. Y como el- ángel me habló Guillermo,
apoyándose exhausto en la jamba de la puerta:
-Es imposible. Nunca lo lograremos. Ni siquiera con todos los monjes de la
abadía. La biblioteca está perdida.
A diferencia del ángel, Guillermo lloraba.
Me arrimé a él, que arrancó un paño de una mesa para tratar de cubrirme. Ya
derrotados, nos quedamos. observando lo que sucedía a nuestro alrededor.
La gente corría de un lado para otro. Unos subían con las manos vacías y se
cruzaban en la escalera de caracol con otros que, impulsados por la curiosidad,
ya habían subido, y ahora bajaban para buscar recipientes. Otros, más
despabilados, buscaban en seguida cacerolas y palanganas, para después
comprobar que en la cocina no había suficiente agua. De pronto la inmensa
habitación fue invadida por varios mulos cargados con tinajas; los vaqueros
que los conducían cogieron las tinajas y trataron de llevar el agua al piso
superior. Pero no sabían por dónde se subía al scriptorium, y pasó un buen rato
hasta que algunos de los copistas les indicaron el camino; y cuando estaban
subiendo chocaron con los que bajaban aterrorizados. Algunas de las tinajas se
quebraron y el agua se derramó, mient ras que manos solícitas se encargaban
de subir otras por la escalera de caracol. Seguí al grupo y me encontré en el
scriptorium: por el acceso a la biblioteca salía una densa humareda, los últimos
que habían intentado subir por el torreón orienta] volvían tosiendo y con los
ojos enrojecidos, diciendo que ya no podía penetrarse en aquel infierno.
Entonces vi a Bencio. Con el rostro alterado, subía de la planta baja trayendo
un enorme recipiente. Al escuchar lo que decían los que volvían de la
biblioteca, los apostrofó:
-¡El infierno os tragará, cobardes! -Se volvió como en busca de ayuda y me vio-
: Adso -gritó-, la biblioteca... la biblioteca...
No esperó mi respuesta. Corrió hacia el pie de la escalera y penetró con arrojo
en el humo. Fue la última vez q ue lo vi.
Escuché un crujido procedente de arriba. De las bóvedas del scriptorium caían
trozos de piedra mezclados con cal. Una clave de bóveda esculpida en forma
de flor se soltó y cayó casi sobre mi cabeza. El piso del laberinto estaba
cediendo.
Bajé corriendo a la planta baja y salí al exterior. Algunos sirvientes solícitos
habían traído escaleras con las que trataban de llegar a las ventanas de los
pisos superiores para entrar el agua por allí. Pero las escaleras más largas
apenas llegaban a las ventanas del scriptorium, y los que habían subido hasta
allí no podían abrirlas desde fuera. Mandaron a decir que las abrieran desde
dentro, pero ya nadie se atrevía a subir.
Por mi parte, miraba las ventanas del tercer piso. Ahora toda la biblioteca debía
de haberse convertido en un solo brasero humeante, y el fuego debía de correr
de habitación en habitación, ramificándose rápidamente entre los millares de
páginas resecas. Todas las ventanas estaban iluminadas, una negra humareda
salía por arriba: el fuego ya se había propagado a las vigas del techo. El
Edificio, que parecía tan sólido e inconmovible, revelaba en aquel trance su
debilidad, sus fisuras: las paredes comidas por dentro, las piedras sin
argamasa que dejaban pasar las llamas hasta las partes más escondidas del
armazón de madera.
De golpe varias ventanas estallaron como empujadas por una fuerza interior;
las chispas saltaron hacia afuera poblando de luces errantes la oscuridad de la
noche. El viento había amainado, y fue una desgracia, porque si hubiese
seguido soplando con fuerza, quizás habría podido apagar las chispas,
mientras que, al ser ligero, las transportaba y las avivaba, haciéndolas
revolotear junto con jirones de pergamino, cuya fragilidad crecía con aquel
fuego interior. En ese momento se escuchó un estruendo: una parte del piso
del laberinto había cedido y sus vigas ardientes habían caído al scriptorium,
porque ahora se veían allí las llamas, entre los muchos libros y armarios que
también lo poblaban, además de los folios sueltos que había sobre las mesas,
listos para responder a la llamada de las chispas. Escuché gritos de
desesperación procedentes de un grupo de copistas que se cogían la cabeza
con las manos y todavía hablaban de subir heroicamente para recuperar sus
amadísimos pergaminos. En vano, porque la cocina y el refectorio eran ya una
encrucijada de almas perdidas que corrían en todas direcciones, donde todos
tropezaban entre sí. La gente chocaba, caía, los que llevaban un recipiente
derramaban su contenido salvador, los mulos que habían entrado en la cocina
advertían la presencia del fuego y se precipitaban dando patadas hacia las
salidas, atropellando a las personas e incluso a sus propios, y aterrorizados,
palafreneros. Se veía bien que, en todo caso, aquella turbamulta de aldeanos y
hombres devotos y sabios, pero totalmente ineptos, huérfanos de toda
conducción, habría estorbado incluso la acción de cualquier auxilio que pudiera
llegar.
El desorden se había extendido a toda la meseta. Pero aquello sólo era el
comienzo de la tragedia. Porque, alentada por el viento, la nube de chispas ya
salía, triunfante, por las ventanas y el techo, para ir a caer en todas partes,
tocando la techumbre de la iglesia. Nadie ignora que muchas catedrales
espléndidas sucumbieron al ataque de las llamas: porque la casa de Dios se ve
hermosa e inexpugnable como la Jerusalén celeste por las piedras que ostenta,
pero los muros y las bóvedas se apoyan en-una frágil, aunque admirable,
arquitectura de madera, y si la iglesia de piedra evoca los bosques más
venerables por sus columnas que se ramifican hacia las altas bóvedas,
audaces como robles, de roble también suele tener el cuerpo, y de madera
también son sus muebles, sus altares, sus coros, sus retablos, sus bancos, sus
sillones, sus candelabros. Tal era el caso de la iglesia abacial cuya bellísima
portada tanto me había fascinado el primer día. Se incendió en muy poco
tiempo. Entonces los monjes y todos los habitantes de la meseta
comprendieron que estaba en juego la supervivencia misma de la abadía, y
todos echaron a correr en forma aún más arrojada y caótica tratando de evitar
el desastre.
Sin duda, la iglesia era más accesible, y por tanto más defendible que la
biblioteca. A esta última la había condenado su propia impenetrabilidad, el
misterio que la protegía, la escasez de sus accesos. La iglesia, maternalmente
abierta a todos en la hora de la oración, también estaba abierta para recibir el
auxilio de todos en la hora de la necesidad. Pero no había más agua, o había
muy poca acumulada, y las fuentes la suministraban con natural parsimonia, y
con una lentitud que no correspondía a la urgencia del momento. Todos
habrían querido apagar el incendio de la iglesia, pero ya nadie sabía cómo
hacerlo. Además, el fuego había empezado por arriba, hasta donde era difícil
izarse para golpear las llamas o ahogarlas con tierra y trapos.
Y cuando las llamas llegaron por abajo, fue inútil arrojarles tierra o arena,
porque ya el techo se desplomaba sobre los que luchaban contra el fuego,
derribando a muchos de ellos.
Así, a los gritos de quienes lamentaban la pérdida de tantas riquezas, se
unieron los gritos de dolor de quienes tenían la cara quemada, los miembros
aplastados, los cuerpos sepultados por la repentina caída de las bóvedas.
El viento volvía a soplar con fuerza, y con más fuerza ayudaba a la
propagación del fuego. De la iglesia, las llamas pasaron en seguida a los
chiqueros y los establos. Aterrorizados, los animales rompieron sus ataduras,
derribaron las puertas y echaron a correr por la meseta relinchando, mugiendo,
balando y gruñendo horriblemente. Algunas chispas alcanzaron las crines de
los caballos, y la explanada se llenó de criaturas infernales, corceles en llamas
que corrían sin meta ni reposo derribando todo lo que encontraban a su paso.
Vi cómo el magnífico Brunello, aureolado de fuego, derribaba a Alinardo, que
vagaba perdido sin comprender lo que sucedía, cómo lo arrastraba por el polvo
y luego lo abandonaba, pobre cosa informe, sobre el suelo. Pero no hubo
tiempo ni forma de que lo ayudara, ni pude detenerme a deplorar su muerte,
porque este tipo de escenas se repetían ya por todas partes.
Los caballos en llamas habían transportado el fuego hasta donde el viento aún
no lo había hecho: ahora ardían también los talleres y la casa de los novicios.
Tropas de personas corrían de un extremo a otro de la explanada, sin saber
adónde ir o corriendo en pos de metas ilusorias. Vi a Nicola, con la cabeza
herida y el hábito en jirones, que, ya vencido, de rodillas sobre la avenida
central, maldecía la maldición divina. Vi a Pacifico da Tivoli, que, renunciando a
toda idea de auxilio, estaba tratando de atrapar un mulo desbocado, y cuando
lo consiguió me gritó que hiciese lo mismo, y que escapara, para huir de aquel
siniestro simulacro del Harmagedón.
Entonces me pregunté dónde estaría Guillermo, y temí que hubiese quedado
sepultado bajo las ruinas. Tardé bastante en encontrarlo, cerca del claustro.
Tenía consigo su saco de viaje: cuando el fuego empezaba a propagarse a la
casa de los peregrinos, había subido hasta su celda para salvar al menos sus
preciosas pertenencias. También había cogido mi saco, donde encontré con
que vestirme. Jadeando, nos quedamos mirando lo que sucedía a nuestro
alrededor.
La abadía ya estaba condenada. Casi todos sus edificios eran, en mayor o
menor medida, pasto de las llamas. Y los que aún estaban intactos pronto
dejarían de estarlo, porque todo, desde los elementos naturales hasta la acción
caótica de los que trataban de luchar contra el fuego, contribuía a propagar el
incendio. Sólo se salvaban las partes no edificadas, el huerto, el jardín que
había frente al claustro... Ya nada podía hacerse para salvar las
construcciones, pero bastaba con abandonar la idea de hacer algo por ellas
para poder observarlo todo sin peligro desde una zona abierta.
Miramos la iglesia, que ahora ardía lentamente, porque estas grandes
construcciones se caracterizan por la rapidez con que se consumen sus partes
de madera, para luego agonizar durante horas, y a veces durante días. El
incendio del Edificio era distinto. Allí el material combustible era mucho más
rico, y el fuego, propagado ya a todo el scriptorium, había invadido también el
piso donde estaba la cocina. En cuanto al tercer piso, donde antes, y durante
cientos de años, había estado el laberinto, se encontraba prácticamente
destruido.
-Era la mayor biblioteca de la -cristiandad -dijo Guillermo-. Ahora -añadió-, es
verdad que está cerca el Anticristo, porque ningún saber impedirá ya su
llegada. Por otra parte, esta noche hemos visto su rostro.
-¿El rostro de quién? -pregunté desconcertado.
-Hablo de Jorge. En ese rostro devastado por el odio hacia la filosofía he visto
por primera vez el retrato del Anticristo, que no viene de la tribu de Judas,
como afirman los que anuncian su llegada, ni de ningún país lejano. El
Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la
verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente. Huye,
Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad,
porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes
que la propia, y a veces en lugar de la propia. Jorge ha realizado una obra
diabólica, porque era tal la lujuria con que amaba su verdad, que se atrevió a
todo para destruir la mentira. Tenía miedo del segundo libro de Aristóteles,
porque tal vez éste enseñase realmente a deforniar el rostro de toda verdad,
para que no nos convirtiésemos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la
tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la
verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a
liberamos de la insana pasión por la verdad.
-Pero maestro -me atreví a decir afligido-, ahora habláis así porque os sentís
herido en lo más hondo. Sin embargo, existe una verdad, la que habéis
descubierto esta noche, la que encontrasteis interpretando las huellas que
habíais leído durante los días anteriores. Jorge ha vencido, pero vos habéis
vencido a Jorge, porque habéis puesto en evidencia su trama...
-No había tal trama -dijo Guillermo-, y la he descubierto por equivocación.
La afirmación era contradictoria, y no comprendí si Guillermo quería realmente
que lo fuese.
-Pero era verdad que las pisadas en la nieve remitían a Brunello -dije , era
verdad que Adelmo se había suicidado, era verdad que Venancio no se había
ahogado en la tinaja, era verdad que el laberinto estaba organizado como lo
habéis imaginado vos, era verdad que se entraba en el finis Africae tocando la
palabra quatuor, era verdad que el libro misterioso era de Aristóteles... Podría
seguir enumerando todas las verdades que habéis descubierto valiéndoos de
vuestra ciencia...
-Nunca he dudado de la verdad de los signos, Adso, son lo único que tiene el
hombre para orientarse en el mundo. Lo que no comprendí fue la relación entre
los signos. He llegado hasta Jorge siguiendo un plan apocalíptico que parecía
gobernar todos los crímenes y sin embargo era casual. He llegado hasta Jorge
buscando un autor de todos los crímenes, y resultó que detrás de cada crimen
había un autor diferente, o bien ninguno. He llegado hasta Jorge persiguiendo
el plan de una mente perversa y razonadora, y no existía plan alguno, o mejor
dicho, al propio Jorge se le fue de las manos su plan inicial y después empezó
una cadena de causas, de causas concomitantes, y de causas contradictorias
entre sí, que procedieron por su cuenta, creando relaciones que ya no
dependían de ningún plan. ¿Dónde está mi ciencia? He sido un testarudo, he
perseguido un simulacro de orden, cuando debía saber muy bien que no existe
orden en el universo.
-Pero, sin embargo, imaginando órdenes falsos habéis encontrado algo...
---Gracias,Adso, has dicho algo muy bello. El orden que imagina nuestra mente
es como una red, o una escalera , que se construye para llegar hasta algo.
Pero después hay que arrojar la escalera, porque se descubre que, aunque
haya servido, carecía de sentido. Er muoz gelichesame die Leiter abewerfen,
sô Er an ir ufgestigen ist... ¿Se dice así?
-Así suena en mi lengua. ¿Quién lo ha dicho?
-Un místico de tu tierra. Lo escribió en alguna parte, ya no recuerdo dónde. Y
tampoco es necesario que alguien encuentre alguna vez su manuscrito. Las
únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar.
-No podéis reprocharos na da, habéis hecho todo lo que podíais.
-Todo lo que puede hacer un hombre, que no es mucho. Es difícil aceptar la
idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofendería la libre
voluntad de Dios y su omnipotencia. Así, la libertad de Dios es nuestra
condena, o al menos la condena de nuestra soberbia.
Por primera y última vez en mi vida me atreví a extraer una conclusión
teológica:
-¿Pero cómo puede existir.un ser necesario totalmente penetrado de
posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio?
Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto
de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?
Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo
sentimiento, y dijo:
-¿Córno podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese
afirmativamente a tu pregunta?
No entendí el sentido de sus palabras:
-¿Queréis decir -pregunté- que ya no habría saber posible y comunicable si
faltase el criterio mismo de verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que
sabéis porque los otros no os lo permitirían?
En aquel momento un sector del techo de los dormitorios se desplomó
produciendo un estruendo enorme y lanzando una nube de chispas hacia el
cielo. Una parte de las ovejas y las cabras que vagaban por la explanada pasó
junto a nosotros emitiendo atroces balidos. También pasó a nuestro lado un
grupo de sirvientes que gritaban, y que casi nos pisotearon.
-Hay demasiada confusión aquí -dijo Guillermo-. Non in commotione, non in
commotione Dominus.
ULTIMO FOLIO
La abadía ardió durante tres días y tres noches, y de nada valieron los últimos
esfuerzos. Ya en la mañana del séptimo día de nuestra estancia en aquel sitio,
cuando los sobrevivientes se dieron cuenta de que no podrían salvar ningún
edificio, cuando se derrumbaron las paredes externas de las construcciones
más bellas y la iglesia, como recogiéndose en sí misma, se tragó su torre, en
aquel momento flaqueó en todo el mundo la voluntad de combatir contra el
castigo divino. Se fueron espaciando las carreras en busca de los pocos cubos
de agua que quedaban, mientras seguía ardiendo con ritmo sostenido la sala
capitular junto con las soberbias habitaciones del Abad. Cuando el fuego llegó
hasta el fondo de los diferentes talleres, ya hacía mucho que los sirvientes
habían pasado tratando de salvar la mayor cantidad posible de objetos de
valor, y ahora batían la colina para recuperar al menos una parte de los
animales, que en la confusión de la noche habían huido del recinto.
Vi que algunos sirvientes se aventuraban a entrar en lo que quedaba de la
iglesia: supuse que intentaban penetrar en la cripta del tesoro para alzarse con
algún objeto precioso antes de escapar. Ignoro si lo lograron, si la cripta no se
había hundido, si los pillos no se hundieron en las entrañas de la tierra al tratar
de llegar hasta ella.
Mientras tanto acudían hombres de la aldea, que habían subido para prestar
ayuda, o bien para tratar de recoger también ellos algún botín. La mayor parte
de los muertos quedaron entre las ruinas aún candentes. Al tercer día, curados
los heridos, enterrados los cadáveres que habían quedado fuera de los
edificios, los monjes y el resto de los pobladores de la abadía recogieron sus
pertenencias y abandonaron la meseta, que aún humeaba, como un lugar
maldito. No sé hacia dónde se dispersaron.
Guillermo y yo nos alejamos de aquel paraje en dos cabalgaduras que
encontramos perdidas por el bosque, y a las que a aquellas alturas
consideramos res nullius. Nos dirigimos hacia oriente. Al entrar de nuevo en
Bobbio, tuvimos malas noticias sobre el emperador. Una vez en Roma, donde
el pueblo lo había coronado, y excluido ya cualquier acuerdo con Juan, había
elegido un antipapa, Nicolás V. Marsilio era ahora vicario espiritual de Roma,
pero por su culpa, o por su debilidad, sucedían en aquella ciudad cosas
bastante tristes de contar. Se torturaba a sacerdotes fieles al papa que no
querían decir misa, un prior de los agustinos había sido arrojado al foso de los
leones en el Capitolio. Marsilio y Jean de Jandun habían declarado hereje a
Juan, y Ludovico lo había hecho condenar a muerte. Pero el emperador
gobernaba mal, se estaba granjeando la hostilidad de los señores locales,
sustraía dinero del erario público. A medida que escuchábamos estas noticias,
retrasábamos nuestro descenso hacia Roma, y comprendí que Guillermo no
quería presenciar unos acontecimientos que echaban por tierra sus
esperanzas.
Cuando llegamos a Pomposa, nos enteramos de que Roma se había rebelado
contra Ludovico, quien había vuelto a subir hacia Pisa, mientras que la legación
de Juan había hecho su entrada triunfal en Aviñón.
A todo esto Michele da Cesena había comprendido que su presencia en
aquella ciudad era infructuosa, y temía incluso por su vida. De modo que había
huido para ir a reunirse con Ludovico en Pisa. Pero el emperador no contaba
ya con el apoyo de Castruccio, señor de Luca y Pistoia, que había muerto.
En pocas palabras: adelantándonos a los acontecimientos, y sabiendo que el
Bávaro se dirigiría hacia Munich, invertimos nuestro camino y decidimos llegar
antes que él. Entre otras cosas, también porque Guillermo se daba cuenta de
que Italia estaba dejando de ser un pais seguro. Durante los meses y los años
que siguieron, Ludovico vio deshacerse la alianza de los señores gibelinos, y al
año siguiente el antipapa Nicolás se rendiría a Juan presentándose ante él con
una soga al cuello.
Cuando llegamos a Munich, tuve que separarme, no sin derramar abundantes
lágrimas, de mi buen maestro. Su suerte era incierta, y mis padres prefirieron
que regresara a Melk. Como por un acuerdo tácito, desde la trágica noche en
que, ante las ruinas de la abadía, Guillermo me había revelado su desaliento,
no habíamos vuelto a mencionar aquellos sucesos. Y tampoco aludimos a ellos
durante nuestra dolorosa despedida.
Mi maestro me dio muchos consejos buenos para mis futuros estudios, y me
regaló las lentes que le había fabricado Nicola, puesto que ya había
recuperado las suyas. Aún era joven, me dijo, pero llegaría el día en que me
serían útiles (y de hecho las tengo sobre mi nariz mientras escribo estas
líneas). Después me estrechó entre sus brazos, con la ternura de un padre, y
me dijo adiós.
No volví a verlo. Mucho más tarde supe que había muerto durante la gran
peste que se abatió sobre Europa hacia mediados de este siglo. Ruego
siempre que Dios haya acogido su alma y le haya perdonado los muchos actos
de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer.
Años después, hombre ya bastante maduro, tuve ocasión de realizar un viaje a
Italia por orden de mi abad. No pude resistir la tentación y, al regresar, di un
gran rodeo para volver a visitar lo que había quedado de la abadía.
Las dos aldeas que había en las laderas de la montaña se habían despoblado;
las tierras de los alrededores estaban sin cultivar. Subí hasta la meseta y un
espectáculo de muerte y desolación se abrió ante mis ojos humedecidos por
las lágrimas.
De las grandes y magníficas construcciones que adornaban aquel sitio, sólo
habían quedado ruinas dispersas, como antaño sucediera con los monumentos
de los antiguos paganos en la ciudad de Roma. La hiedra había cubierto los
jirones de paredes, las columnas, los raros arquitrabes que no se habían
derrumbado. El terreno estaba totalmente invadido por las plantas salvajes y ni
siquiera se adivinaba dónde habían estado el huerto y el jardín. Sólo el sitio del
cementerio era reconocible, por algunas tumbas que aún afloraban del suelo.
Unico signo de vida, grandes aves de presa atrapaban las lagartijas y
serpientes que, como basiliscos, se escondían entre las piedras o se
deslizaban por las paredes. Del portal de la - iglesia habían quedado unos
pocos vestigios roídos por el moho. Del tímpano sólo sobrevivía una mitad, y
divisé aún, dilatado por la intemperie y lánguido por la veladura sucia de los
líquenes, el ojo izquierdo del Cristo en el trono, y una parte del rostro del león.
Salvo por la pared oriental, derrumbada, el Edificio parecía mantenerse en pie y
desafiar el paso del tiempo. Los dos torreones externos, que daban al
precipicio, parecían casi intactos, pero por todas partes las ventanas eran
órbitas vacías cuyas lágrimas viscosas eran pútridas plantas trepadoras. En el
interior, la obra del arte, destruida, se confundía con la de la naturaleza,
directamente a la vista desde la cocina, a través del cuerpo lacerado de los
pisos superiores y del techo, desplomados como ángeles caídos. Después de
tantas décadas, todo lo que no estaba verde de musgo seguía negro por el
humo del incendio.
Hurgando entre los escombros, encontré aquí y allá jirones de pergamino,
caídos del scriptorium y la biblioteca, que habían sobrevivido como tesoros
sepultados en la tierra. Y empecé a recogerlos, como si tuviese que reconstruir
los folios de un libro. Después descubrí que en uno de los torreones todavía
quedaba una escalera de caracol, tambaleante y casi intacta, que conducía al
scriptorium, y desde allí, trepando por una montaña de escombros, podía
llegarse a la altura de la biblioteca... aunque ésta era sólo una especie de
galería pegada a las paredes externas, que por todas partes desembocaba en
el vacío.
Junto a un trozo de pared encontré un armario, por milagro aún en pie, y que,
no sé cómo, había sobrevivido al fuego para pudrirse luego por la acción del
agua y los insectos. En el interior, quedaban todavía algunos folios. Encontré
otros jirones hurgando entre las ruinas de abajo. Pobre cosecha fue la mía,
pero pasé todo un día recogiéndola, como si en - quellos disiecta membra de la
biblioteca me estuviese esperando algún mensaje. Algunos jirones de
pergamino estaban descoloridos, otros dejaban adivinar la sombra de una
imagen, y cada tanto el fantasma de una o varias palabras. A veces encontré
folios donde podían leerse oraciones enteras; con mayor frecuencia
encuadernaciones aún intactas, protegidas por lo que habían sido tachones de
metal... Larvas de libros, aparentemente todavía sanas por fuera pero
devoradas por dentro: sin embargo, a veces se había salvado medio folio,
podía adivinarse un incipit, un título...
Recogí todas las reliquias que pude encontrar, y las metí en dos sacos de viaje,
abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro.
Durante el viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de
descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente
me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré
otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me
hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la copia
destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege. Al
final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de
biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido... una biblioteca
hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.
Cuanto más releo esa lista, más me convenzo de que es producto del azar y no
contiene mensaje alguno. Pero esas páginas incompletas me han acompañado
durante toda la vida que desde entonces me ha sido dado vivir, las he
consultado a menudo como un oráculo, y tengo casi la impresión de que lo que
he escrito en estos folios, y que ahora tú, lector desconocido, leerás, no es más
que un centón, un carmen figurado, un inmenso acróstico que no dice ni repite
otra cosa que lo que aquellos fragmentos me han sugerido, como tampoco sé
ya si el que ha hablado hasta ahora he sido yo o, en cambio, han sido ellos los
que han hablado por mi boca. Pero en cualquier caso, cuanto más releo la
historia que de ello ha resultado, menos sé si ésta contiene o no una trama
distinguible de la mera sucesión natural de los acontecimientos y de los
momentos que los relacionan entre sí. Y es duro para este viejo monje, ya en el
umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene o no algún
sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos, o ninguno.
Pero quizás esta incapacidad para ver sea producto de la sombra que la gran
tiniebla que se aproxima proyecta sobre este mundo ya viejo.
Est ubi gloria nunc Babylonia? ¿Dónde están las nieves de otra época? La
tierra baila la danza de Macabré; a veces me parece que surcan el Danubio
barcas cargadas de locos que se dirigen hacia un lugar sombrío.
Sólo me queda callar. 0 quam salubre, quam iucundum et suave est sedere in
solitudine et tacere et loqui cum Deo! Dentro de poco me reuniré con mi
principio, y ya no creo que éste sea el Dios de gloria del que me hablaron los
abades de mi orden, ni el de júbilo, como creían los franciscanos de aquella
época, y quizá ni siquiera sea el Dios de piedad. Gott ist ein lautes Nichts, ihn
rührt kein Nun noch Hier... Me internaré deprisa en ese desierto vastísimo,
perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe
colmado de beatitud. Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en
una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda
desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo, y ya no
conocerá lo igual ni lo desigual, ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las
diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde
nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su
propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra
ni imagen.
Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para
quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina
nuda tenemus.





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